Alcohol, drogas, soledad y depresión en embarazadas

LA HERENCIA DE LOS NIÑOS POBRES

Adicciones y maternidad conviven.

En 2012 el Premio Nacional de Medicina fue adjudicado a una grupo de investigadores que logró desmitificar al consumo de pasta base de cocaína (PBC) como un arma mortal para los hijos de madres embarazadas. Con su investigación estos científicos concluyeron que las miradas se deben centrar en  trabajar para disminuir el consumo de alcohol en estas madres que ocasiona grandes problemas en el desarrollo futuro de sus hijos. Además revelaron que en contextos de vulnerabilidad social, las embarazadas pueden sufrir depresión, una enfermedad que agrava la salud del infante. En la actualidad estos científicos siguen trabajando para conocer mejor la realidad de uno de los sectores más vulnerables de nuestra sociedad uruguaya.
“Al entrar a la sala Rosana tenía en brazos a la bebé de la compañera de habitación, mientras ésta lavaba su ropita y la colgaba a secar en la ventana. Su hijo, en cambio, no estaba con ella, sino en la sala de cuidados moderados. Accedió amablemente a que dialogáramos con ella; colocó con sumo cuidado a la bebé en la cama de enfrente y nos sentamos en la suya. Rosana había parido dos días atrás. Llegó prácticamente directo a la sala de parto. Pudo tomarse un taxi porque justo unos días antes había cobrado la asignación de su hija mayor, pero tenía planeado tomar un ómnibus si no contaba con este recurso. Sus otros dos hijos (una nena de 4 años y un varón de 2) quedaron a cargo de su hermana mayor hasta que le den el alta. Vive con sus niños en el barrio Nuevo París, en una casita de material. (…) A los 15 años se fue a vivir con una pareja, pero la relación no perduró “porque él era muy celoso y me golpeaba, entonces se separaron. Poco tiempo después, a los 16, conoce a quien será luego el padre de sus dos primeros hijos y, durante algunos años, conformaron una familia, mudándose a la casa donde actualmente vive. Estuvieron unos cinco años en pareja, pero “él era también muy celoso, y me levantaba la mano cuando yo no quería estar…”. La relación se terminó cuando él cayó preso, además de su ex, también su madre, cuñado y un hermano están en prisión. Me cuenta que a su ex pareja “le dieron 30 años por 13 rapiñas y varios secuestros express”. Su madre, una mujer de unos 60 años, había sido “embagallada” por su cuñado, quien se dedicaba a vender pasta base y, en el momento en que allanaron su casa, acusó a su suegra como vendedora. Ambos están privados de libertad desde hace un año. “Mis hermanos están esperando que lo suelten para darle una golpiza”, dijo Rosana, pero posiblemente esté allí un tiempo más, dado que la causa se había agravado por intento de homicidio a su pareja, la hermana de Rosana, a quien había rociado con un inflamable. A su madre, en cambio, posiblemente le den la libertad hacia fin del año 2015. (…) En lo que atañe al consumo de pasta base durante el embarazo, Rosana admite que mantuvo esta práctica durante cuatro meses, pero no llegó al momento del parto habiendo consumido. Conocía la pasta desde mucho antes, ya en su adolescencia había probado “basoco”, pero no llegó a convertirse en un hábito. Rosana asocia el consumo de pasta base durante este embarazo a la angustia de no saber qué hacer para alimentar una boca más y al hecho de no contar con el apoyo de su madre en este momento”.

Estos son fragmentos de una historia verdadera que la antropóloga Luisina Castelli plasma en el último libro de una investigación interdisciplinaria que se realiza en la Universidad de la República sobre consumo de alcohol y drogas en embarazadas uruguayas. En un apartado que se destina a las mujeres usuarias de pasta base de cocaína (PBC) en contextos de pobreza, Castelli registra los resultados de un estudio de exploración etnográfica realizado sobre su concurrencia de medio año a un grupo terapéutico de salud mental y a las salas donde las mujeres estaban internadas durante el postparto en el Hospital de la Mujer del Centro Hospitalario Pereira Rossell.

Este trabajo titulado “Consumo de pasta base de cocaína y cocaína en mujeres durante el embarazo”, presentado el pasado jueves 18 de agosto en el Anfiteatro Mauricio Gajer del Pereira Rossell, nace en un proyecto que lleva el nombre de “Núcleo Interdisciplinario Infancia 2020”. Núcleo compuesto por varios científicos provenientes de la Facultad de Química,  Facultad de Medicina en las áreas de Neuropediatría, Neonatología, Obstetricia y Ginecología, ambas de la Universidad de la República, a las que se agregan estudiosos de la Facultad de Derecho, de la Facultad de Ciencias Sociales, de la Facultad de Humanidades y la Licenciatura de Comunicación Visual de la misma Universidad. La coordinación de este grupo de trabajo está a cargo de los doctores Gabriel González y Mario Moraes.

Según los científicos involucrados, la idea de investigar en esta área surge en el contexto de la crisis del 2002 cuando hubo un aumento importante de consumo de drogas y alcohol en todos los sectores sociales, con gran impacto en las clases sociales bajas debido al agregado de factores de vulnerabilidad social, pobreza y falta de oportunidades. Fue un año en el que el tema PBC circulaba por los medios, lo que influía en que los médicos culparan las enfermedades o malformaciones de los recién nacidos al consumo de esta droga. Después de varios planteamientos acerca de la metodología por usar, en el año 2009 se empieza a realizar un muestreo de madres embarazadas que concurren al Hospital de Clínicas. Se estudian sus hábitos de consumo, y a partir de eso se realiza un seguimiento de las repercusiones de las drogas en el desarrollo del bebé desde su nacimiento hasta sus primeros años.

Para corroborar las declaraciones de las madres sobre lo que consumen durante el embarazo se comienza a retener dentro de las cuarenta y ocho horas del postparto, el meconio del bebé (la primera materia fecal). El meconio se observa en el feto desde las doce semanas y sirve para revelar qué sustancias se ingirieron en los últimos tres meses de gestación. Este se compone por secreciones digestivas, líquido amniótico digerido por el feto, grasas del unto sebáceo que cubre la piel fetal, pelos y células epiteliales descamadas que fueron digeridas al tragar el líquido amniótico en el cual el feto se encuentra. Hoy este método se complementa con el análisis del cabello de la madre, lo que permite abaratar costos y mejorar los resultados al dar información sobre los nueve meses de embarazo.

Del análisis capilar de las madres se encarga el Polo Tecnológico de Pando.

En la actualidad, tanto del análisis del meconio, como del cabello materno se encarga el Polo Tecnológico de Pando, que comprueba si las sustancias que las madres admiten consumir son ciertamente las que estaban en su organismo. El profesor de la Facultad de Química y responsable de la Unidad de Medio Ambiente, Drogas y Doping, Eleuterio Umpiérrez, es quien está a cargo de analizar las sustancias que le entregan los médicos. Sostiene que una ventaja del análisis capilar es que “las sustancias en el cabello quedan retenidas por mucho tiempo”, esto permite que al analizar el cabello de momias prehistóricas se detecte que alguna de estas tenían como hábito el consumo de cocaína. Umpierrez explica que este estudio consiste primeramente en realizar un corte sectorizado del cabello para definir los intervalos de tiempo. Debido que el pelo crece aproximadamente un centímetro por mes, se procede a cortar fragmentos de ese largo para obtener un perfil de cada mes. A su vez se le realizan una serie de lavados para retirar la mugre, la grasa y la exposición pasiva. Esta última registra las consecuencias del haber estado cerca de personas que fuman tabaco o marihuana, “esa sustancia queda en la parte externa del cabello, por eso hay que sacarla para no confundir un consumidor pasivo con un consumidor activo”, precisa Umpierrez. Posteriormente cada fragmento se muele y se procesa de forma independiente para ver la presencia o no de las sustancias a analizar en su interior.

Cuando se tienen los resultados prontos de las sustancias y la cantidad en la que está presente cada una, estos se vuelcan a una base de datos para que los médicos puedan correlacionar los datos químicos con las encuestas que le realizaron en un primer momento a las madres. Normalmente la muestra bioquímica permite concluir que la autodeclaración está subestimada, es decir, revela datos que se encuentran debajo de lo real. “Esto se debe por la propia autocensura, por la inhibición de decir algo y después por el tiempo que hace que la persona se olvide”, reflexiona el químico. En la mirada de la antropóloga Luisina Castelli, la negación del consumo de una determinada sustancia se debe también a las implicancias que el reconocimiento del consumo de PBC o alcohol tiene sobre la separación posible de sus hijos, las consecuencias médicolegales en  la tenencia de los niños o la imposibilidad de amamantarlos.

El alcohol perjudica al bebé más que la pasta base

Mario Moraes, neonatólogo Grado 4 de la Facultad de Medicina, explica que a la hora de empezar a trabajar veían dos maneras de observar el problema en juego. La primera, que era la más empleada por sus colegas en tiempos de la crisis, consistía en tomar al niño que padecía una enfermedad y empezar a indagar las causas que lo llevaban a tener cierta debilidad en su salud. Viendo el contexto de donde el infante provenía, la conclusión inmediata de esos doctores era que el problema era la PBC. Moraes y sus colegas investigadores reconocieron que este camino no era el más adecuado para llegar a la verdad de lo que estaba pasando y decidieron diferenciarse invirtiendo el orden de los pasos: “Decidimos ir de adelante hacia atrás y no de atrás hacia adelante”. Esta forma de trabajar hizo llegar a mejores resultados y poder comprobar que la sustancia más perjudicial para el desarrollo del bebé era el alcohol, no la PBC, ni otros tipos de drogas consideradas como “fuertes” e ilegales.
Uno de los resultados de la investigación que más asombra es que una de cada dos madres consume alcohol en la segunda parte del embarazo. El alcohol es un teratógeno, “terato” significa monstruo en griego. Este monstruo implica consecuencias importantes en la salud del niño, entre ellas malformaciones cardíacas, en los huesos y en los riñones, y alteraciones en en el desarrollo intelectual a largo plazo. El consumo de alcohol de las madres, asociado a situaciones de pobreza y marginalidad social, es de un impacto muy negativo en el desarrollo de sus hijos. Por otro lado, el consumo de PBC no es teratogénico, administrada a una mujer en gestación no ocasiona malformaciones en el feto. Sin embargo, puede potenciar los efectos del alcohol al asociarse con este y formar un compuesto nocivo llamado “cocaetileno”. Los niños de madres consumidoras no nacen con adicción a la droga, como muchas veces se dice en la jerga popular. No obstante, se concluye que la PBC provoca más riesgos al feto durante el embarazo, pudiendo ocasionar infartos y efectos leves al nacer, como irritación, llanto y dificultad para dormir.

¿Qué es el síndrome de alcohol fetal?

Uno de los médicos de la antigua Grecia, Hipócrates, conocido por varios autores como el “padre de la medicina” afirmaba que si una mujer era alcohólica su hijo nacía con retraso mental. Tuvieron que pasar más de dos mil años para que en 1973, dos genetistas, Kenneth Lyons Jones y David W. Smith, de la Escuela Médica de la Universidad de Washington, en Seattle, observaran que el consumo crónico del alcohol en madres embarazadas podía provocar que se manifieste el síndrome de alcohol fetal, uno de los trastornos más graves en el desarrollo físico e intelectual del niño. En los estudios realizados por los médicos uruguayos se registra que aproximadamente un 13% de las madres encuestadas consumen alcohol excesivamente durante el embarazo. Gabriel González, neuropediatra grado 5 de la Facultad de Medicina explica que los bebés de estas mujeres que padecen este síndrome representaron aproximadamente un 5% de la muestra inicial de doscientos niños nacidos en el año 2011 que fueron estudiados. A los niños con desórdenes del espectro alcohólico fetal se los excluyó de la investigación “porque ya sabíamos que iban a tener consecuencias graves y marcadas producto de esta sustancia”. Son niños que tienen una cabeza chica, los ojos encogidos, con un labio superior muy fino, con el filtrum (canaleta que une la nariz con el labio superior) aplanado, con bajo peso, pequeños y que crecen poco posteriormente. A largo plazo tienen alteraciones severas en el desarrollo que los llevan al fracaso escolar, a una mala adaptación social, a repetir conductas disruptivas y a padecer hiperactividad y trastornos de atención.
Los investigadores siguieron trabajando con aquellos niños que el consumo de las madres durante el embarazo no había sido tan excesivo. Tuvieron que enfrentar la problemática de que la población fue disminuyendo por causas externas como el cambio de número de teléfono de la familia, mudanzas, entre otras. Dos años después del nacimiento, el grupo de trabajo volvió a citar a los ciento cuarenta niños que quedaron del primer corte. Esta instancia del seguimiento implicaba que los niños, madres y padres (en el caso que estuvieran presentes en la crianza del hijo) fueran convocados a una reunión de alrededor de un poco más de una hora de duración. En este, los psicólogos y el equipo de pediatría le realizaban unas preguntas a los padres, se observaba al niño, se lo veía jugando y se le hacía unos tests para ver cómo estaba el desarrollo, es decir, se evaluaba el lenguaje, atendiendo a sus facultades motoras y sociales. El grupo de investigación concluyó que a los dos años no había mucha diferencia entre los niños de madres que consumieron alcohol con los de las madres que no consumieron. Sin embargo, al volver a ser citados a los cuatro años se pudo apreciar diferencias significativas, especialmente en el lenguaje, en la parte social, en la inquietud y en funciones ejecutivas que muestran la posibilidad de planificar, de organizar y de seguir una consigna. González reconoce que en esta población, que se había reducido a sesenta niños, “ya se empezaba a evidenciar trastornos externalizantes, un problema que se ve en el desarrollo a largo plazo”.
No se puede saber qué dosis de alcohol es necesaria para que se produzcan consecuencias en el niño. Esto depende de diferentes variables, como el momento de embarazo en el que se consume, “si se consume en todo el embarazo en todo el momento el cerebro está siendo agredido”, señala González. También se relaciona con la cantidad, “no es lo mismo una borrachera que consumir solo una vez en todo el embarazo”. A su vez depende de cómo la madre  metabolice el alcohol, “hay gente que toma poco y el metabolismo es más lento y se acumula más alcohol”. Por último, se vincula con el metabolismo del feto y otras variables como la nutrición, o el consumo de otras drogas. González ve la necesidad de terminar con la creencia de que se puede tomar hasta tanto sin que pase nada. No hay una cantidad mínima, “si usted quiere evitar cero efecto del alcohol en el niño, no debe consumir una gota durante el embarazo”, resume el investigador.
Su colega Moraes cree que el gran consumo de alcohol durante la gestación del niño no es por maldad, es por desconocimiento. “Todos los padres queremos lo mejor para nuestros hijos, el problema es que la industria ha sido capaz de hacer pasar al alcohol como un alimento, como algo beneficioso”. Encuentra que como se hizo con la campaña antitabaco, se debe concientizar desde los medios y desde las empresas productoras de bebidas a que no se beba más alcohol durante el embarazo.

Consumo de tabaco en embarazadas bajó; se espera lo mismo del mate

Otros de los frutos que alcanzó este grupo de investigación en el año 2011 fue que el consumo excesivo de mate (dos termos por día) durante todo el embarazo altera el desarrollo del recién nacido. El efecto dañino que produce tomar demasiado mate se debe a la cantidad de cafeína que contiene esta bebida. Un termo tiene, en promedio, 170 miligramos de cafeína; consumir más de 300 repercute en un peso menor para la edad gestacional. Según indica Moraes en la últimas encuestas el consumo de mate ha disminuido notoriamente, esto se debe que se ha concientizado correctamente a la población sobre el perjuicio que trae para el niño el consumo excesivo de esta infusión. “Si las madres saben que algún hábito es negativo lo cambian, ellas quieren los mejor para sus hijos”.
Por otro lado, entre el 2004 al 2015 aumentó de 15% a 42% la cantidad de mujeres que dejaron de fumar durante el embarazo, esto se debe en gran medida a la implementación de la legislación antitabaco. Sin embargo los investigadores han notado que hubo un aumento importante en el consumo de tabaco por parte de adolescentes embarazadas. Esta droga legal es una de las primeras causas de que el bebé nazca pequeño, sin alcanzar su peso y tamaño normal. Produce un fenómeno definido como “reprogramación genética” que consiste en que si el bebé crece poco dentro del útero se adapta en sus genes a ahorrar energía, esto lleva a que después que nazca pueda tener muchos riesgos de obesidad, hipertensión, colesterol, pubertad precoz y a largo plazo menor expectativa de vida.

La importancia del ambiente, la depresión como agravante

El trabajo de campo realizado por la antropóloga Luisina Castelli, implicó varias visitas al hospital Pereira Rossell. No utilizaba grabadora en las conversaciones con las madres, quería que se lograra una conversación descontracturada e informal. La grabadora es un elemento violento en un contexto en el que las madres se sienten “perseguidas” al ser intervenidas constantemente. Muchas veces no hablaban del consumo en la primera reunión, “ellas contaban sus vidas y yo era una escucha para ellas en ese momento, se desahogaban bastante”, expresa la antropóloga. A la institución hospital la ven con temor, las usuarias de consumo más crónico de pasta base tienen muchas dificultades en la relación con los centros de salud. La antropóloga expresa que aquellas consumidoras que están en condición de calle son rechazadas cuando concurren a una policlínica por el hecho de no tener documento de identidad. A su vez destaca que muchas veces son reacias a realizarse análisis por miedo a que quede expuesto su consumo.
Castelli declara haberse encontrado con embarazadas totalmente solas, sin celular y con pocas posesiones, para ellas fue la persona que más o menos estaba presente durante su internación. Le decían “me gustó conversar contigo, quiero que vuelvas”. En mujeres donde el consumo era más leve aparecían algunos integrantes de la familia, “generalmente las acompañan otras mujeres, una madre, una tía, una hermana, una abuela”. Con respecto a los padres, muchos de ellos estaban ausentes o eran consumidores de PBC. Castelli también se encontró con hombres que habían sido clientes de prostitutas y tenían un vínculo de acompañamiento y sostén sentimental con ellas cuando concurrían al hospital. Una de las conclusiones a las que llegó la antropóloga es que muchas mujeres, para conseguir drogas, recurren al trabajo sexual. Este tipo de práctica hace que arriben al hospital mujeres adictas, embarazadas y con enfermedades venéreas, principalmente sífilis. También en diálogo con los médicos y enfermeros interpretó que en el hospital existe una tendencia a inclinarse por el recién nacido por ser el más vulnerable y dedicarle menos compresión a la mujer. Todos estos factores hacen que la mujer esté siendo constantemente señalada y se le restrinja la libertad de expresión y elección, “ya no sos más vos, sos solamente lo que estás engendrando, perdés toda posibilidad de decisión sobre tu cuerpo, tu placer, tu gusto y tu sexualidad”.
En este panorama muchas veces surge la depresión, un causal fundamental en el mal desarrollo del niño que potencia notoriamente los daños sufridos por el consumo de sustancias. Recientemente se logró descubrir que gran parte de estos hijos de madres que tuvieron depresión en los primeros seis meses postparto, sufren una afectación importante en su desarrollo del lenguaje. Por lo tanto se puede decir que muchos de esos niños ya tienen comprometidos su rendimiento escolar desde los primeros meses de vida. Es por eso que Moraes apela a poder concientizar, que por más que se pida presupuesto para la educación primaria y la secundaria, lo importante es “invertir en los primeros mil días de gestación, desde el primer día del embarazo hasta los tres años de vida, etapa en la que se forma el cerebro del niño y si no es bien atendido no se va a recuperar más”.
Este año los investigadores comenzaron a trabajar con madres pertenecientes a instituciones de salud privada. En lo que refiere a consumo, llegaron a resultados muy parecidos a los obtenidos en los hospitales públicos, donde la PBC se reemplaza por  cocaína pura. Al llevar la investigación a otras clases sociales, Moraes considera que “hemos podido demostrar que el tema de las drogas repercute en toda la sociedad, no es solamente de una clase social”. No obstante reconoce que un niño de clase social elevada tiene más posibilidades para salir adelante, más allá de los efectos de la sustancia. “Estos problemas son más graves donde hay mucha vulnerabilidad social”, expresa el doctor. Desde la visión de un neuropediatra, González explica que la respuesta de este fenómeno se sustrae de que el desarrollo del niño depende de la genética del mismo, del ambiente en el que se encuentra y de la “epigenética”. Esta última se determina por la manera en se expresan los genes en el ambiente en el que vive el niño. El genoma no es independiente en ningún momento de la vida del medio. González cita el ejemplo de la oveja Dolly que clonada tenía la misma genética de la madre; sin embargo un cambio de ambiente determinó que esta terminara siendo obesa, diabética y ciega. Concluye que hoy se sabe que la “pobreza no es genética, pero se pueden heredar factores genéticos que te condicionan a ser pobre”.

Tener un hijo y consumir son dos cosas que conviven

Los coordinadores de la investigación encuentran que cuando empezaron hace más de diez años a trabajar en este tema, lo veían solamente como un problema de salud y de competencia médica. Pero según Moraes han descubierto que “en realidad, si nosotros no somos capaces de transmitir lo que vamos aprendiendo como médicos a la población, no se logran producir cambios significativos en la sociedad”. González cree que se debe concientizar que el alcohol y las drogas “no te hace ser joven ni tener más éxito” y que por el contrario “su consumo puede ocasionar riesgos a tu hijo”.
Los resultados de este trabajo se emplean para la proyección de políticas públicas como la que plantea el programa “Serenar” de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República. Este trabaja desde el año 2006 para mejorar la prevención, detección y atención temprana de discapacidades en niños nacidos en situación de riesgo en instituciones de la salud pública. Desde el Ministerio de Desarrollo Social, “Uruguay Crece Contigo” propone acercarse a este sector de la población más necesitado mediante duplas compuestas por un profesional del área de la salud y un profesional del área psicosocial que concurren al domicilio de las mamás de los niños brindándoles controles de salud, y ayudando a la inclusión educativa y laboral de los niños y adultos. La directora de este programa, Mariela Solari, indica que “El 60% de las mamás en riesgo sanitario con las que trabajamos son menores de 19 años”. Reconoce que son mujeres que tuvieron muchas ausencias en su infancia y adolescencia que llevaron a que encontraran en el alcohol y las drogas “una prótesis para llenar esos vacíos”. A su vez señala que “el más vulnerable en estas familias es el niño, hay que poder proteger y dar las garantías para que la crianza se de en las mejores opciones”. Solari considera que la última opción que se debe manejar ante una situación de adicción crítica de la madres es la derivación del infante al INAU, “buscamos que el niño pueda estar en el contexto familiar durante su primera infancia”. Agrega que “hay que trabajar con las madres para que aprendan a cuidar a otros”.
Con otra mirada, la antropóloga Castelli cree que por más que hayan estos espacios, no siempre logran tener éxito en la recuperación de las madres debido a que existen determinadas presiones morales imperativas del “deber ser”. La antropóloga piensa que estas organizaciones buscan cambiar de raíz a la mujer sin respetar su libertad y sin comprender que el tener un hijo y el consumir son dos cosas que conviven, no son sustituibles la una por la otra. “Tenemos el preconcepto de que la mujer no tiene que consumir si tiene un hijo, sin embargo ella es libre de decidir lo que quiere hacer”. Después de tantas idas y venidas al Hospital Pereira Rossell, a Castelli le queda grabada una frase en la cabeza que varias veces escuchaba en sus encuentros con las madres: “podés dejar de consumir, pero nunca dejás de ser adicta”. Pareciera ser que la marca que deja el consumo es tan irrenunciable como la condición de ser madre.

Eric Núñez