El desafío a la enseñanza en escuelas inclusivas

APRENDER EN CIRCUNSTANCIAS “ESPECIALES”

El papel de las escuuelas inclusivas

Esa mañana, en el salón de quinto año, la maestra hizo una pregunta que muy pocos oyeron. Tímidamente, y con dificultad, se alzó una mano. Una diferente, de un niño que padece parálisis cerebral. Este niño tiene amigos como él, y otros distintos. Va a la escuela, igual que la mayoría de los niños del país. Participa en clase, como lo hacen pocos. Es parte de todas las actividades que se realizan en la escuela; y siempre, siempre, está con una sonrisa.

Cuando se analiza esta enfermedad, se considera que quienes la padecen son personas que no pueden valerse por sí mismos. En parte, puede que sea correcto, aunque solo físicamente. La educación que se brinda a estos niños, desde una etapa temprana del crecimiento, es la que marcará su desarrollo intelectual y acortará las diferencias.

Joaquín concurre a la escuela pública Nº 218, ubicada en el barrio de Lomas de Solymar (Ciudad de la Costa), sobre las calles Cruz del Sur y Amelia Ramírez. Esta escuela tiene la particularidad de ser inclusiva e integradora, trabaja con niños que no tienen patologías (lo que llamamos “niños normales”). A su vez, hay maestros especializados que atienden a niños con discapacidades (sordos, ciegos, motrices). Estos alumnos están integrados a las clases comunes, medio horario, y, el otro medio horario, participan de clases especializadas, de acuerdo a su discapacidad. Permanecen en la escuela, un total de cuatro horas diariamente.

Hay una maestra para visuales, una maestra para sordos y dos maestras (una en la mañana y otra en la tarde), en el cargo de motrices. La clase para sordos, tiene la particularidad que es una clase cerrada, los niños no están integrados en otras clases. Las cuatro horas están solo con la maestra de sordos. Allí, este año hay cinco niños, que se diferencian por niveles, tanto por edad como por desarrollo intelectual. Además, la escuela cuenta con una profesora de educación física especial, que atiende a los niños con discapacidades; una profesora de educación física para los demás niños, una profesora de canto, y tres talleritas, que hacen teatro, en la mañana, y expresión corporal, en la tarde.

En increíble ver como los niños “especiales” se mezclan con sus compañeros en cada actividad, y disfrutan a pleno de la vida. Todas las maestras que trabajaron, en algún momento, con estos niños, confiesan que es más lo que aprenden de ellos, por su forma de superarse día a día, que aquello que les puedan enseñar ellas; “porque te enseñan a disfrutar cada detalle, y a no quejarse tanto”.

Desde que ponés un pie en esa clase, de paredes blancas, adornadas con dibujos alegres y coloridos, palpitás un clima diferente. Allí, esta mañana, frente a la clase y de costado al pizarrón, hay una maestra vestida de blanco. A su alrededor, seis niños, de los cuales cuatro se encuentran en silla de rueda. Cada uno desarrolló una habilidad, en la cual se sienten más cómodos; en algunos es la computación y en otros la cocina; hay otros que dejan volar su imaginación tan alta, que crean historias y cuentos inimaginables. Además, Laura Lamparielo, maestra encargada de motrices, atiende a niños que concurren a otros centros educativos, pero que van contra horario con ella.

Se trabaja de forma individual con cada alumno; desde apoyo complementario de lo dado en clase (matemática, lengua, geografía), hasta ejercicios con pelotas, colchonetas, aros, para mejorar su condición física. Su maestra afirmó que lo más importante es la relación humana, el afecto, y después de eso viene el desarrollo motriz, la matemática, geografía e historia.

Por otra parte, admitió que el trabajo que realiza con estos niños es parte de un proceso. “Si tienen que aprender el color rojo, capaz no lo aprenden hoy, tampoco mañana, ni pasado, ni tras pasado; quizás tarden un mes en aprenderlo, o cuatro, pero cuando ves ese avance, es muy satisfactorio, porque se supera”, ejemplificó emocionada. Aunque reconoció que, para lograrlo, es necesario que haya un apoyo de la casa, el cual muchas veces no existe.

Esta clase, por falta de infraestructura, merodeó, por años, por diferentes partes de la escuela. Cuando se incorporó esta modalidad, por primera vez, en 1996, trabajaban en el pasillo; después se instalaron en la cocina, la cual tuvo que trasladarse a una habitación más pequeña. Recién en 2007 se creó, por parte de los padres, un salón especial para motriz.

Los padres trabajaron mucho para que la institución esté apta para estos niños. “Todo lo que hay acá (haciendo referencia al salón), es gracias a los padres”, expresó Lamparielo, con cara de admiración. Se capacitó, durante tres años, en el Instituto de Perfeccionamiento y Estudios Superiores (IPES) -de ANEP-, y en Centro Teletón. El establecimiento cuenta con rampas para las sillas de rueda, y, hace un par de años, también, por iniciativa de los padres, se creó un baño especial para niños discapacitados; este tiene puerta grande y agarradera. Aun así, la escuela tiene cosas para mejorar. Un ejemplo es la puerta de la cocina y comedor. Ésta necesita ser agrandada, ya que hay una niña que tiene una silla eléctrica y no pasa. Laura cree que se va a terminar haciendo por medio de los padres, porque Primaria demora mucho; primero mandan al arquitecto para que vea qué hay que hacer, manda el presupuesto, se aprueba y recién ahí viene a arreglarlo.

Datos

Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), del censo realizado en 2011, en Uruguay viven 714.962 niños, de entre 0 a 14 años, de los cuales 37.953 (5%), tiene algún tipo de discapacidad permanente. De estos, el 67% vive en el interior del país, mientras el 33% lo hace en Montevideo.

A través de la Ley de Acceso a la Información Pública (Nº 18.381), hubo varias solicitudes de acceso a la información a la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) y al Consejo de Educación Inicial y Primaria, para relevar elementos centrales, vinculados a la educación de los niños con discapacidad a nivel Inicial y Primaria del sector público. De estos datos se desprende que, en 2013, hubo aproximadamente 13.449 niños con discapacidad que asistían a centros de educación públicos, a cargo del organismo. De los mismos, el 57% (7.628) están matriculados en educación especial, mientras que el 43% (5.821) asiste a escuelas comunes.

Según estos datos, la mayoría de los niños asisten a escuelas especiales, lo cual se agudiza en el interior, y marca un mayor desafío para la inclusión educativa.

Por iniciativa de padres, que elevaron cartas al Consejo Directivo Central (CODISEN) y ANEP, Primaria destinó un ómnibus que recoge a niños discapacitados. Trabaja hace seis años, pero aún no está totalmente adaptado. Recién este año se sacaron asientos, porque cuando vino tenía todos los asientos y era imposible que las sillas de rueda entraran. Además, debería bajar de forma mecánica, pero no lo hace.

El ómnibus cuenta con dos choferes y dos asistentes, que se incorporaron recién este año. “Cuando el asistente faltaba, éramos las maestras las que íbamos a buscarlos, para que no dejen de venir a la escuela, porque al chofer no se le permite subir a los niños”, reconoció Laura Lamparielo, maestra de motrices de la mañana.

La mayoría de los niños están atendidos por otros centros. El BPS, tiene convenios con centros educativos, por ejemplo en Ciudad de la Costa existe el Centro Sur, en la zona del Pinar, y el Centro Vida, en Lagomar. Allí, se trabaja con psicomotrisistas, psicólogos, fonodiólogos, psicopedagogos. A su vez las familias de estos chicos cuentan con una pensión para pagar una locomoción o para estudios.

Se concretó una última ley, en la cual el Estado brinda, a discapacitados, $6.500 para que cuenten con un asistente personal. Estos asistentes están capacitados y abalados por el mismo. Se establecen en una lista, para que cada familia pueda elegir con quién trabajar.

Julieta Añon