La suerte de Jihad Diyab, ex preso de Guantánamo, está en manos de Venezuela

AISLAMIENTO PROLONGADO

Jihad Diyab en la Plaza Independencia, el 8 de setiembre de 2015. AFP PHOTO / Miguel ROJO

Jihad Diyab, ciudadano sirio que nació en Líbano, de 44 años, preso en Guantánamo durante 13 años sin juicio, la mayoría en total aislamiento, consiguió el estatus de refugiado en nuestro país bajo el cual se mantuvo por más de un año. En junio salió del país por la frontera con Brasil y días después se presentó en el consulado de Uruguay en Venezuela pidiendo ayuda para llegar hasta Turquía. A la salida del consulado fue detenido por el Servicio Bolivariano de Inteligencia del país caribeño. Ahora espera a ser deportado. ¿Qué lo llevó a ese enorme peregrinar en el que atravesó todo nuestro subcontinente?

Diyab se presentó a fines de julio en el consulado uruguayo de Venezuela con dos muletas y una bolsa de remedios. Según el comunicado de la cancillería, pidió ayuda para viajar a Turquía u otro país para reencontrarse con su familia. Si con esto aún quedan dudas, tal vez haya que recorrer algo de su historia personal.

En abril de 2002 fue detenido por fuerzas estadounidenses y en agosto de ese año encarcelado en Guantánamo. Recién fue liberado en diciembre de 2014 cuando Uruguay le otorgó el refugio político. En ese largo período de condena sin juicio, pasó varios años de aislamiento total. Desde aquel lejano 2002 no ve a su familia. Un hijo de él fue asesinado. Otros familiares han sufrido la cárcel y la muerte. Luego de 14 años sin ver a su familia se le agrega el conflicto bélico que atraviesa su país y por el que ya ha perdido varios familiares.

Parecería redundante extenderse en detalles, pero no lo es. En ese período sufrió las más variadas torturas físicas y psicológicas. Realizó una larga huelga de hambre, la más extensa que se haya realizado en Guantánamo, por la que estuvo a punto de perder la vida y terminó siendo alimentado por la fuerza.

Llegó un diciembre del año 2014, esposado y encapuchado, a Uruguay, un país totalmente desconocido, donde se habla un idioma que no comprende. En los primeros meses de 2015, junto a otros ex presos de Guantánamo, acampó frente a la embajada de Estados Unidos en Uruguay exigiendo que el país que los encarceló se haga cargo de su situación.

Sala de Redacción habló con Christian Mirza, quien ofició de intermediario entre el gobierno uruguayo y los ex presos de Guantánamo, asumiendo el rol mientras realizaban esta protesta. Él pone en palabras los recuerdos de aquella época: “Me acuerdo que cuando asumí en los primeros días de marzo (de 2015) fui a hablar con todos ellos mientras estaban protestando frente a la embajada norteamericana, y Diyab siempre manifestó el interés de traer a su familia”. Y continúa: “Él estaba en trámites con la Cruz Roja Internacional para traer a su familia al Uruguay. Pero bueno, él ha cambiado en varias oportunidades esta decisión al punto de que cuando fue al consulado uruguayo en Venezuela expresó que quería irse a Turquía a encontrarse con su familia”.

Mirza es claro. Diyab está cargado de ansiedad por el reencuentro con su familia. Y esa ansiedad se cruza con las secuelas de tantos años de encierro y tortura. Esto podría ser una clara explicación de las cambiantes posturas que lo han caracterizado durante su estadía en nuestro país.

Incluso en enero de 2015 intentó acelerar ese proceso de acercamiento a su familia. En ese momento cruzó a Argentina para explorar qué posibilidades podría tener en el vecino país, pero fue intimado a abandonarlo.

La situación se desbordó en junio de este año.

Diyab reclamaba que su familia pudiese viajar a Uruguay y “condiciones de alojamiento apropiadas como finalmente las obtuvo cuando el gobierno le suministró un apartamento bastante grande que podía alojar a todo el núcleo familiar”. “Él había logrado un acuerdo con la Cruz Roja Internacional, que, como siempre lo ha manifestado, dispone de logística y de recursos financieros para los pasajes al país receptor, en este caso Uruguay. El tema es que en algún momento se había fijado una fecha para una presentación ante el consulado de Uruguay a los efectos de la visa correspondiente y la familia no se presentó, vaya a saber por qué razón no se presentó en el día que se había indicado”.

Si bien Diyab había anunciado que realizaría el Ramadán junto a la comunidad árabe, lo cierto es que su desesperada peregrinación por toda la inmensa geografía brasilera hasta llegar a la caribeña ciudad de Caracas comenzó cuando se enteró que su familia no se presentó a tramitar la visa. Llegó a Venezuela pidiendo que lo ayudaran a llegar a Turquía, donde se encuentran sus afectos familiares, incluso sabiendo que allí su vida correría serio peligro.

En el medio volaron las hipótesis de su vinculación con células terroristas que atentarían contra los Juegos Olímpicos. Mientras tanto, este hombre de muletas recorría los kilómetros del mundo anhelando en el horizonte un desesperado encuentro con sus afectos.

Actualmente se encuentra en Venezuela esperando ser deportado. El lugar de destino está en manos de ese país. “Es el gobierno venezolano el que decide finalmente cuál es el destino de Diyab. En caso de que retornase deportado al Uruguay recuperará el estatus de refugiado. Eso ha sido una definición del gobierno uruguayo en el marco de la Ley de refugiados”, señala Mirza.

Su futuro es incierto. “Tiene la ansiedad del reencuentro familiar y, por determinadas razones, todavía no se concretó. Desconozco como lo podría hacer desde Venezuela. En algún momento se manejó la posibilidad de que fuera a otro país que no fuera Turquía. Un país árabe. Otros refugiados de Guantánamo están en países de Medio Oriente”. Pero Mirza vuelve a aclarar: “La decisión está en manos del Estado venezolano, no del Estado uruguayo”.

Bruno Lasa