Historias sobre secuestros fracasados de niños en la dictadura

VIDAS ROBADAS Y RECUPERADAS

El colectivo Hijos Uruguay, en una manifestación ante el edificio Libertad, donde militan muchos de aquellos niños recuperados. Foto: hijos.org

Muchos de los peores crímenes castigados por nuestras leyes y por las normas internacionales fueron perpetrados durante las dictaduras uruguaya y argentina, aunque con un agravante: esas atrocidades fueron cometidas por el Estado, en varias de sus dependencias. Tales crímenes comprendieron asesinatos, torturas, secuestros, violaciones de mujeres y hombres, tráfico de personas, robo de identidad, así como un sinfín de otros atropellos a los derechos humanos.

Muchos han trabajado arduamente para que se conozca la barbarie y la impunidad de esa época, aunque es lógico pensar que conocemos sólo una parte, que no ha podido ser borrada ni silenciada. Muchos de los crímenes no han podido ser aclarados a pesar de haber ocurrido hace cuarenta años, y otros no han sido denunciados por miedo; algunos secretos ya se habrán ido a la tumba junto con sus víctimas y victimarios.

Pero hay muchos casos de los que sí han quedado huellas, y merecen ser recordados, en especial po,rque fueros excepcionales. Tales son las historias de niños que fueron salvados del robo de identidad por el accionar valiente de algunas personas que no se dejaron amedrentar por el terrorismo de Estado, manteniendo vivo de esta manera el legado y la identidad de familias que fueron desmembradas por la represión.  Son parte de una historia más general, que no quedará en el olvido, porque como dijo Paul Preston: “Quien no conoce su historia está condenado a repetir sus errores”.

Uno

Como consigna la página de la Secretaría de DDHH para el Pasado Reciente, el 13 de mayo de 1976 intrusos irrumpieron en la casa de la familia Whitelaw Barredo, localizada en Carapachay, en el partido de Vicente López, Provincia de Buenos Aires. Secuestraron a la pareja compuesta por Rosario Barredo y William Whitelaw, y a sus hijos Gabriela Schroeder (hija de Rosario),  Maria Victoria  Máximo Whitelaw. (hijos de ambos), y hasta a su perro, un bóxer que fue identificado por conocidos de la familia dentro de Automotores Orletti, el siniestro centro clandestino de detención, base del Plan Cóndor en Argentina, donde operaron los militares y policías uruguayos.

Whitelaw y Barredo fueron encontrados sin vida en un automóvil abandonado en la periferia de Buenos Aires, el 20 de mayo,  junto con los cuerpos de los parlamentarios exiliados Héctor Gutiérrez Ruiz y Zelmar Michelini.

Los niños, en cambio, fueron un botín de guerra: Gabriela tenía 4 años en ese momento y aunque ella recuerda, por su gran memoria (probablemente desarrollada como un mecanismo de defensa) que en más de una ocasión durante su período secuestrada-desaparecida, la colocaron en (al menos) dos familias, sus constantes preguntas por su verdadera familia complicaron y entorpecieron esos intentos de “adopción”. Sus pequeños hermanos Victoria y Máximo tenían 18 y 3 meses respectivamente.

Sin embargo fue el abuelo de Gabriela, Juan Pablo Schroeder Otero, el gran responsable de que hoy Gabriela y sus hermanos sigan teniendo su nombre y su identidad verdadera. Fue él quien agotó los recursos y logró recuperar a su nieta.  Schroeder ya había enterrado a dos hijos ((Juan Pablo y Gabriel Schroeder) y tendría que soportar también la pérdida de Rosario, madre de su nieta. No estaba dispuesto a entregar a su nieta. Su voluntad sería incansable.

Gabriela Schroeder con la foto de su madre, Rosario Barredo. Foto grntileza de Brecha.

El doctor Schroeder era una persona conocida y respetada, pero, aún más importante, tenía algunos contactos valiosos, fundamentales en esta difícil búsqueda en la que se encomendó al atravesar el Río de la Plata rumbo a la capital argentina.

El 17 de mayo de 1976, presentó un recurso de Habeas Data ante el Juzgado de 1° Instancia Federal N°1 porteño, del Juez Dr. Eduardo F. Marquardt, por las cinco personas que por ese momento estaban desaparecidas ( Rosario Barredo, William Whitelaw, Gabriela Schroeder, Victoria Whitelaw y Máximo Whitelaw).

Pero eso no lo dejó tranquilo, porque él sabía que, a tres meses de instalada la dictadura en Argentina, sería insuficiente; golpeó todas las puertas empezando por arriba del todo, y apeló también a cualquier persona que pudiera haber visto algo. Realizó gestiones ante la Embajada de Francia y utilizó como herramienta un medio de comunicación que tendría un gran efecto. Contaba con un familiar vinculado al diario “Buenos Aires Herald”, que le facilitó una publicación en la tapa de ese periódico. La incidencia de los medios de comunicación, utilizada como herramienta es notoria.

“Para un gran hombre, mi abuelo, empezó la mayor de sus búsquedas, la más angustiante, en la que entregó su alma y gran parte de su vida. Tenía que encontrarnos”, escribió Gabriela 40 años después. El 29 de mayo del mismo año fueron recuperados los niños, luego de ser abandonados en una clínica de Florida, provincia de Buenos Aires. Para volver con lo que iba quedando de sus familias, a los hermanos Whitelaw Barredo les esperaba un largo viaje hasta Francia con sus abuelos paternos, y separada de ellos, Gabriela volvió a Uruguay también con sus abuelos paternos.

Dos

El 26 de setiembre de 1976, fuerzas de la Policía Federal y del Ejército argentinos irrumpieron de manera violenta en la casa ubicada al 1390/92 de la calle Mitre en el partido de San Martín, noroeste de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. donde vivían Roger Julien y su esposa Victoria Grisonas junto a sus hijos Anatole (3) y Victoria (1). Fue un operativo de más de 1.000 efectivos apoyados por tanques. Los adultos eran militantes del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP), y Roger se había escapado del Penal de Punta Carretas en “el abuso” (célebre fuga masiva de 1971, cuando 105 presos políticos y seis presos comunes fugaron del penal, un récord que aún sigue sin romperse a nivel mundial y uno de los golpes más vergonzosos que recibió la dictadura legal de Jorge Pacheco Areco ).  Roger murió en el operativo y su esposa fue arrastrada por los pisos y golpeada en la vereda a la vista de sus hijos, para luego ser secuestrada, al igual que los pequeños.

Los cuerpos de los padres nunca aparecerían; un militar le dijo al niño que lloraba desconsoladamente: “… la yegua de tu madre ya no va a estar más… “. A los hijos de los Julien les esperaba una extraña y peligrosa travesía.

Después de ese violento y traumático episodio, Anatole recuerda estar en un gran galpón en compañía de su hermana. El galpón resultaría ser el tristemente célebre “Automotores Orletti”, donde permanecieron aproximadamente 10 días escuchando gritos desgarradores de tortura, un verdadero infierno.

En octubre del 76´ los hermanos fueron trasladados a Montevideo, a la sede del Servicio de Información de Defensa (SID) ubicado en Bvar. Artigas y Palmar.

Se sabe que el sargento Velázquez, alias “el viejo”,  se los llevó a su casa y de allí al Aeropuerto de Carrasco, para volar a Chile. También se sabe que José Nino Gavazzo estaba en la custodia de ese vuelo, junto con otro militar que aún no se ha podido identificar.

Lo que no se sabe es por qué los niños fueron abandonados en una plaza de Valparaíso, simplemente los bajaron allí: los hermanos fueron a los juegos y cuando se cansaron de jugar se encontraron abandonados e indefensos.

Así los vieron los carabineros, la pequeña llorando y el hermano mayor abrazándola y cuidándola, como si a sus 4 años hubiera madurado a la fuerza, por ser ahora Anatole el mayor de la familia.

Anatole y Victoria en Santiago de Chile

Un matrimonio chileno, que se pudo comprobar era completamente ajeno a los aparatos represivos (los Larrabeiti Yáñez) los adoptó luego de que los niños permanecieron algunas semanas en un centro de menores sin que nadie los reclamara

Por esos días el caso tomaba notoriedad en Chile, mediante una crónica en El Mercurio (uno de los principales matutinos de Santiago) con una foto de ambos junto a una asistente social; en esa crónica, además, Anatole detalló que vivían en Buenos Aires hasta que irrumpieron en su casa e hirieron a sus padres.

Algunas organizaciones de derechos humanos y los abuelos de los niños estaban enviando fotos de los hermanos Julien Grisonas a los países democráticos (que eran pocos en la región). Tota Quinteros (madre de la desaparecida Elena Quinteros y referente de la búsqueda de familiares) desempeñó un rol clave ya que fue ella quien logró que la imagen de los pequeños fuera publicada en Caracas, donde oportunamente se encontraba una asistente social chilena que los había conocido personalmente en su país.

Rápidamente las organizaciones actuaron y el caso tuvo un impacto mediático importante; los niños, cuyo trámite de adopción estaba avanzado, permanecerían en Chile porque los especialistas determinaron que no podían sufrir otra pérdida de padres, pero visitarían una vez por año a su familia biológica en Montevideo.

Incluso nuestro gran poeta Mario Benedetti les escribió un poema que expresa “… ni colorín ni colorado, el cuento no se ha acabado…”. El rompe-cabezas de qué pasó realmente se ha ido armando de a poco, pero parece que siempre faltarán muchas piezas.

Tres

Norma Mary Scópice Rijo, una montevideana militante del MLN, se casó con Gustavo Couchet, del mismo movimiento, y tuvo una hija que llamaron Mercedes. Norma fue detenida en Montevideo en setiembre de 1971 y liberada el 26 de junio de 1972, fecha en la que su esposo murió abatido por loa militares.

Viuda, con una hija pequeña y mucho miedo, Norma emigró a Buenos Aires intentando escapar de la persecución. Allí se unió a los Montoneros, donde conoció a Santiago Astelarra, de nacionalidad chilena, con el que formaría una pareja.

A las 23 horas del 23 de noviembre de 1976, un grupo de hombres armados irrumpió violentamente en su vivienda de la calle Larrazabal 250 apto 2 de la Capital Federal. Norma intentó evitar ser capturada lanzándose al vacío desde un sextopiso, presumiblemente con intenciones suicidas.

Sobrevivió a la caída y quedó consciente pero gravemente herida; según el diagnóstico de un médico que vivía en el edificio presentaba fractura de ambas piernas, brazo izquierdo y columna, además de vómitos sanguíneos. Permaneció allí durante dos horas sufriendo y gritando insistentemente que llamaran a sus padres en Montevideo para informarles sobre la situación de su hija.

A pesar de su delicado estado, los hombres armados se la llevaron junto con Astelarra. Ambos continúan desaparecidos. Anunciaron que volverían por la niña.

Mercedes Couchet en una concentración de la organización Hijos ante la Suprema Corte de Justicia.

El portero del edificio, Jorge Hugo Fernández, presenció toda esta horrible escena, y decidió cumplir la voluntad de Norma. Se comunicó con Walter y Bernardina (padres de Norma) quienes con la ayuda del Consulado uruguayo en Argentina lograron llevarse a Mercedes a Uruguay, dejando sin efecto cualquier posibilidad de robo de identidad.

Cuatro

En 1975, dos años después de casarse, los uruguayos José Enrique Michelena Bastarrica y Graciela Susana de Gouveia Gallo se mudaron a Buenos Aires.

Ambos habían sido militantes de los GAU, pero luego de tener a su primera hija Maria Fernanda y con el ambiente peligroso que se respiraba en nuestro país, decidieron exiliar y dejar sus actividades políticas.

Según los testimonios que se pudieron recabar, ninguno de ellos continuó vinculado a ninguna organización de resistencia una vez en Argentina. Ambos trabajaban y se habían integrado a la obra social de la parroquia de Villa Echenagusia en Avellaneda; Graciela incluso se desempeñaba como voluntaria en un jardín de infantes.

El año 75 les trajo su segundo y último hijo, Alejo, nacido en Buenos Aires, y que no vendría con un pan bajo el brazo.

Graciela de Gouveira al momento de ser bautizado su hijo Alejo.

El 14 de junio de 1977 golpearon a la puerta de la casa  del número 1503 de la calle Arenales, en Avellaneda. Entre las 3 y las 4 de la mañana hombres de civil portando armas largas y moviéndose en autos particulares allanaron y balearon una vivienda a pocos metros de la residencia Michelena de Gouveia. Los paramilitares decían estar buscando a una pareja de paraguayos que aparentemente ya no vivía allí.

Continuaron su búsqueda hasta llegar a un vecino, que dijo que paraguayos no había, pero al lado vivían uruguayos jóvenes, a lo que uno de los armados respondió “da igual” y se dispusieron a arrestarlos.

A diferencia de la gran mayoría de los casos, no hubo robos ni destrozos materiales en la vivienda. Les permitieron vestirse y dejar a sus hijos con un vecino, antes de llevarse detenida a la pareja uruguaya. No se puede afirmar si realmente los paramilitares buscaban a los paraguayos, o sise trató de un  “truco” para dar con el paradero de Graciela y José Enrique, aunque esto último parece lo más probable, dado el nivel de información que tenían las fuerzas armadas de la región y la comprobada cooperación entre los gobiernos de facto del Plan Cóndor.

Una vez en cautiverio, la pareja logró establecer un vínculo con uno de sus guardianes, de nombre Pedro Guallini, que los custodiaba esporádicamente. Este soldado, quizás por su bajo nivel jerárquico tuvo algo de humanidad y accedió a enviarle a Ruth Bastarrica (madre de José) una carta firmada por ambos, preservando lógicamente su anonimato. La carta decía:

Queridos viejos: (Irma, Juan Carlos y hermanos)Hijos queridos. Estamos bien juntos. Traten de tener a los nenes con ustedes. Díganles que los queremos mucho y que vamos a volver. Busquen la forma de que estén bien. Mantenemos la fe y la esperanza. Recen mucho. Un beso y un abrazo de ambos. Graciela y José. 30/7/77″.

La carta fue escrita un mes y medio después del secuestro. Fue el último indicio antes de la desaparición definitiva. Pero para entonces la abuela Ruth había viajado a Buenos Aires alertada por los vecinos que habían cobijado  a María Fernanda y Alejo.  René Lojo y Gladys Sánchez no ahorraron esfuerzos para que los niños se reencontraran con sus familias.

Cinco

Soledad Dossetti García nació en mayo del 77´en Buenos Aires, fruto del matrimonio entre Edmundo Sabino Dossetti e Ileana Sara García, otra pareja de uruguayos que escapaban del país por la represión de  la dictadura y que fue víctima de los operativos planificados por el SID y el Fusna (Fusileros Navales) contra militantes de MLN, los GAU, el Partido Socialista y el Partido Comunista Revolucionario que coordinaban mediante la Unión Artiguista de Liberación.

El 21 de diciembre de 1977, a las 23:50 personas de civil con armas largas obligaron al portero del edificio de Lavalle 1494 esq. Maipú (Vicente López, provincia de Buenos Aires) a que les señale el apartamento del matrimonio uruguayo, el 12 A. Secuestraron al matrimonio, y a Alfredo Bosco, amigo de la pareja que se encontraba allí. Los tres aún continúan desaparecidos.

Edmundo Dossetti e Iliana García junto con Soledad, de siete meses.

Soledad, de tan sólo siete meses, fue dejada con el portero, que recibió órdenes claras de aquellos violentos individuos de cuidar a la niña hasta que regresaran por ella. El apartamento fue saqueado y ocupado; los individuos permanecieron durante tres días en el lugar, montando una ratonera.

El portero, Fausto Humberto Bucchi, realizó una denuncia en una Comisaría, que fue desestimada, aunque sí se comunicó a una jueza la situación de la bebé.

Bucchi brindó en aquél complicado momento información concreta, ordenada y prolija ante la jueza, datos precisos que fueron de capital importancia para que la magistrada comprendiera que la niña, que había quedado en manos del portero, iba a ser recogida por los militares para ser secuestrada.

Pero Bucchi no solo alertó a la jueza, también le escribió a Olga Ramos (madre de Ileana García y abuela de Soledad Dossetti) para que se desplazara a Buenos Aires a recuperar a su nieta. El portero acompañó a Olga Ramos al juzgado a denunciar la situación y luego que la jueza dispuso entregar la niña a su abuela también la acompañó a retirarla del juzgado de San Isidro.

Cuando tuvo a su nieta en brazos, la abuela escapó rápidamente de Argentina y volvió a Uruguay, pasando a Soledad ilegalmente a través de la frontera.

El portero no sufrió represalias por su conducta, que desarticuló otro robo de bebé. Ël y Olga Ramos volvieron a encontrarse 38 años después, cuando a instancias de Soledad y de su abuela, la desaparición de Edmundo e Iliana ante la justicia italiana, que investiga a los comandos militares del plan Cóndor contra ciudadanos italianos. Hace unos meses, durante una de las audiencias, Humberto Bucchi declaró ante la Corte de Roma que entre los nueve hombres que secuestraron al matrimonio Dossetti y a Alfredo Bosco estaba el hoy vicealmirante retirado Tabaré Daners, a quien identificó sin lugar a dudas.

Vicealmirante Tabaré Daners, identificado como uno de los de los secuestradores del matrimonio Dossetti en Buenos Aires.

En 2005 Tabaré Daners, por entonces Comandante de la Armada, entregó al Presidente Tabaré Vázquez documentación sobre la represión del Fusna durante la dictadura. Entre los documentos aparecían actas de interrogatorios de uruguayos desaparecidos en Argentina. Daners explicó que no sabía cómo habían llegado al Fusna esas actas, que atribuyó a argentinos.

Después del testimonio de Bucchi se supo que Daners había sido comandante del Fusna durante los meses que en Buenos Aires se desplegó la represión contra la UAL. Interrogado por Sala de Redacción. Daners dijo no recordar si había estado en Buenos Aires a finales de 1977.

Edmundo Dossetti e Iliana García permanecían junto con otros uruguayos en el centro clandestino de detención de “Pozo de Banfield”, en el sector B, en febrero de 1978. Según el testimonio de Adriana Chamorro, Edmundo fue evacuado de Banfield, junto con todos los demás uruguayos, el 15 de mayo, pero Ileana fue trasladada recién en junio, presumiblemente a Uruguay.

Seis

Nicolás Alejandro Goycoechea nació en noviembre del 75′ en Buenos Aires, hijo del matrimonio entre Gustavo Alejandro Goycoechea Camacho (uruguayo) y Graciela Noemí Basualdo Noguera (argentina de nacimiento pero radicada en Montevideo desde joven, donde conoció a su esposo con el que retornaría a su país natal)

La madrugada del 23 de diciembre de 1977, personas de civil pero fuertemente armadas, presumiblemente los mismos que dos días antes habían secuestrado al matrimonio Dossetti, ingresaron violentamente en su domicilio ubicado en Gral Hornos 1480 en el barrio porteño de Barracas. En operativo fue realizado por al menos nueve individuos; algunos, violando un candado, entraron por los techos, luego de trepar por un garage lindero. En la puerta esperaba un automóvil conducido por un soldado, también vestido de civil, que casualmente fue reconocido por un amigo, cantinero del club del barrio.

Se llevaron al matrimonio, que nunca más fue visto. La escasa información indica que fue trasladado para ser interrogado al Centro de Operaciones Tácticas 1 Martínez  y luego al “Pozo de Banfield”. El destino del pequeño Nicolás, de dos años, afortunadamente sería otro, aunque en la fortuna de Nicolás tuvo un rol fundamental su vecina: Carmen Fernández de Riale.

Luego de secuestrar a los padres, dejaron al niño en manos de Carmen, a la que amenazaron e informaron que regresarían en pocos días a buscar a Nicolás, de apenas dos años.

Es imposible saber que hubiera pasado con el chico si su vecina hubiera acatado la orden de aquéllos hombres armados. A la semana siguiente un hombre y una mujer se presentaron en lo de Carmen buscando a Nicolás; parece evidente que le habían encontrado una familia para apropiárselo, completando de esa manera la desaparición de toda la familia.

Sin embargo, el coraje y la reacción, rápida y efectiva, de Carmen Fernández impidió la apropiación. Notificó a la familia paterna en Montevideo sobre la situación de su nieto, desafiando a los secuestradores.

Rápidamente también respondió Alejandro Goycoechea, abuelo paterno del pequeño quien se trasladó a Buenos Aires y regresó con Nicolás a Montevideo. Cuando volvieron los secuestradoires para llevarse al niño ya era tarde, habían sido más rápidos los defensores de su identidad que los que querían robársela.

Siete

Alejandro Corchs Lerena nació el 27 de marzo del 76′,en Buenos Aires, donde sus padres uruguayos Alberto Corchs Laviña y Elena Paula Lerena Costa, estudiantes y trabajadores de la enseñanza, residían desde octubre del 73′; habían escapado de la represión que por esos días se abatía contra los militantes de los GAU.

El 21 de diciembre del 77′, cerca de las 19 horas, Alberto llegaba de trabajar en su coche, cuando fue interceptado por personas de civil que portaban armas cortas y largas y lo forzaron a conducirlos hasta su apartamento, en la calle Monteverde N° 4140 del barrio La Lucila, en lo que se conoce como Gran Buenos Aires.

Alejandro Corchs

Una vez dentro de la vivienda, apresaron y secuestraron a Elena y se llevaron a ambos en vehículos separados; dejando a Alejandro, de un año y medio, bajo el cuidado de una vecina, Olga del Pozo, con la orden de cuidarlo hasta que lo pasaran a buscar. Se repetía un mismo esquema con los hijos de los detenidos.

Los secuestradores permanecieron toda la noche en el apartamento, montando una ratonera, y al día siguiente un camión pasó por la vivienda para robar las pertenencias de valor de la familia.

Gracias a los testimonios de algunos detenidos, tanto uruguayos como argentinos que recuperaron su libertad, se sabe que Alberto estuvo detenido tanto en “el Pozo de Banfield” como en “el Pozo de Quilmes”, pero nadie menciona a Elena, cuyo expediente no tiene ninguna información posterior a su detención. Ambos continúan desaparecidos.

A la semana siguiente de los secuestros y el saqueo, los victimarios volvieron para completar la faena y apropiarse del niño, pero gracias a la valentía que tuvo Olga del Pozo (la vecina cuyo nombre parece una macabra coincidencia) para ponerse en contacto con la familia, ya era tarde para robarse a Alejandro, que se encontraba en Uruguay con sus abuelos.

Ocho

Jorge Hugo Martínez Horminoguez y Marta Beatriz Severo Barreto fueron dos uruguayos que militaron en el MLN-T, aunque sin conocerse , y cada uno por su parte se exilió en Buenos Aires.

Allí sus vidas se cruzaron porque Ary Severo (hermano de Marta) era compañero de militancia e íntimo amigo de Jorge Martínez.

Su historia de amor fue tan corta como intensa, interrumpida a la fuerza por las dictadura militares de Uruguay y Argentina el 20 de abril de 1978. A pesar de ser corta, la historia de amor también sería eterna, inmortalizada por el nacimiento de su hija Véronica, prueba fehaciente de su unión y de su ausencia, así como de su vida y de su muerte.

Aquella madrugada de abril del 78 Jorge y Martha Beatriz se encontraban en su domicilio de Claypole, (sur del Gran Buenos Aires) calle Alcorta al 1745.  Además de Jorge (22) y Marta (20), y la pequeña Verónica de sólo 35 días de vida, estaban en la casa Carlos Baldomero Severo Barreto (hermano menor de Marta, 16 años, que vivía con ellos y, según el libro “ A todos ellos”, sufría cierta discapacidad) y Rosa Álvarez (tía política de Jorge de 54 años de edad que casualmente había pernoctado allí.

Alrededor de la 1.30 de la mañana personas armadas tanto de civil como uniformados que dijeron pertenecer al ejército irrumpieron en el domicilio, maniatando a los que se encontraban dentro y revisando por completo la vivienda. Al cabo de hora y media se llevaron a Jorge, Marta y Carlos en distintos vehículos, con los ojos vendados.

Luego volverían por Rosa y también por Verónica, para conducirlas primero a lo de una vecina chilena llamada Paulina Valenzuela González a dejar la bebé, bajo orden directa de no entregarla a nadie (volverían por ella), y luego se llevaron también detenida a Rosa Álvarez, la tía que sería liberada 20 días después pero silenciada mediante amenazas de muerte.

Ninguno de los tres jóvenes apresados volvería a ser visto, al menos en libertad, ya que los tres fueron identificados por última vez en el “Pozo de Quilmes”.

Se puede deducir que Rosa realmente no tenía ninguna información y por eso fue liberada bajo una amenaza que prolongó su silencio durante varios años hasta que se animó a testimoniar y realizar la denuncia recién en 1984 ante la CONADEP.

Cuando Rosa habló, corroboró que los interrogatorios y torturas eran infringidos por uruguayos, como ya se había confirmado en la mayoría de  los casos anteriores.

A las dos semanas del testimonio, parte de la información llegó a oídos de la madre de Marta y abuela de Verónica. quien sin dudarlo se embarcó rumbo a Buenos Aires en busca de su nieta.

Sobreviviente de una familia diezmada:Matilde Severo, tía abuela de Verónica.

Una vez allí movió cielo y tierra  y dió con el paradero de Paulina Valenzuela y ubicó a su nieta Verónica y Paulina. A pesar del  terror que Paulina sufría, aunque habían pasado seis años sin que nadie reclamara a la niña, Paulina aceptó cooperar con la abuela-

La voluntad de ambas, sumada a los documentos y partida de nacimiento que los militares habían dejado, era una evidencia irrebatible, y de esta manera un juez de Lomas de Zamora decidió que Verónica debía irse con la abuela. A último momento Paulina intentó quedarse con la niña, pero elmagistradio la increpó: “…¿a usted le parece poco que a esta mujer le llevaron toda la familia y usted todavía le quiere sacar la única nieta que le dejaron?”, un testimonio elocuente y llamativo para un juez de la época.

Verónica mantendría su identidad y también mantendría viva la memoria de sus padres, que algunos se habían empeñado tanto en borrar.

Ignacio Díaz