Estados Unidos: el fenómeno de la violencia a través del consumo de las armas

MENTES VULNERABLES

 

Lori Hass, hermana de una víctima de la masacre de Virginia Tech, durante una protesta contra la tenencia de armas. Foto: SAUL LOEB / AFP

Uno no tiene que vivir en Estados Unidos para darse cuenta que, desde la matanza de estudiantes ocurrida en abril de 1999 en la secundaria Columbine, hechos de este tipo se han masificado desde entonces. El tiroteo ocurrido en una universidad rural del estado de Oregon el jueves 1 de octubre a manos del estudiante Chris Harper Mercer, es uno más que se agrega a la larga lista de sucesos de este estilo ocurridos en ese país desde 1940. El fácil acceso a las armas por parte de la ciudadanía explicaría, en un principio, las causas de un fenómeno que año tras año se cobra en general la vida de decenas de jóvenes. El tratamiento del tema está más que trabado en el congreso estadounidense. En las últimas elecciones parlamentarias -en noviembre pasado- el Partido Republicano se hizo con la mayoría de los escaños y dejó al presidente Barack Obama sin margen de negociación para tratar este y otros temas. Es sabido que los republicanos representan la derecha más recalcitrante del país y siempre han tenido una tendencia más armamentista que los demócratas, defienden a ultranza su derecho como ciudadanos a portar armas y desde siempre han sido los primeros en apoyar iniciativas belicistas en cuanto encuentran la veta.

La ley como bandera

Para entender el acceso a las armas que la población de ese país tiene, debemos viajar en el tiempo, hacer historia y hurgar en su constitución. El derecho a la posesión de armas surgió en Inglaterra en la Edad Media, cuando sentaban precedentes del Derecho anglosajón y la monarquía parlamentaria. En 1181 Enrique II habilitaba a todo hombre libre ley mediante, a portar armas a su servicio. De esta manera, se militarizaba ese derecho.

Posteriormente, en 1689 los protestantes se convertían en los únicos ciudadanos permitidos a portar armas para su defensa personal. La constitución inglesa albergó ese derecho lo que quedó instalado en el territorio del norte y Australia.

Luego de promulgada la ley, el Parlamento británico fue imponiendo cada vez más restricciones lo que desembocó en su abolición completa. Instaurada la ley en esos territorios, su regulación quedó sujeta a las autoridades locales. Y una vez que Estados Unidos se consagró en país independiente, la tenencia fue oficialmente un derecho, tomando forma en la segunda enmienda de esa constitución.

Esa enmienda, forma parte de la Carta de Derechos, y dice que, “siendo necesaria una bien regulada milicia para la seguridad de un estado libre, el derecho del pueblo a tener y portar armas no debe de ser infringido”. Claramente, el objetivo era cuidar la democracia y una forma de evitar sublevaciones, tiranos y dictaduras, era convocar al pueblo a armarse de manera que si cualquier enemigo intentara invadir la joven República, habrían armas en cada casa dispuestas a dispararse. La desconfianza hacia el estado siempre estuvo entre los ciudadanos, por lo tanto, se entiende que “nadie mejor que tu puede protejerse y protejer a los tuyos”.

La historia también recuerda a “Malcom X” y a las “Panteras Negras”, quienes en su momento reclamaban el uso de este derecho como una excusa para la autodefensa. El entero respaldo constitucional entonces, hace que los que abogan por este derecho apelen a la violencia recrudecida de estos tiempos para seguir justificando el comercio armamentista hasta en cualquier supermercado en los últimos 40 años, y el que sobre todo, se haya incrementado en la última década. Lógicamente, la amenaza terrorista está muy latente y es otra de las razones que influyen directamente en los números rojos de hoy: 300 millones de armas de fuego en manos de una población con 320 millones de habitantes. Producto de esto, 30.000 muertes al año de las cuales 14.000 son por suicidios.

El fenómeno

La palabra matanza es por definición la que utiliza el FBI para referirse a hechos de este estilo y cuando hay más de cuatro muertes en el mismo lugar. Probablemente para muchos, el primer caso que nos espantó en gran medida fue el perpetrado en la localidad de Littleton, Colorado, por Dylan Klebold y Eric Harris -de 17 y 18 años respectivamente- quienes armados (el 20 de abril de 1999) entraron vistiendo gabardinas negras en la secundaria Columbine donde ambos eran estudiantes y sembraron el horror durante unos 50 minutos, mataron con total sangre fría a 15 de sus compañeros e hirieron a 24. Luego de la tragedia, la historia individual de estos dos adolescentes junto a sus motivaciones para cometer semejante locura, empezó a llegarnos a través de los medios. Desde muy temprana edad, los jóvenes habían recibido el rechazo general por parte de sus compañeros en ese instituto. Meses antes, se dedicaron a hacer notar su odio hacia los demás a través de videos, dibujos y pensamientos escritos.

Eric era un excelente estudiante pero se volvió inestable tras el divorcio de sus padres y recibía tratamiento psiquiátrico por sus ataques de ira y repentinos cambios de humor. Dylan, era considerado como “superdotado” desde niño y estaba pasando por una fuerte depresión. Ambos tomaban antidepresivos hasta el día del hecho. Esto sumado a la gran fascinación por las armas, y mucho tiempo libre, produjo lo peor.

Sus padres desconocían completamente el arsenal que reunían en uno de los sótanos de sus casas. Sabían que no les gustaba ir a estudiar pero no cómo se sentían interiormente. Tanto Dylan como Eric, están dentro del patrón de otros jóvenes que, desde entonces hasta el reciente tiroteo en Oregon, decidieron poner fin a la vida de sus compañeros y a la de si mismos: en general, son los hijos de familias disfuncionales de padres divorciados y con antecedentes de violencia doméstica, con una infancia y adolescencia afectada en consecuencia, con dificultades para insertarse en la comunidad, tendencia a la depresión y la ansiedad, con bajo rendimiento escolar; lo que provoca el desinterés, la inasistencia a clase y el ocio con facilidad.

El paso entre la escuela y la secundaria es para muchos chicos, una etapa llena de buenos recuerdos y para otros,una etapa oscura que siempre es preferible olvidar. Las humillaciones entre alumnos siempre existieron en todas las épocas, a lo largo y ancho del mundo, solo que ahora  términos relativamente nuevos como “bullying” o “acoso escolar”, sirven para redefinir y resignificar estos casos.

Da la impresión que en una sociedad típicamente “exitista” como la de EEUU, donde desde temprano se incentiva al personaje “popular” y se persigue y se estigmatiza al “perdedor” hasta el cansancio, ahí es cuando uno empieza a entender cómo y cuándo se siembra la semilla del odio, y a la postre, un polvorín potencial. En todos los casos, los tiradores han sido hombres de entre 15 y 27 años, lo cual indica cierto tipo de alienación: son adolescentes o adultos jóvenes solitarios y deprimidos, fanáticos de los videojuegos, frustrados sentimentalmente en algunos casos, y que van sumergiéndose en el refugio de ciertos extremos religiosos o ideológicos donde encuentran valor y aceptación como medios para justificar la violencia. Según Jorge Banales, periodista uruguayo radicado en Estados Unidos desde hace 33 años, “Los medios ya no tienen influencia en la alarma pública y por ende, no la hay.  El dolor e indignación permanecen pero en un par de días todo retorna a la normalidad”.

Impartiendo el miedo

La Asociación Nacional del Rifle (NRA por sus siglas en inglés), es otro capítulo clave en el asunto. Tiene su existencia desde mediados del siglo XIX siendo la organización más antigua de derechos civiles de ese país y está integrada por unos cuatro millones de socios, entre ellos aficionados a la caza y coleccionistas de armas. En 1975 comenzó a mutar hacia la industria armamentista y desde entonces nadie ha podido frenar su ascenso. Su intromisión en la política se hizo evidente cuando decidió respaldar a Ronald Reagan como presidente y a esta altura, son muchos los escaños, republicanos en su mayoría, en el congreso que deben su existencia a esta entidad. Un ejemplo fue el caso del actor Charlton Heston, quien tornó muy popular su acérrima postura pro armamentista alcanzando la presidencia de esta asociación durante cinco años, en momentos cuando Michael Moore venía de ganar el Oscar por su documental Bowlling for Columbine y donde se mostraba abiertamente el rol de Heston y su desinterés ante algunas tragedias debido al uso de las armas.

En 2010, tuvo ingresos de 24 millones de dólares lo que hace más que evidente la defensa desenfrenada de un negocio tan lucrativo que ha crecido de manera muy desproporcionada en los últimos años. Esta defensa, consiste en difundir el miedo a través de cualquier medio y como sea.

Salud mental en crisis

En varios de los casos, los padres de los tiradores desconocían posibles problemas mentales en sus hijos, o de conocerlos, en general tendieron a minimizarlos o prefirieron no reconocer la dimensión real. Adam Lanza de 20 años, quien en diciembre de 2012 abrió fuego en la escuela primaria Sandy Hook en Connecticut, era adicto a los videojuegos violentos y a los asesinatos en masa. Sufría del síndrome de Asperger, un trastorno que afecta la condición mental y conductual derivado del autismo. También tenía un desorden obsesivo-compulsivo.

Reconocido por vecinos como alguien muy inteligente, callado e introvertido, nada hacía prever algo así en la tranquila comunidad donde vivían. Su madre trabajaba en forma parcial ya que Adam iba hundiéndose en el aislamiento. Varias veces ella había discutido con maestros de esa escuela, quienes le insistían en que no era el lugar indicado para su educación de acuerdo a sus patologías. Finalmente decidió sacarlo.

Primero Adam Lanza asesinó a su madre en su casa a tiros y luego se dirigió vestido de combate a la escuela con dos pistolas y un rifle, donde provocó una masacre de 20 niños y seis adultos. Su madre decidió armarse luego de divorciarse del padre de Adam como una “autodefensa” al quedar sola en su casa junto a sus dos hijos. Solía ir a prácticas de tiro al blanco y en varias ocasiones dejaba que sus hijos estuviesen con ella. Un foro en internet sobre armas y asesinatos donde Adam solía participar, sirvió para que el chico posteara un aviso sobre lo que haría días después. Lanza terminó suicidándose, así como los tiradores de la secundaria de Colorado.

Su matanza no logró superar en cantidad de muertos a la ocurrida en la universidad de Virginia Tech cometida por Seung-hui Cho, un estudiante surcoreano, de 23 años, en abril de 2007. Los detonantes de la matanza fueron el trastorno de Cho, una psicopatía con desorden alucinatorio de tipo persecutorio causado por su dura infancia y su realidad alternativa donde se creía un ser poderoso. Previo a los hechos, dejó una carta donde se autodenominó un precursor en pro de los débiles y varios videos. Su odio estaba dirigido a la clase alta de la sociedad y a la gente “popular”. Su venganza dejó 33 muertos, incluido él, y 29 heridos.

El tema de la salud mental en los Estados Unidos es un espiral de obstáculos y contrariedades, y un capítulo más para entender esta problemática, agravada por un desastroso sistema de salud que Obama no pudo mejorar aún con la reforma enorme que logró en 2010.

En Estados Unidos no existe un sistema nacional de salud pública. Los ciudadanos obtienen seguro a través de sus trabajos lo que es extensible a sus cónyuges y familias. Los gastos extras que ello implica, como el pago de exámenes, consultas y operaciones, lo vuelve muy costoso, por lo que se tiende a relegar el cuidado de la salud física y por ende, mental.

En consecuencia, las personas normalmente se enfrentan a una serie de obstáculos en el camino por conseguir el tratamiento más básico en la atención de su salud mental, que implica ver a un terapeuta.

La Ley de Cuidado de Salud Asequible hizo algunos pequeños pasos hacia la eliminación de los obstáculos para la atención psiquiátrica y la administración. Obama ha oficializado, recientemente, nuevas regulaciones que también han tenido impacto, como el no fijar un sistema de financiación caótico que desalienta a los terapeutas de aceptar el seguro; y hace que sea difícil para muchas personas obtener el tratamiento que necesitan. Aún así, las personas encuentran obstáculos básicos cuando ya se encuentran muy vulnerables. Incluso el primer paso esencial en la búsqueda de un terapeuta no es tan simple como seleccionar y elegir entre docenas de compañías de seguros médicas confiables.

Los aseguradores privados son conocidos por proporcionar listados de terapeutas dentro de la red, que incluyen a los médicos tratantes que no están disponibles para proporcionar tratamiento en el lugar donde figuran: algunos han cambiado de estado, otros se jubilaron. En algunos casos raros, todavía están en las listas, incluso después de que hayan muerto. Estas llamadas “redes fantasma” de los profesionales de la salud mental hacen que la búsqueda de un terapeuta de la red puede implicar un proceso de rechazo y confusión que puede durar días o incluso semanas.

Los psiquiatras, cada vez más, están dejando las redes de seguros. Y la decisión de aceptar sólo efectivo por parte de los pacientes mostró que el 55,3% de los psiquiatras acepta tomar un seguro, en comparación con el 88,7% de otros médicos. Una parte clave de esta tendencia es la influencia de compañías aseguradoras que ejercen sobre la atención terapéutica, la que conduce a los terapeutas a considerar no aceptar el seguro para que puedan tratar en un entorno que ofrece más dinero por menos molestias. Los terapeutas no sólo están abrumados por la intervención de las aseguradoras, sino que en comparación con otros colegas del campo de la medicina, también son menos pagos. Además, las tasas de reembolso tienden a ser bajos para los servicios terapéuticos, dando a los médicos poco incentivo para aceptar seguros pagos en efectivo que son mucho más caros para un paciente.

Con más terapeutas que no aceptan el seguro, hay menos opciones para las personas que no pueden permitirse el lujo de pagar de su bolsillo, y en un país como Estados Unidos, de esos está lleno. También hay una gran cantidad de personas que no tienen seguro y no puede permitirse el lujo de pagarlos, por tanto la mayoría de los servicios de terapia son financiados públicamente.

Pero tener el dinero para obtener ayuda no garantiza que la persona será capaz de encontrar al profesional que lo trate. Si bien la Ley de Cuidado de Salud Asequible dará a más personas el acceso a los tratamientos psiquiátricos, todavía no habrá suficientes médicos para tratarlas. Más del 77% de los condados de Estados Unidos tiene una grave escasez de profesionales terapéuticos, según un estudio de la Universidad de Carolina del Norte en 2006. Los suicidios también encienden las alarmas. Mientras hay continuos debates sobre cómo detener la violencia y el uso desmedido de las armas, vale recordar que en Estados Unidos, los ciudadanos tienden bastante más a suicidarse que ha cometer homicidios. Se estiman unos 14.000 suicidios al año.

Estado de situación y viralización

En cualquier caso, estos hechos no parecen tener fin. Al menos desde el congreso estadounidense, no se avizora una solución próxima en tanto Obama deba esperar por el visto bueno de los escaños republicanos, desde donde suelen asegurar que los tiradores son casos aislados. Con respecto a ésto, Bañales dice: “en parte tienen razón: hay en Estados Unidos al menos 80 millones de hogares donde hay armas de fuego. Hay millones de personas que tienen armas y son ciudadanos decentes, normales, pacíficos, cancheros.

No es que la tenencia de armas promueva la violencia. Solo facilita la obtención de instrumentos para la violencia en el caso de los enfermos mentales”.

La organización de ese país, también complica el panorama. “Son 50 estados, cada uno con sus leyes y reglamentaciones. La adquisición de armas de fuego no está regulada por las leyes federales, excepto la prohibición de tenencia de armas de guerra con dispositivo para disparo automático, en ráfagas. Podés tener un AK47, pero no puede disparar ráfagas. No hay un control central de policía, ni una autoridad central de salud mental. Un tipo puede tener todo un historial médico psiquiátrico en California, y cuando llega a Kentucky nadie lo conoce, va a una armería y compra lo que se le antoja”.

También Bañales agregó que “el resto del mundo se entera de estas matanzas y se horroriza por la reiteración y la aparente pasividad de la sociedad y el sistema político de EEUU ante los casos. Pero el resto del mundo acepta como algo que ocurre la desaparición de 43 estudiantes en México, o que un tipo en una favela de Río mate a 20 personas y guarde los restos en el fondo de su casucha”.

Es verdad que la viralización de estos hechos puede influir. De hecho en los últimos casos, varios de los tiradores confesaron a través de Youtube y en forma escrito, sentir admiración mutuamente. Es que para muchas personas inestables psíquica y emocionalmente, el uso de Internet es como una ventana al mundo para gritar sus problemas e intenciones, una especie de “decantador de odio social”.

De imaginar posibles restricciones a la compra de armas, esto supondría poder solucionar el problema aunque el que realmente quiera conseguirlas, sabrá bien cómo y dónde hacerlo.

Mientras pase el tiempo y en el congreso no consigan ponerse de acuerdo, más muertes por armas seguirán ocurriendo. El país parece haber entrado en una especie de “acostumbramiento” sobre estos temas. Cuanto más acostumbrados estén los ciudadanos, familias enteras se romperán por la tragedia y miles de jóvenes seguirán sufriendo en silencio, mientras sus padres lo ignorarán por completo. Los defensores de la Ley junto a los vendedores especializados, seguirán especulando con el miedo y harán caso omiso a lo que año tras año ocurre en todo el país, y los detractores, deberán seguir persiguiendo el fin de un flagelo en la “cultura de las armas”.

Cecilia Aguiar