Marcha de la Diversidad

FRANJAS INFINITAS

Marcha de la Diversidad / Foto: SdR/Sofia Sánchez

La primera imagen que se dibujó en mi mente al ver la Plaza Independencia el viernes 30 de setiembre, fue la misma que tiene un niño al patear inocentemente un hormiguero. Más de un centenar de personas, aglomeradas, apelotonadas, caminaban de un lugar a otro sin dirección concreta y visitaban los coloridos techitos de la feria de un sin fin de diversos objetos.

El único inmóvil en medio de la plaza era Artigas sobre su caballo y bajo un cielo encapotado. Estaba claro que las tonalidades del atardecer no iban a aparecer, y el mismo color del día zigzagueaba en el suelo entre caras pintadas, banderas arremolinadas y arcoiris infinitos que se mezclaban una vez más para celebrar y darle vida a la Marcha de la Diversidad.

Una boca gigante parecía soplar desde 18 de Julio hacia la plaza. Constante y desprolija, la ventolera traía consigo cada vez más gente, más gritos de ansiedad por el comienzo de la larga caminata festiva.

Un enjambre de cámaras reflex cristalizaron la figura de una chica trans vestida de la justicia. De ojos vendados y con una toga minuciosamente confeccionada, sostenía una balanza vacía que invitaba, a cualquiera que la viera, a pensar en los valores que debían alcanzar el equilibrio.

Humos blancos y negros aromatizaban el ambiente, impregnaban la plaza en la cola de un medio tanque, que sacaba la comida de manera veloz como suele esperarse de la comida rápida.

Como de costumbre, algo innato en los uruguayos, el comienzo se estacionó. La organización convocaba a las 19 horas y faltando diez minutos para las veinte, los carros alegóricos aún no se movían. Tan solo unos segundos después de pensar en la demora, como epifanía pirotécnica, las luces de los fuegos artificiales vistieron al Palacio Salvo y los edificios linderos. La multitud rompió el silencio con un mensaje claro: “¡Viva la diversidad!”. Para muchos fue una buena oportunidad para besarse y desearse feliz año.

Marcha de la Diversidad / Foto: SdR/Sofia Sánchez

El ambiente ya había cortado la cinta de inauguración, los carros se abrían paso a través de la gente para liderar el trayecto. Sobre el camión alegórico empoderándose entre sí, cuerpos de curvas prominentes, labios de color rosa chicle y ojos enmarcados por el rimel contagiaron con su danza a todos los que se encontraban cerca del vehículo.

Carteles de “somos, soy diversidad” condecoraban el carro. La música aceleró los latidos, la libertad de ser quien se es, desbordaba a los amantes. Para entonces el suelo se convirtió en un mar de pies que intentaban tomar dirección hacia la columna vertebral del centro montevideano. Las veredas se convirtieron en cintas transportadoras para los más ágiles e impacientes que intentaban llegar a las primeras filas o buscaban un lugar más cómodo detrás de la multitud.

Los inspectores detenían el tránsito en las calles perpendiculares, algunos con indescriptible rigidez y otros contagiados por las sonrisas del jolgorio.

Fuera de pensar en lo correcto, mis pies se encontraron sobre el techo de un kiosco de revistas. Con la intención de conseguir un plano cenital de los carros, su música y el bullicio de los efervescentes seguidores, pude percibir los edificios iluminados con las gama del arcoiris y muchas ñatas pegadas contra el vidrio mirando desde el interior.

El espacio urbano se tiñó de juerga y próximo a la Plaza Libertad, los parlantes trajeron la voz de Gloria Trevi a los oídos de unas jóvenes mujeres. Con la mano al pecho, como si entonaran el himno, se apresuraron al anudar su pelo para soltarlo escandalosamentre tiempo después, cuando sonaba ya el estribillo de “Todos me miran”. Los saltos convirtieron a la diversidad en una masa única y poderosa. O saltabas o no funcionaba.

La estatua de Plaza Cagancha esperaba a la muchedumbre acunada por el golpeteo de manos y lonjas. Cuero, piel y ritmo conversaban, le daban vida al candombe, en un tamborileo seductor que invitaba a estacionarse un ratito y encendía en ese instante, tres mujeres de cuerpo pintado que trazaban con su figura el ritmo del chico, del repique y del piano.

Dos hombres llevándose uno al otro con una mano en la espalda, sostenían un cartel a la altura de su pecho, que declaraba en grandes letras: “Nuestro hijo es hetero pero igual lo queremos”. Pasaron por allí y seguidamente los acompañaron tres escandalosas monjas que agitaban carteles de un lado al otro y que retiraban de sus caras un par de lentes de sol para ver con más detalle la cabeza de una cebra que alguien había construido para llevar puesta durante el recorrido.

Marcha de la Diversidad / Foto: SdR/Sofia Sánchez

Unos niños observaban desde las alturas de los hombros paternos un millar de papelitos plateados, agitaban banderines aplaudiéndole a las monjas y al entrevero de bailes callejeros.

La marcha parecía terminar y la calle Ejido fue el punto de dispersión. Los carros se despidieron de la gente entre cumbias y firuletes para dar lugar a una especie de encantadores de serpientes. Las Coralinas y la banda sinfónica sedujeron hasta aquellos pocos rezagados que abrazaban sus rodillas, terminando la grapa al cordón de la vereda.

Entre los restos de unos pocos brebajes y un par de botellas vacías, la marcha de la diversidad se acomodaba a modo Tetris frente al escenario, las voces endulzaron los oídos e hipnotizaron a la masa. Y entre la montonera, ahí toda agitada por lo efusivo de la noche, se fundieron los abrazos, se achinaron las caras y se descontracturaron los cuerpos.

El festejo siguió entre proclamas de tolerancia y agites de todas las pieles. La Intendencia se fue desnudando del pueblo, los bares se fueron llenando y algunas hormigas, todas diferentes pero todas iguales a la vista de la marcha, volvían al hormiguero.

Sofía Sánchez