Panorama de comunidad aborigen Wichí en el Chaco argentino

SOMOS GENTE

 

Día del aborigen - Foto extraída de Google

La temperatura alcanza los cuarenta grados. El suelo de arcilla quema los pies descalzos de los niños que juegan entre murmullos cerca del fuego, donde se cocina un oso hormiguero. Varios hombres de rasgos  bolivianos cavan un pozo. Se necesitan unos veinte  metros de profundidad para conseguir agua potable aunque después de cinco emerge agua con arsénico. Los niños y diez perros se acercan para beber del hueco cuadrado hecho en un pedazo de tronco. Dos mujeres se sientan a su lado para fabricar con sus manos curtidas, una cartera de hilos vegetales que esperan vender a sus visitantes, un grupo de educadores de colegios Maristas.

Los educadores visitantes, dos argentinos y ocho uruguayos, convivieron con la comunidad aborigen wichí durante una semana, en rol de voluntariado. Una vez al año los Maristas proponen a algunos de sus educadores,  viajar al Chaco argentino para ayudar en las escuelas de la comunidad aborigen wichí, llevar comida, ropa, materiales didácticos y fomentar el intercambio cultural.

Sala de Redacción conversó con Belén Sánchez, una de las maestras uruguayas que conformó el grupo de este año. “Los educadores nos quedamos esos siete días pero los Maristas están todo el año porque hay voluntarios que fueron una semana como nosotros y luego volvieron con sus familias para instalarse ahí. Ellos forman un grupo de Maristas laicos que deben irse de las tierras wichí cuando esa comunidad pueda solventarse sola. Ese el el trato”, contó Belén.

Pueblo wichí - Foto de Fernando Gens

Historia. La comunidad aborigen wichí estpa integrada por alrededor de 6.000 miembros diseminados entre el Chaco salteño y Bolivia. Viven en este lugar mucho antes de la colonización europea junto a otras dos comunidades de aborígenes: qom y mocovíes.

Un siglo atrás, los Padres Franciscanos llegaron a la comunidad wichí para iniciar el sistema de voluntariado y el Estado argentino les concedió 20.000 hectáreas que solo ocuparía la comunidad. Sin embargo, la entrega definitiva de los títulos se produjo en 1992. Recién en 1994 la reforma constitucional argentina reconoce en su artículo 75 inciso 17 “la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas” y respeta expresamente su identidad y otros derechos como comunidad.

Los Padres Franciscanos se retiraron del sitio a mediados de siglo tras una enorme sequía y las Hermanas Lauritas colombianas ocuparon su lugar. Los wichí recuerdan especialmente a la monja guerrillera Guillermina, quien los defendió durante la última dictadura militar hasta que la exiliaron. En el período militar el terreno wichí era tierra de nadie y se utilizaba para efectuar fusilamientos masivos. Las mujeres aborígenes eran violadas, los hombres esclavizados. Les llegaban citaciones que no comprendían para combatir en la guerra de las Malvinas, en la primera fila del batallón.

Los Maristas relevaron a las Hermanas Lauritas (encargadas solo de la primera infancia y de las mamás de esos niños), hace veinte años, en plan de acompañamiento y colaboraron con la obtención de los títulos de propiedad de las 20.000 hectáreas comunales wichí. Dentro de esas 20.000, hay 500 que representan al Estado debido a que allí se encuentran el juzgado, la policía, el hospital y también los Maristas, que gestionan desde ahí su obra social.

Hace 15 años que falleció su último cacique, Francisco Supaz, y desde entonces no poseen organización política, se manejan entre familias y con apoyo del voluntariado.

Vivienda. Los wichís se desplazan dentro de las 20.000 hectáreas en busca de agua que obtienen de los ríos Bermejo y  Pilcomayo. Cuando una parte de los ríos se seca, los wichís se trasladan hacia sitios donde haya buen caudal de agua. También dependen de la lluvia para generar reservas: El año pasado no llovió en la zona y murió gente por deshidratación.

Casa típica wichí - Foto cortesía Belén Sánchez

Edifican casas cada vez que se mueven de una ubicación a la siguiente. Sin embargo,  no tienen una parcela determinada para hacerlo. “Construyen donde quieren y la casa pertenece a una familia pero son de uso general; me llamaba la atención porque nosotros estamos muy acostumbrados a la propiedad privada”, explicó Belén.

Las casas son precarios refugios de ladrillos hechos con arcilla del suelo y tienen una parte abierta porque hace demasiado calor. Están desprovistas de muebles, arman sencillas camas para pasar la noche.

En 2013 el Estado construyó 60 viviendas que los wichís usan de depósito porque su continuo traslado en búsqueda de agua les dificulta radicarse en un lugar. Además, los techos elaborados por el Estado son de chapa y las altas temperaturas les impiden dormir bajo ese material.

Familia y cultura. Los wichís son longevos -pueden alcanzar los 100 años de vida- y suelen convertirse en padres a los 15 años de edad, aunque los niños son hijos de la comunidad y los crían entre todos.

Un hombre debe ser capaz de cazar y sustentar un hogar para poder casarse. A la mujer se le exige elaboración de artesanías para comerciar y el cuidado del ámbito doméstico. La familia es un valor inquebrantable para los wichís. Le dan tanta importancia como al silencio y la palabra.

Hablan muy bajito: “Para ellos, nosotros, los educadores, gritábamos” , contó Belén. “Me asombró  cómo los niños chiquitos juegan casi en silencio. Soy maestra y estoy acostumbrada a escucharlos gritar, correr, preguntar. Por ejemplo, íbamos en un viaje largo de  ómnibus y los nenes ni se movieron todo el camino. Llevás a otro niño cualquiera y empieza: dónde vamos, cuánto falta y por qué no llegamos”. Mantienen silencio incluso cuando se les formula una pregunta que no es de su interés. Tampoco miran a los ojos cuando hablan con personas de etnia blanca, lo consideran una falta de respeto. Quizá su sumisión histórica a la voluntad blanca esté relacionada a ese hábito. “Era muy difícil el vínculo”, expresó Belén.

El miedo es otra característica manifiesta. “Al principio no entendían el mecanismo de la cámara de fotos. Se alejaban, se asustaban. Después comprendieron que se podían mirar y querían fotos todo el tiempo para verse, porque no tienen espejos. No conocen su propio rostro. Miraban la foto y se reconocían por descarte. Este es él, este es el más chiquito y el que queda debo ser yo”, contó perpleja Belén. Agrega que le temen al arcoiris pues lo vinculan al fin de la tormenta que augura una nueva tempestad. También lo asocian a todo lo sangriento: ciclo menstrual, embarazo, parto.

Por otra parte, los wichís tienen ritos para la muerte como todas las culturas que se conocen: sepultan a las personas directamente en la tierra seguramente por su estrecho vínculo con la naturaleza.

Alimentación y salud. La comunidad wichí se alimentan de los árboles. “Saben cuál les da azúcar, tal vitamina o los protege contra una enfermedad”, dijo Belén. También son cazadores.  Piden permiso mediante oraciones a la madre naturaleza para matar lobos, jaguares, osos hormigueros, búfalos. Aunque actualmente los animales se corrieron del lugar por la deforestación.

Una empresa privada taló una gran cantidad de árboles bajo la promesa de recompensa económica a los wichís, pero la promesa nunca se cumplió. En cambio, el Estado argentino multó a la comunidad aborigen por talar en zona protegida. La deuda no está saldada porque los wichís manejan poco dinero que obtienen de vender artesanías, ladrillos y las cabras que crían (pero no matan porque sólo consumen animales salvajes).

Árboles talados por empresa - Foto cortesía Belén Sánchez

Además, reciben una pensión estatal porque son personas no aptas para trabajar debido al mal de chagas -una enfermedad parasitaria crónica- que todos poseen por invasión de la vinchuca, el insecto que la transmite.  El Estado resolvió reparar la situación monetariamente pero no fumiga el lugar y por lo tanto, la enfermedad se propaga a todos los habitantes de la zona. Cobran la pensión haciendo dos días de cola frente a la policía radicada en las 500 hectáreas que representan al Estado, donde se encuentra el hospital.

No obstante, los wichís no están registrados en ese hospital rural y el camino hasta allí es largo. El único ómnibus que hay pasa día por medio y recorre 180 kilómetros en 5 horas. Si llueve no hay locomoción debido a que los caminos de arcilla quedan intransitable, el transporte no puede atravesarlos. Existe una licitación para asfaltar ese recorrido pero los maestros que dan clase en las comunidades wichí están en contra ya que perderían su plus económico por trabajar en zona inhóspita. Los maestros nativos de la comunidad están más comprometidos con la situación del lugar y no objetan la licitación.

Educación. Las escasas escuelas wichí abren sus puertas a las 8 de la mañana y las cierran a las 12. Sin embargo, la comunidad aborigen “no se rige por el reloj, utiliza el tiempo. Entonces son las diez y sigue cayendo gente. A la hora que se levantan arrancan a caminar para la escuela”, explicó Belén.

Escuela de pequeña comunidad wichí - Foto cortesía Belén Sánchez

El mismo edificio -muy precario- recibe a estudiantes de inicial hasta quinto de liceo aunque las edades no siempre corresponden al grado que cursan. “Podés encontrar a uno de diecisiete años en primero de liceo y a uno de cuarenta y pico en quinto porque dejan, vuelven: lo hacen en muchos años. Incluso tiene que ver con su necesidad de moverse por el agua y los recursos, de pronto se mudan por tres meses” explicó la joven maestra.

Las instituciones educativas son bilingües, los niños aprenden su lengua materna (wichí) y en tercero de escuela se les enseña el castellano que persiste en su educación hasta el último grado.

Escuela Francisco Supaz - Foto cortesía Belén Sánchez

Belén acudió en rol de voluntaria a la escuela Francisco Supaz (último cacique) en Nueva Pompeya, que cuenta con 200 estudiantes. Si bien en ese edificio trabaja el primer director wichí de Primaria, el director de Secundaria es Marista pues aún no hay aborígenes con capacitación para ejercer el cargo.

En los cursos liceales, los estudiantes poseen un docente guía que hace de traductor cuando no comprenden al profesor. El docente guía es wichí y los acompaña durante todo el año en cada materia para evaluar el proceso, que es la base de la calificación y aprobación final. Las materias son diversas y se enfocan en el sustento actual de la comunidad como artesanía o carpintería, pero también cursan asignaturas clásicas en un plan liceal como matemática.

El trato con los estudiantes no fue sencillo para Belén. “¿Ustedes por qué están acá? ¿Cuál es su objetivo?” preguntó un adolescente wichí a los educadores Maristas. “Uno va con ganas de generar un intercambio, de enseñar. Y te terminás dando cuenta que no enseñás nada, que aprendés de ellos. Es una experiencia que deja mucho”, reflexionó Belén, “Es muy diferente a mi trabajo en el colegio Marista. El valor que le dan al silencio es impresionante. Cuando entrás a la escuela decís: nooo, acá no hay niños. Se escuchan entre ellos cuando levantan la mano, limpian entre todos cuando finaliza el turno porque no hay personal de limpieza.”

Las escuelas son los únicos centros culturales a los que tienen acceso los wichís dentro de sus tierras. Además de la relevancia social que implica, son fuente de alimentación. Los estudiantes almuerzan en el comedor y es la única comida que hacen al día, porque la caza y recolección dependen de los recursos naturales del momento.

El Estado envía 20.000 pesos argentinos para el comedor mientras que la escuela Francisco Supaz gasta 60.000 mensuales, por lo que los Maristas subsidian la diferencia. La deserción estudiantil wichí no existe para el Estado ya que las escuelas no pasan ese dato. “Si van dejando los niños, mandan menos plata para el comedor y no reponen cuando se reintegran. Por eso no se pasan estadísticas, [porque] en muchos casos dependen de la comida de la escuela”, explicó Belén. Durante su estadía hubo un paro nacional en la Educación. “Los niños suelen festejar cuando no tienen clase. Ellos no. Saben que si no van a la escuela no comen”.

La jornada escolar finaliza y los estudiantes wichís saben que llegó la hora de almorzar. Los educadores reparten agua para tomar y arroz con pollo -aunque se asemeja más a ensopado con trocitos de pollo- desde una olla gigante, que vuelve a llenarse con las sobras de las sobras del último que terminó. Fuera de la escuela Francisco Supaz, algunas familias aguardan ese resto para llevárselo a su hogar.

Almuerzo en escuela Francisco Supaz - Foto cortesía Belén Sánchez

Actualmente hay fruta de postre ,pero si continúan los desbarajustes en la inflación argentina, el Estado volverá a cortar el presupuesto que les llega y las consecuencias serán mayores que comer el mismo menú todos los días, una única vez por jornada.

Después del almuerzo, estudiantes y maestros lavan la vajilla en tachos con agua y silenciosamente apagan la luz eléctrica proveniente de grandes tanques de gasoil que se instalaron recientemente. Belén les preguntó si no temen que con tan alta temperatura, exploten los tanques y ocurra una tragedia. “Por lo menos ahora tenemos luz” , le contestó un muchacho wichí.

La semana concluyó y Belén retornó al Uruguay con una experiencia única aunque sin grandes despedidas ni agradecimientos por parte de la comunidad aborigen, pues no tienen una palabra que signifique “gracias” en su idioma, utilizan la española.  Quizá porque nada le deban a los hombres y mujeres blancos a quienes no miran a los ojos. Pero les recuerdan que todos venimos de la misma madera: “somos gente” es una de las traducciones de la palabra “wichí” al español.

Agustina Ciancio