La ética médica y el negocio de la industria farmacéutica

RATAS DE LABORATORIO

La dra. Verónica Nieto en los coloquios organizados por el Colegio Médico del Uruguay. Foto: CMU.

El Colegio Médico del Uruguay (CMU) evalúa la creación de un formulario que transparente la relación entre la industria farmacéutica y los profesionales de la salud. Sala de Redacción dialogó con Verónica Nieto, integrante del Colegio Médico del Uruguay (CMU), pediatra, hemato-oncóloga, magíster y docente en bioética, quien señaló “lo poco seria” que puede ser por momentos la industria farmacéutica, como también la falta de ética de algunos profesionales de la salud.

El CMU es la institución que agrupa a todos los médicos para poder ejercer su profesión y busca la excelencia en la misma. Por eso desde su creación quienes lo integran se han preocupado por analizar y trabajar aspectos para un mejor desarrollo de la medicina actual. A diferencia del Sindicato Médico que alcanza solo a los afiliados, las normas del CMU llegan a todo el cuerpo médico “y eso tiene otro valor”, afirma Nieto. Además del  proyecto de ley sobre un código de ética aprobado en setiembre de este año, desde esta institución se propuso crear un formulario de declaración de conflicto de interés para los integrantes del colegiado a completar a voluntad.

Un conflicto de interés es una situación en la cual una persona debe elegir entre dos intereses que se contraponen: el del paciente y el del médico. Si bien este conflicto siempre ha existido y está en todos los ámbitos profesionales, el problema -según la doctora- es cuando no se transparentan y las personas no lo ven como tal.

Nieto informó que las industrias farmacéuticas pueden hacer que los médicos se inclinen por promocionar sus productos ofreciéndoles determinadas “regalías”. Estas pueden parecer insignificantes -por su tamaño- “como una lapicera o un llavero”, o pueden llegar a ser “grandes” como viajes (para el profesional y acompañante), estadías y cursos, pero de todas maneras “el peso es el mismo”, sentenció. La doctora contó que presenció preguntas como “‘¿Doctora, a dónde quiere viajar este año?’ Si una empresa me lleva acá y mañana allá, de alguna manera me voy a sentir inclinado a indicar sus productos”.

El  formulario propuesto para esclarecer el conflicto de interés habilita la posibilidad de que el paciente esté informado, tenga la libertad de elegir y de saber si el producto fue recomendado “porque es bueno o porque es la empresa que lo hace viajar”. Nieto explicó que lo mismo sucede con los profesores que dan conferencias relacionadas a determinados productos, “la persona tiene que saber que el médico da una conferencia porque la empresa le pagó para que hable bien de ese producto y no porque cree en él”.

Para Nieto, “la falta de ética no surge del conflicto de interés, sino de la forma en que se resuelva. El conflicto existe ¿qué hago con él?¿Lo escondo o no?”. Explicó que dentro del formulario también se debe esclarecer si la persona tiene familiares trabajando en la industria, porque de esa manera también puede verse “tentado” a recetar sus medicamentos. Comparó este formulario con la declaración de bienes patrimoniales de servidores públicos como del presidente y ministros, que tienen como fin saber si hubo enriquecimiento ilícito.

Nieto asegura que la declaración no implica que la persona robó o estafó, sino que permite al paciente tomar una decisión con total conocimiento: “Si yo tengo la conciencia limpia ¿Por qué no voy a escribirla en un papel? El problema es cuando no la tengo limpia”, advirtió Nieto. Desde el CMU se propone que el público acceda al formulario como información pública.

La industria y sus jugadas

Un medicamento viene acompañado por un prospecto que indica su composición, cómo y cuándo tomarlo y los efectos secundarios que éste puede ocasionar, pero ¿siempre se explicitan los efectos secundarios?

Nieto respondió que “por lo general sí se saben, salvo cuando la propia industria los oculta”. La doctora contó que hubo un caso (antinflamatorios Coxib) que luego de su venta tuvieron que ser retirados porque causaban sangrados digestivos. “Eso en realidad se sabía pero no se publicitó”, confirmó. El problema está en que las investigaciones en un principio se realizaban en las universidades, pero luego se volvieron muy caras, la industria “empezó a fallar” y ahora las industrias esponsorean las investigaciones dentro de las universidades. En consecuencia, la industria investiga lo que le interesa, “no lo que realmente la humanidad necesita, y a su vez publica los datos que sólo le son convenientes”.

Por otro lado, la profesional contó que existen códigos muy sólidos y serios en los países del primer mundo, por lo que las investigaciones en ocasiones se realizan en los del tercer mundo, ya que no tienen códigos, o son más laxos. De esta forma se investiga con personas que no tienen “esos problemas” y se pone en riesgo a una muestra de la población “para solucionar un problema del primer mundo”.

Las investigaciones constan de cuatro etapas. La cuarta es la investigación y para ello se necesita una muestra muy grande de personas, por lo que la industria farmacéutica “puede pagar a un médico para que la realice“, afirmó Nieto. “Los estudios multinacionales precisan de pacientes de varios países y se invita a diferentes profesionales que obtienen un beneficio que es académico”. El doctor ofrece a su paciente el producto nuevo y este acepta “pensando que su médico no le va a dar algo que no sea bueno, entonces confía y entra”, explicó. “Esto no quiere decir que el medicamento sea malo, sino que el doctor se convierte en un simple recolector de datos. Piensa que saldrá como autor de la investigación, pero quien en realidad figura es un señor sentado a kilómetros de distancia”. El paciente no está informado que forma parte de una investigación y que actúa como una “rata de laboratorio”. Existe también otra modalidad: “se le paga al médico 100, 200 o 300 dólares por cada paciente que reclute”. Nieto afirma que es también por esto que es necesario transparentar las situaciones: “si el médico recibe 100 dólares por cada paciente, es bueno que éste lo sepa y se pregunte: ‘¿me estará recomendando el producto porque él considera que es bueno o porque va a ganar 100 dólares más¡’”. De esta forma la persona podrá elegir con total conocimiento si acepta o no el medicamento.

La entrada por la ventana

Existen algunos medicamentos que no se encuentran a la venta o que aún no están aprobados porque la investigación no terminó, pero en ocasiones son reclamados por los usuarios. Nieto contó que para obtenerlos, dada su importancia comercial, hubo casos donde se entablaron juicios ante organismos estatales para que se autorizara su comercialización . La industria “crea la necesidad de que puede servir y hasta paga al abogado para que la persona haga el juicio contra el Estado, porque es la manera que tiene de introducir la droga en el mercado”. Mediante este mecanismo se crea la necesidad, las personas que aspiran a combatir la dolencia lo reclaman y así se obtiene por presión social; pero manifestó que “muchas veces esas personas no saben que están siendo utilizadas como sujeto de investigación” y quien termina pagando es el pueblo o el Estado. Nieto sostuvo que con frecuencia la industria se aprovecha de esos casos y utiliza a las personas para sus fines económicos (experimentación o introducción de droga al país).

Por otro lado, las mutualistas no siempre están informadas de que los médicos están participando de una investigación: “a veces lo saben y a veces no, pero lo deberían saber”, afirmó Nieto. Explicó que el proyecto de investigación debe pasar primero por la Comisión de Bioética y Calidad Integral de la Atención de la Salud de Investigación del Ministerio de Salud Pública (creado en 2005) y la institución lo debe saber. “¿Por qué? Porque luego de que termine la investigación la industria deja de enviar el medicamento y el paciente no lo recibe más. Entonces cuando el paciente reclama el medicamento en la Dirección, la mutualista se entera de que el médico recetaba determinado producto. Mediante esta presión pública se crea la necesidad de compra”, explicó Nieto.

Lo correcto es que el profesional notifique a la mutualista que participará de una investigación por un período y que utilizará determinados productos en pacientes con patologías específicas. Si la mutualista está informada, cuando finaliza la investigación se tiene que hacer cargo de la entrega de esos medicamentos.

La doctora afirmó que dentro del ámbito profesional se sabe quiénes son los médicos que aceptan este tipo de situaciones, por eso las industrias se dirigen automáticamente a ellos. Sobre la responsabilidad de las mutualistas contestó: “Hay de todo en la viña del señor”.

La idea de la Bioética es aprender a mirar el mundo de otra manera, desde el respeto a la dignidad humana. Es la única epidemia que estaría bueno que se contagiara”, concluyó Nieto.

Alejandra Garmendia