Familias refugiadas de sirios solicitan abandonar Uruguay

CON LA MÚSICA A OTRA PARTE

Fotos: Cecilia Aguiar/ SdR.

Esto tiene su origen en la solidaridad, pero a la larga la solidaridad termina siendo el más espléndido negocio para una nación“, decía el ex presidente José Mujica casi un año atrás, cuando personalmente recibía al primer grupo de 43 sirios que llegaron escapando de la guerra en su país. Hace más de cuatro años que Siria está inmersa en una de las guerras más salvajes que el mundo recuerde. El enfrentamiento, que comenzó entre el gobierno tirano de Bashar Al-Asad y grupos de opositores, terminó convirtiéndose en un conflicto asimétrico, que provocó conflictos menores entre pueblos y ciudades de todo el país.

Esta es la razón que explica que, desde entonces, miles de personas intentan escapar de la muerte día tras día. Familias enteras atraviesan fronteras, y hasta el mar Mediterráneo, con tal de salvar sus vidas. Con esa premisa, algunos de ellos llegaron a Uruguay desde Líbano, hace casi un año, en el marco del Programa de Reasentamiento de Familias Sirias implantado por la Secretaría de Derechos Humanos de Presidencia de la República. De esta manera, nuestro país daba al mundo un enorme gesto de voluntad política y generosidad brutal. Paralelamente a esta situación, también llegaron prisioneros desde Guantánamo. En principio, se mostraban más que agradecidos con la iniciativa del entonces Presidente (José Mujica) de haber negociado con Estados Unidos para sacarlos de “aquel infierno”.

Pero el clima de tranquilidad y la adaptación de estas familias duró relativamente poco. El país, al que les estaban profundamente agradecidos, de repente empezó a mostrarles sus trabas culturales. Desde el inicio la sociedad uruguaya los recibió bien, tanto entre vecinos como en las escuelas y liceos, donde los adolescentes y más pequeños iban a continuar educándose. Pero, según denuncias, no todos iban a la escuela, en especial las niñas. La violencia doméstica ejercida por parte de algún jefe de familia fue el primer choque cultural con el que se encontraron, lo que principalmente hizo que el gobierno comenzará a cuestionarse la venida de un segundo grupo de siete familias para este año.

Reclamos

Tanto a los ex presos, como a algunas de estas familias, el país comenzó a resultarles caro y sin miras de asegurarse un futuro próspero para ellos y sus hijos. El trato de Acnur (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) y el gobierno uruguayo con las familias, fue de brindarles ayuda económica y de vivienda por dos años. En ese tiempo, deberían trabajar en su adaptación con ayuda psicológica, asistentes sociales y educación. La familia de sirios que residía en Piriápolis, que fue acusada de no enviar a las niñas a la escuela, resolvió viajar a principios de agosto a Serbia donde los esperaban familiares. Pero en el trayecto fueron retenidos en el aeropuerto de Atartuk en Turquía. Ante esto, pretendieron ingresar a ese país, pero les negaron la entrada.

 

Esto desorientó al gobierno uruguayo, ya que viajaron desde Uruguay con un documento de identidad y una constancia de viaje donde se aclara que su situación está contemplada en el marco de la convención de refugiados de la ONU. Pero, según un comunicado de prensa de la Secretaría de Derechos Humanos  emitido el 7 de setiembre, ello no impide que aun con esos documentos puedan entrar a otros países como lo han hecho en Uruguay. “Todas las personas sirias refugiadas en Uruguay cuentan con el denominado Título de Identidad y Viaje, que es el documento legal que expide el Ministerio de Relaciones Exteriores. Esta documentación es totalmente válida y reconocida. Sin embargo, el gobierno de Uruguay no puede incidir en el otorgamiento de visas de terceros países”, aclara parte del comunicado.

La familia siria, estuvo varada 23 días en Estambul hasta que el gobierno logró traerlos de vuelta. Desde el lunes 7 de setiembre, casi el total de los que llegaron a Uruguay siguen haciendo reclamos y esperan con sus valijas una respuesta del gobierno en la plaza Independencia. De ahí salen para el aeropuerto, dicen, para poder regresar. Unos irían a Líbano y otros a Siria, de vuelta. Insisten en que en Uruguay “no hay futuro para nuestros hijos. No queríamos salir de la guerra para venir a la pobreza. Nos mintieron“, manifestó una de las mujeres sirias en una improvisada rueda de prensa. Otro de sus reclamos, es que el gobierno uruguayo se encargue de los pasajes de vuelta.

Ali Jalil Ahmad, presidente del Centro Islámico del Uruguay, fue el traductor designado durante estas horas. A través de él, los refugiados sostuvieron en grupo que los uruguayos somos “buena gente”, pero “es un país caro, inseguro. Algunas de nuestras mujeres han tenido problemas en la calle. Y además tenemos muchos hijos que acá no podemos mantener. El gobierno nos da un dinero por mes y nos paga un alquiler, pero el trato es por dos años. ¿Qué haremos después?”. SdR consultó acerca de cuánto recibían por mes, tanto los que trabajaban, como los que solo percibían la prima acordada con el gobierno, pero se negaron a contestar. Cuando volvimos un día después, el tono de sus declaraciones se había suavizado notoriamente.

Rada Najjar, es libanesa y vive en Uruguay hace 50 años. Ella acompaña a una de las familias desde que llegaron al país y oficia también de traductora por momentos. Vivió junto a ellos durante una semana en la casa que se les asignó en 8 de octubre. A su lado está Merhi, un beduino de 50 años, que tiene 16 hijos. Dos hijas casadas quedaron en Líbano. Su viaje a Uruguay fue el único en su vida. Una vez que llegó, fue trasladado junto a su familia a una granja en Juan Lacaze. Allí trabajó un pedazo de tierra contiguo a su casa y construyó un invernáculo mientras recibía la prima asumida por el gobierno. Terminó ganándose el cariño de los vecinos de la zona, quienes intentaron convencerlo de que no se fuera, pero no hubo caso. “Este hombre es buenísimo, lo que lucha con sus hijos no tiene nombre. Dice que Uruguay es una maravilla. Cuando llegó encontró al país muy bien, lo respetaron desde un principio, le dieron todo lo que le prometieron, pero no es suficiente”, dijo Najjar a SdR.

Está muy cansado, vio que vivir acá es difícil y distinto que vivir allá. Quiere ir y morir en Líbano, de donde se fue cuando empezó la guerra en Siria en 2012. Se trasladaron con su familia como nómades. Es difícil vivir en países que no son de Asia Menor. Aquí le gusta mucho la gente, como son. No tienen nada en contra de la gente acá, pero quiere que esa misma gente lo apoye para salir“, agregó apenada. De repente, el testimonio del hombre se hunde en la tristeza y el llanto. Rada Najjar acompaña ese sentimiento y también hace suyo el reclamo. “Esto emociona. Pedimos al Presidente, al gobierno, que lo ayuden. Nadie los obliga a estar acá. Él allá vive con sus hijos con honestidad. No tiene diferencias con nadie de ninguna nacionalidad”. En cuanto a los ingresos de Merhi, Najjar le trasladó la pregunta de cuánto ganaba por mes pero él también se negó a contestar. Solo se limitó a decir: “un día llevo un kilo de manzanas a la casa y al otro día ya no me alcanza. La ayuda del gobierno es por dos años. Cuando termine ese tiempo, ¿como haré para vivir? Yo no tengo trabajo ni mis hijos tampoco porque son menores. En Líbano, nos ayuda siempre el gobierno. Acá no”.

Los hombres de las familias trabajan en su mayoría, las mujeres no, por mandato religioso y cultural. La esposa de Merhi, Sanha, es bastante menor que él y debe quedarse en la casa para cocinar y cuidar de todos. Sufrió anemia cuando llegó y estuvo bastante débil. En cuanto a los rumores sobre algunos robos que sufrieron algunas mujeres de las familias, solo a una de ellas le hurtaron el celular y los documentos de ella y de su hermana menor, aunque algunos miembros de las familias declararon a la prensa que habían sido robadas más de una vez.

Pero había una duda: si el gobierno les extendiera la ayuda por más tiempo, ¿ellos se quedarían? Merhi, a través de Rada Najjar, contestó cediendo a otras posibilidades. “Es Líbano o cualquier otro país de Europa. Pero acá no. Cualquier cosa que les pase a mis hijos acá, la ONU y este gobierno serán responsables”. Por primera vez en ese rato en la plaza, la posibilidad de trasladarse a Europa, una vez que algunos países comenzaran a abrir sus puertas a miles de refugiados que desde el viernes están arribando a aquel continente, fue reconocida. Esto terminaría de explicar la decisión repentina que tomaron las familias de irse del todo o permanecer, lo cual también tiene su lógica.

Mientras esperaba otra rueda de prensa pactada con las familias para las 14.00 hrs, veía a los niños jugar en el pasto junto a un malabarista que siempre está en la plaza. Se los veía bien. Alegres y hasta comunicándose con el artista en un claro español. Era evidente que los niños y los adolescentes de las familias fueron los que se adaptaron mejor a la nueva situación. Igualmente, de inmediato, me transmitieron una profunda tristeza porque, por mejor que estuvieran, no tenían opción a quedarse o decidir qué hacer con sus vidas.

La gente que pasa por la plaza, se detiene a hablar con ellos, tanto con reproches como con buenas intenciones. Por ahora, les permiten pernoctar en carpas. En cualquier caso, es algo que probablemente nunca entenderemos. Tal vez debamos esperar más de estas familias para dejar al Uruguay como otra opción para sus vidas, al margen de esta experiencia, o tal vez el gobierno ya no decida traer más sirios en calidad de refugiados.Culturalmente son entendibles las razones que exponen para su regreso, pero para el país anfitrión que históricamente supimos ser, sentirnos burlados también es comprensible e inevitable.

Por Cecilia Aguiar