Elecciones internas 2014

 

Luis Lacalle Pou habla después de ganar las elecciones primarias con miras a las elecciones presidenciales de octubre, el 1 de junio de 2014. Foto: AFP PHOTO / Miguel Rojo

MODERNIDAD LÍQUIDA O LA TUMBA DE LOS CRACS

Ya sorteamos las elecciones internas de los partidos. Después de meses de ser bombardeados a través de todos nuestros sentidos con jingles, carteles, volantes, spots, y demás artilugios, la carrera ha llegado a su fin. Y llegó con sorpresas.

Luis Lacalle Pou se erigió como el gran triunfador de estas elecciones. “Desde ese 6% que teníamos”, se lo escuchó decir en reiteradas oportunidades, mientras repetía una y otra vez su homogéneo discurso, digno de un libro de Paulo Coelho: unidad, aceptar, incluír, su “por la positiva” que finalmente parece le dio resultado. En las últimas semanas tuvo un crecimiento exponencial. Quizás se infló su figura y ocurrió un fenómeno parecido a cuándo se especula con el dólar en la bolsa de Wall Street. Los analistas no se lo esperaban. Jorge Larrañaga tampoco.

Pero a no perder el foco, la interna del Partido Nacional no fue la única que trajo sorpresas: La lista 711 con Raúl Sendic a la cabeza, fue la más votada en el Frente Amplio (más que el MPP, ampliamente mayoritario en las elecciones pasadas, que quedó tercero). Constanza Moreira logró lo que Tabaré Vázquez calificó de “hazaña” con su buena votación, según escuchó la periodista Blanca Rodríguez. Vázquez no mencionó a Moreira en su discurso triunfal, que comenzó, además, cuando el de su contrincante todavía no había terminado. Unidad Popular logró más votos que el Partido Independiente, con menos campaña y menos maquinaria. José Amorín Batlle cumplió lo que había dicho a las encuestadoras: votó mejor de lo que éstas habían pronosticado. La victoria de Bordaberry no fue tan holgada como se creía.

Y la palabra más escuchada de la noche fue “renovación”.

Lo que se vio el domingo, en estos “aires nuevos de cambio que pide el pueblo”, fueron estos candidatos “jóvenes”, más nuevos, “las estrellas en ascenso de la política”, como los definiría el politólogo Adolfo Garcé hace un año en Subrayado. Pero se encontraban rodeados de una estructura partidaria conocida por todos: detrás de Lacalle Pou se veía a Jaime Trobo, Carlos Julio Pereira, Sergio Abreu o Luis Alberto Heber. Pedro Bordaberry subió al estrado a Julio María Sanguinetti para demostrarle su agradecimiento. Se vio también a un claramente envejecido Frente Amplio, que ante este nuevo escenario se ve obligado a replantearse la estrategia para octubre.

El año pasado, en un encuentro organizado por las Redes Frenteamplistas, el sociólogo catalán Manuel Castells aseguraba que en el mundo se estaba dando un nuevo fenómeno: los electores descreían cada vez más de los partidos, y esa confianza la depositaban en una sola persona, el candidato.

La confianza, y el voto, seguramente se deposite en Luis Lacalle Pou, él es señalado como la cara de la renovación, aunque la única renovación sea su rostro mismo: ni sus ideas, ni su apellido lo son.

Si bien pareciera que agarró desprevenidos a varios, era algo que se venía gestando. Múltiples son las variables que influyeron en este resultado. En el mundo hace tiempo pasan otras cosas; Uruguay no iba a estar ajeno, tarde o temprano sucedería.

En la edición previa a estas elecciones, en el semanario Brecha ya se mencionaba, casi como un presagio, que se había gestado un cambio en el electorado: la nueva generación ya no vota en función de “izquierda o derecha”, la situación de paz y bienestar económico diluyen los grandes problemas que nuclean al pueblo y que los obliga a moverse masivamente para cambiar algo que los afecta.

Porque si bien se hacen coyunturas sobre el universo poblacional que fue a votar, éste fue aproximadamente sólo un 37% de los habilitados, lo que transformó a estas elecciones internas en las de más baja participación desde que se instauraron en 1999.

Eso significa que hay un 63% que no acudió a las urnas. Además, hubo casi un 9% que votó en blanco. Y aquí debería estar el foco. Las causas pueden ser varias. Quiénes son aquellos que no fueron a votar y por qué, y lo que es más, quiénes son aquellos que se tomaron la molestia de ir a su circuito y votar en blanco, y por qué. La población, más que renovación, quizás esté emitiendo otro mensaje.

El sociólogo Zygmunt Bauman denomina a la época actual como modernidad líquida. El ser humano de estos tiempos se caracteriza por lo volátil y mutable de su personalidad: se pierden los conceptos sólidos y estáticos, los patrones heredados se cambian por aquellos elegidos por uno mismo. Somos “turistas”, a lo largo de los años pasamos “fluidamente” por varios cambios, ya sea de lugar geográfico, trabajo, pareja, y hasta de orientación política y de valores. Esto quizás sea una de las aristas que explicaría lo ocurrido en estas elecciones. El absentismo, los votos en blanco, el rápido ascenso de ciertas figuras. Importantes piezas del tablero político se están replanteando si deben hacer cambios en el sistema electoral, y hasta la relación entre ellos y sus electores. Los especialistas no encontraron explicación inmediata. Un ragnarok político que descolocó a varios.

Pero ahora, se viene el Mundial 2014. Descansen uruguayos, descansen.

Rocío Castillo