Bob Dylan fue galardonado con el Nobel de Literatura por la Academia sueca

LOS ECOS DEL NOBEL

Durante la 21ª edición del festival Vieilles Charrues, en Francia, el 22 de julio de 2012. AFP PHOTO / FRED TANNEAU

Desde los años 60 Bob Dylan forjó un camino dejando un sendero que fue, es  y será  transitado por músicos, escritores, poetas y artistas en general, una y otra vez. Contestatario, rebelde y hasta apocalíptico, el nacido en Minnesota marcó a fuego con líricas tan crudas como profundas, que se disponen a ser descubiertas en cada uno de sus 37 álbumes de estudio. Claro que eso no garantiza que se otorgue un premio, como tampoco lo hace el hecho de ser un creador best seller. La Academia decidió darle el premio “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”.

Pasando por encima  a los demás autores con grandes posibilidades de recibir el galardón, como lo son el nipón Haruki Murakami, el keniata Ngugi Wa Thiongo´o, el sirio Adonis y la norteamericana Joyce Carol Oates, el vaticinio de los eternos lamentos de una cultura adormecida se hace realidad para los que ven, en este premio, dejos de herejía y desarraigo ético por parte de la academia que vuelve a ignorar, por segundo año consecutivo, a los letristas volcados específicamente al campo literario.

El enigmático músico no es ajeno a los grandes reconocimientos. En 2012 fue condecorado con la Medalla de la libertad -máximo honor al que puede aspirar un civil en ese país- por el presidente Barak Obama, quien tras el anuncio del Nobel, felicitó al compositor por un “más que merecido premio”, alegando que Dylan es uno de sus poetas favoritos. Stephen King, otro condecorado artista de ese país, también se mostró optimista por el premio: “Estoy maravillado de que Bob haya ganado el Nobel. Una cosa buena y genial en una temporada de sordidez y tristeza”. Nuestra compatriota Ida Vitale, que ganó el jueves 13 de octubre el premio español internacional Federico García Lorca, calificó como “raro” que el Nobel haya sido para Dyaln, sosteniendo que “si se hubiese pensado en esa conjunción entre música y poesía habría muchos candidatos latinoamericanos”. Pierre Assouline, escritor francés integrante de la Academia de Goncourt, también criticó duramente que el premio vaya para Dylan: “Haberle atribuido el Nobel de Literatura es lamentable. Me gusta Dylan, pero no tiene obra. La Academia sueca se ridiculiza. Es denigrante para los escritores”.

Así transcurrieron los días desde que se realizó el anuncio la pasada semana: los ecos de la histeria colectiva aún resuenan. La disconformidad generalizada de unos se enfrenta al júbilo que para otros supone romper ciertas reglas. Voces de todo el mundo salen a opinar, voces de todo el  mundo, salvo la del premiado. Como toda su vida, se sabe lo que él quiere que se sepa respecto a su persona y entorno. Dado el silencio del músico, la Academia sueca -según lo anunció su secretaria Sara Danius- desistió de ponerse en contacto con el galardonado, tras varios intentos fallidos. Dylan, aferrado a su habitual hermetismo, no ha realizado declaraciones sobre el premio y no sería de extrañar que no las haga. Tampoco sería extraño si decide no ir a recibirlo, pese a que la proclama en pos de su persona sea irrevocable.

“Los puristas y otros amargados se rasgarán las vestiduras, denunciarán la degeneración del espíritu del Nobel, pero me alegro de que se reconozca también a la literatura en la Palabra, en tiempos en que muchos artistas piensan ser dispensados de la exigencia de fondo y forma en su creación”, concluye de manera contundente el escritor franco-congoleño Alain Mabanckou, dejando entrever que ser un gran escritor nada tiene que ver con ganar un Nobel. No lo ganó Tolkien, creador de la tierra media con libros como El Hobbit y la trilogía de El Señor de los Anillos. Tampoco lo ganó Borges, uno de los más influyentes autores del siglo XX.

La aparente decadencia literaria puesta en el tapete en estos días reside en apreciar o adquirir una fuente cultural -libro, discos, etc- de un artista, escritor o cantante premiado con cierta distinción que eleve su estatus, dejando así, en un segundo plano, el valor intrínseco mismo de su obra. Si algo está claro, es que la literatura es mucho más que papel y tinta, ya que suscitar emociones de cualquier índole con las palabras es una habilidad que no sabe de formatos.

César Duarte