Entrevista con Walter Hermann

VIDA DORADA

 

Walter Herrmann en Atenas 2004. AFP PHOTO/Donald EMMERT

Una medalla olímpica de oro guardada en su casa de España es la insignia mágica de Walter Herrmann, el basquetbolista argentino de 37 años que, a pesar de los avatares que le marcaron la vida, sigue transitando el camino con la sencillez de aquel niño que creció en Venado Tuerto, ciudad ubicada al sudeste de Santa Fe.

El deportista, nobel contratación de Obras Sanitarias, equipo de la Liga Nacional Argentina, llegó a Uruguay para disputar un par de partidos amistosos con su nuevo club: Biguá y Urunday Universitario fueron los rivales. SdR aprovechó para hablar con uno de los integrantes de la famosa “Generación Dorada”.

Su apuro por ir a dormir la siesta fue quedando en el olvido al empezar una charla amena que duró más de media hora, sin cumplir la promesa irreal de los “cinco minutitos” manifestada en la previa.

Atento, amable y sonriente, habló de todos los temas, incluso de los que más le afectaron. Se mostró agradecido a una vida que, en los últimos 15 años, le dio y le quitó constantemente.

El primer golpe duro de su carrera deportiva fue cuando se quedó afuera del Mundial de Indianápolis 2002, torneo que dio inicio a la Generación Dorada. Herrmann fue uno de los preseleccionados pero a último momento fue desafectado por el entrenador Ruben Magnano. En ese certamen Argentina logró vencer a Estados Unidos, la primera derrota del país norteamericano desde que comenzó a competir con jugadores NBA. La albiceleste terminó en el segundo escalón del podio tras perder la final con Yugoslavia, en un cierre donde el arbitraje perjudicó claramente a los sudamericanos. “Me quedé con la bronca que nos quedamos todos por ese final polémico”, dijo el santafesino, que miró ese torneo por televisión, muriéndose de ganas de compartir cancha con sus amigos.

La revancha llegó dos años más tarde, cuando fue incluido en la nómina final para los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. El debut con triunfo en la hora con doble agónico de Emmanuel Ginobili ante Serbia y Montenegro –ex Yugoslavia- sirvió para sacarse la espina de 2002 y comenzar a creer en la hazaña.

Herrmann jugó poco en la primera fase del certamen hasta que en el encuentro ante los locales, cuando la historia venía torcida, ingresó a la cancha para enderezar el camino al sueño dorado. Argentina pasó a semifinales donde lo esperaba Estados Unidos y nuevamente fue triunfo albiceleste con gran actuación de Herrmann que, a pesar de que lo dudó, cumplió con la cábala que sostuvo durante todos los Juegos: ir al gimnasio y a la pileta de la Villa Olímpica a distenderse horas antes de jugar. “Teníamos la sensación de que era el día para nosotros”, contó el entrevistado, con la sonrisa de un niño que recuerda orgulloso su principal proeza.

Para la final ante Italia, rompió con su rutina previa y el destino no le perdonó la traición. Eligió descansar para llegar entero a un partido donde no jugó. La alegría de la obtención del título se mezcló con la amargura de no haber tenido minutos. Tuvo una fuerte discusión con el entrenador, al que años después declaró públicamente que “no lo puede ni ver”. Con el frío que provoca el paso del tiempo, explicó con naturalidad que antes del partido le dijeron que no iba a jugar porque no había hecho bien la entrada en calor, “me pareció que era una broma pero al final fue cierto. Sentí bronca”, recordó.

Walter Herrmann en Atenas 2004. AFP PHOTO / ADRIAN DENNIS

Esa generación de jugadores de Argentina, que se ganó el mote de “Dorada” por la obtención de la medalla en Atenas 2004, de a poco va llegando a su fin. Hace unos meses en Río de Janeiro, tras la eliminación en cuartos de final ante Estados Unidos, se retiraron de la selección dos emblemas: Manu Ginobili y Andrés Nocioni. Herrmann reflexionó con signos de nostalgia: “Siempre está la expectativa de que van a jugar otro más, es difícil pensar que se están retirando, pero en algún momento iba a pasar”.

El entrevistado catalogó a la Generación Dorada como “una etapa de la vida muy importante”. Fue una camada que trascendió los límites de la cancha y terminó ganando adeptos extranjeros por su forma de ser y defender la camiseta. Una de las acciones que los caracterizó fue liderar la lucha de la Asociación de Jugadores por los sueldos de sus colegas de segunda división, amenazando con no participar en el Mundial de España de 2014 si no se solucionaba la situación, medida que fue fundamental en la resolución del conflicto. En cuanto a la importancia de esta generación, Herrmann, con la felicidad pintada en el rostro, reflexionó: “Vamos a tomar dimensión de lo que logramos con el paso de los años”.

En su carrera tocó su techo de rendimiento cuando llegó a la NBA. Jugó en Detroit Pistons y en Charlotte Bobcats, franquicia donde tenía acciones Michael Jordan. Ahí convivió con “Su Majestad”, como apodan al que para muchos es el mejor jugador de la historia.

Su sencillez le impidió ser deslumbrado por las excentricidades del jugador común de la NBA. Sin autos lujosos ni mansiones, señaló que la principal diferencia de la liga más famosa del mundo es que el jugador es la “super estrella”, claramente por encima de entrenadores o dirigentes, algo que “acá (Argentina) no pasa”.

Los extremos emotivos fueron el denominador común en la vida de Herrmann: su madre, su novia y su hermana fallecieron en un accidente automovilístico, en el que no estaba presente. Un año más tarde, cuando él fue campeón sudamericano siendo elegido el mejor jugador del torneo, se enteró de la muerte de su padre, por un ataque cardíaco.

Herrmann se mueve con naturalidad al hablar de estos temas complejos, aunque se le borra la sonrisa que mantiene durante el resto de la entrevista. “No es que se aprende de este tipo de situaciones, son circunstancias de la vida, son irremediables. El tiempo termina remediando todo, uno aprende a convivir con lo que ocurrió”, sentenció.

En ese momento se apoyó en su otra hermana y ambos decidieron ir a vivir a España, donde volvió a enamorarse porque “el amor jamás me decepcionó”. Conoció a su esposa en Málaga, mientras jugaba para el Unicaja. Lleva 10 años de casado. A su primera hija le puso Bárbara, mismo nombre que el de su hermana fallecida, “fue algo que tenía decidido”, aseguró.

Estuvo tres años sin jugar profesionalmente, la cátedra lo imaginó retirado. Lejos de la venta de humo, pese a que tenía elementos como para generar la compra fácil, no dramatizó la situación: “Salí campeón en Caja Laboral de España y por un tema económico del club tuve que arreglar mi salida. Volví a Argentina y el tiempo que estuve sin jugar fue pasando, me dediqué a otras actividades, puse un negocio. Sinceramente no estaba extrañando mucho”.

En ese tiempo jugaba con sus amigos por “hobby” en una liga de Venado Tuerto, donde por su trayectoria se tuvo que poner en forma físicamente, el estrés volvió y la presión de ganar distaba bastante de la realidad amateur que supuestamente planteaba el certamen. Herrmann, otra vez con la sonrisa en la cara, recordó como todas estas exigencias generaron la inquietud de volver a jugar profesionalmente.

El regreso fue soñado. Jugó en Atenas de Córdoba y en un partido llegó a convertir 49 puntos. Luego viajó a Brasil donde también se transformó en ídolo. En Flamengo fue campeón de Liga de las Américas (el equivalente a la Copa Libertadores) y de la Copa Intercontinental. La temporada pasada vistió la casaca de su primer amor,  San Lorenzo, su equipo de fútbol. La historia no podía tener otro final, también fue campeón.

Hoy la vida le ofrece la estabilidad emocional que por mucho tiempo extrañó. La familia y su buen pasaje laboral son para él suficientes para la felicidad. Al terminar la entrevista, Walter Herrmann logra caminar hacia la ansiada siesta que había postergado más de la cuenta.

Mauricio Panizza