A un mes de la ejecución de Troy Davis

Crimen y Castigo

“Sacó el hacha, la levantó con ambas manos y, sin apenas darse cuenta, maquinalmente, casi sin esfuerzo, asestó un golpe a la vieja en la cabeza con el lado romo de la hoja. Su vigor, que parecía haberse esfumado, volvió tan pronto como dio el hachazo. La vieja recibió el golpe en la misma cima del cráneo. Exhaló un grito, pero muy débil, y cayó redonda al suelo, si bien con bastante fuerza para llevarse las manos aún a la cabeza.”

No es la descripción del asesinato de Mark MacPhail, policía asesinado por el cual fue ejecutado Troy Davis el mes pasado en Estados Unidos; es el momento en que Raskólnikov, protagonista de la novela Crimen y Castigo (escrita por Dostoyevski en 1866), mata a una anciana prestamista por considerarla un “ser inferior”, un parásito para la sociedad. Según establece Raskólnikov, hay dos clases de personas: las que por su superioridad tienen derecho a cometer crímenes en pos del bienestar general, y los que simplemente deben acatar las leyes. El mismo razonamiento opera en los sesenta estados que hasta el día de hoy mantienen la pena de muerte como castigo “ejemplarizante”.

La madrugada del 29 de agosto de 1989, Mark MacPhail -un policía retirado que se desempeñaba como guardia de seguridad- fue asesinado a balazos cuando intentaba socorrer a un indigente que estaba siendo atacado. Los testigos presentes culparon a Troy Davis, un joven afrodescendiente de 20 años. Pese a no hallarse evidencia balística que lo relacionara con el homicidio, Davis fue sentenciado a muerte en 1991 y ejecutado 20 años más tarde. En las dos décadas que vivió en el corredor de la muerte, su ejecución quedó pospuesta en cuatro ocasiones. En ese tiempo casi todos los testigos que lo inculparon se retractaron admitiendo haber sido presionados por la policía. Sin embargo, en la revisión del juicio celebrada en 2007, esos cambios en los testimonios no fueron tenidos en cuenta. La ejecución quedó fijada y ni la Junta de Perdones de Georgia ni la Corte Suprema quisieron intervenir para que Davis no fuera asesinado el 21 de setiembre de 2011.

Desde Amnistía Internacional (AI), organización no gubernamental que desde 1961 se dedica a promover el respeto de los derechos humanos en todo el mundo, se indica que el caso de Davis es “escandaloso”. Javier Zúñiga, asesor especial de la organización, en diálogo con Sala de Redacción manifestó que el caso “muestra que el Sistema Judicial estadounidense es implacable e incapaz de tomar en cuenta las nuevas informaciones. Su función no solamente es hacer sentencias justas, también debe existir un mecanismo por el cual se retracte si se equivoca. En el caso de Troy Davis claramente no lo hizo”.

Consultado sobre las palabras de los abogados de Davis, quienes expresaron que si “hubiera sido blanco no lo hubieran condenado ”, Zúñiga valoró que ese factor puede haber pesado: “En los Estados Unidos, la pena de muerte siempre ha tenido algunas `tonalidades´. Es muy difícil de probar estadísticamente, pero existen algunos indicios de que es más fácil condenar a una persona negra por el asesinato de un blanco, que lo opuesto”. Sin embargo, no es cierto que no se pueda probar esa incidencia: según datos de AI el 42 por ciento de las personas que esperan a ser ejecutadas son negras, cuando representan el 12 por ciento de la población estadounidense.

Zúñiga agregó además que otros componentes influyen en las condenas: “la mayor parte de los imputados provienen de capas de población poco educadas”, y hay sectores más vulnerables “como los latinoamericanos, a quienes en muchos casos no se les da asistencia consular cuando son arrestados, lo cual es contrario a los tratados internacionales. Estados Unidos, en su espléndido aislamiento, ha perdido juicios por ejecutar ciudadanos extranjeros y omitir lo que dictaminaba la Corte Internacional de Justicia de la Haya”.

En ese país, según cifras de la encuestadora Gallup, el 61 por ciento de la población está a favor de la pena de muerte para el delito de homicidio. Según lo estableció Zúñiga, “los jueces o fiscales son puestos elegidos, y sería un suicidio político que se pronunciaran en contra. Nadie que quiera ser elegido como juez o fiscal va a desaprobar y dejar de aplicar la pena de muerte”.

Pero la presión electoral no se queda ahí. El presidente Barack Obama no intervino en el caso de Davis por considerar que no era “apropiado” hacerlo. Desde AI -que últimamente ha criticado su gestión por no haber cerrado la cárcel de Guantánamo-, se sostuvo que su omisión ha sido “decepcionante”. “Obama no tocó el caso porque estamos en período electoral y seguramente le hubiera quitado muchos votos. Es una lástima que las especulaciones políticas entren en consideración cuando se trata de la vida o la muerte de una persona”, planteó Zúñiga.

¿Hacia dónde vamos?

Desde 1976, más de 80 estados abolieron la pena de muerte por ley o en la práctica, y actualmente sólo un tercio de los países del mundo la sigue aplicando. Según lo reconoció AI, la tendencia hacia la abolición es “imparable”, y existe cierto consenso político con respecto al tema. Sin embargo, pese a los avances, Zúñiga destacó que todavía hay “países que se muestran muy reacios a dejar de ejecutar, principalmente en China, donde ya ni siquiera tratamos de seguir las estadísticas: las ejecuciones se hacen en secreto y muchas veces no se le notifica a las familias, o simplemente se les entrega el cuerpo una vez ejecutado”. El asesor de AI sostuvo que hay algunos pocos países en el mundo que acumulan más del 90 por ciento de las ejecuciones, éstos son Arabia Saudita, Estados Unidos, Sudán, China, Corea del norte, y Bielorrusia.

Con respecto a este ultimo país, y en el marco del Día Mundial contra la Pena de Muerte celebrado todos los 10 de octubre, AI emitió un comunicado donde denuncia las violaciones a los derechos humanos que allí se cometen. La carta advirtió que el ex estado de la URSS guarda secreto absoluto en relación a la cantidad de gente que se ejecuta, y al imputado se le avisa sólo unas horas antes de ser ejecutado. Los familiares tampoco acceden a la información, “no se les informa hasta semanas o meses después de haberse llevado a cabo la ejecución, y no se les devuelve tampoco el cadáver ni se les dice siquiera donde está enterrado”.

A fines de 2010 había al menos 17.800 personas condenadas a la pena de muerte en el mundo, y en 2003 fueron ejecutadas 1.146 personas en 28 países. Las cifras son enormes, tanto como la cantidad de denuncias sobre las condiciones crueles y denigrantes a las que son sometidos los imputados y sus familiares. Lo que se espera desde AI es que casos como el de Troy Davis den un empujón definitivo para la abolición, “al menos eso esperamos”, subrayó Zúñiga, y señaló que “este caso ha sido vergonzoso para Estados Unidos, que quedó muy mal parado frente el mundo”. Pero, si se considera que una significativa mayoría de los estadounidenses aprueba la pena de muerte, y que uno de sus precandidatos a la presidencia, Rick Perry -que es actualmente gobernador de Texas, el Estado con la cifra más alta de ejecuciones- es un ferviente partidario de su práctica, no parece haber esperanzas de que el caso de Davis sirva de empujón alguno.

Un mes atrás, minutos antes que se concretara su pena de muerte, familiares y organizaciones sociales manifestaron apoyo a Davis en las afueras de la cárcel, esperando una llamada de ultimo momento que suspendiera la ejecución. Pero ni la Junta de Perdones de Georgia ni la Corte Suprema intervinieron. No hubo indulto de los “seres superiores”, como los llama Raskólnikov. Ellos se mantuvieron en su postura de decidir quién vive y quién no. La diferencia es que Raskólnikov se arrepintió de haber ostentado ese lugar, y quién mejor que él para explicar lo que vivió Troy Davis y todos los condenados a muerte en sus últimos momentos: “¿Dónde he leído -pensó Raskólnikov prosiguiendo su camino-, dónde he leído lo que decía o pensaba un condenado a muerte una hora antes de que lo ejecutaran? Que si debiera vivir en algún sitio elevado, encima de una roca, en una superficie tan pequeña que sólo ofreciera espacio para colocar los pies, y en torno se abrieran el abismo, el océano, tinieblas eternas, eterna soledad y tormenta; si debiera permanecer en el espacio de una vara durante toda la vida, mil años, una eternidad, preferiría vivir así que morir. ¡Vivir, como quiera que fuese, pero vivir!”.

Javier Pérez Seveso