Con Flor de Liz Feijoo, secretaria general del Sindicato Único de la Aguja

LA AGUJA QUE PUNZA

 

Flor de Liz Feijoo. Foto: SdR / Iván Fernández

Hace seis años trabaja para la firma Everfit/Fama. Ingresó allí luego de que la despidieran de su anterior empleo en la empresa Reston. Actualmente, Flor de Liz Feijoo se dedica a hacer uniformes corporativos y trabajos de sastrería con la línea Everfit y pantalones y fajina para la línea Fama. El salario promedio en esta empresa es de 18.000 pesos. Actualmente cuenta con 150 trabajadores en planilla: 98 están cumpliendo tareas de trabajo, el resto se encuentra en el seguro de paro. Según cifras oficiales, en 2015 el sector de la vestimenta contaba con 20.000 puestos de trabajo, la mitad correspondían a trabajo informal. Este año, el sindicato maneja que la cifra total se mantiene pero que la de trabajadores formales disminuyó al 40% de los puestos de trabajo.

-¿Cómo te vinculaste con la industria de la vestimenta?

-Fue hace unos 25 años. Era un momento en que necesitaba trabajo y tenía hijos pequeños. La industria de la vestimenta tenía un horario continuo de 7:00 a 16:36, lo que me permitía dejar a los gurises en la mañana con alguien y en la tarde pasarlos a buscar por la escuela. Fue un trabajo al que ingresé sin saber absolutamente nada. Empecé como aprendiz, ahí cortaba hilos y después, a medida que pasó el tiempo, adquirí mayores calificaciones dentro del oficio hasta que terminé siendo maquinista especializada. Mi primer trabajo en la vestimenta fue en Dimac. Ahí había una escuelita donde me enseñaron a coser. Era tal el grado de explotación, que me pagaban $3,80 la hora. A los tres años cambié a otra fábrica y ahí me pagaban $17 la hora.

-¿Cómo es la composición de los trabajadores del sector?

-Nuestro sector está compuesto por un 90% de mujeres. Mujeres que no tienen la posibilidad de acceder a otros trabajos porque no estudiaron, porque son jefas de hogar y es más fácil tener un horario continuo en una fábrica. Lo más fácil para una mujer a la hora de buscar trabajo es repetir su rol social: cocinar, limpiar o coser. Está impreso en la vida de las mujeres; más allá de que debería estar en la de los hombres, es así como nos divide la sociedad.

-¿Cuál era el estado de la industria de la vestimenta en ese momento?

-La industria de la vestimenta en nuestro país tuvo distintas etapas, algunas con mucho auge, sobre todo en la década de los 80 donde había fábricas como Osami, Dimac y algunas otras que contaban con 1000 o 1500 trabajadores. Esto se dio sobre todo porque recibían subsidios por ser exportaciones no tradicionales. Llegó un momento en la década de los 90 que los subsidios se terminaron y eso dificultó la exportación, lo que llevó a un grave retroceso a todo el desarrollo productivo nacional y con él toda la industria textil-vestimenta.

-¿Qué generó esta desestructuración?

-La falta de competitividad hizo que las empresas dejaran las fábricas y atomizaran el sector con cientos de talleres, que en su mayoría funcionan en negro. En vez de haber una fábrica con 1.000 trabajadores, hay -por ejemplo- cientos de talleres de a diez, los que a su vez derivan a otros talleres el trabajo y generan lo que llamamos la red de informalidad de mujeres trabajadoras de la aguja. Esas mujeres muchísimas veces trabajan desde su casa y están totalmente vulnerables. El valor de su trabajo depende de si sube o baja el dólar. Esa red de informalidad que tenemos es invisible porque nadie, al comprar una prenda, imagina que hay una mujer atrás que está cosiendo en estas condiciones.

-¿Cuál es el rol que cumple la Ley de la Vestimenta?

-Esta ley es muy importante para nosotras porque no solo crea un subsidio de 7 millones de dólares que reciben las empresas en función de la masa salarial que tengan y que se reparte entre empresarios, trabajadores e inversiones, sino porque tiene otros dos componentes que impulsamos como sindicato: la trazabilidad de la prenda y el trabajo a domicilio. Estos dos puntos de la ley aún no están reglamentados pero esperamos que lo estén para el segundo semestre de 2016. Si en la industria hubiera un control no solo en la calidad del producto sino en la calidad de las condiciones en que se hizo el producto, desde que la prenda se inicia hasta que se comercializa, tendríamos una industria que marcaría un fuerte. Esta ley deja prácticamente plasmado el convenio 177 de la Organización Internacional del Trabajo que establece que el trabajador que hace su labor desde su casa tiene los mismos beneficios que el que está en una fábrica: licencia, aguinaldo y salario vacacional. Estos derechos aún no los tienen.

-¿Cuál es la situación actual de la industria de la vestimenta?

-La industria viene en declive. En determinado momento se ocuparon de desestructurar la industria nacional. La reactivación del mercado interno es importante como medida anticíclica y ni que hablar el rol que tenga el Estado para impulsar ese desarrollo que se requiere. Aparentemente Argentina estaría abriendo un mercado para colocar distintos productos del sector textil vestimenta, pero hay que ver cuántas empresas son las que están en condiciones de responder a las exigencias de ese mercado. Al desestructurarte lo primero que empezás a perder es la mano de obra. Si se pierde la mano de obra se pierde el oficio y lo que más cuesta es volver a componerlo. Es por medio del trabajo que un individuo se fortalece y se puede formar integralmente.

-Hace poco el Ministerio del Interior realizó una compra de uniformes en el exterior, ¿cómo impacta al sector que las compras públicas no se hagan a la industria nacional?

-Entendemos que para llegar a ser un país productivo con justicia social, las compras públicas son claves. Debería ser responsabilidad del Estado impulsar el desarrollo, ser la locomotora y para eso tiene como herramienta las compras públicas. Estamos a la espera de que nos reciban los ministros Eduardo Bonomi y Danilo Astori. Sabemos que lo que pasó no se puede revertir pero lo que pase de aquí en adelante debería ser diferente. Tendrían que pensar cuál es el porcentaje de compras públicas que se van a destinar a la industria nacional. El Estado compra según un presupuesto y si entiende que debe comprar más barato, muchísimas veces se olvida que con ese ‘más barato’ deja a muchos trabajadores en el seguro de paro y a esos trabajadores el día de mañana se les termina el seguro de paro y no tienen trabajo.

-¿Cómo afecta esta compra en China a los trabajadores del sector?

-Con la compra de los uniforme el Ministerio del Interior dejó sin trabajo a un montón de mujeres que no viven ni en Pocitos ni en Carrasco. Son mujeres que viven en lugares de la periferia. Jefas de hogar que con su trabajo sostienen una familia y que muchas veces no tienen para pagar el alquiler. ¿De qué forma puede sostener una mujer una familia si está en el seguro de paro y sabe que su perspectiva es no tener trabajo? ¿Irá a pedir después un subsidio al Ministerio de Desarrollo Social? Hay una clara contradicción del papel del Estado, el que debería aplicar y el que está cumpliendo en este momento. El ministro no fue bien asesorado y se olvidó de consultar a los trabajadores. Pagaron cuatro millones y medio de dólares por tanta cantidad de uniformes y dentro de esos uniformes, por ejemplo, pagaron una camisa de manga larga 16 dólares y aquí la camisa de manga larga sale 18 dólares. Hay dos dólares de diferencia. Si hacés la cuenta, y le sumás todo el costo que significó el seguro de paro, más el costo social, más que no se pagó luz, agua ni impuestos por esos productos, les salió carísimo. O el ministro está muy mal asesorado o no sabemos qué pasó.

Iván Fernández