Los testimonios de los vecinos indican que fue otro caso de abuso policial

VOCES DEL MARCONI

En el Marconi, al otro día de los incidentes. Foto: SdR / Flavia Curbelo

Sobre el mediodía del sábado 28 de mayo llovió, como un intento de borrar todo lo negro que había dejado el día anterior. En Bulevar Aparicio Saravia todavía podían verse varios contenedores dados vuelta y basura a su alrededor, perros que aprovechaban la ocasión para revolver y rescatar algo, caballos sueltos pastando sobre un cantero, ovejas mansas, a medio esquilar y con el pelo apelmazado. Todo pintaba un paisaje olvidado que parecía el habitual, mientras un muro rezaba la frase del Che, esa que dice “hay que endurecerse sin perder la ternura”.

Dos vecinos lo vieron todo, la muerte de un joven de solo 16 años. Uno de ellos cuenta que venía doblando en la esquina de Nogueira y Trápani cuando una moto casi lo choca. En ese momento escuchó un tiro que le partió el casco al conductor de la moto, provocó que el vehículo chocara contra el cordón y se desplomara en el suelo frente a una plaza con niños. El policía disparó a dos metros de donde estaba este vecino con su camioneta, mientras el patrullero todavía estaba en movimiento. Inmediatamente el vehículo de donde provino el disparo se detuvo. Bajó un policía de lentes que le voló el casco de una patada y escupió la cara del joven, Bruno, que a esa altura ya estaba muerto. Luego le pegó dos tiros más para remarcar su hazaña, y también dos tiros a Ignacio, que había quedado debajo de la moto. El otro vecino relata que el policía dijo “¿te gusta rastrillar?”, y que luego se sacó los lentes y se reía, “era el único que se reía”. Ahí se acercó el otro oficial, tanteó el cuerpo y le hizo señas de que ya estaba muerto. “El tipo estaba mal”: amenazaba a la gente que se acercaba al lugar, y a otro vecino le dijo “metete para adentro que te tiro”; también preguntaba al resto: “¿quieren terminar igual?”. Como el policía estaba desacatado, lo metieron en la camioneta y no salió más. “En el momento no hubo voz de alto, los quemó de una”, comentan los dos vecinos. “No fue un procedimiento, fue una ejecución”, valoran. Y no son ellos dos los únicos que mencionan cómo el policía daba patadas a los jóvenes, ni los insultos que repetía a cualquiera que se le cruzara.

En el Marconi, al otro día. Foto: SdR / Flavia Curbelo

El lugar se llenó de policías y cámaras. Los vecinos, que filmaban lo que se hacía con el cuerpo de Bruno, cuentan que vieron que lo levantaban“como una bolsa de papas”, mientras ellos, cuando ponían el cuerpo ya sin vida en una camioneta, les pedían a gritos que lo agarraran bien. En cuanto a lo que sucedió con el arma que supuestamente llevaban los jóvenes, todo es más confuso. Hay quienes dicen que hubo modificación de la escena del crimen y fue plantada, hay otros que dicen que el arma que apareció era de los muchachos pero que no tenía balas porque en esa cuadra no se los oyó disparar, también que de una patada el agente levantó el arma hasta el cordón

A todo eso el barrio ya estaba revolucionado. Hubo tiros, pedradas e insultos y el foco se trasladó a Trápani y Saravia. “Cómo le explicas a los niños que ese procedimiento estaba bien”, dice una vecina como excusa a los enfrentamientos. Pasado el mediodía del viernes varios contenedores fueron incendiados y empujados hacia la calle, un ómnibus perteneciente a la línea 405 de COETC fue abordado por varias personas con palos que golpearon al conductor, al guarda, al inspector y a los pasajeros, para luego robarlos e incendiar el vehículo. Los trabajadores fueron trasladados al hospital del Banco de Seguros del Estado y una pasajera recibió pericia psiquiátrica por el estado de shock que le produjo la situación. ¿Para qué mierda estaba la policía?, se pregunta un vecino, en alusión al momento en que se prendía fuego el ómnibus mientras los oficiales estaban parados en una esquina.

Antes se tenía respeto a las ambulancias, las escuelas y los centros de salud, dicen los vecinos en referencia al incidente que sufrió el médico de la policlínica barrial. Es mi médico de cabecera, dice la vecina, y con los ojos llorosos de tristeza y bronca comenta que de haber estado presente se metía a defenderlo, porque lo considera un médico excelente que siempre que una persona no podía movilizarse hasta la Santa Rita, él iba a su domicilio (véase nota La piedra en el zapato”). Hubo robos en los alrededores, autos incendiados, un taxista herido.

Para las 20 horas el 405 suspendió su recorrido y no ingresó más al barrio. Los vecinos sintieron esta falta porque deben ir a trabajar a diario y ese día tuvieron que atravesar a pie el Marconi para acceder a la locomoción. Se lamentan que por tres gatos locos el barrio quedó aislado, y recuerdan que fue en 1995 que dejó de pasar la línea 155 (véase nota “Sigue la espera por el 405″).

Los vecinos respiran miedo. Acá no podés ver ni oir nada”, porque después hay represalias, dice uno que tiene gurises chicos, y otra teme que le puedan incendiar la casa. Cuando hay problemas afuera atinan a cerrar todo y resguardarse. Ahora el barrio está caldeado, dice un hombre, por los adolescentes y la pasta base, esos jóvenes que son los “perros” usados para vender un par de championes Nike, que por tres gatos locos venden droga y luego los que pagan son todos los trabajadores. También agregan que los jóvenes están mal, que quieren ser narcos, y que hace falta un quijote dentro del barrio porque se tiende a imitar al “malo”, aunque entre los jóvenes del barrio también se cuenten estudiantes de medicina o química.

En el Marconi, al otro día de los incidentes. Foto: Flavia Curbelo

A todo esto, los vecinos sienten pena por el manejo de la información que hacen los periodistas, que suelen meter en una misma bolsa a todo el barrio, pese a que la mayoría de los vecinos no esté de acuerdo con la delincuencia. En materia laboral cada vez hay menos respuesta del gobierno, y cada vez más los pibes que quieren trabajar tienen que evitar mencionar al Marconi en sus currículums. Lo que hace el gobierno con los planes sociales de barrido y limpieza son “parches”, no son trabajos fijos, les pagan chirolas y es un gran curro para las ONG”, opinan los vecinos.

Cruzan un par de autos cero kilómetro, uno de ellos con matrícula de Punta del Este. En la esquina hay un grupo de adolescentes fumando. Aparecen dos más, uno con un gallo de riña, el otro con una bolsa negra de donde saca una campera y la muestra. Ahora son cerca de las 14 del sábado y por primera vez pasó el furgón de la Guardia Republicana que recorre Trápani, Aparicio Saravia y José Iraola. Minutos más tarde reaparece por Trápani, dobla en Luis Botarro y se pierde. Una de las vecinas agradece la presencia de la Republicana en el barrio, porque dice que a los policías de azul no se los respeta, y agrega que con algunas bandas es imposible vivir. La medianoche anterior el furgón de la Republicana se instaló en el barrio. El ambiente nocturno fue raro, y se escucharon algunos disparos, agrega otro vecino.

La policía saluda como provocando, dice una madre que en 2012 perdió a su hijo en manos de la policía. “Bebe” era inocente, repite, y ese apodo enseguida retrotrae a un episodio de abuso policial. El policía que lo mató fue sumariado pero no preso, dice esta madre. Y al parecer la historia se repite. Resulta que ya circularon pruebas en donde se muestra la inocencia de los jóvenes, por ejemplo que la moto en la que se desplazaban no era la robada. Los padres de Nacho, quien fue insistentemente golpeado y recibió una herida de bala que atravesó su oído y salió por su ojo derecho, mostraron a SdR la libreta de propiedad del ciclomotor, esa que se decía que era robada. La abogada Natalia Fleitas dijo además a Subrayado que no habían indicios en las manos del joven fallecido de que hubiera disparado un arma (pese a que el juez, Ricardo Miguez, maneja otra versión, la de la policía. Véase nota “No más que presunciones”). El Ministerio del Interior, según lo informó la encargada de Asuntos Internos, Estela González, no ha iniciado ninguna investigación interna.

Ignacio ingresó al CTI del Hospital Italiano y su padre cuenta que subieron junto a ellos cuatro personas vestidas de civiles que resultaron ser policías encubiertos. “De acá salís preso o muerto”, le anunciaron al herido. Según contó su madre a Teledoce, ya en el camino al hospital Ignacio pudo escuchar cómo un policía le decía al chofer de la camioneta que lo llevaran más despacio así no llegaba vivo. Ignacio tiene además un coágulo que creció en el lado izquierdo del cerebro, producto de los golpes, lo que provocó que el viernes 3 de junio, una semana después de ser internado, tuviera que volver a cuidados intermedios.

Texto y fotos: Flavia Curbelo

Producción periodística: Andrés Ciancio Bruni / César Duarte / Iván Fernández / Bruno Lasa / Jorge Núñez / Soledad Pontet / Sofía Silvera