El trabajo y el Encuentro Bilateral Uruguay-Cuba sobre Comunicación sirvieron de excusa e inspiración para la siguientes crónicas sobre la Habana y su gente. A continuación, la segunda de una serie de impresiones sobre la actual realidad de la isla con forma de caimán.
Quien haya viajado a Cuba y no haya tomado un taxi colectivo no vivió la experiencia completa. El mecanismo es totalmente sencillo, pero en un mismo coche viajan ocho personas, a veces menos, a veces más.
Este último año, Raúl Castro emitió una serie de decretos que permite a los particulares disponer de un auto, por lo general antiguo, para convertirlo en taxi y ofrecer tanto a cubanos como a turistas un servicio más rápido, aunque más caro, que el transporte colectivo, que en este último caso demora mucho y además siempre está atiborrado.
Los autos americanos que circulaban en Cuba previo a la Revolución han sido adoptados por particulares para este uso. Es así que esos taxis no son otra cosa que autos muy antiguos adaptados para trasladar pasajeros.
Para viajar en uno de estos peculiares taxis sólo hay que acercarse a una parada. Allí se aglomeran varios, y desde el volante cada chofer grita el destino final.
Éramos cuatro. El auto tenía lugar para ocho personas. Llovía como en Macondo, cada vez más fuerte. El Pontiac modelo ´56 tenía unas ventanillas un tanto oxidadas y la lluvia se colaba por los vidrios. Las cámaras de fotos, los championes de marca y el acento nos delataban; no podíamos pasar desapercibidos, éramos claramente turistas.
Pasaron 10 minutos y seguíamos inmóviles. El chofer seguía gritando el destino: “¡Habana, Habana!”. Cada vez llovía más fuerte, y el protocolo era sencillo: hasta que no hubiera ocho personas, no arrancaba. El tiempo volaba. Las ganas de llegar al destino y recorrer las calles de La Habana Vieja superaban a la intensa lluvia. Quería llegar. En ese momento me puse a pensar que en realidad cuanto más demoraba el taxi en arrancar más chances tenía de que escampara y de que no tuviera que recorrer las calles bajo agua.
Pisar una vez más la plaza vieja, recorrer la calle Obispo y volver a tomar un mojito en La Bodeguita del Medio -o un Daikiri en el Floridita sentado al lado de la estatua de Hemingway- era impagable.
Pero los minutos seguían pasando. Al fin apareció una pareja y se subió al auto. Ya éramos seis. Uno de mis amigos le preguntó al chofer si pensaba demorar mucho en arrancar, y agregó que estábamos apurados. El chofer levantó los hombros y dijo, “lo que demoren en llegar dos más”. El cubano tiene una particularidad especial: nunca está apurado y le importa muy poco que el otro lo esté. El chofer es un simple ejemplo, pero mis dos visitas a Cuba me permiten generalizar un poco.
La primera vez que visité la isla en 2009 entré a una farmacia para comprar un analgésico; la mujer que estaba detrás del mostrador se limaba unas uñas bastante largas y rojas. Dije “buenas tardes”, ella sonrió y contestó “buenas tardes”. Esperé unos segundos para que me preguntara en qué me podía ayudar o qué era lo que quería. La pregunta nunca llegó. Pasaron más de cinco minutos y nada. Tosí para hacerle acordar que estaba ahí. Levantó la cabeza y sonrió. Mi paciencia se agotaba, entonces le dije que quería un analgésico, ella contestó muy calmada, “enseguidita se lo doy”. Cuando terminó de limarse la última uña de su mano izquierda se paró y me dio el analgésico, siempre con una sonrisa. Supongo que mi cara habrá hablado por sí sola, nunca le devolví la sonrisa, pero a ella no se le movió ni un pelo. Los cubanos son así, se toman su tiempo para todo.
Al fin se acercó al taxi una muchacha con uniforme liceal, preguntó el destino final y se subió. Seguía lloviendo a mares. Al parecer, el taxista se conformó con siete pasajeros y arrancamos. Ya habían pasado 25 minutos desde que nos habíamos sentado. El viaje de aproximadamente ocho kilómetros que separaban nuestro hotel de La Habana Vieja se hicieron eternos. La lluvia había inundado las calles y hubo que tomar varios desvíos. Demoramos 45 minutos, claro, con las paradas respectivas para que bajaran y subieran otros.
La lluvia y la ansiedad habían evitado que pudiera fijar la atención en algo concreto, pero cuando arrancamos, algo me llamó poderosamente la atención. Arriba de la vieja radio del Pontiac modelo ´56 había un Tablet de diez pulgadas que reproducía música y video al mismo tiempo. Miré para el costado y mis amigos estaban tan ensimismados en el Tablet como yo, ninguno salía de su asombro. Los cuarenta minutos restantes hasta el destino lo pasamos arriba del auto mirando un poco para afuera y bastante concentrados en la música de Katy Perry, una nueva estrella norteamericana que sonaba y se veía mientras recorríamos las calles de La Habana. Una paradoja que inauguró nuestro primer viaje en taxi.
Bruno Giordano, desde Cuba