Un mundo alucinante: los liceos en dictadura

LA GENERACIÓN PROHIBIDA

 

Imagen cotidiana de un Uruguay oscuro. Foto: chasque.net

En el recuerdo, la escuela y el liceo reproducen pequeñas grietas en  las paredes, en las veredas, detrás de los maestros. También están las moñas caídas bajo el peso de la diversión y las madres enojadas por tanto polvo acumulado en las uñas o por la herida predilecta del pedregullo en las rodillas. Pero hace tres o cuatro décadas, las grietas, las imperfecciones y las heridas eran otras.

Uno

Luis y Fernando fueron al liceo Nº 9 de Colón durante la dictadura cívico-militar. Con siete años de diferencia, crecieron en el Montevideo rural, en la zona de Rincón de Melilla. Luis posa su dedo índice sobre la boca y golpea sus labios, como pidiendo silencio, mientras cuenta su pasaje por la educación secundaria. El cuestionamiento al régimen, reflexiona, surge en los 80. Después: palabra que repite incesantemente. Un día, en ese tardío después, comienza a participar con mayor frecuencia en la actividad política. Ya no estaba en el liceo, trabajaba en la construcción. Más tarde se enteró que la directora de su ex escuela había participado de la junta policial de Villa Colón y Melilla. La misma directora que asistía a cuanto acto político-militar hubiera y que -Luis se muestra extrañado ante ese recuerdo- visitaba a los alumnos en sus casas.

Por su parte, Fernando admite que en el liceo todo aquello que no estaba expresamente permitido estaba prohibido. Recuerda particularmente una materia, “Educación moral y cívica”; luego de los años cae en la cuenta de “lo facha que era la profesora”, cuando rememora cómo dictaba las clases. Según la profesora (Elizabeth Martínez, esposa de un coronel) lo moral y lo correcto construían inevitablemente el régimen militar.

Dos

Silvia inició en 1968 la escuela en Paysandú. Habla incómoda, sus manos acarician con delicadeza el pañuelo ubicado sobre sus hombros, su voz pierde fuerza de a ratos. Pide disculpas, reiteradas veces, por no recordar algunos detalles que se escapan, por los años. Su padre, que en su momento era funcionario de Ancap, fue destituido. No pudo pagar el terreno en donde estaba ubicada su casa y ésta pasó a pertenecer a un militar. La familia entera tuvo que mudarse a una pensión.

En su paso por la escuela, los castigos que aplicaban son nombrados por Silvia como un listado. Las maestras revisaban las cabezas, en busca de piojos, la excusa predilecta de la distinción de clases. Los alumnos en las esquinas de los salones, para recapacitar sobre su mala conducta; la regla golpeando un banco, y la potestad inconmensurable de las maestras.

El liceo lo empezó en el año 1979, en el Departamental de Paysandú. Relata, sin pausas, el primer recuerdo: la directora y la subdirectora esperaban a los alumnos en las escalinatas. En caso de que fueran con un buzo atado a la cintura, sin insignia, los hombres con el pelo largo, las mujeres con la pollera encima de la rodilla, o sin el cartel que dictaba sus respectivos nombres y apellido, eran señalados y echados del liceo. Al día siguiente, si no iban la madre o el padre a excusar la vestimenta de sus hijos, los alumnos no volvían a entrar. En el recreo no estaba permitida la carcajada, ni las corridas.

Sus hermanos mayores militaban. Recita el miedo de sus padres. Esperaban dormitando detrás de la puerta a que llegaran. Un día su hermano mayor no llegó. En una marcha estudiantil, cuenta la hija de Silvia, lo “agarraron” los militares. Lo llevaron a un monte y le pusieron una bolsa cubriéndose la cabeza. Algunas voces le ordenaron que caminara sin sacársela. Mientras caminó sin detenerse, pensó que el ruido de las hojas quebrándose a sus pies, el aroma a eucaliptus, el aire que pasaba por sus dedos, tal vez temblorosos o sudorosos, iban a ser las últimas percepciones de su vida. Pero al quilómetro se sacó la bolsa y miró a su alrededor: estaba solo. Por esta vez se había salvado.

Tres

Gianela es de La Teja. La educación secundaria la inició en el liceo Nº 16. Un funcionario de vigilancia esperaba a los alumnos en la puerta. Había que cuidarse, de no hacer o decir nada “sospechoso”, en especial frente al adscripto que lanzaba miradas lascivas a las alumnas. Su profesor de matemáticas de primer año fue Ricardo Arab Fernández, torturador del “300 Carlos”. Las mismas manos que utilizaban tizas para escribir ecuaciones, sumas y restas, tal vez, horas antes, habían apretado el botón de una picana, atado los brazos de mujer o de un hombre para violarla, para violarlo, o habían enterrado el cuerpo de quien no pudo soportar las torturas. Pero de esa ineludible cercanía se enteró después.

Cuatro

Graciela, al igual que Fernando, fue al liceo de nº 9 de Colón. Su primer año de liceo fue en 1973. Ese mismo año se reencontró con su padre. Él era un soldado que trabajaba en el Penal del Punta Carretas. Llegaba al hogar para contar a diario nuevas historias: “trajeron hoy a la Topolansky”,hoy no dejaron entrar a la madre de fulano”. Mientras Graciela comenta estas historias, frunce los labios. La mitad de su rostro queda iluminado por la luz dorada que desprende la estufa, a su derecha. Cuando ella iba a las marchas, decía que iba a la casa de una compañera a estudiar. Su madre la cubría. El “tira” estaba en casa.

A pocos días del golpe de Estado realizaron una asamblea junto a estudiantes del Bauzá. Pero la hija del comisario Lucas, compañera de clase, llamó al padre y llegó demasiado pronto la represión.  Graciela se encontraba en el patio. Vio las “chanchitas”, combis azules pertenecientes a los policías, por Avenida Garzón. Se metió en el liceo. Los policías y militares comenzaron a tirar gases lacrimógenos de inmediato. Le pegaron a un compañero en la boca, gotas de sangre cayeron irregularmente sobre su buzo; el paso siguiente fue meterlo en una de las combis. Eso fue lo último que ella vio antes de escapar por el muro del patio del fondo, por Calderón de la Barca. Pisó unos escombros, saltó por encima del muro y corrió hasta el Olimpia. No sabe qué pasó con su compañero, no lo volvió a ver. Niega con su cabeza hasta decir:” Su nombre era Daniel”.

Desde ese momento no se podían reunir en las esquinas, en el patio del liceo; si había más de tres personas eran calificados de “terroristas”. Años después se enteró que Eduardo, el adscripto, era militar. Para Graciela los profesores se distinguían por su vestimenta: los que iban “así nomás” y los que iban de traje, a los que había que llamar “señor o señora. Se les notaba que no eran profesores”.

Una tarde los obligaron a salir de clase. Guiados por sus profesores llegaron a una parte del patio. Entre la muchedumbre, Graciela vio el rostro de Laura, una compañera de militancia, al lado de la directora, quien frente a todos sus compañeros fue declarada “Categoría C”. No podía utilizar pasaporte, ni volver a estudiar, ni trabajar. Esa misma madrugada los padres de Laura habían caído presos. La voz de Graciela se quiebra: las autoridades anunciaron que Laura era una inmundicia, el ejemplo de lo que no se podía ser y hacer.

Cinco

Iara y Waldemar se conocieron en el liceo, en 1971. Ambos se exiliaron en dictadura. En 2015, luego de reencontrarse, se casaron. Ambos cuentan su experiencia en el Zorrilla. En el liceo funcionaba un gremio estudiantil, una de las primeras asociaciones estudiantiles liceales del Uruguay. Al enterarse del golpe militar, la decisión del colectivo fue ocupar el centro. “Pero llegó la policía enseguida, no duramos mucho.”, dice Waldemar.

El primer castigo, en caso de cualquier “eventualidad”, era la suspensión. Las autoridades los trataban con dureza. Waldemar rememora aquella vez cuando, en el parque Rodó, festejaron el fin de curso; las armas que utilizaron: huevos y harina. A los minutos llegó la policía. “Cayeron todos presos en la décima”, sentencia.

El gremio organizó una “jornada de flores”. Desde una florería enviaron rosas al director junto a una carta que pedía que las autoridades dejasen estudiar a los compañeros que habían caído presos. Los más chicos las llevaron personalmente. Tal vez amenazados, confesaron que los organizadores de la jornada habían sido los más grandes. Y el infiltrado, “el Charleta”, dio la dirección de “la pelirroja”: Iara, aquella que a manera de resistencia llevaba polleras hasta los tobillos.

Iara caminaba con su madre por la calle. Sus pies tocaban el suelo, delicadamente, sin apuros.  No sabía que la iban a agarrar, no sabía que la iban a calificar “Categoría c”, que no iba a poder trabajar, ni estudiar, ni que sus padres le iban a prohibir ver a sus amigos. Tal vez fueran sus 16 años.

Paró un “camello” y los “milicos” se la llevaron al departamento 6º. Estuvo tres días. Le pusieron una bolsa en la cabeza, le hicieron estrolarse contra la pared, escuchaba llantos y golpes a su alrededor. Estuvo de plantón mucho tiempo, no sabe cuánto. Hasta que “un policía, Bueno”, le quitó la venda de los ojos y le dijo que se habían equivocado de sección. Apareció en el sector correcto. Le dieron patadas, golpes en el estómago, con la bolsa nuevamente puesta, sin saber quién era el que lo hacía. Así fueron esos tres días, sin una leve modificación.

Los militares cayeron a su casa nuevamente. Esta vez la llevaron a un albergue en la calle Yaguarón, junto con otros 80 estudiantes y ex estudiantes. Su padre logró liberarla, le pidió que no volviera a militar, que no volviera a hablar del tema. Al tiempo sus iniciales aparecieron en un comunicado de las fuerzas conjuntas. Su familia entera terminó exiliada en Brasil.

Seis

Gabriel tenía 8 años cuando se dio el golpe de Estado. Hizo sus tres últimos años en la escuela. Y desde 1977 a 1981, en el liceo. Su padre estaba preso, hecho que marcó sus años de escuela y liceo, en especial por la constante vigilancia y la forzada ausencia de su padre en los cumpleaños, en las fiestas.

Por sus notas le tocaba ser abanderado, la bandera uruguaya, pero por ser hijo de un preso político le dieron esa condecoración al hijo de un coronel. Antes de aceptar la bandera, éste atravesó el patio para abrazarlo y decirle: “sé que es una injusticia”. No podían hacer nada para evitarlo. Como tampoco podían evitar ir a la inauguración de la Plaza de la Bandera, obligados y con frío, ni evitar escuchar la música de los comunicados de las Fuerzas Conjuntas y el himno de todos los días.

El liceo que le asignaron fue el IAVA. Le tocaba el Zorrilla, pero no lo dejaron ir porque ese liceo era un “bastión de resistencia”. El régimen militar creó el primer ciclo en el IAVA. Los policías los esperaban en la puerta, les cortaban el pelo a los hombres si lo tenían largo, les arrancaban el dobladillo a las mujeres si la pollera estaba por encima de la rodilla.

A pesar de todos los impedimentos, de profesores que trataban de enseñar una Historia que llegaba solo hasta la segunda Guerra Mundial y una filosofía que solo se encargaba de los postulados de la metafísica, Gabriel comenzó a militar en el movimiento estudiantil.

Se negó, junto con ocho compañeros más, a jurar la bandera. Los suspendieron por dos meses. En 1980, con el plebiscito, el movimiento estudiantil se sumó a las jornadas en contra de la institucionalización del régimen. Y llegó el contragolpe.

En la madrugada del 27 de junio de 1981 Gabriel realizó con sus compañeros jornadas en contra del aniversario de la dictadura. Un compañero, “el tira”, los esperó en la puerta del IAVA, estaba junto a los militares y sus camionetas. Los señaló. Gabriel se enfermó de miedo. Los llevaron a Inteligencia policial. Los torturaron durante más de 40 días. Llegó el Ejército, comandado por Jorge “Pajarito” Silveira. Los violaron, sistemáticamente varias veces, todos los días.

De regreso en el AVA, los calificaron “Categoría c”. Los enfrentaron a sus compañeros formados: repetían, como con Laura, como con Iara, que eran “la mierda del universo”. Todas las miradas los apuntaban. La voz de Gabriel se quiebra. De repente, una estudiante del público chifló y sacó una cartulina que dictaba: “No están solos, los queremos mucho”. Entre represión y contragolpe, el IAVA se vino abajo.

Al culminar su relato, unos minutos después, Gabriel se presiona los dedos. La dirección de su mirada es el vacío, lo atestigua el distorsionado reflejo en la vidriera. Habla del clima, con demasiado ahínco.

***

Tal vez los militares, las directoras, los alcahuetes anónimos, se llevaron consigo los recitales de música, los pibes sentados en la vereda que dejan pasar el tiempo, la carcajada en el recreo, la confianza que saludaba a un desconocido como si no lo fuera. Pero, además de los torturados, los violados, los masacrados, los golpeados, estaban los que vivieron de lejos, sin ser malos ni héroes. Los que siguen siendo hoy torturados por el miedo, los que hoy exigen a sus hijos que lleven su cédula a todas partes y los protegen de la militancia, de la política, de las marchas que anuncian los informativos. Los que, acostumbrados a alejarse, forman la inmensa mayoría de la generación prohibida.

 

Nadia Amesti / Iván Fernández