Entrevista a Federico Pereyra, director de Parodistas Aristóphanes

EL TEATRO, EL CARNAVAL Y LOS AMIGOS

Estaciona el auto y ya desde lejos se puede ver cómo junta con apuro todas sus pertenencias, esparcidas entre los asientos, con un gesto de cansancio que se incrementa. Baja y desde la vereda me saluda: “Soy Fede, Federico Pereyra” y sin demoras estampa una sonrisa en su cara.

Por fuera, la casa de Grupo Texas parece una de esas residencias antiguas y abandonadas que se repiten sistemáticamente en las calles del centro de Montevideo. Este grupo se conforma en su mayoría por exalumnos de colegios salesianos de todo el país que tienen en común la pasión por el teatro. Ya con las llaves en mano nos disponemos a entrar para empezar nuestra entrevista.
Las luces se prenden y él se enciende con ellas; no es necesario que hable del amor que tiene por ese lugar porque es una obviedad que transmite con todo su cuerpo.
Mientras elige las mejores sillas recorro con la vista este lugar. Parece oscuro, sencillo, las tablas de madera en el piso crujen cuando él pasa de acá para allá, abriendo ventanas y cerrando puertas. Unas máscaras ofician de decoración; más atrás, unas tazas en la cocina y un mate esperando ser preparado.
“Contame qué querés saber de mí”, dice mientras se burla se su propia condición de nueva celebridad. Le doy un mate, de los míos, y empieza a hablar sin prisa sobre su condición de actor, y el teatro. No puede sostener la mirada, él también recorre todo como si fuera la primera vez que se sienta ahí.
Me devuelve el mate, se ríe e interrumpe su propio discurso. “Si te cuento por qué llegué tarde acá no me vas a creer. Es que en una presentación perdí mi alianza y mi mujer, enojada, me obligó a hacerme otra. Carísima me salió esa actuación, ¡Cobré doscientos pesos y la alianza me salió tres mil!… Pero bueno, volvamos.”
Pese a que él y yo tenemos varios amigos en común y frecuentamos los mismos lugares, nunca nos habíamos sentado a hablar. Aun así la conversación avanza con una naturalidad digna de quienes se conocen hace casi una década. Eso me asombra, mi intuición periodística me dice que debo dejar de lado mi lápiz y mi cuaderno para escucharlo sin distraerme. No puedo perder tiempo en anotar, sería como apagar un sentido, perderme. Después de todo, se trata de seguir mirando, mirar hacia donde mira para poder ver lo que ve.
“Texas es como mi hijo, lo vi nacer”, me cuenta con un orgullo propio de aquel padre con alguna que otra cana que ve a su hijo crecido, independiente, pleno. Agarra el segundo mate y ahora es el turno de hablar de su segundo hijo artístico, Parodistas Aristóphanes.
Es claro que la simple decisión de ingresar al concurso oficial de carnaval resulta una verdadera hazaña para un grupo de amigos (así lo define en varias oportunidades durante la entrevista), pero sus palabras livianas y despreocupadas minimizan el esfuerzo sin desvalorizarlo, subrayando constantemente la pasión.
Le pregunto qué espacio venía a ocupar este nuevo grupo en un mundo de lentejuelas y coreografías. Sin dudar acomoda la bombilla en el mate -no me atrevo a decirle que la bombilla no se toca- como si con ese gesto afirmara lo que dice, y simultáneamente responde: “A nosotros nos interesaba tener algo que contar”. La historia, la trama, lo difícil que es no caer en el golpe bajo, las prioridades, los tiempos, una catarata de información. Revivo con sus palabras el detrás de escena de su primera aparición en el Teatro de Verano, con la parodia de Don Bosco, que recibió grandes elogios de críticos y aplausos del público.
Es tan intensa la conversación que tímidamente pispeo el reloj para ver qué tan rápido pasaron los minutos. Mientras, él empieza a hablar de sus hijos, de su esposa, del teatro como una forma de transmitir valores a su familia. Nos sorprende el ruido de la puerta, la primera alumna de la clase de las ocho ya llegó y es hora de que termine la entrevista y emprenda mi camino a casa.
Él me devuelve al fin el mate que tuvo más de veinte minutos en sus manos, y nos levantamos. Me estampa un abrazo fraterno que me hace más pequeña; lo retribuyo con una sonrisa, no puedo decir nada, él toma mi rol y dice “Gracias por la entrevista eh, espero que te haya gustado. Cuando puedas me la mandás o te pasás por acá, sos siempre bienvenida.”

Florencia Da Silva