Marcha armenia por el genocidio

UN RECUERDO IMPOSIBLE DE OLVIDAR

El genocidio invisibilizado, en las calles de Montevideo. Foto: SdR /Karina Abdala

Azul, rojo y anaranjado. Banderas con esos colores se alzaban contra el apaciguado viento de 18 de Julio. Muchos pasos que insistentemente avanzaban. Miradas perdidas, reflexivas. Algunas otras sonreían en el encuentro.

Desde las 18 horas, momento del día en que el sol empieza a ocultarse, las personas comenzaron a reunirse, tomando fuerte y decididamente aquellos carteles que tenían afirmaciones comprometidas con el pasado y el presente.

La lenta desaparición del sol comenzó a generar diferentes efectos de iluminación, pero el más importante de ellos fue que las facciones de los rostros se suavizaron de forma tal que la identidad de aquellos fue eliminada. En tal caso, el sol pareció obrar en sintonía con aquella marcha, haciendo olvidar las diferencias y generando un grupo sin ninguna distinción que avanzaba hacia el recuerdo de un terrible y sangriento pasado común, donde el imperio turco-otomano masacró a un millón y medio de armenios.

Palabras escritas por Eduardo Álvarez Pedrosian (antropólogo, profesor e investigador de la Facultad de Comunicación) nos llegaban a la mente mientras observamos ese sentimiento que salía de aquellos cuerpos, donde la causa pasada era una justificación innegable para que cada uno de aquellos se sintieran aún más unido al otro ““La gente llegaba al puerto casi con lo que llevaban puesto. En medio del bullicio, algunos gritos en idioma armenio. Los paisanos se reagrupan, habiendo llegado a Montevideo en distintos momentos, proveniente de diversas zonas. Algo los unía; una misma cultura y la experiencia del horror. El resultado de una experiencia tal, una vivencia de este tipo, son marcas que definen al ser de una manera por demás especial. Especial por el contraluz que uno empieza a percibir.”

Cuando la noche finalmente llegó, rápidamente se encendieron velas por todas partes que obraron de la misma forma que el sol con su atardecer. El olor a queroseno inundó el aire mientras antorchas de fuego luchaban contra la noche que quería ocultarlos de las miradas extrañas y distantes de los ciudadanos, aquellos que estaban en aquel lugar por compras o por trabajo. La visualización era el máximo objetivo para aquellas personas: si algo no puede verse ¿cómo puede recordarse, cómo puede pensarse críticamente?

Pero no solo el fuego fue aquel intento desesperado de hacer ver, sino que canciones de origen armenio salieron con un gran ímpetu para llenar todas las calles céntricas de una tristeza y melancolía particulares; tal vez esas sensaciones que inundaban a cada uno de los presentes rememoraba aquellos momentos de destierro y de sangre, donde la huida de sus familiares cercanos era la única y final escapatoria a un destino fatal.

De vez en cuando una voz femenina surgía, gritando algunas palabras que conmovían a los presentes: “Hace 101 años que el Estado turco niega el genocidio armenio, niega al millón y medio de víctimas y borra todo vestigio de la presencia y cultura milenaria de los armenios en la región. Hace 101 años que luchamos en contra del negacionismo y la impunidad, exigiendo memoria, justicia y reparación. Hoy marchamos por esto y más; marchamos porque somos la prueba de lo que pasó, marchamos para demostrar que estamos más fuertes que nunca, marchamos por los crímenes que el Estado turco aún comete. Hoy, 101 años después, estamos más unidos gritando cada vez más fuerte: ¡¡¡Nunca más!!!. Le demostraremos al mundo que podrán pasar mil años pero la nación armenia no olvidará, no dejará de luchar para que estos atropellos contra la humanidad no se vuelvan a repetir.”

Con estas palabras alrededor de quinientas personas partieron desde la Plaza Independencia el pasado 22 de abril para gritar un no que nunca pueden dejar atrás. El motivo es un hecho pasado, un suceso que generó mucha sangre, uno exterminio, 1.500.000 muertos. Un suceso olvidado, o al menos, que intenta ser negado por algunos países subyace en la superficie de muchos aquellos que le gritan al mundo que la causa no ha quedado perdida entre dos guerras mundiales. Es por esta razón que Ari Chamlian, uno de los organizadores de la marcha (perteneciente a la Colectividad Armenia uruguaya), afirmó que  “la principal diferencia entre el genocidio judío y el armenio es que el primero es reconocido por la Organización Mundial de Derechos Humanos. Además, no hay que olvidar que ese pueblo tiene otro tipo de recursos, ya sea por cantidad de personas o por contextos históricos, donde Alemania reconoce la culpa. En cambio, Turquía mantiene una política de negación, no se puede hablar de genocidio en ese país, hay mucho dinero puesto para que esto no se conozca y además existe una ley en donde se prohíbe hablar del asunto. Incluso hubo casos en que algunos periodistas hablaron de ello y fueron asesinados. Es por eso que el principal objetivo de la marcha es concientizar a las personas sobre ese suceso.”

Mientras la marcha recorría las calles, muchos rostros parecían expresar un viaje hacia al pasado. Tal vez, los de más edad parecían estar en aquel lugar oscuro del recuerdo, mientras los más jóvenes sonreían y charlaban ante el apoyo y también el encuentro con sus seres queridos. En algunas partes había silencio donde solo se escuchaba el sonido triste de los acordes de aquellas canciones, mientras que en otras muchas voces se alzaban sobre las bocinas de los furiosos conductores que habían quedado retenidos allí.

Muchos flashes iluminaban el aire, y su rápida ráfaga de iluminación daba el efecto de un viaje. Ciudadanos curiosos sacaban fotos mientras la marcha pasaba por alguna calle de 18.

Foto: SdR / Karina Abdala

Mientras todo eso sucedía, era imposible no recordar el origen y el motivo de aquel acto. El genocidio ocurrió entre 1915 y 1923 y el Imperio Turco-Otomano fue su ejecutor. Fue el primero del siglo XX. Pero… ¿cómo se define exactamente un genocidio? Es un exterminio sistemático de un grupo social motivado por cuestiones de raza, política, religión, etnia o nacionalidad. El 24 de abril de 1915 es la fecha conocida como el comienzo del genocidio ya que en ella se arrestó y asesinaron a cientos de personas, intelectuales, artistas y representantes de los armenios.

En su libro “1915-2015 Memoria. Miradas sobre la identidad armenia” Eduardo Álvarez Pedrosian describe el suceso:Esta forma de exterminio, conocida luego jurídicamente como genocidio, fue el desencadenante de la discriminación de los armenios por el mundo. Lo importante es tener en cuenta que si bien las hostilidades entre armenios y turcos habían tenido varios estallidos a lo largo de la historia del Imperio Otomano, fundado por los segundos e incluyendo a la gran mayoría de los primeros, no es hasta el siglo XX, frente a una Turquía que miraba con admiración a las potencias modernas europeas, que intentaba copiar los esquemas occidentales de vida, que la situación desencadena en una sangrienta limpieza étnica. Junto con la asunción de las ideas del estado-nación, es que el genocidio se entiende como una racionalidad instrumental.

La forma en que estaban organizadas las personas en la marcha parecía perseguir cierto significado. La gente no estaba caminando de forma desordenada sino que, por el contrario, además de los múltiples carteles que se alzaban al cielo, dos de ellos eran más grandes y respondían a gestos mucho más simbólicos.

En el principio de esa larga fila había alrededor de treinta niños de entre 5 y 9 años. Detrás de ellos sobresalía un gran cartel con el siguiente mensaje “24 de abril. Genocidio Armenio.”

En el medio de la marcha estaban todos, adultos y jóvenes. Sobre el final había otro gran cartel que anunciaba “Gracias Uruguay por tu solidaridad con el pueblo Armenio.”

Esa organización estaba indicando cierta responsabilidad de los niños, aquellos que son vistos como el futuro para no olvidar el suceso y para seguir en la lucha por la justicia y la verdad. Sin embargo, aquel último cartel no solo indicaba una desesperada búsqueda por el recuerdo sino que también una gratitud por cómo ha obrado el Estado Uruguayo.

Micael Nalbandian, otro de los encargados de la organización de la marcha (perteneciente a la Asociación de Jóvenes Armenios), destacó algunos problemas que tiene la colectividad para difundir su mensaje. “La marcha en Uruguay  tiene difusión. Sin embargo, a nivel mundial no se reconoce mucho por el hecho de que Turquía intenta tapar lo sucedido. Sólo 22 estados de 200 han declarado la existencia de este hecho. En el caso de Uruguay, considero que existe mucha gente que no se compromete porque cree que solo les compete a los armenios, olvidando con ello que un crimen de lesa humanidad atañe a todos. No debemos olvidar que este tipo de crímenes sigue sucediendo en África y en Asia y que un crimen que no es condenado hace que se vuelva a repetir. Lo importante es que la gente esté alerta y que se manifieste frente a actos de violencia. Sería interesante trabajar en la formación en la difusión de la historia del genocidio armenio, tenemos fe de que esto suceda, ya que Uruguay fue el primer país en reconocer el genocidio. Los armenios estamos bastantes integrados a la sociedad uruguaya

En sintonía con lo expresado por Micael Nalbandin, Ari Chamlian afirmó que “a partir del año pasado, cuando se cumplieron los 100 años, se generó más apoyo por parte de los medios de comunicación. Sin embargo, creo que muchos uruguayos no conocen el contexto histórico por el cual sucedió el genocidio. Los uruguayos que saben de él generalmente lo conocen porque son amigos de armenios.”

Mientras la marcha seguía, comenzaron a distribuirse diferentes folletos. Todos referían a otras causas, a otras guerras actuales que estaban afectando a otros pueblos de una forma irreversible. La utopía, la lucha por la justicia y la verdad, eran palabras recurrentes en cada uno de esos escritos. Entre ellos, el más difundido estaba titulado de la siguiente manera: “¿Qué sabemos del pueblo kurdo, por qué nos solidarizamos con su causa?

Entre esa vorágine de ideas, una presencia de cinco o seis banderas blancas en contraste con los colores rojo, azul y anaranjado (los colores de la bandera armenia), llamó considerablemente la atención sobre el final de la fila. Las madres y familiares de hijos desaparecidos estaban allí para brindar su apoyo a otra causa marcada por una extrema crueldad. Tal vez el dolor de la pérdida los unía. Tal vez estaba también allí una forma parecida de concebir la justicia.

A la altura de la Plaza Cagancha un aplauso estridente se sumó al paso decidido de la marcha. Había allí otro acto, donde la Unión Popular dio su apoyo al no olvido del genocidio. Las sonrisas de los presentes en aquella reunión así como su ferviente aplauso fue recibido, para los que estaban en la marcha, como un fuerte abrazo.

Algunos de los concurrentes del acto de la Unión Popular emitieron gritos como “Maten a todos los turcos” Sin embargo, nadie de los que pertenecían a la marcha armenia hizo ningún gesto que evidenciara estar de acuerdo con esos dichos.

La pequeña caminata terminó en la Intendencia, donde una fogata fue su centro de atención. Los más cercanos a ella eran los jóvenes, quienes dejaron alrededor del fuego flores blancas. El calor de aquella fuente de energía comenzó a emanar con la misma facilidad que la música melancólica transportaba a los presentes a otro lugar. Allí estaba la destrucción bajo ese fuego, pero también brillaba en signo de homenaje el luto de aquellas flores blancas.

Identidad, lucha y construcción. Eso era lo que se respiraba allí. La inseguridad era parte de esa lucha. Como si la posible desaparición de su cultura fuera algo por lo que debían luchar también. “Como colectividad compartimos muchos rasgos característicos, uno de ellos es la capacidad de poder extrañarnos, alejarnos aunque sea un poco del medio en el cual vivimos, y poder mirar desde otro lado. Y más aún, poder mirar hacia atrás, y ver, en los ojos de esos primeros inmigrantes que llegaron e hicieron a esta colectividad, una inquietud. Estamos aniquilando, diseminando toda la fuerza inicial, toda la energía vital de nuestros antepasados. Ellos nos miran desde esas fotos descoloridas y nos preguntan sobre lo que hemos hecho de la colectividad en estos años. Es indudable la crisis en la que se encuentra hoy la colectividad armenia en nuestro país. La crisis en sí no es el problema, ya que podemos enriquecernos de ésta. El problema radica en que nos encontramos ante la posible desaparición, y ello debido a nosotros mismos. No hemos sabido capturar el denso equipaje que sí traían nuestros viejos.” Esto era de lo que hablaba Eduardo Álvarez Pedrosian en su ensayo “Los muros ante la diversidad” y que concuerda con esa sensación de melancolía que se podía sentir en aquel lugar.

Ari Chamlian expresó al respecto que “Es cierto que tenemos una doble identidad, pero la manejamos muy bien. Nosotros creemos que un buen armenio primero es un buen uruguayo, por lo que mantenemos nuestras tradiciones y nos adaptamos al lugar donde estamos. Somos de este país y nos ponemos contentos por las mismas cosas que los uruguayos. Pero… también es cierto que muchos armenios han perdido su identidad. En vez de enceguecernos con esa huida, esta marcha es una representación de los que aún luchan por no olvidar su cultura.”

Sobre las ocho y media de la noche el círculo alrededor del fuego se disipó. Los carteles fueron al suelo. Se escuchaban muchas charlas por todas partes. La música desapareció. Finalizó la marcha pero no el objetivo. Otras actividades iban a realizarse en la próxima semana y otras más en los próximos años. El temor de desaparecer no se había quedado solo en sus antepasados que lucharon en búsqueda de una salida al genocidio, también estaba allí, en aquellos jóvenes que querían hacer perdurar su cultura.

Karina Abdala / Lucía Barrios