Con Rodrigo Arocena, ex rector de la Universidad

EN RETROSPECTIVA

Rodrigo Arocena y Gabriel Kaplún en el curso introductorio 2011 de Comunicación. Foto: FIC/Paula Souza

Estaba recorriendo los pasillos del Instituto de Comunicación y Sdr fue a su encuentro. Con su hablar pausado y cauto pero sin perder elocuencia, el ex rector de la Universidad de la República, Rodrigo Arocena, prefirió transitar senderos de autocrítica antes que pronunciarse sobre la actual gestión de Roberto Markarian. Lamentó no haber logrado consensos para reformar la Ley Orgánica y señaló que el funcionamiento de Bienestar Universitario fue una prioridad pero quedó en el debe: “Siempre me pareció inaceptable hacer paros que significaran que estudiantes se quedaran sin la comida del día”, dijo al respecto. Repasó las negociaciones con el Parlamento para incrementar el presupuesto y finalmente contó el motivo de su visita a la Facultad de Información y Comunicación.

-A grandes rasgos, ¿qué cambios nota entre su gestión y la actual?

-Me van a permitir que no conteste eso. Creo que la tarea de quienes hemos estado en la conducción universitaria es expresar nuestra absoluta confianza en que la conducción electa por el demos universitario hará las cosas lo mejor posible y en todo caso si no lo hace, será éste el que se encargará de juzgarlo adecuadamente. No soy yo quien debe hacerlo.

-¿Qué quedó en el debe durante su gestión?

-En la memoria del rectorado que entregué el último día apunté algunas tareas que habían quedado pendientes y que ojalá la nueva conducción universitaria sepa abordar mucho mejor de lo que pudo hacerlo la anterior. Señalaría dos: el funcionamiento del Servicio Central de Bienestar Universitario y la reforma de la Ley Orgánica de la Universidad.

Mucha gente se rompe el alma para atender a la cantidad de estudiantes que deben ser respaldados en los comedores, con las becas y a través de diversas tareas, pero el sistema es altamente insatisfactorio. Necesitamos una transformación profunda, se impulsó una por parte de la FEUU pero no se pudo concretar. Lo subrayo como una de las cosas más importantes porque tiene que ver con una cuestión básica: que la gente de sectores postergados no sólo llegue a la universidad sino que se quede en ella.

Sobre la Ley Orgánica nosotros planteamos desde el comienzo -con énfasis a partir de 2008- que había que actualizarla, pero no logramos construir los consensos necesarios. Una propuesta de nueva ley no puede surgir de la Universidad sin un gran apoyo, no puede ser una herida. No puede suceder que unos estén a favor y otros en contra y, al día siguiente de su eventual aprobación, en vez de estar contentos y trabajando para avanzar, estén peleados.

-¿Cuál es el principal problema que tiene Bienestar Universitario?

-Tiene una característica especial, es muy importante para la Universidad pero no hay estudiantes ni docentes permanentes allí. ¿Cómo se hace el cogobierno en un lugar donde hay algunos estudiantes que van una cierta parte muy menor del día y casi no hay docentes? Es extremadamente complicado. La idea del autogobierno es que los estudiantes, docentes, egresados y funcionarios sean los principales protagonistas del gobierno. En cambio en Bienestar Universitario estos miembros tienen un muy escaso contacto.

Allí hay que buscar un tipo de funcionamiento diferente y hay que conseguir que haya gente que se involucre por un período largo, hay que decidir qué cosas la Universidad puede hacer y cuáles no. Bienestar Universitario es clave para la Udelar, pero debemos entender que tiene una estructura distinta a la de una facultad. Esto nos obliga a pensar en él de otra manera porque, de lo contrario, la administración queda en manos de muy pocos, los que están todo el día allí.

-La falta de personal en los comedores ha generado paros, se ha servido en bandejas de plástico porque falta gente para limpiar…

-No conozco la situación actual al detalle, preferiría no opinar al respecto. Sí querría decir con mucha prudencia pero con mucha claridad que los estudiantes que van a comedores son los compañeros y compañeras en la situación más difícil de la Universidad. Nunca deberíamos interrumpir ese servicio, creo que nada lo justificaría. Eso es una opinión polémica en el ámbito de la Universidad pero quiero decirlo con claridad: creo que son los compañeros y compañeras más sufridos, ellos deben tener absoluta prioridad.

-Entre los inconvenientes que afrontó en su gestión, ¿estuvo presente el tema de los comedores?

-Estuvo presente permanentemente. Con todo respeto por las medidas gremiales, siempre me pareció inaceptable hacer paros que significaran que estudiantes se quedaran sin la comida del día. Entiendo las medidas gremiales, las respeto, he sido militante gremial toda mi vida pero yo como igual, mis hijos comen igual y mis netos también, en cambio hay otros que no.

-Sobre el presupuesto universitario, ¿puede repasar qué sucedió durante su gestión y aportar cuánto considera que necesita hoy la Universidad?

-Los que estuvimos tenemos que dar elementos del pasado para que los que están hoy resuelvan. En el primer período (2005-2010), el presupuesto universitario creció un 70 por ciento. Parte de la bancada del partido de gobierno -hay que decirlo con claridad- recogió los planteos de la Universidad y si bien no asignó todo lo pedido, logró que se asignara mucho más de lo que el gobierno estaba dispuesto a dar. Creo que fue importante la actitud receptiva de ciertos legisladores, una movilización universitaria y el vigor de las propuestas planteadas por la Universidad.

En el segundo período de gobierno (2010-2015), el presupuesto universitario –hablando de memoria, puedo estar equivocado en uno o dos puntos porcentuales- creció un 23 por ciento, bastante menos que en el período anterior. Nosotros permanentemente dijimos: para que el impulso se mantenga, se necesita un crecimiento del mismo orden. Nos dieron un 23 por ciento que tuvo un doble problema, era bastante menos de lo que la Universidad y el país se merecían y fue un 23 por ciento absolutamente sesgado. Se dio casi todo de lo que pedimos para el Interior, lo cual está muy bien, pero no se dio casi nada de lo que pedimos para el resto de las actividades.

La Universidad ha cambiado, hay carreras en el Interior que eran inimaginables hace algunos años, pero el 90 por ciento del estudiantado, y en particular la mayoría de los compañeros nacidos en el Interior, están acá (en Montevideo). Creo que hay un consenso en la Universidad de que hay que cubrir ese error, por lo tanto, espero que le den un presupuesto que le permita seguir creciendo.

Hace poco vi unas declaraciones del actual rector, Roberto Markarian, tras la reunión con el ministro de Economía y Finanzas Danilo Astori, donde según el nuevo rector, Astori dijo que la Universidad fue la institución educativa que mejor cumplió con lo que se había comprometido. Esto quiere decir que vale la pena invertir en una Universidad que en diez años incrementó un 50 por ciento el número de sus graduados y duplicó el número de docentes en dedicación total.

-Volviendo al presente, ¿cuál fue el motivo de su visita?

-Fue a partir de una simpática y asustante invitación de mi compañero Gabriel Kaplún (director del Instituto de Comunicación). Simpática porque a uno siempre le gusta venir a hablar con estudiantes, sobre todo de nuevas generaciones, y asustante porque implicaba venir a hablar de cómo era nuestra generación. Yo entré a la Universidad hace 50 años y les decía recién a sus compañeros: “si en el año 65 hubieran traído a dar una charla a alguien que había entrado a la Universidad en 1915, yo hubiera pensado que era un amigo de Artigas, un señor escapado de la prehistoria”.

Para un viejo docente no hay nada más importante que ver si sigue conectando con las nuevas generaciones y eso lo ves en sus preguntas, en sus críticas y aun en los ojos de los que están escuchando. El día que uno sienta que no puede conectar con las nuevas generaciones llegó la hora de jubilarse, por lo tanto toda ocasión de verlo es bienvenida. Por eso estoy acá.

-¿De qué temas hablaron?

-Hablé de muchas cosas. Aunque generalmente trato de no preparar demasiado las clases de este estilo, puedo decir muy sintéticamente los titulares. ¿Qué hubiera dicho una persona que entró a la Universidad en 1915 a una de 1965 comparado con hoy? La diferencia entre el Uruguay de 1915 que crecía y el Uruguay de 1965 que entraba en la crisis, fue lo primero que les trate de contar. En segundo lugar, la idea de un país que en los años 50 se había considerado un modelo para el mundo, y a mediados de la década del 60 descubría que ese modelo tenía una pata que crujía. Finalmente, que la Universidad fue nuestra casa, no solo nos formó, sino que la nos vinculó con la sociedad.

Fíjense, yo era un muchacho de clase media de Pocitos, conocía muy bien la rambla y conocía muy bien las playas: ¿cuándo hubiera ido a una asamblea obrera?, ¿cuándo hubiera estado en un frigorífico ocupado?, ¿cuándo hubiera participado en una discusión con trabajadores textiles?. Todo eso me lo dio la Universidad y lo considero parte de mi formación.

Les hablé también, porque no tiene sentido ocultarlo, que fueron tiempos muy duros y que yo espero que no los vivan jamás los jóvenes uruguayos. Tener que recoger compañeros heridos de las calles, tener que acompañar a su entierro a compañeros muertos por la represión fue muy duro.

Por último les hable sobre todo de ser joven en los años 60. Yo no comparto la idea de que esa generación era especialmente vocacional del cambio. Todas las generaciones viven circunstancias especiales, cada generación tiene y puede hacer sus propios cambios. Cuando éramos militantes estudiantiles teníamos la convicción de que la mejor generación siempre era la que estaba por venir.

-Muchas veces se dice que las nuevas generaciones son más pasivas, ¿qué notó en ésta?

-Ahí hay un error de perspectiva, se actuaba de otra manera. En la generación de los años 60, ¿cuántos actuaban y cuántos no?, más o menos la misma proporción que ahora. ¿Cómo actuaban? De manera diferente en un mundo diferente, en un país diferente. Ahora no se trata de hacer lo que hacíamos nosotros. Repito lo que dije en la charla citando a un ex presidente de la República (José Mujica) que, frente al Congreso Latinoamericano de Estudiantes aconsejó: “Cometan sus propios errores, no copien los aciertos o los errores de otras generaciones, que muy probablemente no van a ser iguales”.

La generación de la década del 60 no es una generación para imitar, para mí es la generación de los compañeros que ya no están, alguna de la gente que he querido más en mi vida. Vivo con ellos pero, por favor, que no se imite a nadie y menos a una generación de hace medio siglo.

Axel García, Irene Núñez