En el año del centenario de su nacimiento, se ha renovado por parte de la Sociedad Aristotélica Británica y la Universidad de Oxford (que consideró su hogar durante treinta años) la lectura crítica de los postulados de una nueva filosofía del lenguaje que John Langshaw Austin comenzaba a esbozar (y dejó dispersos) cuando la muerte le sorprendió a los cuarenta y ocho años de edad.
Lo cierto es que resulta en extremo compleja cualquier determinación al respecto porque nada de lo que definía la obra de este autor está escrito en clave de prescripción. “¿Cómo continuar siguiendo a un líder que nunca se consideró tal? No existe manera de no encontrar el modo imperativo en las recetas de cocina, pero por suerte la filosofía es mucho más compleja. Y en este caso fue todo más complicado desde el comienzo, sin discípulos y luego colegas como Urmson y Warnock debates como los de hoy no hubieran sido posibles”; reflexionaba en marzo pasado para un reportaje especial de BBC el catedrático británico Simon Blackburn (filósofo del lenguaje ), consejero de la Sociedad Aristotélica, que Austin presidió en el bienio 1956-1957.
El sentido de expresiones como ésa se aclara al saber que las dos obras escritas de mayor relevancia de Austin fueron publicadas de manera póstuma. “Cómo hacer cosas con palabras” y “Sentido y percepción” son recopiladas, revisadas y prologadas justamente por J.O. Urmson y G.J. Warnock respectivamente.
La primera, su obra más famosa, contiene las conferencias dictadas durante el verano de 1955 en el ciclo de la Universidad de Harvard denominado William James Lectures.Allí aparece el mayor equilibrio entre el Austin estudioso de la ética y el Austin aristotélico en pos del armado taxonómico de un sistema de categorías para la relación del lenguaje y sus usos, de allí el talante analítico que se le atribuye. Habiendo recibido tres años antes la responsabilidad de ocupar la Cátedra White de filosofía moral (máximo cargo en dicha área de Oxford) no ha de sorprender la aparición de definiciones como las de “falacias descriptivas”(Conferencias I y VIII), que a su entender se producían por pasar de alto el hecho de que hay expresiones que son utilizadas más allá del ámbito de la gramática tradicional. Habla de las “palabras desconcertantes” que en enunciados que parecen ser descriptivos no sirven para indicar alguna característica adicional, particularmente curiosa o extraña de la realidad, “sino para indicar (y no para registrar) las circunstancias en que se formula el enunciado o las restricciones a que está sometido, o la manera en que debe ser tomado”. A su vez Warnock en su libro “J.L. Austin” cuenta que por aquellas épocas el profesor se hallaba profundamente preocupado por el advenimiento de nuevos conflictos. La posibilidad de una nueva guerra que siguiera a los desastres nucleares vistos hasta el momento, esta vez entre dos polos como EE.UU. y la U.R.S.S., cada uno con sus aliados detrás. Toda esa conceptualización venía de un íntimo análisis de los discursos de los líderes de ambas potencias. Frente a lo cual posicionaba su ataque a los filósofos que seguían midiendo la relevancia de los enunciados por cómo describen hechos y estados mientras que el peligro por lo no dicho, por el resto de las enunciaciones que no comprenden los dos puntos citados, y por los cómo de la enunciación amenazaba el horizonte con el mismo impulso.
De “Cómo hacer cosas con palabras” es que también se extraen sus aportes sobre la teoría de los actos de habla, y a raíz de esto su célebre distinción entre actos locucionarios, actos ilocucionarios y actos perlocucionarios. Someramente resumidos: el acto de deciralgo, el acto al decir algo, y el acto en la posibilidad de que al decir algo lo hagamos con el propósito, intención o designio de producir determinados efectos. (Conferencia VIII)
Algo como esto, que puede a primera lectura parecer demasiado simple, agregó aditamentos a uno de los grandes debates de la lingüística en la segunda mitad del siglo XX: entre la postura de una incipiente sociolingüística (en particular la de los contextos) y la de la semántica más clásica (la más aferrada a entender las palabras solo por este tipo de significados), favoreciendo a la primera.Esto se verifica en dichos como: “…hace algunos años venimos advirtiendo que cada vez con mayor claridad que la ocasión en que una expresión se emite tiene gran importancia, y que las palabras usadas tienen que ser ‘explicadas’, en alguna medida por el ‘contexto’ dentro del cual se intenta usarlas o fueron realmente usadas en un intercambio lingüístico. Sin embargo quizá, todavía nos sentimos demasiado inclinados a explicar estas cosas en términos del ‘significado de las palabras’ ”(Conferencia VIII).
Consideraciones como la citada, sin dudas, explican la orientación por parte de Austin al estudio del lenguaje ordinario, del es en lugar del deber ser. Por su fortaleza es que merece por lo menos ser considerado parte del análisis, aunque lo ponía bajo cuestión constantemente, decía que no tiene la última palabra pero siempre es la primera.Para él, todo razonamiento a construir era parte de una natural exposición de las ambigüedades ineludibles de todo saber que se precie de erigirse de la manera más completamente diáfana desde lo teórico-real, y lo menos dogmática posible. Por lo que llegado el momento disintió con gran parte del programa del Círculo de Viena. Aquella premisa lo marcó desde siempre, desde que prefirió Oxford frente a Cambridge como universidad a los dieciocho años (1929), esto quiere decir en materia filosófica, que eligió a Aristóteles sobre Platón. Por una parte, era muy conocedor del panorama filosófico occidental, desde los maestros griegos a los empiristas compatriotas pasando por Leibniz y Kant. Sus grandes referentes de integridad intelectual, coinciden sus biógrafos como I. Berlin, fueron Darwin y Freud, los admiraba por su valor ala hora depresentar al mundo sus ideas, por cómo soportaban los embates de una academia no siempre receptiva y por trasgredir lo que en cada una de sus épocas era tomado como el sentido común, algo que en su medida él también pretendió.Sin embargo, por otro lado, era cauteloso con lo que llamaba las “trampas del lenguaje filosófico” en oposición a las distinciones del habla común, probablemente según Austin “más numerosas, más fiables ya que pasaron por la larga prueba de la supervivencia del más apto, y por lo menos en lo que se refiere a todas las cuestiones ordinaria y razonablemente prácticas, más sutiles que ninguna de las que podamos pensar una tarde, sentados en nuestros sillones –método más socorrido-…” (En defensa de las excusas, págs. 39-40)
En un texto referente de la filosofía jurídica como el anteriormente citado, se nos deja entrever no solo la postura del pensador en relación al lenguaje sino parte de su método de análisis de casos, aunque cabe señalar que gustaba más del término “técnicas” que de “método filosófico”. Urmson sostenía que su labor, desde su propio punto de vista, se asociaba mejor con la noción base de “técnicas de laboratorio” y no tanto con la de “metodología científica”. En un grosero resumen, la mentada técnica, se podría decir, que consistía primerode hallar y restringir un tema dentro de un campo conceptual preciso donde el lenguaje ordinario sea rico (el caso de las excusas, los “si” y los “puedo” en un texto homónimo, etc.). Más tarde inventariar todas las palabras, expresiones que se repiten en el tema (los adverbios en los alegatos, por ejemplo) y jerarquizarlas por el peso que tienen en la explicación de dicho tópico, valiéndose de diversas fuentes, en el caso de “Excusas” se vale de la jurisprudencia y de la psicología (en particular del área de criminalística). Dicho proceso desemboca en la traslación de esas expresiones encontradas y fijadas a los casos concretos (el caso judicial “La Corona vs. Finney” es medular a la lectura de “Excusas”),y no pocas veces a los textos más duramente filosóficos. La propia pluma de Austin se pone bajo la lupa, el por qué los filósofos escriben como lo hacen era parte de sus más profundas inquietudes. “Sentido y percepción” engloba un claro ejemplo de cómo lo hizo para con las posturas de Ayer y Price. Alfonso García Suárez especula al respecto que en la técnica de Austin “se trata de ver qué diríamos y qué no en una determinada situación, y por qué. Ello puede llevarnos a advertir que expresiones que a primera vista consideraríamos sinónimas no se aplican a intercambiablemente en determinadas situaciones.”
Un poco de arte, un poco de técnica (que para Aristóteles y sus contemporáneos aún eran lo mismo, indivisibles) es lo que movía a Austin casi intuitivamente entre las disquisiciones para hacer sobre las palabras, sabiendo que nada puede quedar sin planificar y que un material no se puede sustituir por otro porque sí. Parte del temprano aprendizaje que recibió observando a su padre arquitecto, luego profesor, va por esa vía.
Queda claro que para operar con la exhaustividad requerida por la técnica apuntada se necesita indiscutiblemente de la labor de un equipo, necesidad imperiosa que el propio filósofo experimentó durante la Segunda Guerra Mundial, y que a la postreadquirió como hábito para el resto de su vida profesional. Antes de dicho episodio el propio Austin y todos quienes le conocían sabían que su futuro estaba destinado a algo importante en su segmento de estudio. Graduado con honores, el primero de su clase en 1933, había ganado el Gaisford Prize siendo estudiante de grado por un estudio de prosa griega con tan solo veinte años, imponiéndose sobre rivales que en promedio le doblaban la edad. Pero a entender del propio Austin, en confesión a sus estudiantes norteamericanos de Berkeley y Harvard en los cincuenta (entre los que se encontraba, por ejemplo, Noam Chomsky), señaló que nada lo marcó tan insoslayablemente en su formación cultural de trabajador como su experiencia en la guerra,por el rigor teórico de la minuciosidad y el verdadero compañerismo. En el servicio de Inteligencia británico orientado al exterior, MI6, dirigió una sección encargada de acopiar y organizar datos sobre las defensas alemanas en la Normandía francesa. Con dicha información armó una especie de libro conocido entre los líderes de tropa como el Invade Mecum que sirvió como guía para el Día-D (la invasión de los Aliados). Lo que se supo recientemente, por material descalificado, fue que para conseguir esas referencias, el propio Austin se infiltró en líneas enemigas. Dicha novedad no sorprende a quienes lo consideraban de temperamento firme y calculador, pero sí a quienes lo veían como algo débil y retraído en cualquier actividad que no fuera tras los muros de una universidad. Su manejo del idioma alemán era perfecto, concuerdan quienes lo conocieron y lo escucharon, por ejemplo, en la Universidad de Friburgo, junto a los miles de jóvenes que siguen comprobándolo preparándose con su versión traducida de “Fundamentos de Aritmética” de GottlobFrege.
Las “Austin’sSaturdaymornings” tradición de Oxford que él iniciara en vida bajo sesiones semanales de taller y debate, y que se perpetúan como muestra de que la filosofía debe ser definitivamente un trabajo colectivo porque cuanto más voces y más mentes piensen los problemas juntas, las soluciones son más cercanas y menos falibles.
Del resto de su vida privada, poco se sabe. La discreción y la sobriedad se establecían como parte de esa autoridad natural, socrática, que sentían frente a él sentían sus colegas y discípulos, mas no como ejercida por su parte. Así actuaba como buen maestro, se consideraba apenas una primera guía, como lo fue para otro teórico del habla como John R. Searle. Puso su condición de docente y conferencista sobre la de escritor. En las pocas semanas vida que le dejó la noticia de su cáncer pulmonar, sus alumnos le manifestaban la voluntad de empezar a organizar su material para publicar, mientras que él trataba de tranquilizarlos entre bromas, diciendo que no se arrepentía de haber puesto el énfasis en los actos ilocucionarios y perlocucionarios, los conceptos seguirían su rumbo, ya sea manteniéndose o perdiéndose si así debía suceder.
Era soltero, decían que era homosexual. En el título originalde “Sentido y percepción”, en los manuscritos “Sense and Sensibilia” aprovecha para burlarse de alguno que lo llamaba por ahí Jane Austen por el parecido por con el nombre. Está clara la referencia a la novela “Sense and Sensibility”(trad. “Sensatez y sentimientos”),y la muestra reviviendo la actitud de “enfant terrible yo soy más inteligente que ustedes” de su adolescencia que tanto le avergonzaba recordar. Al propósito de todo este tema, se puede recordar parte de su juicio sobre performativeutterances (expresiones realizativas):“la seriedad de la expresión consiste en que ella sea formulada como (un mero)signo externo y visible de un acto espiritual interno.”(Conferencia II)No es posible saber si no encontraba las palabras o si su estado espiritual no le permitía aclarar las cosas sobre su sexualidad. Nunca fue necesario. Ya no importa. La verdad sea dicha, Austin falleció en los albores de una década que revolucionó el mundo, en la que llegó a usarse parte de su terminología como “límites de la percepción” o “conceptos clave circulares” en canciones o discursos de subculturas juveniles como los hippies, que le hubiesen extrañado y fascinado a la vez,sobre todo en lo referente a la acción y a la libertad, parte capital de su objeto de estudio,grandes términos de la filosofía que solo podían ser esclarecidos, según él, mediante “el examen detallado y paciente del conjunto de términos que los rodean y que, con su humilde apariencia, han pasado inadvertidos para la mayoría de los filósofos”.
Lourdes Nievas