El caso de Melissa Ruggiero continúa impune

DOLOR, CONTRADICCIÓN E IMPUNIDAD

Marcha reclamando justicia para Melissa. Foto: causaaabierta.com.uy

Dejarla ir o no, era el dilema que enfrentaban los padres de Melissa Ruggiero el sábado 9 de agosto, cuando la chica les había pedido ir a un cumpleaños con una amiga. Es que aquella joven de 15 años recién cumplidos siempre salía en compañía de sus padres, o por lo menos, la llevaban a donde fuera y la iban a buscar.

Que iba, que no. Finalmente fue. Aquel sábado decidieron dejarla ir para evitar su enojo y sus reproches por ser “la única que no salía a ningún lado”, pero lo que nunca imaginaron es que la joven no volviera más.

El domingo 10 de agosto a las 4:16 de la mañana, bajaron dos policías de un patrullero. Golpearon la puerta de la abuela de Melissa y llamaron a los padres. Sin decirles lo que había pasado, los llevaron a la policlínica de Suárez donde, horas antes -a las 2, según consta en la partida de defunción-, la quinceañera había fallecido víctima de un disparo.

Melissa nunca fue al cumpleaños de quince. Fue a una fiesta que organizó otra joven para festejar su mayoría de edad. El evento fue organizado en Facebook, y a él concurrieron jóvenes de Suárez y de Sauce. Al parecer, se generó un conflicto entre bandas de las dos ciudades y la joven de quince años recibió una “bala perdida”.

Lena Oxley, la madre de Melissa, habló con Sala de Redacción. De aquella madrugada contó que recuerda no entender nada de lo que estaba pasando al principio. En el patrullero que se presentó en su casa, junto a los policías, se encontraba un joven que había estado en el mismo lugar que Melissa aquella noche. Como era vecino, guió a los policías hasta la casa de la menor. Cuando llegaron a la policlínica, se encontró con una amiga de Melissa -de iniciales O.T.- y le preguntó qué estaba haciendo ahí si su hija había salido con otra chica. La menor contestó: “No sé nada, no vi nada, no estaba con ella”.
Cuando hablaron con el médico, éste les dijo que Melissa no había resistido, Lena preguntó cómo estaba. Recuerda que el doctor se dirigió a su esposo, Enrique Ruggiero, y le dijo: “Su señora no está entendiendo”. Él fue el encargado de volverla a la realidad con dos palabras nada más: “Mel falleció”. Una enfermera le dijo que a pesar de todo la felicitaba porque en aquella fiesta no había más nada que alcohol, y en los estudios que le hicieron a Melissa no detectaron presencia de alcohol ni drogas. Pero para esta madre eso no es consuelo. Con ojos inundados en lágrimas se preguntó: “¿De qué me sirve que no se estuviera drogando? Tal vez si lo estuviera haciendo, hoy la tendría acá conmigo”.

Atando cabos

Pero, ¿qué había pasado? ¿Qué hacía Melissa en aquel lugar? ¿Quién le disparó? ¿Por qué? Esas son las interrogantes que estos padres desesperados, y todo aquel que conocía y quería a esta niña, se preguntan hasta hoy.

O.T. habría sido quien llevó a la chica a aquel lugar. Lena recuerda que esta joven la llamó desde el celular de Mel -como le dicen sus padres-, y le preguntó si podía ir al velorio, “Raro que una supuesta amiga pida permiso para ir al velorio” comentó la madre. Fue esta amiga también quien le devolvió a la familia la mochila de Melissa con algunas pertenencias y les dijo “Perdón, no la pude cuidar”. Inmediatamente, la madre se dio cuenta de que en esa mochila faltaban cosas. “Falta el celular”, le gritó. La chica, de mala gana, según cuenta Lena, se lo devolvió diciéndole: “Tomá, quedó así de la caída. Ya no sirve para nada”. El celular tenía el teclado arrancado.

Otro elemento que llamó la atención fue que Melissa tenía puesto un pantalón vaquero que no era suyo, distinto al que llevaba al salir de su casa. Hasta el día de hoy no se sabe adónde fué a parar el pantalón que llevaba, ni tampoco elos championes. También faltaba la campera de cuero que le habían regalado hacía poco. La misma apareció después, cuando la dueña de la casa donde se llevó a cabo el evento, la entregó a la policía. La campera tenía el orificio de bala.

Más cosas fue notando esta madre. Alguien había cerrado el Facebook de su hija, y había abierto otro donde le dejaban saludos y condolencias. Según afirma Lena, la única que tenía acceso a la contraseña de su hija era O.T. Cuando logró que volvieran a abrir la cuenta, las últimas actividades se habían borrado. Lena decidió seguir haciendo investigaciones por su parte. Cargó el celular de su hija, lo prendió, y con un lápiz fue ingresando en las distintas aplicaciones del aparato. Encontró dos mensajes de esa noche que decían “Mamá, llámame please” y “Abuela, llámame please”. Los mensajes nunca fueron enviados, y por lo tanto, tampoco pudo saber a qué hora había intentado mandarlos. Con estas evidencias, pidió a la justicia que se tomaran el Facebook y el celular como prueba. En su momento, no quisieron aceptarlos como tal.

Muchas cosas hicieron que los Ruggiero empezaran a desconfiar de la “amiga”, y se encargaron de hacérselo saber. Pero la muchacha salió a contestar. El 31 de agosto publicó en su cuenta de Facebook “Qué fácil es repartir culpas, ¿no? No estuviste en el momento así que para la próxima pensá bien lo que vas a decir. Obvio que duermo tranquila, no tengo por qué esconderme de nada ni de nadie, yo sé lo que hice y dejé de hacer, ¡no sos Dios para juzgar a nadie!

Lena le contó a SdR que el día después del fallecimiento de su hija, la madre de O.T. estaba muy nerviosa porque la joven sabía lo que había pasado, y quién había disparado. Días después dijo que no sabían nada. Según Lena, prefiere callar para cubrir a alguien antes que ayudar a que se esclarezca el caso.

Lo cierto es que esa amiga no es la única posible testigo. Esa noche había mucha gente, y muchos son del barrio, pero todos prefieren callar. Algunos dicen haberla visto en el piso, pero que pensaron que estaba desmayada. Aparentemente ninguno vio nada, o por lo menos, no están dispuestos a declarar. Los padres también golpearon en la casa donde se organizó el baile, pero nadie atendió.

El papel de la justicia

Las contradicciones no sólo provienen de parte de los jóvenes.  Según los padres, la justicia también está cometiendo ciertas irregularidades. Hasta el momento, la jueza María del Carmen Roybal procesó a dos individuos de 19 y 21 años. El de 21 años fue procesado con prisión porque, luego de allanar su casa, la policía encontró los championes que le habían robado a otro de los jóvenes heridos aquella noche. El de 19 años fue procesado sin prisión, con la medida sustitutiva de permanecer en su domicilio durante la noche, por 90 días.

El principal sospechoso es un menor de 15 años cuyo padre había salido de la cárcel hace unos meses por delitos vinculados al narcotráfico.

Consultados por si tenían la confirmación de que el menor hubiera sido el autor del disparo, Lena dijo que no están en condiciones de afirmarlo porque no tienen una confirmación oficial. Ellos se enteraron de que este menor podría ser el asesino cuando la llamó un periodista de El País para informárselo, porque lo iba a publicar. Ni bien se enteró de esto, llamó a Quevedo, funcionario policial que lleva a cabo la investigación. La respuesta fue que esa era información que no se debería haber filtrado.

Tampoco les fue fácil llegar a hablar con la jueza y el fiscal de la causa, Pablo Rivas. En un principio, la jueza Roybal contestó que sin abogado ni cita previa, no podía atenderla. Por su parte, el fiscal dijo que agendaran para otro momento porque estaba con mucho trabajo.

Cuando lograron la primera charla con el fiscal, le preguntaron por qué no realizaron pericias a los presentes, unas 30 personas aproximadamente. La respuesta fue que eran muchas personas. Lena también les planteó que, al no haber actuado de inmediato, el asesino había tenido tiempo de deshacerse de todo lo que sirviera como evidencia. El fiscal Rivas le contestó que el hecho se había dado un domingo, y que el lunes habían comenzado a trabajar en el caso a las 9 de la mañana, cuando la fiscalía comúnmente trabaja de tarde.

El área de Investigación y Homicidios fue la que al principio se mostró con mayor disponibilidad para con la familia de Melissa. El investigador Quevedo y el encargado de homicidios, Rodríguez, les facilitaron sus teléfonos para que consultaran cuando quisieran por el caso. Las contestaciones al principio eran “Aún no hay nada nuevo”. Con el paso de los días, Lena empezó a intuir que sus llamados comenzaban a molestar a estos señores, quienes le contestaban: “Señora, estamos trabajando en el caso, cuando sepamos algo se lo vamos a avisar” y cortaban.

La lucha por la verdad

Esta familia no quiere que el caso de su hija quede archivado con el título de “ajuste de cuentas”. Comentan a SdR que esa misma noche hubo un caso similar al de Melissa. La madre de otro muchacho asesinado también protestó en el juzgado, pero no con la misma intensidad que ellos. Los policías les dijeron a esos padres que el caso de Melissa tenía prioridad porque el otro había sido un ajuste de cuentas.

Este tipo de crímenes está de moda y cada vez crece más. Parece ser que si los familiares no se movilizan y se hacen escuchar, más tarde o más temprano, la mayoría tienen el mismo destino: el expediente sin resolver guardado en un cajón y titulado “ajuste de cuentas”. El fiscal de Corte y Procurador General de la Nación, Jorge Díaz, comentó a El País que en estos casos, actúa una “ley de silencio” por la que los posibles testigos se niegan a hablar por miedo a represalias.

Estas situaciones llevaron a que los padres comenzaran a hacer ruido para que se haga justicia. La primera marcha fue organizada por los compañeros de Melissa en el liceo al que concurría. En esa ocasión Lena y Enrique no fueron. Hacía horas que se habían enterado de la peor noticia.

La segunda marcha fue organizada por ellos y difundida en la página de Facebook “Justicia por Melissa”. Marcharon desde Suárez hasta el Juzgado de Pando. No tuvo éxito. Mucha gente que había confirmado su asistencia no fue. La razón pudo haber sido un mensaje que se publicó en la página del evento, que decía que todos debían mantenerse callados y guardar silencio. Esa publicación fue borrada rápidamente, pero Lena afirma que una conocida suya la vio y la guardó para mostrársela. Ese día, los padres ingresaron al juzgado pero nadie los atendió. Dicen que los trataron como “delincuentes” y llamaron a un patrullero para que los sacara de la oficina.
Otra de las manifestaciones que hicieron fue quemar llantas en medio de la ruta. En esa oportunidad llegó un despliegue de fuerzas policiales. La última marcha hasta el juzgado no fue mucho mejor que la primera. Los jóvenes que estaban presentes aquella noche parecen saber algo, pero prefieren resguardarse en el silencio.

El padre de Melissa permaneció toda la entrevista en el rol de oyente. Se podía percibir que con su presencia y silencio, estaba apoyando a su esposa en cada palabra, en cada lágrima. Cuando el encuentro estaba llegando a su fin, Ruggiero decidió hablar. Contó que es su esposa quien se está encargando de moverse, de buscar, de llamar, pero él la apoya en cada decisión.

El dolor está acompañado de la indignación. Cuenta que hace poco, cuando pudo sentarse a repasar fríamente la situación, notó que hasta el momento, todo lo que les decían las autoridades, eran cosas que ellos querían escuchar: “Estamos trabajando en el caso”, “El caso de su hija es el de mayor prioridad”. Palabras que, si bien no calmaba su dolor, los dejaban “conformes” en el sentido de que las autoridades parecían estar moviéndose para encontrar al culpable de este hecho. Hoy se da cuenta de que fueron solo palabras, de que era la forma de mantenerlos tranquilos.
La partida de defunción se la entregaron el 9 de setiembre, un día antes de cumplirse un mes de aquella noche imborrable. La causa de la demora aparentemente habría sido que faltaba la firma de la jueza.

La madre de Melissa redactó una carta dirigida a las autoridades. En la misma cuenta lo que le pasó a su hija y la mala praxis de la justicia penal. Están recolectando firmas en su apoyo, y luego será enviada a Presidencia, el Ministerio del Interior, la Suprema Corte de Justicia, el MIDES y a Mujeres de Negro, un colectivo de mujeres pacifistas que se dedica a denunciar la violencia ejercida por el poder a los grupos más débiles. Lleva juntadas unas 350 firmas y apuesta llegar a las 1000.

Al principio los padres de Melissa contrataron una abogada a la que tenían que llamar constantemente para ver si se había hecho algo. Al final desistieron, pero dieron con un abogado que hizo que los padres de Melissa fueran tratados con decencia por la jueza y el fiscal.

El profesional logró lo que tantas veces les habían negado: que se tomaran el celular y el Facebook como pruebas. También tuvo acceso al expediente, aunque Lena y Enrique aún no sepan qué dice. Al parecer, el abogado les dijo que había cuestiones de estado reservado porque podían afectar a la investigación, y ellos apuestan a confiar en la única persona que les demuestra interés para que salga a la luz la verdad.

Una madre que investiga por su propia cuenta la muerte de su hija. Una familia con miles de preguntas. Una justicia que no tiene, o no da ninguna respuesta. Una niña a la que le arrebataron su vida. Y un “ser viviente” -como prefiere llamarlo Lena- que sigue sin pagar por su crimen.

Agustina Reina