Fosas comunes en la frontera de Malasia con Tailandia

AQUELLOS QUE QUISIERON SER

Esta combinación de fotos muestra a los migrantes rohingya Abdul Rosyid (a la izquierda) de 29 años y Muhammad Hasan (a la derecha) de 12. Arriba se los ve todavía navegando en un bote en aguas tailandesas, mientras recogen alimentos lanzados desde un helicóptero de la armada de Tailandia. Abajo posan ya en un campamento de confinamiento en Islandia, luego de ser rescatados, entre otros 400 rohingyas, por un pescador. AFP PHOTO / FILES / Christophe ARCHAMBAULT / Chaideer MAHYUDDIN

No es la primera vez que se encuentran fosas comunes donde fueron enterradas, incluso vivas, personas de la comunidad rohingya. Esta vez se encontraron 139 fosas, pero puede haber más. En cada una se calcula que hay entre tres y cuatro personas. Buscaban entrar a Malasia ayudados por traficantes que se presume trabajan coordinadamente con funcionarios de ese país.

La etnia musulmana minoritaria, los rohingya, está conformada por aproximadamente 800.000 personas y la gran mayoría vive en Birmania. Pero este país no los reconoce como ciudadanos, al igual que los países fronterizos. Son, en su propio país, indocumentados e indeseados. “Nunca había visto tanto odio contra nadie en el mundo”, informó Dina Madani, del departamento de minorías musulmanas de la Organización Islámica de Cooperación (OIC), según publicó El Mundo. “Todos en Birmania les odian”, prosiguió.

Un paria es una persona excluida de las ventajas que gozan las demás, e incluso de recibir un trato como persona, por ser considerada inferior, según lo define la Real Academia Española. Sin lugar a dudas esta descripción contempla a la comunidad rohingya, quienes sufren de una constante discriminación y son considerados la minoría más perseguida del mundo. Sin embargo, son desconocidos a nivel mundial.

Los rohingya son físicamente diferentes a los birmanos ya que su tez es más oscura, similar a la de los indios, y hablan su propia lengua, lo cual genera que la brecha discriminativa sea mayor. “Ellos no son gente de Birmania, no son del mismo grupo étnico. Su tez es marrón oscuro y nuestro cutis es suave, somos guapos también. Ellos son feos como ogros“, afirmó un alto diplomático birmano, que no fue identificado por Vice News, asentado en Hong Kong en febrero de 2009.

Casarse, tener hijos, viajar e incluso ir a la vecina villa son cosas para las que solo ellos requieren un permiso especial. Viven confinados y la mayoría sufre de desnutrición crónica, lo que afecta su desarrollo mental y físico y les hace más vulnerables a enfermedades. Menos del 60 por ciento de los chicos y del 50 por ciento de las chicas tienen unas medidas consideradas “normales”, según detalló El Mundo.

En busca de trabajo, o tal vez con la esperanza de que algún país los acepte y les otorgue los mismos derechos que al resto de los ciudadanos, muchos rohingya deciden emigrar. Sin embargo, no pueden hacerlo por las vías legales debido a que no tienen ninguna documentación y en el cruce de fronteras no les permiten la entrada a otros países. El procedimiento parece simple: todos aquellos que deseen huir de la persecución y la pobreza de Birmania y junten el dinero necesario, pagan a ciertos individuos que se dedican al tráfico de personas para que los ayuden a pasar las fronteras y puedan ingresar en países como Tailandia o Malasia. El traslado se realiza en grandes barcos a través del océano Índico para luego ingresar por tierra. Una de las rutas más utilizadas por los traficantes es por Perlis, estado malasio, el cual limita con Tailandia.

El fin de una historia sin comienzo

Los sueños y las esperanzas de los rohingya se rompen antes de pasar las fronteras, antes de intentar pertenecer y ser alguien, con un trabajo, comida y un hogar dignos.

Tras la política del gobierno tailandés contra las redes de tráfico, aproximadamente 7.000 personas, principalmente rohingya, fueron abandonadas a su suerte en el mar de Andamán. Sus traficantes no se atrevieron a llevarlos a tierra y los dejaron sin comida, sin agua potable y sin ninguna persona entrenada para pilotarlos. Afortunadamente, luego de varias negociaciones se logró que Indonesia y Malasia los acogieran, con un límite de un año para ser reubicados en un país tercero. Tailandia no aceptó el trato aunque accedió a colaborar en el traslado. Pero el 23 de mayo la agencia de Naciones Unidas para los refugiados (ACNUR), declaró que aproximadamente unos 3.500 refugiados seguían a la deriva en barcos sobrecargados casi sin provisiones.

Cuando esto no sucede, y logran arribar a tierra, muchas veces el destino que los espera es otro. Según publicó Vice News, los traficantes trabajan en conjunto con los funcionarios malasios. Esto surge de un informe realizado en 2009 y otorgado al comité de Asuntos Exteriores del Senado de Estados Unidos. El informe también incluye las declaraciones de los inmigrantes birmanos, quienes sostienen que “fueron transportados hasta la frontera por funcionarios del gobierno malasio en vehículos oficiales del departamento interior de Malasia” y luego “eran entregados a los traficantes, que actuaban desde el lado tailandés de la frontera”. También, que los mantuvieron en cautiverio y muchas veces fueron víctimas de abusos sexuales, mientras se contactaba a alguna persona en Malasia que pudiera pagar entre 470 y 600 dólares por persona para ser liberados. Todos aquellos que no pudieran pagar un rescate eran vendidos como esclavos a barcos pesqueros o burdeles. Sin embargo, se pudo determinar que varios ni siquiera lograban salir de allí y que eran sepultados en fosas communes, informó Vice.

Pasados seis años del informe, parece que las realidades no han cambiado. En una operación desarrollada entre el 11 y el 23 de mayo de este año se encontraron 139 fosas comunes de presuntos inmigrantes, en su gran mayoría rohingyas, ubicadas en la frontera de Malasia con Tailandia, según difundió Europa Press. Al momento no hay un número exacto de la cantidad de muertos que había en ellas. “Cada tumba quizá tiene tres, cuatro cadáveres. Pero aún no sabemos cuántos hay en total. Probablemente vamos a encontrar más”, señaló el ministro del Interior malasio, Ahmad Zahid Hamidi. Eran aproximadamente 28 los campamentos destinados al tráfico de personas; el más grande podía albergar a 300, señaló el inspector jefe de policía del país, Khalid Abu Bakar, a la BBC. A principios de mes un panorama similar se presentaba en Tailandia: 30 sepulturas con restos humanos fueron descubiertas en un campo de traficantes de personas junto con un sobreviviente enterrado vivo.

Los traficantes, que en un momento representaban una luz de salvación para la comunidad rohingya, fueron los mismos que los retuvieron en los campamentos. Allí se encontraron municiones, signos de tortura, grilletes de metal y cajas construidas con palos de madera, que se presume fueron utilizadas como jaulas, mientras esperaban tener la suerte de que alguien pagara sus rescates y con eso sus vidas.

Se están tomando medidas para detener el tráfico de personas, dijo Abu Bakar en rueda de prensa: “Encontraremos a los culpables sin lugar a dudas. Seremos implacables con todos los que estuviesen implicados, aunque sean funcionarios del país”. Con respecto a esta última declaración, las organizaciones de derechos humanos acusaron a Malasia de no adoptar las medidas necesarias para detener el tráfico de seres humanos, según indica el diario Clarín. Aegile Fernández, de la Asociación de Defensa de Derechos de los Migrantes, opinó que “las autoridades de la frontera saben lo que pasa y quiénes son los criminales”. Y agregó: “La cuestión es saber si tienen la voluntad de detener”.

Irene Núñez