Proyecto la “Olla” junta a adolescentes y personas en situación de calle

HAMBRE DE IGUALDAD

Foto: Sofía Umbre/SdR.

Las cuchillas atraviesan las verduras, una y otra vez, hasta dejarlas bien chiquitas. La olla empieza a largar vapor y los cucharones recorren despacio cada borde. Ya son las once de la mañana y cuatro hombres esperan afuera del portón verde y gris para entrar. Es sábado otra vez. Un grupo de voluntarios de entre 17 y 18 años cargan con largos bancos que traen desde el Colegio Isasa, donde cursan su último año de bachillerato. Otros empiezan a poner arroz dentro de la monstruosa olla, que descansa sobre el fuego. De a poco, van haciendo pasar a los que están del otro lado del portón, que ya no son cuatro, sino nueve.

Los adolescentes invitan a los usuarios a sentarse al aire libre, en alguna de las 20 sillas de plástico que situaron en forma de ronda. Juan Pablo se acerca a Felipe, uno de los que acaba de entrar, y le ofrece un café. Mientras, Miguel se apodera de la guitarra, sus años cantando en los ómnibus le dieron experiencia y sabe interpretar bien los clásicos folclóricos. “Chelo” y Marcelo llegan con sus típicos gorros o camperas y, aunque sus cuadros son tradicionales rivales, comparten el amor por el fútbol. “Chelo” y Tabaré conviven en el mismo refugio y están yendo al Portal Amarillo, donde intentan rehabilitarse de sus adicciones.

Así transcurre la mañana en la “Olla”, un lugar de encuentro donde juntarse a conversar y compartir un plato de comida caliente. Está destinado a personas que viven en situación de calle. A simple vista, lo que distingue a los chicos de los usuarios de la “Olla” son sus llamativos buzos verdes con las letras “JMI”, grandes y blancas en la espalda. La sigla representa el movimiento del que forman parte estos 20 jóvenes: Juventud Misionera Ignaciana.

Este proyecto nació en 2014 como una propuesta de parte del colegio para los chiquilines de sexto de bachillerato. “La parroquia (San Ignacio) nos da el espacio, la luz, el gas y el agua. Por parte del Movimiento están la coordinación de actividades y la gestión de donaciones”, cuenta Victoria Barcala, asesora del movimiento. Se dividen en tareas rotativas, “algunos están más con los usuarios, otros preparan la comida y otros limpian. Al principio también había un grupo para salir a convocar, pero hoy en día vienen naturalmente o porque los invita algún amigo que está en alguna situación parecida”.

De un momento a otro todas las sillas que estaban vacías se ocupan y la “Olla” empieza a cobrar vida. Un flujo de personas entra al baño y pasa por la cocina a ver cómo va la preparación del almuerzo a cargo de los chiquilines. Alguno entra a buscar un mazo de cartas para jugar al truco o a dejar las bolsas y mochilas que cargan a cuestas durante todo el día. De fondo suena una canción de Larbanois & Carrero, mientras simultáneamente una conga y un truco se definen a muerte en las mesas del medio. Un hombre, de aproximadamente 30 años, descansa sobre una pared al sol. No es un gran conversador y pocos conocen su nombre o cómo llegó. Él observa todo y se mantiene al margen. A pesar de su aspecto descuidado, parece no necesitar más que ese rincón de sol.

Foto: Sofía Umbre/SdR.

 

Las temáticas en las conversaciones van variando. Marcelo comenta cómo tuvo que quedarse “guardado” anoche en el refugio sin poder irse “de  gira”, y trata de descubrir las caras mal dormidas que evidencien la salida nocturna del viernes. Por otra mesa, Federico y Óscar se combaten en silencio mientras planean su próxima jugada de ajedrez. Cerca del portón, un grupo de ocho juegan un picadito. Adentro la comida está casi pronta y los voluntarios consideran sacar las mesas para comer fuera del lugar habitual. El día se presta y adentro el espacio empieza a quedar chico.

Entre voluntarios, usuarios y coordinadores sacan las mesas, sillas y bancos y se acomodan para almorzar. El verde de los canguros se intercala con las ropas generalmente oscuras de los usuarios. Valentina, una de las voluntarias, cuenta que el liceo les ofrece un espacio donde hacer distintos voluntariados. “El año pasado los que estaban en sexto inauguraron La “Olla” y este año la seguimos nosotros”, explica entre un montón de platos que van y vienen. Para Juan Pablo, la “Olla” ya es parte de sus sábados. La gente es una cuota grande de motivación y también cómo se van afianzando los vínculos. “De repente un sábado charlás con alguien que está intentando salir de la droga, volver a la casa, o encarar un laburo. Y al otro sábado querés saber qué pasó. Querés ver un cambio, aunque sea mínimo, y te motiva a venir”.

El almuerzo empieza y las charlas se reducen a cada sector de la mesa. Se habla mucho del consumo, y de todo lo que ha roto en el paso de las vidas de quienes lo viven o vivieron. Algunos lo comentan como algo divertido, pero “Chelo” muestra cierto respeto para hablar de eso, a la “Olla” llegó por recomendación de sus amigos y recalca que para él es un momento importante de la semana. “Sabemos que los sábados venimos para acá, lo tenemos ahí como en el cronograma. Y tratar siempre de venir con las mejores pilchas, prolijos”. Para él el objetivo no es el plato de comida, porque dice que no le falta. Pero sí cambiar de ambiente, “un lugar que me dé algo productivo para cambiar la cabeza”.

Al igual que a “Chelo”, a Marcelo, y a muchos otros, sus adicciones los persiguen. La “Olla” representa un lugar donde mantenerse alejados de los contextos de consumo. “Está bueno compartir con distintas realidades. No solo con los chiquilines, sino personas que capaz están en la misma que uno. Y poder darse una mano”. La “Olla” cumple más con la necesidad del espacio compartido, de achicar la brecha entre “ellos” y “nosotros”, donde la comida se transforma en una excusa.

Sofía Umbre