“Paseo a ciegas”, una actividad para ponerse en los pies de los que no ven

EN TUS OJOS

 

Foto: Facebook de Paseo a Ciegas

¿Alguna vez intentaste ponerte en el lugar de un ciego? “Paseo a ciegas”, un proyecto sin fines de lucro, tiene como objetivo concientizar sobre las dificultades que enfrentan los ciegos al caminar.

Una noche el emprendedor Pablo Buela caminaba por la rambla de Montevideo y se preguntó lo difícil que sería hacerlo si no tuviera visión. Comenzó a investigar, se contactó con la Unión Nacional de Ciegos del Uruguay (UNCU) y, así, en enero del presente año, nacieron las caminatas, que en principio fueron por la rambla. La idea es simple: se le vendan los ojos a las personas videntes, se les da un bastón y caminan un trayecto guiados por la persona ciega o de baja visión.

En esta ocasión el encuentro fue en la Plaza de la Bandera y se contó con la participación especial del piloto automovilístico Santiago Urrutia, para acelerar la caminata. Al comenzar, se formó una ronda, Buela contó cómo surgió la iniciativa y representantes de UNCU informaron sobre la institución y sobre cómo ayudar a una persona ciega en la calle (preguntarle si necesita ayuda, nunca tomarle la mano en la que lleva el bastón, su fuente de independencia y movilidad). Luego se repartieron los tapaojos y los bastones, se explicó cómo usarlos y se dividieron las duplas.

Con los ojos vendados, el bastón en una mano, con la otra tomados del brazo del guía, comenzó el primero de los tres recorridos alrededor de la plaza. Los primeros pasos eran algo vacilantes, los bastones no se movían del modo enseñado. Avanzados unos metros, el joven automovilista le preguntó a guía: “¿Estás ahí?, ¿dónde estamos?”. “En 18 de Julio”, le respondió Pablo en tono de broma. “Mirá que el recorrido es más corto que en Laguna Seca, quedate tranquilo”, “pero con la velocidad que se va en auto, esto no es nada”, decían algunos de los participantes entre risas.

Por la plaza pasaba gente que miraba curiosa la actividad pero seguía su rumbo. Mientras, a metros del punto de partida y llegada, había skaters muy concentrados en su mundo de piruetas, sin preocuparse de lo que ocurría a su lado.

Al llegar al final del trayecto y sacarse la venda de los ojos, una de las presentes terminó emocionada y con lágrimas. Mientras se realizaba la segunda recorrida, explicó lo que sintió: “Al principio, al taparme los ojos, me dio un malestar de estómago, una sensación de mareo. Pero este señor tan amoroso (su guía, Gabriel Soto, presidente de UNCU), me tomó de la mano y me habló con tranquilidad. Es impresionante la emoción de ponerte en la piel del otro”, dijo, conmovida. Y el presidente de UNCU expresó que su experiencia con esta inventiva fue “muy positiva. Me resulta desafiante ser yo el guía. Además es muy importante compartir unos minutos con una persona que logra ponerse en nuestro lugar”.

Es que durante el trayecto se genera un intercambio enriquecedor para ambas partes. El vidente le pregunta a su guía sobre las dificultades que enfrenta al caminar por las calles y cómo las sobrelleva. El ciego le pregunta qué sensaciones y miedos siente, trata de orientarlo y transmitirle serenidad.

En la última recorrida me tocó vivir la experiencia de ser guiada a ciegas. Al dar el primer paso ya me sentía desorientada. “Tú me dices si voy rápido, tranquila”, me dijo Gabriel. De alguna manera sus palabras lograron estabilizarme, aunque nunca comprendí en qué parte de la plaza estaba. Todos los sonidos de los vehículos se volvieron uno, era casi imposible distinguir de dónde venían y dónde me encontraba parada. Al sentir el sonido de los skaters, percibí que el trayecto llegaba a su fin. Aunque ya lo había caminado con los ojos descubiertos, sin ver se sintió más largo.

La actividad terminó con otra ronda donde algunos de los participantes contaron su experiencia. “Yo no tuve miedo, no me generó inseguridad. Me entregué totalmente a la otra persona, que quizás en otro momento yo la podría ayudar, y ahora ella me estaba ayudando a mí”, expresó una de las participantes. Otro propuso una innovación: “Estaría bueno caminar unos metros solos o subir y bajar una escalera”.

Por lo general, la gente al ver a un ciego solo se concentra en sus limitaciones y no advierte todas sus capacidades. Soto contó que a veces en la calle le gritan: “‘¡estás en tal esquina!’. Y yo sé que estoy ahí. ‘¿Para dónde vas?’, me dicen. ‘¡Para adelante!’, les grito yo. Piensan que uno está perdido”. Por su parte, Buela expresó que este proyecto le cambió su óptica sobre la ceguera: “Por estos encuentros pasaron más de veinte ciegos, porque van rotando, y de todos aprendí”.

Noelia Martínez