Una mirada a la situación de calle

REALIDAD DE ÁNGEL

 

Miguel Ángel leyendo un libro. Foto: SdR/Sofía Sánchez

Vivir en la calle resulta idea de otro mundo y muy alejada para cualquier habitante de la ciudad. Al recorrer las calles se nota la presencia de personas de aspecto lúgubre  que duermen en recovecos de las infraestructuras erguidas en toda la capital. Estacionados en el tiempo y olvidados por ellos mismos, sobreviven a lo crudo que resulta pasar frío, hambre y estar con uno mismo la mayor parte del tiempo.

La mañana invernal se despertaba y desprendía de las calles y veredas la resaca del sereno que quedaba y que el sol aún no había tocado. Desde el choque de las calles Baldomir y Obligado, el limbo entre Parque Rodó y Pocitos, miró detenidamente como tapaban con maderas la entrada al pórtico que solían abordar sus pertenencias y él para dormir.

Durante un año, los propietarios demostraron empatía con Miguel y le permitieron quedarse en el pórtico que lo amparaba de vientos y lluvias húmedas. Disfrutó de forma intermitente comida caliente para llenar la panza, y de ropa y abrigos secos en vigencia de su acuerdo con los vecinos.

Al ser colocada la última madera se desata la crisis, donde lo viejo aún no muere y lo nuevo aún no llega. Miguel Ángel se convierte otra vez en transeúnte y no encuentra un lugar donde pasar la noche.

En otras oportunidades cuando abandonaba el alero para pedir bizcochos del día anterior en la panadería, o hacerse una moneda indicando a novatos conductores cómo estacionar, sufría el robo de su colección de mantas, ropa, plato, vaso, y algunos libros, que poco a poco había juntado para sentir pertenencia y desenvolverse mejor en el crudo y frío hormigón montevideano.

El desarraigo de pertenencias no es algo nuevo para Miguel. Cuatro años atrás se dedicaba a manejar un camión de carga por varias rutas de Latinoamérica. Dejaba atrás su casa y su familia en las calles Gonzalo Ramírez y Yaro, con el certero goce que recibía una vez que retornaba y les veía la cara de nuevo a sus pares.

Ahora ubicado bajo el techo de “Tres Perros Pocitos” con los ojos como persianas a medio abrir y los dientes llevando el ritmo de unas castañuelas por el frío, me cuenta de aquel día que llevó una carga muy pesada a Chile y una vez que volvió se encontró con una carga más pesada y amarga, que no pudo llevar a ningún lado y que porta hoy, bajo su pesar.

 

Miguel Ángel leyendo un libro. Foto: SdR/Sofía Sánchez

-Tuve dos hijos. Una mujer que me dio una nieta y un hombre que murió muy joven.

Relata de forma estacionaria la pérdida de su hijo. Advierte que fue más allá del lamento que provoca añorar al que ya no está. Sus ojos no conectan con los míos mientras habla, no quiere mostrarme que su falencia familiar le anuda la garganta.

Cuando no hablamos sobre tristes historias, que avivan el recuerdo de la disolución de su cordura, su cara, a pesar de estar curtida por la calle, me sonríe al igual que sus palabras. Lo caracteriza una profunda amabilidad, un correcto uso del lenguaje y el respeto que imparte al conversar sobre cualquier tema banal que desprende el movimiento de la ciudad.

Suele ser desconcertante su realidad, un hombre de 56 años que rozó las aristas de la locura, perdió la comunicación con su esposa y como efecto dominó, se vio despojado de su casa y todo  lo que conformaba su vida.

Hoy es un deambulante puro de los vericuetos de la ciudad. Busca suplir las necesidades más básicas, como comer y dormir sin ser interrumpido por otros callejeros o la policía que llega luego de una denuncia.

Para él se volvió imprescindible en el día a día tener un trato ameno con los vecinos de la esquina que eligió ocupar. Algunas mañanas se encuentra bajo la sorpresa de un café con leche o una comida caliente, que algún sin nombre le deja junto a su improvisada cama. Un colchón viejo, rescatado del container ubicado en Araucho, que siempre se convierte en un oasis de pertenencias estacionadas, que alguien del barrio ya no quiere.

Se hace de noche y Miguel desaparece de la esquina. Existen más posibilidades de encontrarlo como ente estacionario en las horas de luz. En la noche se desenvuelve con soltura, en busca de oportunidades, como un pionero que se pasea de boliche en boliche en busca de la moneda, de la botella vacía o algún resto de líquido que sea tomable.

“La calle me curó de espanto, hay cualquier cosa por ahí, cuidáte”. El rol de padre jamás desaparece de su ser, aunque sea él, quien más necesita protección y amparo.

La cantidad de personas en situación de calle se ha incrementado y no todos muestran buena disposición para hablar. El invierno y sus bajas temperaturas sacuden el sentir de muchos. Mezcla el frío con tristezas que fueron el punto gatillo y principal para abandonar los hogares, perder la identificación y volcarse a la deriva callejera y deambulante.

Sin mucho que acotar a sus confesiones sobre el vivir sin un hogar, fue muy sencillo desprender de allí que las falencias económicas no llevan a nadie o casi nadie a quedar a la deriva. Los ingredientes más recurrentes en esas realidades son historias tan duras como el cemento, un boleto de entrada a la nada misma, donde las posibilidades de reinsertarse a la sociedad son una en un millón.

Nuestro país cuenta con un “programa calle” propuesto por el Mides, que brinda ayuda para todo aquel que quiera. Cuenta con 47 centros y un total de 1545 plazas en ascenso y que está dirigido a la población en situación de calle y sin hogar. En todos los inviernos que han traspasado su vida como oportunista en la diaria de la calle, ha elegido visitar en muy pocas oportunidades los refugios. El protocolo que presentan resulta engorroso para Miguel Ángel al que le pesa su edad, las distancias de la ciudad que tiene que recorrer y la realidad que se vive en los centros como Puerta de Entrada, ubicada en Convención 1572.

Me comenta mientras arruga la cara al sonreír, que se anotó en el programa Uruguay Trabaja propuesto también por el Mides, para ponerse en funcionamiento y ganar un dinero que le permita alquilar un cuarto.

Suele ser difícil entre su buena disposición para hablar, su actitud crítica y su visión detenida de la realidad que respira, encontrar las razones por las que no vive hoy una vida de mejor calidad; el ingenio le sobra y las oportunidades le faltan o poco puede verlas.

Pronto a despedirme de él, hablamos de dos jóvenes que duermen a unas pocas cuadras de su esquina. Dos hermanos de 17 y 19 años que decidieron abandonar su casa por problemas familiares y hoy, acuden a Miguel en busca de protección y de códigos que puedan utilizarse para vivir en la calle, sin darse de cara contra los problemas que puedan presentarse.

- Si consumís porquerías en la calle, poca oportunidad tenés de encarar. Eso te mantiene en la corta siempre.

Tiene muy claro que la drogas son placeres a corto plazo que pasan factura tiempo después y no eliminan el sentimiento de soledad, la necesidad de hablar con cualquier persona que pase cerca o que lo mire sin sentir rechazo.

Algunas noches al finalizar la semana lo veo en la plaza Varela, sostiene a su nieta, conversa con su hija y su yerno, comparten un rato juntos y luego de despedirse, Miguel se queda en la vuelta de la plaza, piensa y disfruta de todo lo rico que se puede ser, aún siendo pobre.

Sofía Sánchez