Después de 10 años alejado del público, el Cine Melo está en obras

AL RESCATE DE UN MITO

 

El Cine Melo. Foto: cortesía de Bady Arguello

Humo, polvo y ruidos clásicos de una construcción. Eso es lo que se encuentra al entrar a lo que queda del viejo Cine Melo. El olor a chocolate caliente, a torta frita y al cuero de las butacas fue sustituido por el olor a material.

El Cine Melo está en obras. Después de más de 10 años de ausencia busca resucitar como centro cultural. El rescate del viejo cine surgió gracias a un grupo de más de cien vecinos de la ciudad, que inquietos por encontrar un espacio donde compartir el arte, crearon la Asociación Civil Pro Centro Cultural en el Ex Cine Melo.

El 23 de agosto de 1951 Vittorio de Sica, Gabrielle Dorziat y Anna Perangeli dieron comienzo a lo que luego serían 50 años de vida del Cine Melo. La empresa Glücksmann Cinesa, que ya distribuía  y exhibía películas en varios cines del país, estrenaba su sala en la capital del departamento de Cerro Largo. “En nuestra extraordinaria función inaugural, un estreno inolvidable. Vittorio de Sica presenta el laureado film premiado como la mejor película del Festival Cinematográfico de Punta del Este: ‘Mañana es demasiado tarde’”, anunciaba el programa del debut.

En aquel tiempo coexistían en la ciudad tres salas de cine: el Melo, el Rex y el Teatro España. Para comienzos de la década de 2000 el Rex ya no existía, el Teatro España era solo teatro y el Melo se convirtió en edificio de la Iglesia Universal del Reino de Dios. En la ciudad no había ni un solo cine.

Intentos de proyecciones se hicieron en el Club Unión y hasta se logró crear una pequeña sala en el ex edificio de la Asociación Agropecuaria. Pero la falta del viejo y querido Cine Melo se notaba en las anécdotas nostálgicas de cada ciudadano. Los adultos recuerdan las tan famosas matinés de su juventud y los que por aquel entonces eran niños guardan en su memoria a Manuelita y al zapateo masivo que resonaba en el piso de madera antes y después de cada función; una tradición.

Fue en el año 2009 que la Intendencia de Cerro Largo compró el edificio del viejo cine. A partir de ese momento aquel grupo de vecinos emprendió un sinfín de movimientos en pos de recuperar el edificio y devolverlo a la vida cultural de la ciudad. “Cada vez que voy al cine en Montevideo, pienso: ¿cómo puede ser que generaciones y generaciones de mi ciudad no conozcan el cine actual?”, comenta Bady Arguello, fotógrafo, director del coro y del grupo Sonantes de la ciudad, integrante del grupo de vecinos que busca rescatar el edificio.

Pero aquel edificio que todos conocieron en su momento de esplendor, y al que todos vieron caer, ya no era el mismo. La obra arquitectónica de Ildefonso Aroztegui se había convertido en un edificio abandonado, casi fantasma, donde las únicas moradoras eran las palomas.

El Cine Melo. Foto: cortesía de Bady Arguello

Fue así que aquellos cien vecinos decidieron salir a buscar lo que faltaba: dinero. Para eso necesitaban un proyecto sólido que pudieran presentar ante los posibles organismos inversores. Se realizó una solicitud a la Asociación de Arquitectos de Cerro Largo; Claudia Vilela, Raúl Silva, Pablo Guarino, Victoria Silva y Sergio Silvera respondieron y se comprometieron con la donación de un anteproyecto.

La asociación, a través del Ministerio de Cultura, hizo una solicitud a la Oficina de Presupuesto y Planeamiento. Resultado: algo más de 4 millones de pesos. Conseguidos los fondos podían comenzarse las obras. “Al año y medio –de la llegada de los fondos – comenzaron las obras, con supervisión del arquitecto Sergio Silvera”, cuenta Arthur Souza, secretario ejecutivo de la Intendencia de Cerro Largo.

Aquel anteproyecto era una muestra del sueño. “Intenta reconvertir al cine en un centro cultural. Reconvertir lo que es la sala, la platea baja en un teatro con escenario sinfónico y brindar todos los servicios necesarios para un teatro: vestuario, camerino, un taller de escenografía y lo técnico. En lo que es la platea alta hacer una división al medio para que funcione un microcine y una sala de camerata, que también sirva para charlas y eventos. Arriba del hall hay un nivel donde estaba el sector de maquinaria de proyección. Tanto en ese como en un cuarto nivel que se va a crear, funcionarían las salas de ensayo”, detalla el arquitecto Silvera, que además de participar en el proyecto inicial, fue elegido por sus compañeros para dirigir las obras del centro.

Pero aquel sueño se vuelve algo utópico. Del centro cultural, por lo menos en la primera etapa, solo van a existir la sala de teatro, los baños, que además de nuevos, también contarán con un sector para usuarios de sillas de ruedas, y el espacio del hall a la orden de algún expositor. Hasta que no se finalice la primera parte, los vecinos no pueden conseguir más dinero, y aquel que se consiguió no alcanza para lograr el sueño.

Silvera cuenta que lo primero que se le pidió fue trabajar en el techo del edificio que, según los entendidos, había que recuperar y no cambiar porque los de ahora no son como los de antes. “Se hicieron dos licitaciones: la primera, que ya se hizo, fue la recuperación del techo y del cielorraso. Era lo primordial porque había chapas rotas, se llovía y estaba todo muy frágil. La segunda instancia, que está en proceso, es la de arreglar los baños y dejar en condiciones de uso lo que es una suerte de escenario: una tarima que se desmonta en cuanto empiece el proyecto definitivo”, agrega el arquitecto.

Mil doscientas personas podían sentarse en las viejas butacas de cuero. Otras cien se sentaban en los corredores de las plateas. Al cine entraba agua, y el agua estragaba las butacas: “Los que estaban antes, si se rompía una butaca, la tiraban y bajaban otra de la planta alta, donde había 450 butacas. Se salvaron 365”, cuenta Bady cuando habla sobre lo que encontraron los vecinos al entrar al edificio.

Hoy, entrar a la platea baja es caminar por un piso de madera donde en lugar de los viejos asientos de cuero hay herramientas de una obra de construcción. La inmensidad del espacio combinada con el vacío hace que el zapateo de unas personas resuene casi como el viejo zapateo masivo. Pero se escucha solo cuando el taladro y los martillos paran.

La platea alta es una muestra de que todavía se está en proceso. En ese nivel, el piso de madera es decorado por los fosos resultantes de la humedad y por montañas de restos de aquellas viejas butacas. Pero es todo señal de una cosa: el cine está en obras. Arthur Souza cuenta que de las mil doscientas butacas muchas se van a recuperar: fueron en concesión al teatro del Casino Nogaró. Y agrega: “Precisaban unas butacas por un tiempo de seis u ocho meses, y la asociación las dio en un comodato con la condición de que se las devolvieran refaccionadas”.

El Cine Melo era antiguo. Además de las butacas de cuero usaba proyectores de 1928. Sobre esto Silvera lamenta que “los proyectores recibieron por años la visita de palomas. Ahora los equipos están limpios, pero no funcionan. Quedarían como parte del museo, como parte del patrimonio”.

Cuando Silvera habla de este trabajo reconoce que “es algo que esperemos sea provisorio, para que cuando llegue más dinero empiece a gestarse el proyecto”. Por otro lado Arthur Souza admite que “la segunda etapa, la más ambiciosa, no se va a poder hacer (por ahora) porque los fondos del Estado no están muy bien”.

No se sabe si hoy, mañana o pasado, si en un mes, en dos o en tres, pero en Melo habrá cine, habrá música, habrá arte.

Rosalía Souza