Proyecto Social Luces en el CNR de mujeres

OTRA FORMA DE ACERCAR EL ARTE

Marcel Cabrera, del Proyecto Social Luces, en la cárcel de mujeres.

En compañía de la boxeadora Christian Namús, el grupo de artistas llegó al establecimiento con un ánimo desbordante. El sol brillaba alto pasadas las 10 am, era una mañana calurosa que no representaba al mes de mayo. En la entrada un cartel con letras negras les daba la bienvenida: “Atención. Centro Nacional de Rehabilitación. Área de seguridad restringida”. Detrás de los portones y alambrados dobles que encerraban todo el predio, estaba el edificio de cinco pisos de fachada blanca, el mismo que un día supo ser el hospital Musto. En sus ventanas, detrás de las cortinas de aluminio, algunas mujeres observaban con mirada atenta todo lo que pasaba. Aunque habían sido advertidas de la presencia de estos artistas, parecían niñas impacientes, un tanto alborotadas entre gritos, burlas y risas de complicidad. En los primeros pisos las cortinas estaban abiertas y se las veía saludando, mientras que en los últimos-los sectores de máxima seguridad-, se filtraban detrás de las rejas algunas manos eufóricas y voces insultantes.

Fundado por el escritor Marcel Cabrera, el Proyecto Social Luces funciona en Uruguay desde el año 2013. Se trata de una agrupación de artistas de diferentes disciplinas (trovadores, declamadores, poetas, graffiteros, breakdancers, rappers y DJs), que sintieron la necesidad de llevar un poco de luz a los sectores más vulnerables y oscuros de la sociedad. Mediante manifestaciones artísticas desarrollaron en distintos barrios e instituciones más de 25 actividades sin fines de lucro. Entre ellas, el Hospital Psiquiátrico Vilardebó, la Cárcel de Punta de Rieles, el barrio Marconi, la Teja, el Cerro, Plaza Casavalle, Portal Amarillo, Cárcel de Colonia Berro, Cárcel Desafío y Cárcel femenina (CIAF).

Estos artistas comparten el ideal del arte consciente  lejos de una conducta puramente comercial. Tienen el propósito de apoyar a los sectores olvidados de la sociedad y ayudar en los procesos de inclusión social. Como lo indican en su página web, para ellos este proyecto es su “antídoto para intentar ayudar, despertar talentos, rehabilitar y habilitar personas, así como la vía para convertirnos en activistas de lo que creamos como artistas y poetas”.

Adentro

El Centro Nacional de Rehabilitación (CNR) femenino está ubicado en Colón en un gran predio arbolado de ciprés y espinillos donde revolotean teros que arremeten contra quienes se acercan. Se puede llegar allí fácilmente porque no es un centro aislado, comparte la misma manzana con la Escuela Técnica de Colón donde las internas más emprendedoras van a talleres de corte y confección. Tampoco es un edificio carcelario característico, no lo es por su fachada y por no tener las ventanas cubiertas de ropa, que las presas cuelgan para secar. De no ser por las rejas, las bases de vigilancia y las advertencias de seguridad, podría confundirse con un liceo.

Al ingreso los controles fueron leves, los artistas dejaron la cédula y continuaron. Para que los identificaran, cada integrante vestía una camiseta azul con letras doradas característica del proyecto -incluida el bombón asesino del boxeo nacional-. Los funcionarios policiales les dieron un trato cálido, durante el recorrido comentaron que esto les resultó sorpresivo, porque están acostumbrados a un trato más distante en otros establecimientos. Una vez dentro, tres policías femeninas los guiaron por un pasillo oscuro donde sólo se divisaban sombras. El camino iba en descenso, mientras avanzaban algunas risas aparecían tratando de solapar el momento de tensión. No se veía nada. Sólo se podía oler un exquisito aroma a comida que despertaba el apetito, señal de que se acercaba la hora de almuerzo para las internas. Después de  caminar unos metros, una luz intensa revelaba el final del pasillo. Justo en la salida se observaban los primeros barrotes verticales, un enrejado característico de la cárcel, que según relataron los artistas, es lo que les “choca” más.

Este complejo carcelario ingresó en el año 2005 en la órbita del Ministerio del Interior como un establecimiento no dependiente de la Secretaría Ministerial con independencia técnica y de gestión, es parte del Programa de Seguridad Ciudadana. Las mujeres que ingresan al centro por lo general son aquellas que cumplen condenas cortas o les queda poco tiempo para cumplirlas. El reglamento indica que las internas no pueden estar más de cuatro años en las instalaciones. Se trata además de un sistema progresivo en el cual van adquiriendo con el tiempo mayor libertad y autonomía, cumplen con una serie de salidas transitorias, hasta que al fin obtienen la libertad definitiva. El centro concede unas 80 libertades al año pero se da la misma cifra de ingresos por lo que el número de internas no cambia significativamente.

Al llegar al final del pasillo, el grupo de artistas estaba otra vez al aire libre, en una cancha de básquetbol que daba a la parte de atrás del edificio. Allí el calor empezaba a hacerse notar y el piso naranja de la cancha lo acentuaba. Desde ahí también se podían ver las ventanas de los distintos módulos, incluso los de mayor seguridad donde estaban las reclusas que por mal comportamiento no podían salir al patio. En un alambrado los artistas colgaron la bandera del proyecto -algo que hacen normalmente- y comenzaron a ensayar mientras de a poco llegaban las internas acompañadas por el personal policial. Vestían ropa de diferentes colores -sin uniforme carcelario y sin restricciones en los colores que pueden usar- y como era día de vistas algunas estaban con sus hijos agarrados de las manos, otras con el termo y el mate debajo del brazo.

Manos a la obra

Ante la mirada atenta de los guardias, aproximadamente 70 internas, en su mayoría jóvenes, esperaban el inicio de espectáculo. Algunas, que parecían desconfiadas se susurraban al oído, mientras que otras jugaban con los niños que estaban de visita y los que no. La Ley N° 14.470 en el artículo 29  establece que “la reclusa con hijos menores de cuatro años podrá tenerlos consigo en el establecimiento”, esto permite que los menores que no pueden quedar al cuidado de otros familiares, compartan hasta los cuatro años con sus madres la situación de reclusión.  Entre ellas había un ambiente festivo, hablaban todas a la vez, se empujaban y cruzaban entre mate y mate miradas de picardía. Una dijo en tono de chiste que ya había guardado bajo candado lo que su familia le llevó, “no es raro que te roben en la cárcel”, reía.

Una vez realizadas las pruebas de sonido, Marcel tomó el micrófono y saludó al público. El bullicio enmudeció, los niños dejaron de corretear y la música seleccionada por el DJ comenzó a sonar. Los bailarines fueron los encargados de abrir la pista con coreografías que entre saltos y piruetas las mujeres intentaban imitar. Las más vergonzosas observaban y aplaudían, pero las más desfachatadas se cinchaban unas a otras y sacaban a los artistas a bailar.

Dayana, una joven de cabello rubio, rompió en llanto cuando distinguió entre los bailarines a dos amigos de la infancia y corrió hacia ellos gritando sus nombres. Ella hace un mes que está en el CNR por un delito contra la propiedad, por el que todavía no tiene condena. Su pareja se encuentra recluido también en el Penal de Libertad por el mismo delito, del que ella asume ser cómplice en parte pero no autora. Todavía está en proceso judicial, esperando noticias de su abogado de oficio. El hecho de estar en este centro le hace pensar que no será mucho tiempo el que tenga que esperar para salir en libertad.

Chris por su parte ya estaba entre las internas, sacándose fotos y firmando autógrafos como una estrella de cine. “Esto es como oxígeno para nosotras que tenemos que esperar acá encerradas matando el tiempo”, decía una de ellas. Algunas aprovecharon para pedirle que les enseñara golpes y técnicas de boxeo, así que se pusieron a practicar un rato. Sus caras transmitían mucha alegría, estaban felices porque por un momento podían sentir que estaban en una plaza o en un parque disfrutando de un espectáculo al aire libre. La boxeadora habló con ellas amistosamente y les dejó un mensaje sincero de dar siempre pelea para alcanzar sus metas por más lejos que parezcan estar.

Las manifestaciones artísticas fueron desde el arte urbano como el Hip-Hop hasta música clásica cubana interpretada por Chavela, una cantante centroamericana que presentó un estilo similar al candombe con tamborileros en vivo. Al escuchar los tamboriles las internas parecieron recargarse de energía, sus caderas iban y venían, bailaban en parejas y solas al son de los repiques. Antes de terminar la actuación algunas ya habían caído rendidas pero otras continuaban sin dar muestras de desgaste.

Mientras el espectáculo continuaba, en el centro de la cancha, Segtino, un conocido graffitero que desde hace un tiempo integra el proyecto, pintaba un enorme mural en madera que todos intentaban descifrar. Al principio parecía una flor con un intenso color amarillo, pero luego un ojo que salía del centro de la misma le dio un nuevo significado.

Según el artista, el graffiti intenta expresar la idea de ver lo que hay detrás de las cosas, antes de juzgar tratar de encontrar lo bello o lo bueno en las personas y situaciones que enfrentamos diariamente. Cuando pasaban algunos minutos del medio día con un sol a pleno, Marcel se dirigió al público para dar fin a la actividad, recitó uno de sus poemas motivacionales y se despidió agradeciendo la participación y buena onda de todas. Las mujeres aplaudieron y se lanzaron sobre los artistas para despedirlos, entre abrazos y algunas manos fuera de lugar les agradecieron por el espectáculo brindado. Según contó Nicolás, uno de los bailarines, “fue una actividad muy agradable” y destacó que “la retroalimentación con el público fue muy buena, casi perfecta. Nosotros nos sentimos satisfechos de los que hacemos, el público lo recibió y se sintió satisfecho también de poder participar desde el otro lado”. Como cierre del evento realizaron la clásica foto grupal en la que posaron todos. Mientras alguna internas ya se habían ido a almorzar y el grupo se retiraba lentamente, dos se acercaron con notas de agradecimiento, algunas incluían sus números de teléfono y les comentaban cuando tendrían su salida transitoria.

Su creador

Marcel Cabrera nació en La Habana, es hijo de padre uruguayo y madre cubana por lo que se autodenomina “cubaguayo”. Con tan solo 20 años de edad es el responsable de llevar adelante el proyecto. En diálogo con  SdR -y con tono caribeño- cuenta que desde muy pequeño comenzó a escribir y tuvo su primer premio internacional a los 14 años al participar en el concurso Mundial de Poesía, donde recibió la mención especial del ganador más joven.

-¿Cómo surge la idea de hacer este proyecto?

- Yo quería convertirme en activista de todo lo que estaba escribiendo. Siempre escribí a los sectores más vulnerables de la sociedad y ahí se me ocurrió crear un proyecto social que fuera hacia lo que decían mis textos. Después pensé sumar otros artistas, de otras manifestaciones pero que tuvieran los mismos objetivos y las mismas intenciones de transmitir mensajes positivos en todos estos lugares vulnerables, que no tienen la posibilidad de pagar una entrada para ver un espectáculo, que no lo pueden hacer por estar privados de libertad o en otras situaciones que se lo impiden. El proyecto se materializó recién cuando llegué a Uruguay y alcancé la mayoría de edad, porque siendo menor no podía entrar a una cárcel y realizar una actividad como la que pretendía.

-¿Cómo fueron los comienzos?

Al principio era más difícil porque no nos conocían y teníamos que ir a los lugares directamente, plantearles nuestra propuesta y demostrar las ganas que teníamos de hacerlo. Pero una vez que  fuimos a diferentes sitios, se conocieron nuestras buenas iniciativas y fue mucho más fácil. Hoy ya no tenemos que buscar lugares para ir, sino que cuando hay alguno vulnerable en el cual no pueden acceder como otras personas a espectáculos artísticos, por lo general siempre nos escriben y nos ponemos en contacto con ellos. El primer actividad que hicimos fue en el Hospital Psiquiátrico Vilardebó, tuvo un formato más reducido en cuanto a bandas musicales porque había algunas restricciones, pero realmente fue  muy linda. Creo que cada visita tiene su contexto particular. Nosotros hacemos la invitación a todos los que quieran participar, pero cuando hay una restricción de personas, por ejemplo en alguna cárcel, que tienes que llevar  un cierto número de personas y no depende exclusivamente de nosotros, entonces tenemos que alternar las manifestaciones para que todo el mundo tenga un espacio.

-¿Qué misión tiene del proyecto?

- El proyecto tiene un importante valor educativo, los músicos por ejemplo, realizan la selección de canciones para dejar un mensaje específico de aliento y superación. Además los que realizan grafitis dejan plasmados en ese lugar un mensaje positivo para que mantengan el recuerdo del espectáculo y sientan que no están solos. Nosotros no llevamos un arte bailable o desinformativo, sino que buscamos  romper los esquemas y llevarles un mensaje comprometido  de todo lo que pasa en el mundo. Y cuando en el arte hay algo así, por lo general perdura en el tiempo.  A diferencia  de los ritmos esporádicos, nosotros  no hacemos esto para durar un mes o un año, hacemos esto para sacar a todas las barriadas vulnerables, a todos los sectores sociales excluidos, de la oscuridad en la que se encuentran. Mediante estas manifestaciones artísticas queremos  llevar un poco de luz, que nos permite también a nosotros seguir adelante con nuestras prácticas artísticas.

-¿Cómo se desarrollan las actividades?

-Por lo general yo me encargo de ir a los distintos lugares y establezco una reunión con los responsables para tratar diferentes temas. La seguridad, por ejemplo, si se trata de una cárcel o  de una barriada complicada, en este último caso dialogamos con el municipio. Para que las actividades surjan bien es necesaria determinada infraestructura, según la geografía del lugar al que vamos. Para la difusión  nosotros hacemos audiovisuales y mostramos una exposición fotográfica de lo que hacemos en cada actividad, eso nos permite que la gente pueda ver cuáles son nuestros fines reales e hizo que fuera  más accesible la invitación a nuevos lugares.

-¿Cómo es el recibimiento en las instituciones y en los barrios?

-En los barrios el recibimiento es muy bueno, en los lugares más vulnerables, sobre todo, se muestran un poco tímidos a la hora de enfrentarse con el espectáculo. Pero cuando escuchan el mensaje que transmitimos a través de canciones, del baile o de los murales que hacemos, se sienten identificados con los contenidos, se rompe esa muralla que hay entre nosotros y se forma un espacio de interacción. El proyecto es muy bien recibido por la sociedad porque  todo lo que hacemos es a pulmón, con recursos propios y con ganas de hacer arte en beneficio de los demás. Es una forma genuina de integrar a las personas ya que no tenemos un fin lucrativo o comercial, cuando la gente se da cuenta de eso es que logramos una mayor aceptación. Lo notamos a través de nuestra página web o de nuestro Facebook porque siempre hay algún interesado en ayudarnos.

- ¿Cuáles son los logros más importantes que tiene el proyecto?

-Dentro de los logros más gratificantes, el mejor premio son las musas para seguir escribiendo, porque cada vez que vamos a esos lugares hay una retroalimentación y eso nos permite seguir creando. Cada artista independientemente de la manifestación que realice antes de ser artista es un creador y  necesita manifestar su creación de alguna forma.

-¿Hay alguna anécdota que les haya quedado de las actividades?

Algo novedoso que casi nadie se explica, es que aunque vamos a lugares que son muy diferentes entre sí- porque una cárcel masculina es completamente diferente a una femenina y las cárceles son bien diferentes que las barriadas o los centros de rehabilitación de drogas-, en cada actividad siempre hay un integrante del proyecto que se encuentra con un conocido, ya sea un interno del establecimiento o vecino del lugar al que vamos. Esto es algo que se viene repitiendo y hasta ahora no ha tenido excepción.

-¿Tienen alguna aspiración para el futuro?

-El proyecto ahora funciona perfectamente, no tenemos ningún impedimento para realizar nuestras actividades. Y esto es porque nos acostumbramos a realizar las cosas por nosotros mismos, con ayuda de las redes sociales. Por eso no hay ninguna suplencia que nos haga falta en este momento. Pero creo que se puede aspirar a  más cosas, como por ejemplo, tener un local o una sede del proyecto y transporte propio para poder ir a los distintos lugares sin tener que gestionarlo previamente. Con respecto al alcance del proyecto estamos muy focalizados en Montevideo y queremos expandir más la cuestión fuera de la capital. Eso es seguramente para el próximo año.

Jessica Vega