La arrolladora banda argentina cruzó el charco y volvió a Uruguay después de 5 años

LA RENGA HIZO VIBRAR PAYSANDÚ

Afiche con el que se difundió el toque

Hacía rato que la luz roja parpadeaba en el tablero marcando la falta de combustible que tenía el vehículo. La algarabía en la que nos vimos inmersos una vez terminado el recital hizo pasar por alto un no tan pequeño detalle: ninguno de los tres conocía la ruta, ni mucho menos recordaba distancias entre pueblo y pueblo, por lo que llenar el tanque antes de salir hubiera sido una buena idea. Nos urgía encontrar una estación de servicio; el riesgo de quedar varados en la mitad de la nada era inminente. Cuando nos fijamos en el celular y vimos que aún restaban 20 minutos para llegar a Trinidad, no volvimos a articular palabra y hasta parecía que aguantábamos la respiración, como si eso ayudase a que llegáramos antes. Eran las 4:30 del domingo cuando a falta de 7 kilómetros de nuestro destino, hicimos la curva que nos mostró al fin las luces del pueblo. Aunque llegamos a la estación, doy por sentado que a ninguno le hubiera molestado caminar los kilómetros que fueran necesarios con una botella vacía en la mano. Estábamos tan satisfechos, que nada podía empañar lo que quedaba de viaje; y es que es así: “El corazón tiene razones que la propia razón nunca entenderá”.

En la tarde del sábado, apenas arrancó el motor del Chevrolet Celta del año 2008, nuestros corazones empezaron a vivir el “banquete”. La ruta 1 nos llevó a la 3, que nos abrió paso en una formidable jornada de sol y el mejor viaje de carretera. En la radio del auto sonó “Veneno” y nos pusimos a cantar sin preocuparnos por afinar. “¿Se imaginan si tocan esta canción?”, nos preguntamos. “¡Qué lindo regalo sería!” Y mientras el astro rey comenzaba a ocultarse en un espectáculo majestuoso, al lado del camino aparecía Paysandú. La noche, una vez allí, nos tendría preparados muchos regalos más de los que esperábamos.

En la ciudad se respiraba rock. Cientos y cientos de vehículos aparcados junto a canteros, veredas y plazas reposaban tranquilos después de haber cumplido su correspondiente viaje. Ahora las calles no les pertenecían. La gente se había adueñado de ellas, y desfilaba al unísono hacia un mismo destino, ante la atenta y consensuada mirada de los lugareños y sus sillas plegables.

No, boludo. ¡Olvídate! Desde el jueves pasado me vengo cuidando para llegar enterito y gozarme en esta tierra hermana. Ayunos, omeprazol que nos recomendó la dulce de mi vieja y nada de cosas fuertes que me hagan restar para estar al cien hoy”, le contaba un flaco al resto de sus amigos argentinos tan eufóricamente, que despertó las risas de diferentes grupos de personas, incluido el nuestro. Las anécdotas eran tantas como las risas y las bromas. Los que esperaban no desesperaban, y entre birra va, birra viene, los cuerpos doloridos por las interminables horas y condiciones de viaje se distendían con las bandas teloneras.

Pasaban las 22:00 horas cuando la razón del encuentro entró en escena. La Renga se apoderó del escenario con una gran explosión de energía, algo por demás característico en sus casi 30 años de carrera. “Motorock” fue la canción encargada de encender la mecha, haciendo estallar en júbilo a varias generaciones de fieles seguidores, congregados junto al Río Uruguay para demostrarle a la banda de su vida que hay amores que sí duran para siempre. El grupo, como no podía ser de otra manera, retribuyó esa demostración de cariño con un show arrasador, mezclando canciones de su más reciente trabajo, Pesados Vestigios, un disco por demás emotivo y que los depositó después de un largo tiempo en tierras uruguayas, con temas destinados a convertirse en himnos inmediatos, al igual de los que abundan en el cancionero de la banda de mataderos.

Durante el toque. Foto: César Duarte

¡Buenas noches Paysandú!”, saludaba un entero y vital Gustavo “Chizzo” Nápoli, saludo que le fue correspondido por un estruendoso rugir del  ya encendido público. “Se los ve contentos y eso nos encanta. Es muy bueno estar de nuevo en suelo charrúa; nos deja muy contentos también a nosotros poder estar acá”, exclamaba el frontman de la banda, a la vez que los hermanos “Tanque” y “Tete” Iglesias saludaban cada uno desde su lugar. Jorge lo hacía desde su batería, mientras que el siempre enérgico Gabriel desde cada centímetro del escenario. Y es que el recorrido del popular bajista no sabe de límites a la hora de tocar en vivo, en donde nada hay que le impida correr, saltar y vivir el rock como si se tratara de un seguidor más.

Y bueno -proseguía Chizzo- ustedes, queridos hermanos, se preguntarían ‘Cuándo vendrán’”, haciendo referencia al tiempo que pasó desde la última presentación en suelo uruguayo, cuando tocaron en el Velódromo de Montevideo, allá por 2011, y aludiendo también al primer gran clásico de la noche, canción cuya primera estrofa desnuda la ley primera de la condición del hombre: “Es que la muerte está tan segura de vencer, que nos da toda una vida de ventaja”.

Manuel Varela y su inconfundible armónica irrumpieron con “Bien alto”, a la que le siguieron “Veneno”, “Al que he sangrado”, “El Twist del pibe” y “Tripa y corazón”. Además tocaron “Corazón fugitivo” -utilizada como corte de difusión de Pesados Vestigios-,Nómades”, “Muy indignado”, “San Miguel” -canción homenaje a un seguidor de siempre, que perdió la vida años atrás luego que una bengala impactara en su cuello durante un recital- y “Pole”, pieza emotiva por excelencia del último disco, que es también un homenaje al fallecido Víctor Poleri, amigo personal del grupo, encargado de dirigir y actuar en sus videos musicales. Mientras las lágrimas se escurrían y pegaban en las mejillas de los emocionados, la música no paraba. Nuevamente los clásicos invitaban a bailar, saltar y cantar con vital animosidad.

“La balada del diablo y la muerte” comenzaba a sonar: luces rojas, flashes de celular y algún que otro encendedor se alzaban al cielo, conjugándose con un coro de voces perfectamente sincronizadas. El clímax era total. La armónica coreada, la batería que retumbaba en el pecho al igual que el bajo, y la filosa e incendiaria guitarra de un inspiradísimo Gustavo, que despojaba de sus entrañas un enérgico y prolongado solo que despertó aplausos hasta de los sonidistas, que se divisaban al costado del escenario.

Luego fue el turno de “Panic Show”, de la que participó una suerte de invitado de lujo permanente que tiene la banda, como lo es el veterano Nacho Smilari, quien detonó su viola mientras el pogo hacía vibrar el cemento. Sonaron los acordes de “Oscuro diamante”, “El rey de la triste felicidad” y “Oportunidad oportuna”, que le dieron un ritmo infernal a la recta final de la primera parte del show, consumada con el hit “La razón que te demora”.

Mientras se apagaban las luces del escenario e iban cesando de a poco los aplausos y cánticos, la muchedumbre encaraba a los puestos de bebidas para matar su sed y refrescar las ya roncas gargantas: había que volver a ponerlas a tono para la parte final del show. “Me van a tener que disculpar, muchachos, pero no nos está quedando más cerveza. En un rato ya vamos a tener de nuevo”, gritaba uno de los vendedores acodado detrás del mostrador, al que uno de los frustrados compradores respondía: “¿Y ahora, cómo le explico a mi señora que no le pude conseguir su birra pre fin del toque?  ¿Qué clase de marido te creés que voy a ser si no se la llevo?”, se quejó el jocoso veterano, que al final bajó con un par de vasos de gaseosa, medida adoptada por la mayoría de los resignados.

Brindo para que la música en vivo, tocada por seres humanos, triunfe”, dijo una vez el gran Norberto “Pappo” Napolitano, referente e inspiración de todas las horas de La Renga; banda que a su vez nos hizo brindar a todos los que llegamos desde rutas diferentes a un mismo lugar ,celebrando la descentralización capitalina, la diversidad cultural y el sin fin de vivencias que arroja  el rock. Las luces volvían a encenderse y “El viento que todo empuja” ponía nuevamente en escena a la banda argentina. Le seguiría  “El final es en donde partí”, reanimando a las ya exhaustas masas. Llegaba el momento del final y, como no podía ser de otra manera, Chizzo gritó: “Nos vamos como siempre, como más nos gusta, ‘Hablando de la libertad’”. Algunos fenómenos son difíciles de explicar pero esa noche, cuando pegábamos la vuelta apenas terminado el show -como lo hicieron la mayoría de las excursiones de argentinos y uruguayos-, volvíamos a confirmar que la música no entiende de fronteras y que las barreras, en el mejor de los casos, sólo están para ser atravesadas.

César Duarte