Investigación sobre esclavitud en Tailandia obtiene el Premio Pulitzer

TORTILLA DE CAMARÓN

Trabajadores esclavos liberados después de la investigación periodística. Foto: AP

“Si la esclavitud no es injusta, entonces no hay nada injusto” escribía Abraham Lincoln en un intercambio de cartas con Albert Hodges durante la Guerra de Secesión; el enfrentamiento sangriento entre los estados del norte y el sur de Estados Unidos que terminó con la esclavitud de ese país en 1865. 150 años después, el mundo moderno ha tomado como suyo el espíritu antiesclavista de Lincoln. Sin embargo, en los albores del siglo XXI aún quedan rezagos de esclavitud que condenan a una vida de servidumbre a los más desprotegidos.

 
En la centésima entrega de los Premios Pulitzer, organizados por la Universidad de Columbia en homenaje al periodista de origen húngaro Joseph Pulitzer, triunfaron  las denuncias de conflictos sociales. En la categoría Servicio Público, máximo galardón a la prensa norteamericana, el reconocimiento fue para la investigación sobre el trabajo esclavo en la industria pesquera de Tailandia, Seafood from slaves, de la agencia The Associated Press (AP).

La investigación denuncia las condiciones de vida insalubres de los trabajadores de la  pesca en Tailandia, quienes son sometidos a las peores condiciones de trabajo, con jornadas de 16 horas de labor y poca o nula paga. “En el transcurso de 18 meses, los periodistas de AP ubicaron hombres recluidos en jaulas, siguieron barcos y camiones refrigerados para exponer las prácticas abusivas de la industria pesquera en el sudeste asiático. El tenaz esfuerzo de los reporteros condujo a la liberación de más de 2.000 esclavos y trazó la ruta de los mariscos que llegan a los supermercados y los proveedores de alimentos para mascotas a lo largo de los Estados Unidos”, sentencia la presentación de la investigación en el portal web de AP.

Estados Unidos no es un país que se destaque por la producción de camarones; de hecho, el 90% de los camarones que se comercializan en ese país son producto de una importación. No es de extrañar que la industria pesquera tailandesa tenga como principal destino de sus exportaciones a Estados Unidos (además de Europa y Asia), donde los camarones son envasados y negociados por reconocidas compañías de comida marina como Chicken of the sea o Fanni Feast y distribuidos luego por los grandes supermercados como Walt-Mart, Krogen o Dollar General para terminar en la mesa de los estadounidenses.

“Según la Asociación Tailandesa de Alimentos Congelados son alrededor de 50  los cobertizos registrados en el país donde se filetea camarón. Sin embargo, cientos más operan desde la ilegalidad en Samut Sakhon, la principal región de procesamiento de camarón del país”, detalla la investigación de AP. Esos cobertizos son el lugar donde los trabajadores, muchos de ellos inmigrantes (adultos y niños) de países vecinos como Camboya, Laos o Myanmar, se ven obligados a trabajar en condiciones de esclavitud. Los  inmigrantes ilegales quedan a merced de los empresarios del camarón que, básicamente, los “compran”, les despojan de sus nombres para llamarlos con números y los hacen trabajar para que, con las “ganancias” generadas, puedan pagarle al esclavista el dinero por el que éste los adquirió; algo que dadas las “condiciones de empleo” es inalcanzable.

Una pareja de esclavos del camarón cuesta unos 830 dólares. Se estima que un trabajador produce 175 dólares de camarones por día y recibe como paga por estar todo el día fileteando y destripando camarones, 4 dólares por día (menos de 3 dólares si es un niño), “lo que apenas le permite pagar la comida que le ofrecen”, afirma la investigación. Según el Ministerio de Trabajo de Tailandia, está en proceso la elaboración de una Ley que mejore las condiciones de trabajo y no permita estos niveles de explotación. Esto es algo difícil de prever o aplicar ya que, según AP, en muchos casos los propios oficiales tailandeses participan en el negocio de la trata de personas, concretando la venta de esclavos a la industria pesquera.

Lo producido en esos cobertizos alimenta a las empresas más grandes de la industria de comida marina de Tailandia y acumula dólares en los bolsillos de los explotadores. Las multinacionales que negocian el camarón aseguran desconocer las condiciones laborales de procedencia de los productos y declaran aborrecer “las violaciones a los derechos humanos”.

El camarón es un buscado fruto marino que se utiliza para servir una comida diferente en cada parte del mundo.  Para pescarlo “hay que arrastrar las redes por el fondo. En un buen día puedes sacar hasta 40 kilos de camarones. El camarón es la fruta del mar, puedes asarlos, hervirlos, guisarlos, freírlos” le contaba “Bubba” a Forrest Gump en la homónima película norteamericana de los años 90. Al igual que los esclavos tailandeses, “Bubba” estuvo involucrado desde la niñez con la industria de los camarones. Desde hace años las tortillas y los chupe de camarones, deliciosos platos de España y América, están teñidos por el uso de mano de obra esclava.

Iván Fernández