Vecinos y comerciantes de Avenida Italia y Comercio relatan los sucesos de la supuesta "invasión zombie"

AL OTRO LADO

En Avenida Italia y Comercio. Foto: SdR / Santiago Vázquez

Pablo y Miguel cautivan las miradas recelosas de los vecinos. Tal vez es el pelo largo de Miguel, los cortes en su rostro, tal vez son los agujeros en los championes de Pablo, su gorra desteñida, sus manos llenas de lastimaduras. Sentados en la vereda, a una cuadra de Avenida Italia, comparten una botella de vino suelto y se la pasan mientras miran distraídamente a los autos que están estacionados a sus lados. Algún que otro vecino les da monedas a cambio de sus servicios de cuidacoche, otros pasan sin inmutarse, sin mirarlos. Son aquellos que pasan con mayor sigilo los que hacen divertir a Pablo y Miguel. Cuanto más asustada se muestra la persona, aumentan su alegría y desparpajo. Los saludan alegremente: “Amigo, amiga”, hasta que las personas agachan su cabeza y aligeran el paso.

El primer negocio en ser consultado por SdR es un pequeño kiosco a casi dos cuadras de la Avenida. El dueño del local responde que allí nunca lo habían robado, pero que era por una “cuestión de suerte” o porque el local siempre “estaba lleno de gente”. Sin embargo, recuerda que por la zona robaron reiteradas veces. Un par de locales, la panadería y la farmacia, son las principales víctimas de los robos.

La panadería está lejos del cordón de la vereda. Un muro que separa la casa del vecino y la pared de la panadería, formando un zócalo, es donde “las personas que duermen en la calle” y “toman vino en la esquina” hacen sus necesidades, comenta una de las empleadas. Antes de semana santa, una de esas personas le pidió dinero, pero la empleada se negó. “A los días robaron el local”. Pero del pedido de vigilancia al Ministerio del Interior, se enteró por la prensa. “No sabía que (vecinos y comerciantes) se reunían”.

La farmacia se encuentra totalmente enrejada. Es donde el kiosquero asegura que se realizaron “15 robos”, cosa que el dueño de este local confirma. “Hace 7 años que tengo esto y no me roban más”, dice, mientras golpea el vidrio que lo separa de las personas que atiende. El farmacéutico duda que “los zombies” (como los denominó una artículo de El País que consultaba a algunas fuentes en común) sean los que roban, “ellos deben ser los que pasan información”. “Nunca los vi robar, siempre están tomando, capaz que si ven algo valioso lo agarran pero nunca los vi. Los ladrones son otros”, opina. La solución a esta problemática “es una mayor cantidad de vigilancia policial”, “no basta con meterlos presos y largarlos, hay que desintoxicarlos, sacarlos de la pasta”. Pero él tampoco formó parte de las reuniones entre los comerciantes y los vecinos porque está “desilusionado”.

Frente a la cabina de policías en el cantero de Avenida Italia hay un puesto de flores, donde trabaja un hombre hace 18 años. Comenta que el turno de la noche desapareció de su jornada laboral y la de su hijo. La seguridad de la zona “cada vez es peor”, considera. Pese a que nunca lo robaron, cuenta que reiteradas veces su hijo, quien hacía el horario nocturno, se peleó con personas “borrachas y drogadas”. La cabina, según el comerciante, fue incendiada después de que cayera en desuso por la policía: “ahí tenés cómo dejaron de venir, y acá está Santander”. “Ahí duermen”, señala el hombre, “o a lo largo del cantero”.

Dos empleados de una pinturería afirman que el director del local fue a las reuniones de los vecinos. Ellos, por su parte, creen que los “zombies” son personas que caminan como “enajenadas” y que por ello les dicen así. Pero a estos empleados tampoco “los habían robado”, debido a que “nos vamos más o menos a las ocho de acá”. Luego opinan, como otros, que “los zombies no son los que roban, vienen otros a robar”.

El dueño de una vinería comenta que “tanto este comercio, como los dos que me rodean (un supermercado y un local de cobranzas) nunca fueron robados”, y agrega: “lo que yo siento de vez en cuando son arrebatos a la gente que sale de los bancos, pero últimamente no escuché nada”.

Pablo y Miguel se niegan a contestar preguntas. Enojados, dicen que el artículo donde se los llamó “zombies” es un ejemplo de discriminación. Y asevera: “nadie tiene derechos a grabarnos sin nuestro permiso”.

Nadia Amesti