Un día tras la ex presidenta de Brasil

EL DÍA QUE LA UDELAR QUISO HACERLE UNA PREGUNTA A DILMA ROUSSEFF

 

Dilma Rousseff en el paro parcial del Pit-Cnt. Foto: Sofía Sánchez / SdR

Dejé la vista inerte en los tubos de luz de Sala de Redacción. El titilar luminario por una falla electrónica me hizo pensar que quizás se transmitían unos a otros en sinapsis. Las luces estaban revolucionadas y mi mente participaba del juego.

Dilma Rousseff llegaría a Uruguay al día siguiente para participar de una movilización por la “democracia contra el neoliberalismo” y como estaba pautado ante la invitación del Frente Amplio y el Pit-Cnt, sería una protagonista más del movimiento sindical.

Dentro de la agenda de la ex presidenta, las actividades se situaban en la Plaza Cagancha, la Intendencia de Montevideo y la sede La Huella de Seregni. La cantidad de lugares aumentaba las posibilidades de encontrar el momento preciso de cruzar un par de palabras y conseguir al menos formular una pregunta.

Con las expectativas ya gestadas, quité la vista del techo y junto a mis compañeros y profesora trazamos los cables discursivos para abordar a Rousseff. Rápidamente generamos un par de preguntas concisas y únicamente faltaba el instante de encuentro durante ese 4 de noviembre.

La mañana del viernes, con dos baterías cargadas y la cámara lista, caminé en dirección a 18 de Julio entre la congestión de autos y bocinazos de la calle Emilio Frugoni. A modo de preparativo enlisté mentalmente los momentos que quería cristalizar en una fotografía. “¿Qué tan difícil podría resultar hablarle a Dilma?”. El rol de estudiante de comunicación jugaba a favor, estaba segura de que la ex presidenta, en pos de la circunstancias de su destitución, entendía la lucha estudiantil como un motor de derechos formativos de la sociedad y evocar su manera de ver el mundo pujaría más allá de las filias políticas.

Luego de transitar la calle principal de la ciudad, acompañada de varios bombos y redoblantes sindicalistas, llegué a la Plaza Libertad en medio de bullicios y mafaldas impresas en papeles de derechos laborales que poco a poco cubrieron el suelo. La muchedumbre se condensaba cada vez más en el agite de banderas y cantatas. Agitadas por estallidos de fugaces pirotecnias, las palomas participaban sobrevolando la plaza en bandada y trazando una elipsis sobre los árboles y el monumento.

El pueblo entonó el himno nacional al unísono. Los medios televisivos se habían ubicado en el punto perfecto para captar el acontecimiento. Unos pocos hombres habían encontrado lugar sobre la parada de ómnibus, y agitaban sus piernas en un vaivén constante que acompañaba el ritmo de la melodía. Fernando Pereira dio apertura al acto y anticipó la participación de Dilma para aquellos que aún no estaban enterados.

Tal cual caldera con agua pronta al hervor, la fauna de ciudadanos copó el silencio con aplausos y gritos que aclamaban un terreno más justo de salarios y buenas condiciones laborales. Los medios de prensa presentes habían tomado lugar frente al escenario a la espera de la ex presidenta.

Como en casi ninguna oportunidad, el acto del Pit-Cnt estaba cubierto por fotógrafos, camarógrafos y periodistas: era una lucha silenciosa y constante por conseguir la foto de tapa, por filmar el discurso de la mejor perspectiva posible. Lentamente, la idea se fue impregnando en mi cabeza. Las cámaras no se adecuaban al contexto sino el contexto a la luz roja de la cámara encendida.

El infinito chasquido de las analógicas pusieron el ritmo a la mañana cuando la figura de Rousseff colocó un pie sobre el escenario. Vestida de un intenso rojo, tomó el pabellón nacional y tras el flameo saludó al pueblo que le daba la bienvenida.

Desde un lugar no tan privilegiado debido a la poca altura que del legajo familiar, estiré mis manos y descansé el dedo índice sobre el botón. Uno, dos, tres segundos. Activé el cierre del obturador y digitalicé la figura sobre el escenario que vivazmente mostraba los dientes a los ciudadanos y los felicitaba por el camino recorrido hacia la conciencia colectiva.

Tocó las manos de muchos y también sus corazones. Una mujer cercana al gran parlante lloraba en el pecho de su marido conmocionada por el discurso junto a unas voces de protesta que rugían “Fora Temer”. “¡Que desconcertante resultó aquello!”, Dilma no era solamente una ex presidenta gritando “democracia” sobre un escenario. El enredo de hechos y el rol de esa pequeña mujer allí parada significaba la lucha de los trabajadores, significaba accionar la voz a fin de cambio.

El sol ocupó el punto más alto. Discusión, participación y lucha sellaron el discurso de Dilma, quien de manera minuciosa prefirió no mencionar a Tabaré Vázquez y recordó empáticamente la visión de José Pepe Mujica y su gobierno.

El acto terminó y el momento de interpelar a Rousseff volvió al cerebro. “Cuando baje del escenario”, pensé, y corrí agachada por debajo de la estructura seguida por otras cámaras y micrófonos que tenían la misma intención del éxito. Esperé a diez metros de las escaleras del escenario. El sindicato había armado dos cadenas humanas para impartir el orden y así permitirle a la ex presidenta retirarse del lugar sin declaraciones.

Aquella imagen parecía un cortejo de quinceañera mezclado con movimientos brutos e imperativos, donde unos querían dispersar y otros querían comprimir. Empujones, micrófonos en mano, celulares entre el mejunje de caras, la masa toda distorsionada y desprolija se fundió en el alboroto.

Unas horas más tarde, acompañada por Joaquín, un amigo, ocupé un asiento en el segundo piso de la Intendencia. Nadie nos preguntó nada al entrar. La cámara colgada del cuello parecía ser el pase libre al evento donde condecoraron a Dilma como ciudadana ilustre. Recibió de las manos de Daniel Martínez la medalla y con un cálido saludo evocó algunas palabras sobre el proceso de impeachment y las acusaciones que la desplazaron de su cargo.

Aunque las sillas sobraron y el flujo de gente parecía menor, no hubo instancia para pedirle a la destituida algunas declaraciones sobre su alianza con el partido centrista PMDB. Uno a uno los cargos políticos presentes se acercaron para saludar y tomarse una foto junto a ella. Los medios televisivos ubicados frente a la mesa chistaron al inicio y al final, cualquier persona que se paraba se convertía en un obstáculo para la cobertura constante. La idea de ganado organizado en función del trabajo mediático se disipó en la sala cuando Dilma abandonó el lugar.

Otra vez en la calle, armamos y prendimos un tabaco para calmar ansiedades. Caminamos calle abajo rumbo a la Huella de Seregni y nos encontramos con Gerardo, otro estudiante de SdR. En la puerta de la sede pedían acreditaciones para ingresar a la conferencia pautada para las 18 horas y bajo improvisación poco premeditada y caras rígidas, pasamos los tres con un carnet de prensa de “FM Voces”, una radio de Maldonado.

La temperatura condicionaba a llevar al menos un abrigo puesto. Gerardo colocó el micrófono junto al parlante y al ver todo el despliegue de cámaras y periodistas vestidos formalmente, dudó en darle vida a su mate. “Las preguntas son a mano alzada”, se escuchó a una mujer rubia que llevaba una planilla para anotar la sucesión de cuestionarios.

Una pregunta para Teledoce, una para La Diaria, dos para Montecarlo y dos para medios no tan conocidos fueron las que encendieron las declaraciones de Rousseff. El transcurso de los minutos nos dejaba fuera de juego, porque a pesar de haber levantado la mano y haber sido anotados, recibimos un gesto de ojos cerrados de la organización.

“¿Cuál es la autocrítica que realiza después de haberse aliado a quienes la apartaron de su legítima presidencia?”, sonó en dos idiomas en mi mente. La situación me generaba nerviosismo, y daba paso a una ecolalia intermitente en torno a la pregunta que quería formular una vez que recibiéramos el espacio.

La práctica quedó solo en eso. La pregunta jamás salió de mi boca y luego de cuarenta y cinco minutos de conferencia, el objetivo estudiantil quedó trunco. La voz de los estudiantes no tuvo lugar en aquel evento. Un sentimiento de desilusión por acontecimientos no logrados se gestó en mí, mientras bajaba las escaleras para presenciar la muchedumbre exaltada fuera del edificio.

Corrieron las puertas principales y la gente avanzó hacia el interior sosteniendo carteles, banderas y flores para la ex presidenta. “Acá no podés estar. Adentro o afuera, mostráme tu acreditación”. La organización se exaltaba cada vez más en la densidad de personas y cámaras que se movían de un lugar a otro. La organización invitaba a la desorganización, que quisieran o no se extendía por toda La Huella.

Claro estaba que no conseguiríamos la respuesta que deseábamos escuchar y luego del discurso de Javier Miranda junto a Dilma Rousseff y un intento fallido de retratar al bullicio de gente en una fotografía, decidimos abandonar el lugar y tomar un ómnibus hacia el Instituto de Comunicación.

El día todo intenso y cromático se presentó a modo de regresión. La búsqueda de una respuesta nos había permitido ponerle ojo a las situaciones que se habían generado en el correr del día durante esa danza entre pueblo, sindicatos, políticos y medios de comunicación. Esa vez, aún con la voz apagada y con la moción del querer decir, nosotros, estudiantes, jamás abandonamos nuestro rol. Conscientes de objetivos no del todo completos y una pregunta aún en el tintero, la visita de Dilma Rousseff nos dio respuestas a otras preguntas. Y allí sentados, con caras de cansados en un 143 de CUTCSA, el éxito y el aprendizaje trascendieron los vestigios del día.

Sofía Sánchez