110 años del nacimiento de Francisco “Paco” Espínola

Un siglo de “mágica”

La voz grave y campechana de Paco  se precipita en la cinta. De impecable traje oscuro, gruesos lentes negros y tabaco armado en la mano, el escritor deja su registro para la posteridad. “Este es el cuento muy mal comentado. Muy embarullado”, diría al terminar de leer el cuento “¡Qué lástima!”.

A más de 30 años de su muerte, contar con los archivos del SODRE permite revivir al artista a través de las inflexiones de su voz, de los ritmos y las pausas de la oralidad y de su cadencia al narrar.

“Todos venimos de Paco”, afirmó el escritor Mario Arregui. Las generaciones que crecieron con Saltoncito y las que se criaron leyendo Las aventuras del sapo Ruperto, los uruguayos del país de “las vacas gordas”, los que nacieron en dictadura y los de la aldea global. Todos somos herederos de más de cien años de literatura nacional, de sus mundos imposibles, de la fantasía de sus atmósferas y de sus personajes entrañables. 

“¿Eso? Mágica eso”  murmulla entre dientes el protagonista de “Rodríguez” (una de sus narraciones más populares), ante los artificios y trucos del diablo vestido de paisano que intenta corromper su alma. Espínola fue consciente hasta la obsesión de la “mágica” de la literatura, de su construcción como artificio,  donde lo anodino y vulgar también  puede resultar espectacular y significativo.  “Una de las cosas que aprendí en Homero es tratar de objetivar bien las formas. No decir que una va a caballo, sino que se sienta, que se desplaza”, señalaba Espínola dejando entrever los finos hilos de su estilística.

 

El campo diluido en la sangre. Francisco nació un 4 de octubre de 1901 en el departamento de San José. Hijo del matrimonio de Francisco Espínola Aldana y Justina Cabrera Coruso, fue el mayor de dos hermanas, María Victoria y Enriqueta. Luego de culminar sus estudios primarios y secundarios en su ciudad natal, en 1922 se traslada a la capital para comenzar sus preparatorios en Medicina, que abandonó poco tiempo después para dedicarse a la literatura.

Su obra estuvo influenciada por una atmósfera rural, pero sin caer en el estereotipo de la literatura gauchesca, de la que el escritor intentaba alejarse. “Yo quería algo más delicado”, decía Espínola.

Sin embargo, a lo largo de su narrativa, tanto escrita como oral, los paisajes y los personajes rurales afloraron constantemente. “Espínola tiene el campo diluido en la sangre; debe perfumarle las arterias y acompasarle el corazón”, escribió Alfredo Mario Ferreiro en la revista La Cruz del Sur en 1297. Un año antes, Paco había publicado su primer libro de cuentos, titulado Raza Ciega.  “Se trata de nueve cuentos fuertes, vigorosos, donde si bien hay una anécdota, ésta no es lo más importante, sino los caracteres- las almas diría Zum Felde- y además, la notable técnica narrativa y el sobrevuelo de la imaginación”, señaló Hylamar Blixen.

Múltiples anécdotas rondan la vida de Francisco Espínola. Algunas se relacionan directamente con su obra, como la del cuento “¡Qué lástima!”, donde la escena que transcurre en la narración fue inspirada en una experiencia real. “Yo estaba en un café muy pintoresco y muy sombrío con dos amigos más y veo que se acercan dos hombres medio trabajosamente, estaban un poco ebrios ya. (…) De repente entre ellos operó un trasvasamiento de almas: el alma de uno se pasó para el cuerpo del otro y viceversa y se cambiaron los nombres. Juan Pedro diciéndole Juan Pedro a Sosa y Sosa entregándole su nombre al otro y diciéndole Sosa”, comentó Paco.

En 1930 editó Saltoncito, la historia de un pequeño sapo inocente que emprende su viaje hacia la individuación personal. Conociendo a algunos personajes que marcarán su camino y luego de algunos tropiezos, tendrá un final noble e inesperado.

Su única novela conclusa, Sombras sobre la tierra, se publicó en 1933. El crítico Alberto Zum Felde la catalogaría como “una de las producciones más valiosas de la novelística uruguaya”. 

Como dramaturgo estrenó la pieza La fuga en el espejo en 1937. En la década del 50, publicó  El rapto y otros cuentos y el ensayo sobre estética Milón, el ser del circo. La culminación de su obra ocurre con la novela  Don Juan, el Zorro.

Fragmentos de un Don Juan. En 1959 realizó un viaje por Francia e Israel, en el cual mantuvo correspondencia con la poeta Esther de Cáceres,  quien le había prologado dos de sus obras, Raza Ciega y Milón, el ser del circo.  En sus cartas, Paco le cuenta a su amiga Esther acerca de su visita a la tumba de Paul Verlaine (“tú y mi Verlaine”), su pasaje por Nazareth y Jerusalem e incluso la futura publicación de Don Juan, el Zorro.  Espínola había recibido la proposición de una editorial argentina para publicar fragmentos de la novela y al año siguiente entregar la obra completa para su publicación.  “¿Qué me cuenta, señora? Estoy eufórico. Ya revisé con lupa línea por línea de los tres fragmentos elegidos, que ellos mismos pasarán a máquina. Voy a seguir haciendo lo mismo con el resto.  Y, así, bien empapado de la obra, bien vivos en la memoria los múltiples elementos que hay que tener en cuenta, escribiré lo poco que falta”.  Sin embargo, la novela quedaría inconclusa.  En 1968 se publicaron los tres fragmentos y veinte años después, en 1984, los críticos Arturo Sergio Visca y Wilfredo Penco la reconstruyeron y difundieron en una edición póstuma. 

Las peripecias de Don Juan son consideradas, según la revista “Capítulo Oriental” del mismo año de la publicación de Don Juan, como la mayor obra de Espínola. “Nada hay en esta extraña narración que no rasque y arranque chispa, aunque todo parece girar en el aire, sin frotamiento; es porque en esta insólita y preciosa manera de contar son tan útiles y queridas, y minuciosamente puestas, las más sutiles pinceladas como el enchastre más desfachatado”.

Desde la celda. Espínola fue un hombre políticamente comprometido. En años de la Guerra Civil, brindó su apoyo a la República Española. A comienzos de los sesenta, se integró al Frente Izquierda de Liberación y en 1971 se adhirió a la  emergente coalición de izquierda, el Frente Amplio.

Paradójicamente, Paco muere en la víspera del Golpe de Estado, en la noche del 26 de junio de 1973.  Sus restos son velados  en un local del Partido Comunista, a escasas cuadras del Palacio Legislativo. “Al llegar frente a un palacio de amplias escalinatas de mármol blanco con portada de oro puro, el cortejo se detuvo. Por una pequeña abertura lateral aparecieron más soldados, a quienes el jefe habló de esta manera: -Os entrego a este prisionero. Encerradlo en el calabozo y dadle sólo pan y agua”, resalta en un pasaje casi profético de Saltoncito.

Perteneciente a una familia de tradición blanca, guardaba entre sus primeros recuerdos  de la infancia las imágenes de su padre, un caudillo del Partido Nacional de San José, a su llegada de la Batalla de Masoller. En una autobiografía publicada en la revista “Capítulo o

Oriental” en 1968, recordaba aquella mañana de 1904, cuando con tan solo tres años vio llegar a su padre herido. “En Masoller le pegaron dos balazos, es una imagen corroída, pero me acuerdo. Es lo primero que me acuerdo”. Paco se había criado con formación cristiana, un entorno familiar de tradición criolla y devoción por los caudillos. La  relación con su padre quedaría trazada en “Visita de duelo”, el primer cuento que escribió y que pertenece a Raza Ciega. “Fijate, en ese cuento se muere el hijo y el viejo no había confesado que lo quería. Es nuestra manera de ser. Me parecía que mi padre era duro conmigo”.

Treinta años después, Espínola participó en 1935 en la Escaramuza de Paso de Morlán, un intento de rebelión contra la dictadura de Gabriel Terra.  Esta acción fue duramente reprimida y culminó con varias detenciones. Paco fue a parar a un calabozo, donde le escribió una carta al filósofo Carlos Vaz Ferreira narrando su experiencia.  “¿Qué se piensa cuando se está así, impotente en el suelo, sintiendo picar las balas alrededor, o pasar silbando finito? Poco. Y todo dentro de una terrible soledad. No hay madre, padre, mujer querida. Eso se hunde en un abismo sin fondo. Exactamente lo que experimentaba era una infinita melancolía. Aquella batallita, aquel trasto inútil”,  señalaba en la carta.

Mateando con los clásicos. Si bien su obra no fue de las más prolíficas de la literatura nacional, escritores y críticos no sólo rescatan la calidad de su obra escrita, sino el estilo característico de sus narraciones orales, aquellas que  permanecerán vivas en la memoria de quienes las escucharon.  “Cada vez que alguien contaba una anécdota de Paco, siempre concluía en lo siguiente: ‘Y esto no es nada. Hay que oírselo contar a Paco’. Es que, por menudo que fuera, la más leve alusión a un hecho concreto u onírico salía revitalizada de boca del narrador, ‘Mágica eso’ diría Rodríguez. Todo estaba más vivo en su condición de comunicar, dejando un amplísimo campo de acción al poder auditivo de cada uno de nosotros”, afirmó el escritor Enrique Estrázulas en el artículo “El Paco que yo conocí”.

Su vocación de docente lo predispuso a la atracción mediante la palabra hablada. Fue profesor del Instituto Normal desde 1939 y de Literatura en Secundaria desde 1945. Dos años después, comenzó a dar clases de Composición Literaria y Estilística en la recién inaugurada  Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.  Juan Carlos Onetti señaló que sus clases eran  algo similar a estar “mateando con los clásicos”. El reconocimiento del escritor hizo que un salón de la Facultad de Humanidades llevara su nombre, así como la escuela nº 53 de San José  a la que concurrió de pequeño. 

Además de las cuantiosas charlas en los cafés Metro y Ateneo de la Plaza Cagancha, a fines de la década del 60, Espínola participó del programa televisivo de canal 5 “Dialogando con los clásicos”. Comenzaba entonces una de las etapas más oscuras del país, con represión y censuras a la libertad de expresión.  El programa fue prohibido poco después por el entonces presidente colorado Jorge Pacheco Areco.  El escritor Alejandro Michelena recordaría este pasaje televisivo en su libro Magos de las palabras y de las formas (2006): “su modo cordial y campechano de hablar de los personajes homéricos mientras armaba lentamente sus cigarros, le ganó el cariño de muchísima gente que nunca antes lo había leído ni escuchado”.

 

¿Eso? Mágica, eso. Poseedor de un carácter afable, Paco fue venerado por sus colegas, alumnos y amigos.  Junto a Onetti, se lo cataloga como el gran referente de la Generación del 45, un cúmulo de creadores que ha marcado la historia de la literatura uruguaya. Ángel Rama, crítico literario y referente de esta generación, afirmó que “es el prodigio del arte al cual Espínola ha llegado a entender hondamente y con el cual ha enriquecido, soberanamente, nuestra literatura”.

Espínola fue un escritor elogiado pero ante todo fue un gran comunicador. Su propósito era llegar al otro, sea a través de la palabra escrita o desde el lenguaje oral, transmitiendo en cada relato la esencia de sus creaciones fantásticas.  Como él mismo comentó en sus lecturas comentadas, con tono cansino: “En el arte, el deseo de dominar en lo posible una técnica no nace del propósito de aderezar, de hacer que las cosas sean más lindas, sino para que ellas puedan pasar al receptor, al lector tal como son, tal como están en uno, lo más fielmente posible”.

La literatura fue un arte que Paco dominó notablemente, con la capacidad de conectarse con el lector o el escucha.  A más de un siglo del nacimiento del escritor, con su pequeña aunque prodigiosa obra, solo resta afirmar: “¿Eso? Mágica, eso”.

Laura Seara