El GIAF: búsqueda, reestructura y futuro

A TIERRA

 

Los antropólogos y el personal de la Fuerza Aérea trabajan en una granja en Pando, en un lugar de enterramiento de personas detenidas y desaparecidas entre 1974 y 1976 durante la dictadura militar, 29 de noviembre 2005. Los restos encontrados allí pertenecieron a Ubagésner Cháves Sosa, militante sindical e integrante del Partido Comunista. AFP PHOTO: MIGUEL ROJO

La puerta de la oficina del Grupo de Investigación en Antropología Forense (GIAF) está custodiada, cual blandengue, por el esqueleto de plástico de un niño. El cartel que dice “oficina” es acompañado por un dibujo del Día de los Muertos mexicano, al igual que en el baño. En la oficina, dos de las paredes se encuentran decoradas por fichas con fotos de los desaparecidos, sus datos personales, el resultado del informe de las Fuerzas Armadas, el lugar donde se sospecha que están. Son agrupados por el centro de detención clandestino donde estuvieron por última vez: Boiso Lanza, 300 Carlos, La Tablada, Punta Gorda. “Faltan muchos ahí”, dice Ximena Salvo, integrante del equipo desde el comienzo. “Pero más que nada es una especie de ayuda memoria. Uno a veces se pierde, entonces mirás la pared y ahí lo tenés”.

Te encontré. Salvo un miembro, todos los que están en la oficina participaron en un hallazgo. Concuerdan en definir ese momento con una palabra: complejo. Se emocionan al hablar de eso. Para Ximena, “pasás tanto tiempo buscando algo que cuando lo encontrás, es una sensación de vacío. Personalmente es muy contradictorio”.

Por un lado es el logro de tus afanes”, dice Octavio Nadal. “Pero por otro también es la confirmación de la muerte, de la tortura, de la violencia. Y, de por sí, el escenario de la fosa te expone a algo desagradable, macabro. Es la presencia de los restos humanos que están allí por un asesinato, no por otra causa de muerte”. Toda la historia se condensa en un instante.

Para Octavio, el hallazgo es una actualización violenta de lo que se busca. Es algo que se puede analizar, narrar, “pero en la presencia de los huesos, aunque no hablen, es como si hablaran. Todos los que estamos involucrados sentimos cosas, aunque algunos lo demuestren más y otros menos”. A eso se suma lo que viene enseguida: la llegada de la Justicia al lugar, de los familiares, de la prensa.

El grupo está a cada paso, al costado de los familiares. Se lo llama acompañamiento. “El hallazgo genera preguntas, cosas que los familiares quieren saber. Estamos a la orden de todas las dudas”, dice Ximena.

Octavio recuerda un hallazgo que ocurrió hace 10 años en Chile. Las antropólogas llevaron a los familiares a ver los restos en el laboratorio. Fríamente, procedieron a contarles la tortura que había sufrido. Les dijeron por dónde había ingresado la bala, “con detalle técnico, prescindiendo de todo contexto. Uno tiene la obligación como técnico, cuando se enfrenta a los restos en el laboratorio, de averiguar cada detalle de la historia. Pero en el acompañamiento, cuando se transmite, no lo podés expresar con esa violencia y decirle a una persona ‘mirá cómo entró la bala’”.

Si bien ellos ya habían trabajado con restos humanos, eran restos de indígenas. No es que no tuvieran consideración ante la presencia de un muerto. Pero el escenario era otro. Hallazgos como los de los Batallones “hacen que te cuestiones los otros. Trabajamos en una disciplina que es sensible al contexto”.

Familiares. En un trabajo que tiene mucho de interdisciplinario, los antropólogos actúan como arqueólogos y antropólogos, pero a su vez como administradores, periodistas, detectives y hasta psicólogos. “Me acuerdo que conversando sobre el acompañamiento con alguien del equipo forense argentino, le decía que deberíamos capacitarnos en psicología. Él sostenía que en el fondo no, que simplemente es tener calidad humana. Ser cortés y educado”, recuerda Octavio.

Cuando hay un hallazgo, se sigue un protocolo. El trabajo del GIAF está estrechamente ligado a la Justicia y sus lineamientos, y bajo un contrato de confidencialidad. El juez de la causa es constantemente informado. Es el primero en ser notificado. Él avisa a los familiares y les da la opción de presenciar el hallazgo a solas, antes que nadie. Entran y se les explica qué hay en la fosa.

“Y esa es una de las instancias que compartimos con ellos. Después en las pericias, cuando se sabe quién era esa persona encontrada, se inicia otra etapa en la que se comunica a los familiares y se les da la posibilidad de venir al laboratorio a ver los restos”. Ximena habla siempre muy tranquila y en un tono suave, pero mientras relata esto la dulzura se acentúa, como una doctora acostumbrada a dar malas noticias. “Y de eso se trata, de que sea lo más íntimo posible. No estamos todos los miembros del equipo en ese momento. Están Alicia, Natalia o alguno de nosotros. Ese momento es muy íntimo, se deja a los familiares a solas con los restos”.

Siempre están en comunicación con los familiares, aún ahora, durante las excavaciones. Y cada vez es más fuerte ese contacto. “Es algo que nos hemos planteado en esta etapa. Porque nos parece que es correcto, y además porque a través de esa organización fluye información sobre el paradero de los restos. De manera que, a medida que tengamos un contacto más estrecho, pueden surgir cosas más prontamente”, afirma Octavio.

Los antropólogos aportan información y pruebas, no establecen oficialmente la causa de muerte. Eso es jurisdicción del médico forense, aunque en algunos casos sea simple deducir cuál fue. “Una de las víctimas era muy evidente que había sufrido un disparo en la cabeza, pero en ese caso nuestra labor se limita a recolectar y cuidar todos esos restos, y los proyectiles, la ropa, las ataduras y demás objetos que se encuentren en la escena”. Estos elementos aportan a la reconstrucción de la historia. Se puede saber también “si hubo…”, Octavio hace una pausa, “si esa persona sufrió, como dicen ellos, ‘apremios físicos’”, completa, en tono amargo.

Sólo por tres meses. El equipo se formó en 2005. Eran alrededor de diez antropólogos que ya trabajaban juntos en la Universidad de la República comandados por José López Mazz. El gobierno de Tabaré Vázquez hizo el pedido específico de intervenir en el Batallón 13 por la causa Elena Quinteros. Inicialmente no estaba previsto que el trabajo se extendiera más de tres meses.

A la par de ellos, se formó un equipo de historiadores comandado por Álvaro Rico. Siempre quisieron encontrar un lenguaje en común, pero era difícil. “Son distintas disciplinas”, dice Octavio. Su interés radica en obtener información del contexto de los hechos, y el de los historiadores en producir datos para conformar la historia reciente. Sin embargo, hay esfuerzos de aproximación.

“Al principio no había información precisa, como hubo unos meses más tarde. Después llegó más información, consecuencia de un informe que el Poder Ejecutivo pidió”, rememora Ximena. En agosto de 2005, Tabaré Vázquez pidió a las Fuerzas Armadas que investigara el paradero de los restos de los desaparecidos. “Se elevó un pedido de informe. La Fuerza Aérea, el Ejército y la Armada lo hacen; la Armada dice que no tiene ninguna información para dar, la Aérea que tiene para informar el paradero de los restos de Ubagésner Cháves Sosa y Arpino Vega, y el Ejército habla de la posibilidad de ubicar los restos de María Claudia García de Gelman en el Batallón 14, aquello del 99.999 por ciento”. En base a esos informes es que se comienza a trabajar en el Batallón 14. Luego el equipo se divide entre la Chacra de Pando -donde la Fuerza Aérea señala que están los restos de Vega y Cháves Sosa-, el Batallón 14 – donde estaría María Claudia-, y otro equipo que siguió en el Batallón 13.

Diez años después, el trabajo sigue. De ese grupo fundador solo quedan Octavio y Ximena. López Mazz dio un paso al costado el pasado agosto. El equipo está en plena reestructura.

Una rutina de diez años. Hoy no es un día normal. Están todos. Salvo Alicia Lusiardo y Gustavo Casanova, que está en el campo. Hubo un problema con la excavadora, por eso muchos están en el laboratorio, otros buscando testimonios. Todos los días excavan. Y miran. Miran cómo se excava.

El trabajo se divide en tres áreas: la de investigación preliminar -la recabación de información previa como testimonios, entrevistas, fichas ante-mortem, fotografías aéreas-, el equipo de campo -que asiste a las excavaciones-, y el área de laboratorio. También se ocupan de la comunicación, gestión y administración. Cada uno tiene su área definida, más fija desde la reestructura, aunque de vez en cuando rotan si hay que dar una mano.

La jornada empieza a las 7:30. Ahora están trabajando en el Batallón 13 y la base de armamento que está al lado. Van en la camioneta, llegan a las 8 am y “esperamos que llegue Romeo…” cuenta Nicolás Batalla, ríe y los demás lo siguen. Romeo es el maquinista, explica Ximena. La relación con los militares con los que trabajan “es correcta”, dice Octavio. Mientras excavan, se los filma constantemente con una cámara. Conviven los dos trabajos en ese territorio, que es el Batallón.

Vemos cómo la máquina excava trincheras; excavaciones rectangulares largas, y nosotros supervisamos. Si vemos alguna alteración que nos indique algo distinto del suelo natural, bajamos con la pala manual”, explica Nicolás, que está en el grupo que excava. Octavio expone sin ironía que el trabajo del arqueólogo es bastante trivial. Todos lo reafirman y al hacerlo se ríen. “Ves cómo una máquina pasa y tenés que estar atento a algo”. La información es ambigua, no hay datos precisos, y son predios militares de gran extensión. La rutina, sumada a los largos años sin encontrar nada, puede llegar a desmotivar y aburrir. “Uno tiene que luchar contra la rutina de estos casi diez años, porque las cosas interesantes no han sido muchas”, dice Octavio y piensa, “el problema es que todo ese proceso del manejo de la información, que termina después en la excavación, es bastante más complejo”.

Interviniendo. Desde el año 2011, la Justicia pidió al equipo que interviniera en pericias a muertes sospechosas durante la dictadura. “Fueron asesinados, los restos entregados a cajón cerrado, no son claras las causas de muerte, y entonces se abrieron esas causas”. Octavio explica que este pedido no es algo que derive del trabajo oficial que se planteó al principio, sino que es parte de la evolución del equipo y de cómo la comunidad sintoniza con su trabajo, “en 2005 nadie nos hubiera pedido eso”.

Vista de los restos de un esqueleto humano encontrado 03 de diciembre 2005 en una excavación en el 13 Batallón de Infantería, en las afueras de Montevideo. AFP PHOTO / PRESIDENCIA.

 

 

Los datos que les llegan no son sólo de los Batallones, pero son los únicos lugares donde están autorizados a excavar. “Sólo podemos intervenir si hay una causa. En el caso del Batallón 14 fue por María Claudia. En otros casos hay información más ambigua, que no está muy clara, entonces las investigaciones todavía no se iniciaron”, explica Ximena. Para intervenir siempre necesitan la orden de un juez. Y hay causas donde las defensas de los militares acusados logran que se posterguen, entonces hace años que están en veremos. Si bien parece todo muy burocrático, Octavio afirma que, a su vez, la Justicia es una garantía para el trabajo. “Son predios militares o privados, para entrar a los sitios tiene que haber algo que nos respalde”, completa Ximena.

Hace un par de años un juez denunció que podía haber entierros clandestinos en un cementerio rural abandonado en Cerro Largo. En función de la denuncia se fue al sitio, se investigó lo que se pudo y el caso quedó en suspenso. “Mientras no haya más información no se puede avanzar. En este caso la información llegó a la Justicia y se nos pidió intervenir”, explica Ximena.

Están también en el 300 Carlos, un galpón en el Servicio de Materiales y Armamento, usado como centro de detención, pero no pueden decir mucho más porque como todo, está dentro del marco de un acuerdo de confidencialidad con la Justicia. “El 300 Carlos más que nada está asociado a causas en las que han ido ex-presos a reconocer el lugar”.

Si mirás ese mapita…”, Octavio señala la pared detrás de mí, giro la cabeza y hay una cartelera con todo tipo de mapas, diagramas y fotos aéreas. Uno tiene marcado con rojo parcelas delimitadas, algunas más rojas que otras. “Todo eso rojo que ves en el terreno es lo que ya se ha intervenido desde 2005. Para que tengas una idea de la magnitud del trabajo, son como 800 metros de largo. Ese es el Batallón 13 y al lado hay un complejo militar”, dice, y señala el diagrama que está al costado. Falta por excavar.

La mayor presión que sienten es la de ellos mismos, por la frustración del “no hallazgo”. Ximena dice que siempre sintieron apoyo y comprensión de parte de los familiares. “Si bien ahora tratamos de profundizar el vínculo y que sea más fluido, ellos siempre supieron el trabajo que hacemos y el compromiso que tenemos”.

Cuentan que al principio, durante los primeros meses, sentían el asedio de la prensa. También en los momentos de los hallazgos. Pero que ahora se reduce a si aparece algo en los medios, al otro día hay alguna que otra cámara de televisión. No mucho más.

Octavio recuerda que el problema más grande se planteó en la Chacra de Pando, porque la excavación estaba cerca de la calle, entonces no podían impedir que se los filmara. Tuvieron que tapar la cerca. El problema era más para los familiares cuando iban al encuentro del hallazgo que para el equipo.

CSI Montevideo. “No te pierdas”, dicen sonriendo, ante el pedido de conocer el laboratorio. La sede es una típica casona vieja de techo alto. Tiene una ventana alta que ilumina el pasillo y que conecta todo. De paredes blancas, consiste en la oficina, una cocinita -tostadora y cafetera incluidas-, el baño y el laboratorio. Los pisos de baldosas multicolores desgastadas están llenos de portland, hay habitaciones que se están reformando.

El laboratorio es todo lo contrario a lo que uno se imagina de tanto ver series de tevé sobre forenses: es pequeño y en estos momentos está atestado de elementos. Hay dos camillas azules. Ahí se despliegan los huesos durante las pericias. Hay una especie de lámpara-lupa gigante en un costado, y sobre otra camilla, restos humanos. “El esqueleto fue donado por la Facultad de Medicina, para hacer prácticas”, cuenta Natalia Azziz. Lo trajo al entrar. Natalia asiste a Alicia, que hizo su maestría en Antropología Forense en Estados Unidos. Las dos se dedican a las tareas de laboratorio. Alicia entró al grupo en 2007 y es señalada como quien los capacitó en lo relativo a las pericias en los huesos.

Se buscan los rasgos en los restos que indiquen violencia. En el laboratorio, lo primero es el acondicionamiento de los huesos, la limpieza, el inventario. “Al hacer inventario tenés que desplegar anatómicamente los restos así”, y mientras lo dice, Ximena pone sus palmas hacia arriba. Detrás de ella hay un afiche de cuerpo humano en igual posición, al que miro de reojo. Después del inventario, empieza a generarse el perfil biológico: el sexo, la edad, los rasgos individualizantes.

La limpieza y disposición de los restos no es engorrosa porque al no ser huesos frescos, no hay que hervir cuerpos, o hacer otro procedimiento. “Mientras más tiempo pasa, más difícil se hace para obtener detalles”, cuenta Natalia, a la vez que mecánicamente limpia con un pincel el polvo de una camilla. Una muerte por asfixia en un submarino, por ejemplo, no es fácil de ver en restos óseos.

El perfil biológico ayuda a acercarse a la identidad de esa persona. “Si tal persona tiene una fractura en un hueso de la mano, prótesis dentales, esas cosas únicas, son elementos que te permiten ir acotando. Se obtiene una hipótesis de identidad. Cuando está el análisis de ADN, ayuda a tener una muestra más pequeña con la que comparar, sino el universo es enorme”. Hay tres formas para identificar positivamente a una persona: el ADN, la odontología forense y la radiografía.

El análisis de ADN demora entre quince días y un mes. Se trata de que dos laboratorios hagan los análisis, para mayor seguridad. Las muestras se analizan en el laboratorio del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), en Córdoba, y a veces también en el GIAF . El equipo argentino trabaja desde 1984 y es pionero en antropología forense en Latinoamérica. La relación existe desde que se formó el GIAF, tienen una constante comunicación. Ya en la primera excavación los asistieron, “sobre todo por la brecha enorme y la ventaja que nos llevan”, comenta Octavio. La base de muestras genéticas de los desaparecidos está en Uruguay, pero también hay una copia en el laboratorio del EAAF.

Vamos a innovar. Si el equipo -que se completa con Rodrigo Bongiovanni, Matías López, Nicolás Gazzán y Diego Aguirrezabal- tuviera que hacer un balance de estos diez años, todos coinciden en que no hay uno solo. Para Ximena lo que se ha conformado como equipo, es positivo. “Ya de por sí está bueno estar en un lugar, tener este espacio que la Universidad nos dio en 2012”. Tienen el deseo de que más allá del grupo, la experiencia se institucionalice.

Los balances personales tienen mucho que ver con las características del trabajo. “Tiene sus puntos altos y bajos; los puntos de mayor entusiasmo y aquellos que son rutinarios y planos. Más que puntos bajos, son planos. Te rutinizás un poco”, señala Nicolás.

Ante la mención de qué pasaría en un escenario político que les quitara su apoyo, Diego Aguirrezabal aparta la mirada por un momento de su laptop. A los arqueólogos no los forman para interactuar con el público y lidiar con la política. “Hay que hacer hincapié en las posibilidades y responsabilidades que tenemos nosotros como equipo, pelearla para que el Estado se haga cargo de determinadas cosas”.

La bandera política no define. Los gobiernos colorados han tenido diferentes posturas. Hasta las dos administraciones frentistas han tenido políticas distintas. “Vázquez propuso el día del ‘Nunca Más’, Mujica yo creo que no lo propondría nunca”. Para Diego hay que adaptarse, con un objetivo claro: seguir trabajando el tema, que se siga estudiando, que sigan las investigaciones. Con el GIAF como principal impulsor. Están decididos a continuar pase lo que pase.

Pero el apoyo político es importante. Ximena dice algo que es claro: “Si no hay un juez que pida que se ingrese y alguien que lo permita, más allá de que tengamos dinero, no podríamos entrar a los Batallones a excavar”.

No somos sólo técnicos buscando algo. Tenemos una convicción política, nosotros impulsamos este trabajo. Pero somos conscientes de que la fuerza de lo que tenemos es relativa. Y de que esto se mueve porque hay voluntad política y organizaciones que apoyan”, puntualiza Octavio. Las denuncias que reclaman por el paradero de los desaparecidos empiezan en 1985. “El Estado uruguayo no puede hacerse el distraído porque esto ya es requerimiento de la Corte Interamericana y otras organizaciones mundiales. El resultado de nuestro trabajo ha puesto sobre la mesa cosas que no se pueden obviar: los muertos estaban”. El equipo ya halló cuatro. En territorio uruguayo faltan por encontrar cerca de 40 desaparecidos. Y se sigue buscando. Todos los días.

Rocío Castillo