20 años de Ciudad de la Costa contados por sus protagonistas

SOY DE LA CIUDAD

Vista aérea de Ciudad de la Costa, 2013. AFP PHOTO: Mario Goldman.

Barro. Pozos. Más barro. El ruido de los camiones se escucha a la lejanía. Hay mucho tránsito, deben ser los del saneamiento. Muy pocos árboles sobre las calles, pero muchos dentro de los jardines. Las casas son distintas entre sí pero todas cuentan con jardín y un promedio de dos perros. No hay veredas, la gente esquiva los autos, camiones y motos que pasan peligrosamente cerca. Pregunto por el nombre de una calle a una señora mayor que sale a sacar la basura de una casa estilo años sesenta. No hay carteles que indiquen los nombres de las calles en ningún lado. “Me parece que estás lejos, no tengo idea, perdón nena. Creo que es cerca de la playa”, dice. Después me entero que la calle estaba a dos cuadras de ahí, muy lejos de la playa. Traté de esquivar un pozo lleno de agua pisando al costado pero se me hundió el pie y me llené de barro. Los peatones parecen acostumbrados, ni siquiera me miran en tono burlón. Solo un perro observa mientras bosteza lánguidamente tomando sol, en una casa de dos pisos con rejas verdes y un eucalipto en el frente. Estoy en el área metropolitana de Canelones. Estoy en Ciudad de la Costa.

Carlos tiene 53 años, trabaja en Montevideo y cuando llega a su casa no sale. Vino con su familia a Solymar cuando tenía 10. Comenzaba la década de los setenta. “Vinimos porque mi padre se compró un terreno en cuotas y empezó a construir. Como le venía el desalojo y no podía pagar el alquiler en Montevideo nos vinimos a la vivienda precaria que había empezado a construir acá, de bloques, sin baño, sin nada. Después la fue mejorando. Y así es también la historia de otros compañeros del barrio”, cuenta mientras ceba un mate en su jardín, sentado entre un ciruelo y un peral. En esas épocas muchos trabajadores elegían lo que luego sería la Ciudad de la Costa como destino porque los terrenos eran más baratos y había facilidad en la paga de materiales.

“Soy de Solymar pero nací en Montevideo, me vine acá a vivir apenas nací, lo que pasa es que mi mutualista no tenía servicio, todavía no lo tiene”. Romina vivió toda su vida en Ciudad de la Costa, tiene 21 años. La encuentro en una parada en Avenida Giannattasio mientras vuelve por la tarde de la facultad. “Un día mío típico es levantarme a las 7 de la mañana para tomar el ómnibus y llegar a las 10 a clase, porque van muy lento y tenés que levantarte siempre dos horas y media antes para llegar bien. Después estoy en la facultad hasta las 15, y vuelvo a casa”. Le gusta mucho más que Montevideo, aunque todo queda tan lejos…

En un lugar de Canelones de cuyo nombre no quiero acordarme. Ciudad de la Costa es la segunda ciudad del país, tiene 112 mil habitantes y es el área metropolitana más poblada. Su explosión demográfica fue la mayor de América Latina. Comprende el territorio que va desde el Arroyo Carrasco al Arroyo Pando. “Tiene una importancia estratégica a partir de los ochenta tanto para Montevideo como para Canelones. A partir de la crisis económica los montevideanos, que estaban con alquileres muy altos y tenían su casita en la playa, resolvieron hacer esa pequeña migración interna”. Leticia Cannella vive en Ciudad de la Costa y es antropóloga. Se encuentra haciendo una investigación de relevamiento de más de 350 fotos en blanco y negro para conformar el archivo fotográfico de la zona. Para ella este rescate del patrimonio es importante porque “hay autores que dicen que algunas ciudades pueden sufrir de amnesia, no recordar lo que eran antes por tener cambios tan acelerados”.

Alumnos de primer año de la escuela nº141 de Solymar, década del ´70. Foto: Archivo de la familia Castillo.

Las áreas metropolitanas surgen a partir de crisis o momentos puntuales que disparan su crecimiento poblacional. Las ciudades del interior fueron más planeadas porque “vinieron los jesuitas, hicieron la plaza y la iglesia, pero luego el crecimiento general de las ciudades ha sido un poco mas espontáneo”. Ni siquiera Montevideo es enteramente planificada.

Carlos cuenta que en los años cincuenta hubo un intento de que se poblara la zona. “Se daban muchas facilidades de compra de terrenos, agua potable y materiales. Se quería hacer tipo jardín: la casa debía tener determinadas dimensiones, no cualquier casa se podía construir en aquellos años”. Las cuadras son tan largas porque los primeros mapeos que se hicieron estaban basados en balnearios de California. “En los años cincuenta se pensaban las dimensiones de las calles de acuerdo a los autos ‘colachata’, que eran gigantes”. Luego la planificación desapareció.

“La identidad del área metropolitana es todo un tema, no solo en Ciudad de la Costa sino en el mundo. Las identidades tienen una dinámica bastante cambiante y además no se habla de un sólo perfil”, subraya Cannella, “sino de cuántas identidades superpuestas hay”. Que gran parte de los habitantes de Ciudad de la Costa sean montevideanos genera problemas de definición: “‘Soy de Ciudad de la Costa pero nací en Montevideo’, porque acá no hay un hospital donde nacer. Eso genera conflictos en la identidad: ‘¿de dónde soy, dónde nací?’”.

La identidad está muy relacionada al paisaje que rodea al habitante. “Es muy difícil que vivas acá y no te identifiques con algo que tenga que ver con la naturaleza, que seas una persona muy urbana. Acá sos precisamente esto: mirar para afuera y tener un jardín, poder tener animales domésticos afuera. Tener un contacto con la playa, valorarla aunque no vayas porque sabés que está cerca”.

Bip, bip, bipolar. Avenida Giannattasio, la continuación de Avenida Italia, es el eje central de la ciudad. La divide en norte y sur. Al norte de Giannattasio se encuentra la Ruta Interbalnearia, que la vuelve a fragmentar. Hacia el norte de la Interbalnearia están los barrios privados y también los barrios más pobres. Mientras más al sur, mayor estatus social, al igual que en Montevideo. El territorio está también fragmentado desde el punto de vista social y del valor simbólico. “La playa para la clase media y los sectores más carenciados tiene un valor que no lo tiene para la gente que vive en los barrios privados. Igual que las personas que viven hace mucho tiempo acá, desde los sesenta por ejemplo”.

La mayoría de los puestos de trabajo están en la categoría servicios, todos concentrados a lo largo de Avenida Giannattasio.  Se la ha catalogado durante mucho tiempo de ciudad dormitorio. Pero, agrega Cannella, “al ser un lugar paisajístico y natural por los lagos y la playa, hace que los fines de semana la gente quiera quedarse acá. En otras ciudades dormitorio la gente se va. Eso la hace especial como área metropolitana”.

En los años sesenta había dos mundos: uno al sur, el del balneario, y otro era el de las quintas, al norte de Giannattasio. Espacios sociales, culturales y simbólicos diferentes. En uno la vida del balneario, vacaciones y familias de clase media. En el otro, las quintas del norte que representaban el tiempo del trabajo.

Carlos lo recuerda como un lugar muy arbolado, con muchas dunas y bosques de eucalipto y de pino. “La manzana de la casa de mis padres, que queda al norte de Giannattasio, era el límite entre la arena y la tierra. Te ibas a una cuadra hacia Interbalnearia y ya había tierra, te cambiaba el panorama. En esa época habían tambos, quintas”.

En San José son maragatos, en Paysandú son sanduceros. Incluso en Montevideo son primero montevideanos y después de Buceo o Prado. En Ciudad de la Costa es al revés: primero del balneario, luego de la ciudad.“Nosotros ni siquiera tenemos un término que nos denomine. ‘¿Soy costeño? ¿Soy costero? ¿Qué soy, si soy de acá?’. Son todos elementos que parecen banales pero que hacen a la visualización de la identidad y la apropiación de determinados repertorios simbólicos del territorio. Está todo muy fragmentado todavía, pero en ebullición. Es un tema de tiempos sociales y culturales necesarios”, explica Cannella.

Carlos recuerda además que antes la identidad la marcaban los cuadros de baby fútbol y sus respectivos clubes. “Solymar, Lagomar, El Bosque, eso hacía que nos conociéramos y además generaba un sentimiento de pertenencia”. Tal era su importancia que la investigación de Cannella arrojó como parte muy fuerte de la identidad, a la par de la playa y la naturaleza, a clubes como Lagomar, El Queso, el Club Hípico, que “si bien ahora no cumplen la función que cumplieron en los balnearios en los setenta cuando tenían un rol importantísimo, los edificios hoy son reconocidos como depositarios de la memoria colectiva”.

La playa de la Ciudad de la Costa. Foto: Rocío Castillo

Te acordás hermano qué tiempos aquellos. Al comienzo, como zona de turismo, la población estable no era mucha. “En la escuela éramos 25 alumnos, la primera escuela empezó a funcionar capaz que cinco o seis años antes de que yo viniera y funcionó en un local que después fue una panadería”. De su infancia en los años setenta Carlos recuerda “esa idea paradisíaca de la libertad que teníamos de andar en los montes, de hacernos chozas con troncos, poníamos trampas, no para cazar, solo por ponerlas. Nos creíamos unos exploradores”. Iban a pescar, a la playa y los lagos.

“Antes nos comunicábamos más, todos los vecinos se conocían. Ahora la cantidad habitantes y la dinámica de sus vidas hace que la gente no se conozca”. Carlos extraña lo que era antes. “Capaz que hay muchos componentes, la niñez, la presencia de mis padres, pero si salgo de esos temas, Solymar era paradisíaco. Era como vivir en la mejor parte de Rocha. Yo me formé ahí y para mí es el lugar donde quiero vivir”.

“ Personalmente, al igual que la gente que conozco, veo una desconexión entre los pobladores viejos y los nuevos”. Carlos se proyecta a vivir aquí por el resto de su vida, “y si me voy de acá me iré a un lugar que se parezca al viejo Solymar. La sociedad uruguaya hizo un cambio en todos lados igual, acá y en Montevideo. ‘La edad de la inocencia’ creo que la añoran los mismos montevideanos”.

Para Cannella, el poblador mayor es muy nostálgico de lo que fue y se perdió. “Las pérdidas sobre todo en el conocimiento del vecino, del propio territorio. Son muy nostálgicos y descontentos, sobre todo con los factores de seguridad y de redes vecinales”. En los mayores hay un desconocimiento del otro, que es un recién llegado. “‘Llegaron ahora y no sé quiénes son’. No hay redes vecinales fuertes”, percibe. “Esto se dio por la pérdida de importancia de los clubes, antes iban las familias, ahora las actividades se hacen por separado, incluso dentro de un mismo hogar”.

Jóvenes dueños. “En ese sentido la visión de los jóvenes si bien tienen más carencias y siempre señalan que les gustaría que hubiese más espacios para ellos, van conformando un arraigo muy importante, aunque la mayoría trabaje en Montevideo o estudie ahí”, opina Cannella.

“Acá lo único ahora es el Shopping y los bailes abajo del Puente (de las Américas), pero si te querés quedar acá y no pagar los 42 pesos que te sale el boleto, hay cosas. Si tenés amigos, te podés divertir en cualquier lado”, señala Romina. Cuenta que  su hermana de 15 años  ”pasa saliendo con las amigas al Shopping. Antes las juntadas con amigos eran en la casa de alguno, porque no había otro lugar donde ir”.

Romina está decidida a vivir en Ciudad de la Costa, aún si es obligada a mudarse a Montevideo por razones de trabajo. “Cuando esté mejor económicamente, voy a volver acá. Extrañaría mucho. Montevideo no me gusta, le falta pasto, árboles”. Para ella la gente está demasiado apurada y el tránsito “es un asco. Acá también, pero bueno. Lo que pasa es que los frenan los pozos”, se ríe. “Me gusta que donde vivo es un barrio tranquilo, con jardines, donde un domingo uno puede hacer un asado en el jardín. En Montevideo no pasa eso”.

Cannella afirma que el ciudadano joven tiene una fuerza muy importante en el sentimiento de arraigo, más que los pobladores antiguos. “Es de Ciudad de la Costa a pesar de sus ‘problemas de nacimiento’: nació en Montevideo y lo criaron acá. Es conflictiva la definición, pero hay una valoración de vivir acá. Sienten el agrado de ir a la playa o ir caminando a la casa de un amigo con barras”.

Paisaje lunar. Además de la naturaleza, Ciudad de la Costa quizá sea más famosa por sus calles llenas de pozos, cubiertas de barro cuando llueve y levantando nubes de polvo en verano. “Si sos alérgico estás en el horno”, señala Romina. La localidad fue objeto de atención de los medios durante su inundación el pasado febrero. Los pobladores lo tomaron jocosamente saliendo con canoas y todo objeto flotante para desplazarse sobre la avenida principal. Dicen algunos que la inundación se produjo por un problema en el saneamiento: no hay.

Leticia Cannella destaca que Ciudad de la Costa “es una ciudad corredor por la disposición en torno a la Avenida Giannattasio. Esto genera problemas de comunicación interna, tanto en el transporte como en la comunicación de noticias, no hay canales de TV ni prensa.” Los procesos de cambio siguen, durante mucho tiempo fue una zona abandonada a la que las intendencias dieron la espalda.“El comentario de los vecinos siempre fue que por ser una zona netamente de izquierda, era particularmente estigmatizada”, dice Carlos. Es conocido el enfrentamiento por parte de los ex intendentes José Andújar y Tabaré Hackenbruch con la ciudad.

Pobladores viejos y jóvenes coinciden en señalar como un gran problema la suciedad de sus playas y lo poco que se las cuida. “De chica iba siempre a la playa, pero dejé de ir por lo sucia que está”, se lamenta Romina. Carlos comenta sonriendo, “siempre dije que uno de los grandes problemas de la Costa es que está lleno de montevideanos”. Es sumamente influyente la falta de pertenencia de los nuevos pobladores que “ya no venían con amor al barrio. Capaz que no venían con la idea de vivir, y ahí empezó lo de ciudad dormitorio. Acá es común que la gente haga basurales en las esquinas. Más allá que el servicio de recolección es bueno”. La carga de habitantes hizo que aumentaran las aguas pluviales y eso rompe las calles. “Acá no se puede creer, las calles parecen zona de guerra, pozos negros desbordados. De las peores consecuencias de la explosión de población fue la deforestación, la ruptura de ese paraíso”, se queja.

Al infinito y más allá. “A futuro no soy muy optimista, viendo lo que están haciendo con la planificación vial. Para mí va a cambiar el barrio, no va a ser muy amigable para vivir. Socialmente, tengo oído que en el Pinar hay movidas culturales, pero no lo sé, si hay un mundo social y cultural no lo conozco”. Carlos no se ha integrado por idiosincrasia, dice, y sonríe como dándose cuenta de algo: “cierto individualismo que tenemos, que quizá lo generó el gran espacio del que disponíamos y los pocos que éramos”.

Está muy presente el miedo a parecerse a la capital: “De acá a diez, veinte años, vamos a ser Montevideo 2, porque ya están asfaltando, haciendo el saneamiento, pusieron esos basureros nuevos, creo que están apuntando a hacernos así, espero que no, porque la verdad sería arruinar lo que es Ciudad de la Costa, somos balneario desde siempre”, comenta Romina.

Al ser una ciudad muy joven que este octubre cumple veinte años, no se puede todavía hablar de una identidad definida. “Estos procesos suelen ser cambiantes siempre, aún en las ciudades más antiguas del mundo. Bastante rápido quizás se va conformando la identidad, sobre todo por las personas más jóvenes, que son los que vivieron acá  toda su vida”. Cannella arriesga que ellos van a repensar la ciudad y proponer nuevos servicios que se adecuen a la nueva situación. Antes no era posible porque la población estaba conformada en su mayoría por gente adulta que veraneaba y luego a partir de los años ochenta por personas de Montevideo que tenían“30 o 40 años cuando se vinieron, entonces era muy difícil generar sentimiento de pertenencia. Pero las nuevas generaciones ya van reclamando cosas. Y si no se las dan, seguramente las crearán ellos. Alguien va a tomar esa posta naturalmente”.

Rocío Castillo