Bayer y Monsanto pretenden dominar el mercado de transgénicos, agrotóxicos e información digital

LA ZANAHORIA INVENTADA

 

El doctor en farmacia Jean-Louis Blua en su laboratorio. AFP PHOTO / JEAN-FRANCOIS MONIER

Monsanto aceptó una oferta de Bayer para que ambas empresas se fusionen. Un nuevo gigante de la industria agroalimentaria se concretará a cambio de 66 mil millones de dólares, 128 dólares en efectivo por acción, pero necesita las aprobaciones de los accionistas de Monsanto y de organismos antimonopólicos. Se estima que el proceso de fusión se complete a fines del año 2017 y si Bayer decidiera dar un paso al costado, deberá abonarle a Monsanto una multa de 2 mil millones de dólares.

Esta alianza cuenta con un antecedente en la conformación de la empresa Mobay Chemical Corporation, que se dio entre los años 1954 y 1967. Mobay fue la encargada de proveer un químico primordial para la producción del herbicida y defoliante Agente Naranja, utilizado por el ejército estadounidense durante la Guerra de Vietnam. Se estima que su uso propició la muerte de 400 mil personas, además de haber generado afecciones de salud y discapacidades a un millón más. “Bayer y Monsanto, entre otras, tuvieron mucho desarrollo durante la guerra porque estos productos eran utilizados para diezmar los ecosistemas, desfoliar la selva y quemar cultivo; de hecho, el ‘Plan Colombia’, para eliminar la coca, es básicamente rociarla con glifosato”, explicó a SdR Pablo Galeano, bioquímico y docente de la Facultad de Química (FQ).

A través de un comunicado, Bayer y Monsanto dieron a conocer sus futuras locaciones para las diversas áreas productivas: la sede general de CropScience y el área de Protección de Cultivos funcionará en la ciudad de Monheim (Alemania), el área de Semillas y Rasgos y la sede comercial para Norteamérica, en San Luis (Estados Unidos), y  por último, el área de Agricultura Digital en California (Estados Unidos).

“El sector agrícola se enfrenta a uno de los mayores retos de nuestra era: cómo alimentar a 3 mil millones de personas más en 2050 de una forma sostenible para el medio ambiente”, señaló Liam Condon, jefe de la división CropScience. Este mensaje desestabilizador ubica a la fusión empresarial como la salvadora del problema alimenticio mundial: “Es como la zanahoria adelante del burro porque hoy no tenemos problemas de producción, en el futuro capaz que sí, pero después de veinte años de cultivos transgénicos hay certeza de que no han aportado al aumento de la producción. Entonces es un discurso que se cae por sí solo”, afirma Galeano.

La curva de productividad de los cultivos no ha aumentado su pendiente desde la utilización de los transgénicos. La tendencia de aumento “viene con el mejoramiento convencional de cruzamiento y selección dentro de una misma especie”, explicó el profesor de la FQ, y agregó que “es marketing y los gobiernos, sobre todo los países que son exportadores de alimento como Uruguay, compran ese discurso, lo repiten y lo amplifican. Se habla de innovación, agrointeligencia, biotecnología, transgénesis, conceptos que dan idea de modernidad pero en realidad los cultivos transgénicos que hay en Uruguay no tienen nada de desarrollo nacional, nada, ni siquiera valor genético. Uruguay no saca un solo peso de la aplicación tecnológica con los productos transgénicos, es todo importado: la genética, la transgénesis, los herbicidas, los insecticidas, todo. En fertilizantes está ISUSA (Industria Sulfurica SA, empresa nacional) pero también importa la materia prima. Además, gran parte de los servicios de secado y acopio se hacen a través de la zona franca de Nueva Palmira, lo cual tampoco deja plata para el país. Hay más camiones pero tenés las rutas destrozadas, lo cual lleva al gobierno a tener que gastar millones de dólares en repararlas. La soja ha dinamizado la economía pero hay que preguntarse, ¿cuánto dejó eso de riqueza para el país y qué pasa con la estructura agraria? Si nos ponemos a sacar cuentas y sumamos lo que está pasando con el agua, no es un modelo que se sostenga mucho en el tiempo”.

Espera que no las desespera

Bayer y Monsanto comenzaron un proceso que los puede llevar a controlar un tercio del comercio mundial de semillas transgénicas y agrotóxicos. Las normas antimonopolio que frenarían esta alianza se  sustentan en importantes argumentos, pero el optimismo desde las empresas es mayor.
“Hace quince años, un poco menos tal vez, había siete mil empresas semilleras y ninguna de ellas manejaba más del 1 por ciento del negocio. Hoy, cuatro empresas manejan el 65 por ciento, un proceso súper acelerado de concentración. El otro 35 por ciento son empresas de mediana escala que tienen arraigo nacional”, detalló Galeano.

Un tractor John Deere en una plantación de maíz. Mark Hirsch/Getty Images/AFP

Tres fusiones son las principales: Dow Chemical-DuPont (130 mil millones de dólares), ChemChina-Syngenta (43 mil millones de dólares) y Bayer-Monsanto (66 mil millones de dólares). Resta esperar cuál será el paso a dar por la alemana BASF, la tercera empresa en agrotóxicos y modesta en el negocio semillero, aunque ha invertido por ejemplo “EMBRAPA (Empresa Brasileira de Pesquisa Agropecuária), que es como el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria de Uruguay, desarrolló una soja transgénica tolerante a herbicidas y concretó un acuerdo con BASF para pagar la patente”, explicó Galeano.

Entre quienes resisten estas modalidades empresariales se encuentra el Grupo ETC, una organización civil internacional que se encarga de monitorear el impacto de las nuevas tecnologías y seguir el rastro de las estrategias corporativas que tienen impacto sobre la biodiversidad, la agricultura y los derechos humanos. El significado de esta alianza es preocupante “porque seguramente los nuevos megaoligopolios subirán a su antojo los precios de todos los insumos, promoverán mayor privatización de la investigación y presionarán para que se hagan más leyes y regulaciones en nuestros países, que les permitan dominar mercados, aplastar los derechos de los agricultores y criminalizar las semillas campesinas”, auguró la directora del Grupo ETC para América Latina, Silvia Ribeiro.

Galeano explicó que estos procesos de concentración exceden al sector de semillas e insumos para la producción y el modelo es el mismo en el sector de “acopio y comercialización, donde Barnhill, Mudge y Dreyfus, son las grandes multinacionales que concentran esos segmentos”. Agregó que estos gigantes “imponen ciertas modalidades y el productor tiene cada vez menos posibilidad de negociar, hay cada vez menos actores”.

Monsanto-Bayer y el control digital de la agricultura

Un día después de conocerse la noticia de la fusión, el 15 de setiembre, el director ejecutivo de Grupo ETC, Pat Mooney, declaró que “estas alianzas no son solamente entre empresas de semillas y agrotóxicos, también se juega quién controlará la información (grandes bases de datos) en agricultura”. A su vez, “los agricultores y los reguladores deben poner atención a la fusión entre John Deere Co. (de maquinaria agrícola) y Precision Planting LLD (de bases de datos sobre agricultura), propiedad de Monsanto. Después de la fusión entre Bayer y Monsanto, no queda claro si Precision Planting quedará en manos de Deere and Co. o si Bayer la retendrá para proteger su futuro en el área de información agrícola digital”, señaló Neth Daño, directora de Grupo ETC en Asia.

John Deere Co. utiliza GPS en su maquinaria desde 2001, lo que le permitió generar “datos de clima, producción y mercados”, explicó Daño, y concluyó que “en términos prácticos eso significa que Deere ya tiene control de toda la información agrícola”.

La tecnología es la justificación que las corporaciones utilizan para avalar sus desarrollos y avances monopólicos. Los gobiernos aceptan este discurso innovador e ingresan en una especie de “fetichismo tecnológico donde lo que va a solucionar los problemas de la humanidad es la tecnología y si la tecnología genera algún problema, la propia ciencia y tecnología van a solucionarlo”, reflexionó Galeano. Además, agregó que “todos somos meros espectadores, mientras el corporativismo y las súperempresas refuerzan esa lógica todo el tiempo. Vivimos como en una ciencia ficción, estamos cada vez más enajenados del acto productivo y se genera una dependencia justificada por un discurso científicotecnológico que es terrible”.

Gerardo Barbieri