Junto al colectivo de ciclistas organizados Masa Crítica

EL PASAJERO COMO MOTOR

Colectivo Masa Crítica/Foto: gentileza de Loly Lashton.

Domingo de tarde, ese momento crucial donde la libertad del fin de semana amenaza con irse lentamente. Son las cuatro de la tarde, y en las calles se empieza a sentir el lunes. Pero hoy es especial, hay una causa que defender. Como todos los segundos domingos de cada mes, es el lunes el que tendrá que esperar, porque aún hay mucho por hacer. La rotonda del Obelisco queda chica, porque la gente que allí se reúne ocupa más que solo su espacio físico, cada uno carga con su propia independencia. Hoy se reúne Masa Crítica, hoy la gente se junta a pedalear. Usan la bici todos los días, pero lo festejan dos veces al mes -también pedalean juntos en las noches de luna llena-.

Tanto para Sergio, como para Gabriela, integrantes de Masa Crítica (MC), el colectivo es un espacio para generar consciencia, compartir y conocer. Es una fiesta, un descanso, es un lugar para establecer vínculos y generar acciones pro bicicleta. Ambos integran desde los comienzos la MC en Uruguay, alrededor de 2010, en ese entonces la masa no llegaba a 70 personas. Hoy han alcanzado más de 300 en varias ocasiones.

El clima es agradable, el tiempo es lo de menos. La gente va llegando a la intersección de 18 de Julio y Bv. Artigas, algunos haciendo sonar sus timbres, otros disfrazados, todos sonrientes. Se encuentran, se saludan, se celebran, algunos se conocen y otros se están conociendo. Cada vez son más. Pasan los minutos, las bicis se concentran. Hay distintos modelos. Hay bicis deportivas, de paseo, clásicas y plegables. Hay rodados chicos y hay diámetros grandes. Hay niños y niñas, jóvenes, veteranos y veteranas. La diversidad está presente, por lo cual, en palabras de Gabriela “MC no puede hablar de un objetivo, sino de una conjunción de una gran variedad de objetivos personales de cada participante”.

Ya pasadas las 16:40, la cantidad de gente sobrepasa el centenar. No solo hay ciclistas, también hay rollers y algunos skaters. Se escuchan conversaciones acerca de bicicleteros de confianza, recomendaciones de caminos por los cuales andar y elogios de birodados. Una concentración armoniosa, que invita a quedarse y acompañar, es saludada en más de una ocasión por la gente que transita las calles.

Entre las bicis hay carteles, pancartas -de cartulina, madera, discos usados, entre otros materiales- y una bandera de MC. El reclamo es claro; promover la seguridad y el respeto de los ciclistas en las calles. En los carteles se puede leer: “Queremos más gente en bici”, “Queremos ciclovías”, “Somos a pedal”, “Un metro y medio de respeto”.

Este encuentro sirve para aprender. Una bici blanca fija en algún lugar de la ciudad, significa que allí perdió la vida un ciclista. En la rambla de Montevideo se pueden ver algunas y en los noticieros se pueden escuchar de otras que aun no han sido colocadas. Este símbolo es internacional, así como la MC, se realiza en varias ciudades del mundo, arribó a Uruguay gracias a un ciclista argentino que trajo la idea, pero nació en San Francisco a fines de 1980.

Un megáfono convoca a las personas a reunirse para consensuar el recorrido, comienzan a proponer rutas. El intercambio se da de manera natural, como cualquier reunión de amigos. Opina quien guste, dan argumentos y llegan a una decisión, no hay desacuerdos o discusiones porque realmente no importa el camino, importa andarlo. Así lo expresa Sergio: “MC formó una comunidad que a pesar de las discusiones digitales es muy fuerte y unida, se comparte mucha vida en bici y siempre se rodea de grandes experiencias. Demuestra que la bicicleta es un gran agente socializador muy positivo para cualquier ciudad“.

Marcado ya el recorrido –18 de julio– y algunas pautas de organización a seguir -de las cuatro sendas que van hacia el oeste solo se ocupan tres y se deja un carril libre para el pasaje de vehículos que circulan, si el semáforo está en rojo la masa para, en caso de que se haga el cambio de luz mientras la masa está cruzando hay que seguir, algunos compañeros contendrán a los autos de las bocacalles- las bicicletas comienzan a bajar del cantero y se posicionan en la calle, quien lo ve de frente pensará que es un ejército montado que se impulsa con su propia fuerza, un ejército de los más peligroso ya que solo dependen de sí mismo para poder avanzar.

Comienza a moverse la masa, es una y es un claro símbolo de que la unión hace la fuerza. Es imposible ignorar esa procesión que avanza mediante tracción a sangre. Despiertan envidia por su alegría e independencia. La masa se mantiene unida y se protege. Cada tanto se escucha “aceleren que nos estamos separando” o “cuidado los que van sobre las puntas”, porque parece extraño pero hay quienes no la respetan y se tiran con sus automóviles o motos sobre la gente que circula en bicicleta.

El paisaje sonoro es característico, se escuchan las ruedas girando, las cadenas cambiando de piñón, los frenos, guardabarros flojos, timbres y bocinas. Comienza a escucharse un cántico, casi un llamado, alguien grita: “¡una bici más! Todos responden: ¡un auto menos! Y esto se repite varias veces. Si uno sabe escuchar, podrá oír entre líneas los beneficios que tiene la bicicleta sobre otros medios de transporte, beneficios de salud, medioambientales, económicos y sociales.

Sergio cuenta que para él la bicicleta ,además de ser su medio de transporte, “es un nuevo movimiento que promueve un sistema eco consciente, auto gestionado y sobre todo mucho más justo que el actual”, además de contagiar buenos hábitos. Para Gabriela, la bicicleta es un apéndice de su cuerpo.

La procesión avanza varias cuadras en línea recta, la gente que se cruza con ella en su mayoría sonríen, algunos saludan, se ven expresiones de desconcierto o intriga. Por la vía contraria pasa un ciclista que está volviendo o yendo hacia algún lugar en su medio de transporte habitual, la masa lo invita a unirse, es inevitable la empatía, el ciclista da la vuelta, saluda, sonríe y refuerza la movilización.

La masa se desvía de la avenida principal, toma una calle perpendicular y luego de algunas vueltas llegan a la explanada de la intendencia. La respiración agitada y la cara de satisfacción son moneda corriente. Los integrantes se sientan a descansar con sus compañeras al lado. El final es un “momento Kodak”. Se paran todos, el edificio de la Intendencia a sus espaldas, levantan la bici en alto y se ven unos cuantos flashes. Es así que van armando el álbum del movimiento. Se van armando de derechos y libertades.

Por Valentina Machado