Historias de trans y sus horrores para feminizar el cuerpo

EL DOLOR DE CAMBIAR

Un caso de deformación. Foto: sdpnoticias.com

Ella era él, y luchó para que todos la vieran como Agustina. A sus 22 años, su cuerpo no mostraba todo lo femenino de su pensamiento. Otras trans modificaban sus cuerpos de manera artesanal y al verlas “todas regias”, pensó: “¡Yo también quiero!”. Nunca imaginó, sin embargo, que el proceso de feminizar su cuerpo la acompañaría hasta hoy en forma de dolores periódicos y antibióticos intravenosos.

El único centro del Uruguay que realizaba el proceso total de feminización del cuerpo era el Hospital de Clínicas donde, por orden de la directiva, en 2012 abandonó este tipo de tratamientos por considerarlos “no prioritarios”. En el interior es imposible intervenir el cuerpo con asistencia médica. Los centros y los profesionales no están equipados ni capacitados para poner implantes, hormonizar el cuerpo, o cambiar el sexo.

Agustina habló con una de las trans que se había hecho los senos y la boca. Le dijo que debía ir a Montevideo a comprar aceite (industrial) o “de avión, queda más lindo” a cierta droguería que la vendía en bolsas. Valía 100 pesos los 100 gramos.

Volvió a Durazno para empezar la pesadilla. El primer paso de la intervención, después de esterilizar las agujas en agua hirviendo, fue coser elásticos sobre su piel en la base de los senos para que el aceite no se corriera a otras partes del cuerpo. Sobre el esternón, le ataron un pedazo de mango de escoba -otras veces utilizan un encendedor- para que no quedara como “una sola teta”:

Esto le dolió “horrible”, pero (era apenas el comienzo de una situación todavía más tortuosa) la cosa empeoraría. Le aplicaron xilocaína, un tipo de anestesia local, para resistir el paso siguiente en el manual de los implantes artesanales: con una aguja que comúnmente se utiliza para sedar caballos, le introdujeron un quilo de la espesa sustancia en cada seno.

“¿Eso me va a quedar así?¡Que horrible!”, expresó Agustina mientras miraba sus senos deformes delante del espejo. “No, no, no te asustes -le contestó su “doctora”- A medidas que van pasando los días y va bajando la hinchazón, el seno se va formando solo”.

Agustina tiene ahora 35 años y su cuerpo lleva las marcas de decisiones tomadas durante su juventud. Al tiempo de realizado el implante y después de varios días de dormir sentada para tolerar el dolor, se le presentó un cuadro de endurecimiento y  enrojecimiento del abdomen acompañado de más dolor. Se le formó una especie de celulitis sobre la piel que llevó a Agustina a pensar que podía tener un corrimiento del aceite que se había aplicado en los senos. Consultó a un doctor en el Hospital Pasteur. Después de diez días de internación con un tratamiento de “antibióticos fuertes”, le anunciaron que no corría peligro pero que tampoco podían extraer el aceite industrial porque las probabilidades de cortar una arteria y generar trombosis eran altas.

En términos relativos, la historia de Agustina tuvo un final feliz si la comparamos con lo que vivió y vive Fabiana. Ella se sometió al mismo tratamiento que su amiga de Durazno, con quién comparte oficio en el hospital de la ciudad, pero su cuerpo respondió de distinta forma a la xilocaína.

Fabiana intentó, con los mismos procedimientos, estilizar sus senos y nalgas. Aplicó el aceite y al poco tiempo comenzó a notar bultos en el vientre y piernas, junto a una especie de celulitis que se extendía sobre su piel colorada. Más allá de lo fisiológico, apareció una señal que siempre preocupa cuando la infección es inminente: fiebre.

Desde hace 7 años, Fabiana es internada periódicamente con fiebre y dolores, y debe recibir antibióticos intravenosos para evitar una “infección generalizada”. “Con 37 años que tengo, de lo único que me arrepiento es de esto -contó Fabiana a Sala de Redacción-. Yo vi que todas se ponían implantes y estaban regias y divinas. Quería estar como todas, tener senos y cola, tener la imagen de una mujer. En mi caso aún más, porque tengo un hijo de crianza y quería que me viera como mujer”.

Muchas trans tienen historias similares para contar. Otras, contentas con el resultado, pregonan de los beneficios de intervenir el cuerpo sin asistencia médica para parecerse a lo que entendemos por “mujer”. Sean pocas o muchas las que responden de esta forma a la xilocaína o sufren los corrimientos del aceite industrial, los riesgos están, existen y amenazan, y el sistema de salud de nuestro país no responde a esta realidad.

Edward Braida