Investigación determina que sigue habiendo alta concentración de fósforo en la cuenca del río Santa Lucía

FOSFORESCENCIA

Cuenca de Santa Lucía. Foto: Intendencia de Canelones

Verde es el color de las aguas de varios de los arroyos afluentes del Río Santa Lucía, de donde se obtiene el agua potable para Montevideo y varias zonas del departamento de Canelones. La alta concentración de nutrientes y el estancamiento de las aguas generan el ecosistema ideal para la formación de cianobacterias, esas algas verdeazules que cada verano aparecen en las playas de Montevideo y obligan a los bañistas a abandonar el agua por recomendación de las autoridades.

Sesenta ambientes acuáticos fueron monitoreados para ver si superaban el nivel de fósforo considerado aceptable por el Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente. De los ambientes analizados, más de 34 superaron ampliamente los 0,025 miligramos de fósforo por litro que establece la normativa actual. Dentro de este grupo aparecen los arroyos Las Piedras, Canelón Chico y Cagancha, afluentes del Río Santa Lucía. Como contraparte, solo nueve se mantuvieron dentro de los estándares aceptados. El estudio fue realizado por la Facultad de Ciencias y la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII), en el que también participaron la Dirección Nacional de Medio Ambiente (DINAMA) y OSE.

El estudio surgió inicialmente de un proyecto de la ANII como una necesidad de hacer un análisis sinóptico de la situación del país respecto a la concentración de nutrientes en la cuenca del Río Santa Lucía y las consecuencias que esto trae sobre los cursos de agua, favoreciendo la formación de cianobacterias.

“El problema más grande es que el fósforo que encontramos en el agua, sobre todo en los ríos, aparece como fósforo disuelto”, dijo a SdR Sylvia Bonilla, doctora en Ciencias Biológicas y docente de Facultad de Ciencias. El fósforo puede presentarse en partículas o disuelto en el agua. En esta última forma es cuando sirve de alimento para las cianobacterias, las que “hacen fotosíntesis y crecen rápido” gracias al aporte de este nutriente. Además, aseguró que las consecuencias del crecimiento de estas colonias depende del flujo de agua. “Si el agua circula muy rápido impide que estos organismos se acumulen porque son lavados por la corriente de agua. Ahora, si el agua está quieta, por ejemplo en un lago, entonces ahí podemos tener una gran acumulación de biomasa de cianobacterias porque tienen muchos nutrientes, pueden crecer y quedarse en ese lugar”, explicó Bonilla.

Tiempos de Cambio

De este mismo grupo de trabajo surgió la propuesta de aumentar la cantidad de fósforo por litro de agua permitido por la normativa. Según Alejandro Nario, director de la DINAMA, “los valores de fósforo vigentes son de un decreto de 1979, en ese momento no había un conocimiento de los ecosistemas uruguayos y lo que se tomó fue comparativo con otras regiones”. Para Nario, no se está buscando una “flexibilización”, ya que los altos valores que se registran actualmente no pasarían a estar permitidos con la modificación. “Se busca un valor realista desde el punto de vista técnico en función de los tipos de cursos de agua que tenemos. No es una cuestión política, sino técnica”, sentenció el director de la DINAMA.

Consultado sobre los cambios a aplicar, el diputado Eduardo Rubio, integrante de la Comisión de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente del Parlamento, se declaró “totalmente en contra de que se modifiquen los valores”, y agregó que, en todo caso, “hay que modificarlos para abajo. No tenemos que adaptarnos a este mundo, tenemos que cambiarlo. Cualquier normativa que apunte al alza va de la mano con los intereses de las multinacionales”, disparó el diputado de Unidad Popular, quien asocia esta propuesta de cambios con la definición que, impulsada desde el anterior Ejecutivo, permitió a UPM “verter sus desagües al Río Uruguay con una temperatura más alta”.

“Lo que están intentando hacer es ajustar la norma a la realidad nacional. Si elevamos los niveles permitidos, nos podemos ajustar más fácil, lo cual es una obviedad”, dijo a Sala de Redacción el ingeniero agrónomo Daniel Panario, quien comparó el cambio en la normativa que regula el fósforo con los cambios en los parámetros del agua potable: “si aceptamos cualquier valor para que el agua sea potable, el agua es potable. Eso no tiene nada que ver con la potabilidad del agua, sino con el riesgo”.

Las causas

El alto índice de nutrientes como el fósforo o el nitrógeno en cursos de agua se debe principalmente a actividades humanas que impactan en los ecosistemas acuáticos. El primero y más antiguo es la agricultura, que en general trae consigo el movimiento de tierra, la fertilización, el uso de fósforo y pesticidas que, luego de las lluvias o crecientes, llegan a los cursos de agua y la terminan contaminando. “En general ese tipo de contaminación humana se denomina de tipo difusa porque no hay un sitio particular donde esté entrando al agua, sino que es más bien por áreas o por regiones o cuencas”, explicó Bonilla.

Un factor característico de la modernidad son las industrias. Históricamente se han situado cerca de ríos o arroyos donde vierten sus desechos que tienen altas concentraciones de demanda biológica de oxígeno (parámetro que mide la cantidad de oxígeno en agua), nitrógeno y fósforo. A diferencia del caso de la agricultura, este tipo de vertimiento permite identificar con claridad el lugar de entrada del contaminante.

Otro ítem de influencia es la cría de ganado en alta densidad, tanto en los llamados feedlots, como en establecimientos de encierro permanente de ganado a cielo abierto. Estos sistemas son muy intensivos y utilizan un área reducida, en la hay un impacto en el ecosistema.

En 2013 el MVOTMA se propuso llevar adelante una batería de medidas para mitigar la contaminación en la cuenca del Río Santa Lucía. Estas se diferenciaban en dos zonas: una que involucraba directamente la toma de agua que se potabiliza en la represa de Aguas Corrientes y otra que tiene como objetivo la conservación y restauración de los humedales del Santa Lucía, en la desembocadura con el Río de la Plata. Dentro de las medidas se destacan “el control de aplicación de nutrientes y plaguicidas” y la fertilización en base al “análisis del suelo”; “mejora en el cumplimiento ambiental de los vertimientos de las industrias” para reducir el impacto en el ecosistema; suspensión de permisos para feedslots y establecimientos de engorde de ganado; “tratamiento obligatorio de efluentes” para los tambos de la cuenca; restricciones de acceso al ganado para la toma de agua directa; y un plan de amortiguación y restricción de actividades agrícolas en las costas de los cursos de agua.

Sobre las medidas de 2013, Bonilla admitió: “eso fue un excelente ejemplo de cómo se debe en realidad proceder porque es necesario instrumentar varias medidas en simultáneo. En principio se aplicaron, no sé si todas porque no seguí el tema de cerca”.

Alejandro Nario dijo a SdR que las medidas “se vienen cumpliendo” pero que son “de mediano plazo”. “Los sistemas tienen cierta inercia estructural y, con las mediciones, se está identificando una cierta meseta, pero habría que mirarlo con una serie histórica más amplia. Es un proceso que lleva 15 o 20 años y revertirlo también va a llevar su tiempo”, sentenció el director de la DINAMA.

Repercusiones

Sobre la medida que involucra la aplicación de nutrientes y pesticidas, Bonilla dijo que debería ser una de las primeras a tomar. El problema según la doctora es que esto implicaría cambios de comportamiento y de las prácticas de uso del suelo. “Nada es instantáneo. Es necesario implementar una batería de medidas múltiples que se continúen y se mantengan en el tiempo. Los cambios son a mediano plazo”, enunció la científica.

Para Diego Jaume, activista ambiental de la Asamblea Nacional Permanente en defensa del agua y los bienes naturales, “hay que prohibir este tipo de actividades cerca de los cursos de agua para que se pueda controlar y proteger los suelos, la tierra y el agua”. Según Jaume, quien mantiene producción agrícola en Sauce, “el fósforo es importante para la producción, el problema es la cantidad y los lugares donde se usa”. El activista explicó que hay zonas muy fértiles en las orillas de los cursos de agua y que allí “no hay consciencia ni control”.

Por su parte, Eduardo Rubio cree que habría que ampliar la zona de amortiguación donde no se permite la producción, que hoy oscila entre los 40 y 100 metros dependiendo del tipo de cauce. Para el diputado, se tiene que usar como medida “la marca de la última inundación” y prohibir que en la franja entre esa cota y el agua “no se pueda sembrar ni criar ganado”. Además, rescató la necesidad de mantener el monte serrano ya que es “el primer muro de contención para nuestros suelos, lo que le aplica un freno al agua. ¿Por qué nos inundamos tanto? Porque no hay diques naturales de contención. Ahora el agua va derecho y llevando todas las porquerías para el río”, sentenció.

Daniel Panario aseguró que las consecuencias de la concentración de fósforo son sobre los ecosistemas y no sobre la salud humana. Se refirió al acceso del ganado a los cursos de agua y dijo que “cambiar la forma en que los ganaderos utilizan las vías fluviales es un tema complejo”. Según explicó, en otros países se utilizan bebederos para que el ganado no baje a tomar agua a los ríos o arroyos y aseguró que “ese tipo de cosas es lo que deberíamos empezar a pensar nosotros”. El ingeniero, que declaró ser un pequeño empresario ganadero, dijo que cuando se intentó evitar que los animales fueran a beber agua en el embalse del Río Santa Lucía Chico, los ganaderos se pusieron “furiosos” y no aceptaron los bebederos. En la misma línea de lo declarado por Panario, Alejandro Nario dijo a SdR que se viene trabajando en el tema y que recientemente se “cercó” el embalse de Paso Severino para evitar el acceso de ganado. Dijo además que se está trabajando en la recuperación de la biodiversidad en la zona.

Iván Fernández / Sofía Silvera