El auge de los espacios comunitarios: virtudes, problemas y desafíos de la autogestión

UN GRAN COLECTIVO EN MOVIMIENTO

El colectivo Descarril recuperó una estación de AFE abandonada en Canelones. Foto: Facebook Descarril

En Uruguay están ocurriendo pequeñas revoluciones comunitarias, lideradas por diversos colectivos sociales que siguen el camino de la autogestión y ofrecen nuevas opciones culturales en las zonas donde se instalan.

El sustento de estos espacios requiere creatividad y comunicación con su entorno de influencia. A su vez, las puertas abiertas a la comunidad para que exprese sus inquietudes y necesidades es un aspecto fundamental para el desarrollo de los emprendimientos.

La generación de colectivos es una modalidad que en Uruguay se instaló fuertemente en los últimos tres años. Están los que cuentan con un espacio físico, pero también los que funcionan en formato red y van rotando sus lugares de reunión o acción.

La gestión independiente no tiene un manual único de acción, sino que por el contrario los integrantes de colectivos entrevistados por SdR muestran que la realidad y experiencia los ha ido formando. Algunos optan por mantenerse con jornadas de recaudación y ofrecer actividades totalmente gratuitas, otros permiten cobrar por los talleres y que un porcentaje sea para el mantenimiento del espacio, y también están los que se han presentado a los Fondos de Iniciativas Juveniles del INJU. Algunos son propietarios del espacio, otros alquilan y otros son okupas. “Cada proyecto es único, cada caso es particular”.

Constancia, organización y trabajo horizontal

En Montevideo, el barrio Capurro se presenta como bandera de estos colectivos creativos. Allí el Centro Cultural La Cuadra, ubicado en la calle Dragones, funciona hace dos años en lo que fue una vieja panadería, ofreciendo un espacio abierto a los vecinos. Comparte esta idea autosustentable junto a la Cooperativa Cultural Capurro y el renombrado colectivo de artistas El Picadero.

Un barrio trabajador y culto, solidario y con un gran sentido de pertenencia, un portal de entrada al oeste de la ciudad. Quizá esa condición geográfica sea una de las recetas para el pujante presente que viven los colectivos, porque no solo del barrio son quienes se acercan. Cuentan que también llega gente de diferentes zonas aledañas como La Teja, Prado, Sayago, Belvedere, Bella Vista y Centro.

En estos espacios la competencia no existe, solidaridad y crecimiento colectivo son regados con tolerancia. Piero, integrante de La Cuadra, describió en diálogo con SdR cómo es la relación con la Cooperativa Cultural Capurro, que se encuentra a pocas calles: “ellos hacen muchos talleres pero no hacen tantas actividades nocturnas, somos bastante amigos, coordinamos trabajos juntos”. Además, Piero contó que han abierto el lugar para que otros colectivos que no cuentan con lugar físico puedan realizar sus talleres.

La Cuadra es un espacio donde conviven colectivamente varias personas, es un centro cultural pero también es un hogar. Piero y Antonio (otro integrante de La Cuadra) afirman que la convivencia es fundamental para mantener la infraestructura y desarrollarla, ser organizados, creativos y fundamentalmente respetuosos con el entorno.

Cartel pegado en la pared del Centro Cultural La Cuadra. Foto: SdR / Gerardo Barbieri

La relación con los vecinos ha tenido cortocircuitos debido a las actividades nocturnas que se realizan. Los jueves de noche en La Cuadra “hay música, pintura, circo, es el día donde hacemos cantina como actividad autosustentable, para sumar trabajos comunes y agarrar unos pesos para hacer otras cosas”. Pero ese movimiento de gente en una calle tranquila genera responsabilidades con los vecinos que el colectivo está aprendiendo a sobrellevar.

La comunicadora Siboney Moreira, especializada en la temática e integrante de los colectivos Zur Pueblo de Voces y Minervas, dijo a SdR que “la mayoría de estas experiencias tienen un enclave a nivel territorial y cuando se piensan como procesos de disputa cultural hay un intento de tejer lazos sociales con el entorno en el cual están inmersos”.

Diferente es la realidad del Espacio Anata, ubicado en la intersección de las calles Obligado y Charrúa. Sustentado sobre los mismos ideales de independencia, Matilde abre su casa para el funcionamiento de un colectivo que persigue “generar espacios más saludables, otro tipo de ser humano que tiende más al detenimiento y a la sensibilidad”.

Anata surge en la búsqueda de un espacio laboral contrahegemónico. “Me hacía muy mal trabajar de otra manera, en relaciones de dependencia donde otros no saben lo que estás haciendo y sin embargo quieren meter cuchara, como tallerista me duele que no respeten mi trabajo y me genera mucha inseguridad”, contó Matilde a SdR.

Espacio Anata se ubica en Obligado y Charrúa. Foto: SdR / Gerardo Barbieri

Para Matilde el comienzo de Anata significó tomar el rol de empresaria, lo cual la llevó a replicar el modelo del cual buscaba alejarse: “El trabajo estaba buenísimo pero cuando estaba sola y tenía que tomar decisiones más como jefa era un bajón, no quería eso”, explicó. Fue entonces que comenzó a vincularse con la Red de Colectivos y en el intercambio pudo comprender que “el camino era otro, participando todos, empoderando a cada persona con un lugar, con lo que es y tiene para aportar. Comencé a hacer silencio y a escuchar a los demás”.

En la ciudad de Canelones, Descarril atravesó otro camino. Este colectivo se conformó para revitalizar la vieja estación de tren Parada Rodó, que estaba en situación de abandono y vandalización constante, para convertirla en un espacio cultural autogestionado, gratuito y abierto a la comunidad.

Luciana, integrante del colectivo, explicó a SdR que el lugar “estaba hace más de quince años abandonado, el tren frenaba pero no funcionaba como estación, no tenía oficinas, todos los baños estaban destruidos, los vidrios rotos y era preocupante por las ocupaciones, estaba muy sucio y de noche no había luz. Un día dijimos: ´vamos a limpiarlo, a cerrarlo y a empezar a hacer actividades ahí”.

La situación legal del espacio físico donde funciona Descarril no iba a demorar en salir a la luz, y la Administración de Ferrocarriles del Estado (AFE) se acercó hasta el lugar luego de muchos años sin aparecer para pedir explicaciones. Estudiantes de derecho y abogados se encuentran en trámites con el Estado para encontrar una solución que tenga en cuenta a la comunidad de Canelones, que ha demostrado estar agradecida con la recuperación del lugar y apoya que el proyecto continúe. El pasado 30 de abril se cumplió un año desde que la estación de tren de Canelones dejó de ser una zona tenebrosa para consolidarse como un espacio donde se realizan talleres de teatro, ajedrez, actividades con personas discapacitadas, ventas económicas y festivales.

La idea del colectivo es clara, seguir el camino de la autogestión y ser un espacio gratuito, independiente del gobierno. “Cuando hacemos actividades la gente se acerca, estamos siempre tratando de explicar qué hacemos ahí y por qué lo hacemos. La gente siempre viene con la propuesta de ´¿y si piden a la Intendencia?´. No es nuestra idea, nosotros queremos que en Canelones haya un lugar donde puedas realizar actividades gratuitas, aprender y enseñar. Un lugar donde compartir experiencias y conocimientos con otras personas”, comentó Luciana.

Ubicado en la ciudad de Las Piedras, el Movimiento Cultural Takates es presentado por colegas montevideanos como un ejemplo exitoso de autogestión. En Maldonado el Colectivo Cultural Lengue Lengue también se convirtió en un espacio de referencia, aunque el pasado 10 de abril se presentó con un proyecto en el presupuesto participativo para alcanzar el ansiado espacio propio y fracasó. De hecho ninguno de los 24 proyectos que se presentaron en Maldonado consiguió los votos para llevarse a cabo.

Una red real

Para el desarrollo de tantos colectivos autogestionados resulta fundamental el papel que está desarrollando la Red de Colectivos, que ya va por su noveno encuentro. Su objetivo es conectar a los diferentes colectivos con el fin de compartir ideales y conocimientos, colaborar y articular experiencias. Una de las principales características del concepto de red es la posibilidad de acceder a la misma a través de cualquiera de sus integrantes, lo que promueve la eliminación de jerarquías y la independencia, al tiempo que liga a los participantes a un universo más amplio que el de su propio colectivo.

Se trata de “un intercambio de experiencias y un aprendizaje, cuatro compañeros nuestros fueron y llegaron con un montón de ideas de otros lugares y cosas para probar y aprender sobre la marcha”, relató Luciana de Descarril sobre la reciente incorporación del colectivo a la red.

El concepto de “mingas” (jornadas de ayuda para otros colectivos) refuerza al de red y permite que ésta crezca a través de la acción. Además, de un tiempo a esta parte la red conformó comisiones de trabajo que se encuentran abocadas a diferentes actividades, como la generación de perspectivas en relación al Plan Nacional de Cultura.

La claridad de objetivos de los diversos grupos ha permitido que la red tuviera un desarrollo muy veloz. Detrás de cada encuentro existe una comisión organizadora que no deja detalle librado al azar y todas las actividades que realizan son insumos para seguir ampliando los conocimientos y desarrollando esta filosofía de vida.

Gerardo Barbieri

Entrevista a Siboney Moreira: “No se puede construir contrahegemonía sin dar batalla en el plano cultural”

-Cuando uno disputa hegemonía, cuando se pretende generar otros sentidos, formas de pensar, proyectar las sociedades y organizarse, es fundamental plantearse con qué perspectivas y de qué manera se hace. Las experiencias contrahegemónicas lo son en doble sentido, hacia afuera y hacia adentro. No es solo decir lo diferente, dar otro sentido, una mirada más crítica de la realidad; es también la forma en la que se construyen esos discursos de forma horizontal, en clave de proceso y debate. Es fundamental que cuando el colectivo se expresa refleje un proceso interno previo, donde hay una reflexión y una apropiación colectiva real de ese discurso. Hay una apuesta por intentar acercarse al sujeto que está ahí y que muchas veces no tiene otras alternativas.

-¿Las propuestas culturales de la órbita estatal son competencia?

-La forma de construcción es distinta ¿Qué posibilidad tenés en un centro cultural de intervenir en la construcción y organización de ese espacio? Supongo que muchas de las experiencias autosustentables están abiertas a esto, a que otros se sumen al proyecto y se pueda pensar en forma conjunta, sin duda deben tener un grupo más cercano que esté organizando, pero están abiertos a dejarse permear por el entorno, se piensa de forma distinta la construcción.

La legitimidad de estos espacios se las da la propia práctica, si el barrio los reconoce es porque sus experiencias son legítimas para esos sujetos que se sienten incluidos. Quienes están detrás de estos proyectos se reconocen como militantes sociales, no son rentados, y la forma de realizar esa práctica militante también hace la diferencia. La gente detecta cuando se la está queriendo cooptar para algo y eso marca la diferencia. No podés llegar con una propuesta del tipo ‘acá vamos a transformar el barrio’.

 

-¿Se está constituyendo un movimiento cultural, si ya no lo es?

-Que esté constituido como un movimiento yo creo que todavía no, en términos estrictos todavía le falta articulación. Hay un montón de experiencias dispersas pensando lo cultural y cómo se promueve desde otras lógicas, pero necesitan otro tipo de cohesión.

- ¿Y la Red de Colectivos?

-Es un paso hacia esa generación. Se debe empezar a zurcir esas experiencias para que efectivamente se pueda constituir como movimiento. El tema es cómo se amplifica y se conforma un movimiento que se plantee una disputa amplia y más allá de lo local. Es el andar juntos lo que te permite después poder proyectarte en términos más amplios y generales.

Está creciendo muchísimo la movida en torno a lo cultural. Pero el planteo puede ser quedarse con esto, un montón de experiencias, o que trascienda y plantear una disputa en términos más generales. Ahí es necesario lograr confianzas entre colectivos y compartir horizontes políticos, y en la medida de que eso se logre, el planteo puede ir más allá del trabajo a nivel barrial y que la disputa se dé en términos ampliados y de largo plazo.

Gerardo Barbieri