Los mosquitos del doctor Castilla gozan de buena salud

COACCIONES PASAJERAS

 

Pese a las fuertes multas, el sojero y médico de Paso Picón sigue fumigando glifosato a 20 metros de un conjunto de casas y a 700 metros de una escuela.

Era julio y hacía frío. En Sauce, Canelones, hacía frío. No tenìa ninguna carga poética, era el clima que solo atravesaba los cuerpos. Hacìa frìo y punto. Enfrente de la Casa Cultural se juntaban algunos  valientes. El sonido no era  más que el sonido de invierno. Algunos sacaban el humo de sus bocas y lo mezclaban con el gélido vapor que aparecía entre conversaciones cortas. La succiòn de un mate servido o el metálico sonido del termo que se apoyaba en la vereda también constituían el invierno.  Alguien decidió no soportarlo más: entró al edificio y el resto lo siguió.

En el centro de la habitación se ubicaban unas mesas grandes. Allí se concentraba la acción: las personas alcanzaban listas de firmas, para luego acomodarse cerca de los más conocidos.

Era una de las las periódicas reuniones que organizaba la “Comisión por un Canelones libre de soja transgénica y en defensa del agua”. Más de veinte personas de distintos puntos de Canelones trataron de acomodarse en el local de la casa cultural de Sauce. Las pocas sillas y la rectangularidad de la habitación no ayudaban. En los costados más cortos, las filas eran dos o tres, los lados largos estaban flanqueados por una sola. Sin embargo, uno de los asientos, a pesar de la aglomeración por la falta de sillas y la concentración de gente alrededor de una única estufa, aún no estaba ocupado.

Álvaro Jaume llegó a ocupar el asiento libre, los saludos se volvieron más efusivos. Su apariencia: unas bombachas de gaucho, un buzo de lana, inequívocamente vestían al productor promedio canario. Debido a la cantidad de saludos que recibió, era por lejos el más conocido de todos.

El sonido metálico de los termos comenzó a apaagarse al igual que las conversaciones triviales. La presencia de Jaume dio por iniciada la reunión.

Entre chistes y presentaciones, la discusión encaró hacia cierta disyuntiva: “¿ el movimiento ambientalista tiene que sólo sostenerse por las firmas?”,  preguntó Enrique, ex agricultor quien actualmente se dedica a ser guardia de seguridad.

Una mujer, quien reiteradas veces interrumpió las locuciones de los demás para brindar consejos, alzó su mano. Era Adriana Pascual.

“Soy de Paso Picón. Denuncié muchas veces al Dr. Castilla, hasta que finalmente prohibieron las fumigaciones por considerar a Paso Picón un poblado rural. Hay que denunciar, por más de que muchas veces no nos resulte o nos canse”.  Jaume replicó, entre miradas incómodas se desató la discusiòn.

Pascual tenía, en ese entonces, unas diez denuncias realizadas. Su vecino, ubicado a 30 metros de su casa, fumigaba sus plantaciones de soja o trigo con glifosato. Una semana antes de la reunión, se publicó en Brecha una nota sobre el incidente ocurrido con las historias clínicas que pertenecían a ella y a su hija. Las diarreas, cefaleas, comezones, el asma atípico de su hija, se perdieron en un negligente papeleo burocrático.

La primera denuncia, tal vez de Adriana Pascual, de Teresita Esteralde, de Ariel Gulpio, Hugo Fontan o cualquier otro de los denunciantes, se realizó en el año 2013. Para finales de ese año, Castilla tenía más de 34 denuncias , en diferentes instituciones: Ministerio de Ganadería Agricultura y Pesca, la Intendencia de Canelones, la comuna Canaria, Ministerio de Salud Pública. Sin embargo, la denuncia más prometedora resultó ser la que realizó Pascual ante la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo (INDHH), en diciembre del 2013. Esta última pidió informes a todas las instituciones que recibieron las denuncias en el 2014. Entre ellos, el informe de la Intendencia de Canelones sostiene que en noviembre de 2013 un funcionario fue a fotografiar el lugar y resultó afectado por las fumigaciones.

“Alrededor del predio en cuestión existen aproximadamente 30 a 40 casa y una escuela a 700 metros (…) y la casa de la Sra. Pascual queda a 30 mts.”, asegura el informe de la Dirección Departamental de Salud de Canelones.

En la reunión, todos coincidieron con Jaume. Pasadas las horas la discusión desembocó en otros problemas acuciantes. La mayoría de los concurrentes opinaba distinto a Pascual, a sus formas, a su mano alzada.

***

En agosto el Dr. Castilla agredió a Pascual. “Lloraba al hacer el relato. Tal vez por miedo -no es la primera vez que Castilla la amenaza de muerte-, tanto y más por bronca. Cuestionó que sea ‘tan impune’ y preguntó: ‘¿Quién le va a poner el límite? ¿Quién le va a poner el cascabel al gato? No puedo ser yo’, escribió Amanda Muñoz en su nota publicada en La Diaria.

La foto que se mostró en la nota de Muñoz fue tomada por Pascual. Los dedos del doctor tocan el celular amenazadoramente.

Se denotaba una firmeza solitaria en su forma de mover el volante de su Fiat rojo. Entonó las características de su ciudad con entusiasmo: “Canelones no es tan culta, ni tan aburrida, pero es lo que hay”. Pasó toda la mañana deambulando por la feria. Por la tarde dejó a su hija a salvo de las miradas del Doctor Máximo Castilla, en la casa de su ex marido.

Adriana Pascual es una maestra que vive hace cinco años en Paso Picón; antes residía en Montevideo. Ama el pan canario porque es casero y más duradero que el montevideano. Se mudó con la intención de enviar a su hija a una escuela rural. “Máximo Castilla vive acá”, señaló Adriana, cortando la charla. Tantas denuncias hechas le recuerdan la dirección del vecino que pese a sus quejas, denuncias y a los decretos de la Intendencia de Canelones, continuaba con las fumigaciones. La residencia del doctor queda en el centro de la ciudad.

Poco a poco, los limoneros morían, los pastos comenzaron a ennegrecer y la enfermedad de su hija asmática se incrementó. Al alquitrán y el humo negro de las fábricas montevideanas lo suplantaron las fumigaciones con glifosato  de Castilla. Y así, conoció el olor de la soja transgénica.

El amanecer perdió presencia  y las casas disminuyeron su ritmo: Adriana llegó a casa. “Esos son los campos del Doctor”, dijo Adriana al señalar a su izquierda.  De ese lado de la ruta, el pasto estaba amarillento y las casas no eran tan regulares: todo era tierra removida. Al otro lado de la ruta, a no màs de 20 metros, se yerguen más de veinte casas. Antes de llegar a lde o de Adriana  un cartel anuncia: “A 300 mts Escuela Rural”

-Adriana, ¿esos que estan enfrente a tu casa, ¿son campos de Castilla?

- Si, ahí enfrente. Después hace una especie de “L”. Tiene 5.000 hectáreas.

“Llama la atención las diferentes definiciones que manejan los organismos de la administración del Estado, sobre los ‘centros poblados’ y ‘zonas rurales’ (…) a efectos de la salud humana las mismas pierden relevancia (..) el impacto a la salud es independiente de estos conceptos, siendo además un bien mayor a preservar”. Tal lo que afirma la directora de la División Salud Ambiental y Ocupacional Carmen Ciganda en su informe a la INDHH sobre el caso de Pascual.

Unos cuatro o cinco perros la recibieron.  Uno ellos acarició con torpeza la pierna de Adriana . Con un cuerpo pequeño y una cabeza raquítica, ladró. “Me lo dieron en la feria esta mañana”, explicó Adriana. Abrió la puerta. Cortó el pan que tanto recomienda.

-Bueno, empezá por contarnos tu historia

-Mirá que es larga…

El doctor la vio cerca de la casa de una amiga, la agredió, le dijo “puta”. Ella trató de grabarlo, pero apenas pudo sacar una foto. Tal vez fue el temblor de las manos o el dolor que le producían los insultos. Fue  de inmediato a la comisaría de la ciudad a realizar una denuncia. Allì le tomaron los datos. Castilla la siguió, lanzando improperios.

A los días ve que su denuncia no tuvo efecto, que el doctor pasa con su auto frente a su casa, dando lugar a que Adriana sienta el miedo y el hartazgo de ser paria.

El relato se detuvo. A  los quince minutos, los faroles de un auto iluminan el porche de la casa. Se bajan dos jóvenes de aproximadamente 20 años, los que cualquier llamaría “muchachos”.

Los policías de investigación atravesaron el umbral. Uno de ellos miró la cámara con cierto recelo. Vestidos deportivamente, uno al lado del otro, soltaron preguntas convencionales: ¿Cuando fue? ¿Hay testigos? . A los minutos la maestra exclamó: “A mí nadie me hace caso porque él es Doctor y yo soy de otra clase social”.

A mitad de 2013  Castilla escribió una carta que repartió entre sus vecinos. Describió a Adriana   como “psiquiátrica” y a su casa como un “mugrero”.  Además, sostuvo que, como méedico, atendió a muchos canarios de forma gratuita, que tenía que continuar con las fumigaciones porque era un “laburante” y que “nunca le pedíun peso al Estado”.  Y que con su trabajo sólo se había comprado “una casa en Punta del Este”.

El relato de Adriana culminó. Los policías se la llevaron para declarar frente a un juez.

Con la casa vacía,  la biblioteca fue un papel importante en la espera. Algunos nombres eran comunes: Gabriel García Márquez, Idea Vilariño, Eduardo Galeano, Mario Benedetti. Se cayó entre algunos lomos un folleto de un filtro de agua. El precio estaba escrito con lapicera. El ùltimo estante tenìa otra clase de libros: el código civil, el código rural y un libro sobre derecho ambiental.

La puerta del cuarto de su hija tenía un cartel que reproducesu nombre. El comedor posee un escritorio para sus deberes. Al lado del baño, una sala para jugar. Frente a la cocina, un mueble blanco está lleno de retratos. No hay una sola mota de polvo encima de ellos.

***

A finales de agosto, Adriana compareció frente al juez Sobot. La denuncia penal que realizó podría resultar en una orden de restricción.

Adriana Pascual, Ariel Gulpio, el ex esposo de Adriana, miraban hacia la puerta del despachom del juez cada vez que percibieron algún movimiento. Sin embargo, Castilla no apareció.

En esta ocasión su declaración duró más de tres horas. Al salir, Adriana llora: un mensaje le anunciaba que su hija había gaanado un concurso de ciencia.

La siguiente audiencia, fijada a comienzos de septiembre, trataba sobre el tema de la multa que la Intendencia aplicó, en este mismo año a Castilla. La multa es de 15 mil unidades reajustables. En esta oportunidad Castilla asistió. Aún no se sabe el veredicto del juez para ninguna de las causas.

En Paso Picón las fumigaciones continúan. Un mosquito está trabaja dentro del perímetro de exclusión. Según el informe de la INDHH, que envió al ministro del MGAP, de las 71% de las denuncias recibidas por esta clase de problemática se descartan por no encontrar “elementos para aplicar sanciones”. Entre las conclusiones del informe, se señala  que “la falta de coordinación interinstitucional, genera riesgo de vulneración de esos derechos, además de riesgos de incurrir en graves incumplimientos de las disposiciones que regulan la calidad del medio ambiente”.

Esta vez hace calor, hace calor y punto,  pero el calor de septiembre no atraviesa los cuerpos. En el kilómetro 49, el sol promete una noche fresca. El ómnibus se desvía de la ruta: funcionarios de la Intendencia asfaltan. A un kilómetro vimos el mosquito. Roza el alambrado junton a la  ruta y a 20 metros de las casas zumba sin pudor.

Al sacarle fotos de cerca, los maquinistas que fumigan en los campos de Castilla tocan bocina.

Adriana pide que la dejemos “afuera”, que por ahora quiere “estar tranquila”. Repite entre pregunta y pregunta “ya está” o “ya fue”. Es el cuerpo el que le pide descanso, la psiquis la que le pide resignación. Es su cuerpo que ya no soporta fumigaciones.

La Comuna, según informa la Diaria, sancionó al productor nuevamente. Esta vez la sanción es de 15.000 UR. En agosto, de las cinco denuncias realizadas en Canelones  por fumigaciones ilehales, tres fueron aplicadas al Doctor Castilla.

Nadia Amesti