La 22ª Marcha del Silencio vivida por un familiar

UN DUELO ETERNO

Nilo Patiño en la marcha. Foto: Eugenia García / SdR

Las nubes amenazan pero no hay lluvia. Antes, al mediodía, algún rayo de sol traspasó el gris espeso, aunque no bastó para calentar los cuerpos.

Todavía impera el frío. Sobre la calle Joaquín Requena, en una casona vieja, se encuentra “Crysol”, la asociación de ex Presos Políticos de Uruguay, en donde se dan cita varios familiares de uruguayos desaparecidos en dictadura. Son las cinco de la tarde de un nuevo 20 de mayo. En dos horas inicia la 22ª Marcha del Silencio.

Incansablemente el grupo de familiares (consolidado en 1983) comienza las tareas apenas arranca el año y a veces dejan cosas hechas del anterior. Con las fuerzas renovadas, prepararon las pancartas y definieron en un plenario y con diferentes propuestas, la consigna. Buscaron que fuera una expresión del momento que se vive . La elegida en esta ocasión fue “Impunidad: responsabilidad del Estado. Ayer y Hoy”; entendieron que la responsabilidad del Estado es de ayer cuando cometió las desapariciones; y de hoy por no reparar esa situación. También realizaron un festival de murga, en marzo, para financiar los distintos quehaceres del año, ya que es una organización con independencia económica. Hicieron los contactos para organizar la publicidad y coordinaron distintas actividades, por ejemplo, una charla en algún liceo.

Nilo Patiño se levantó temprano aunque es sábado; después de tomar mate con sus padres, fue a una entrevista en una radio. Al ex integrante del Partido Comunista Revolucionario (PCR), en sus 65 años, le falla la memoria al recordar algunas fechas, y cuenta que forma parte del grupo de madres y familiares de uruguayos detenidos desaparecidos desde hace seis o siete años.

Sobre las 17 horas se une a sus compañeros que encabezarán la marcha. Lleva una boina negra a la que le tiene mucho aprecio y una bufanda marrón. Lo único que resta por hacer es levantar las fotos de los desaparecidos.

Entre charlas amistosas y abrazos afectuosos con los que recién llegan, un mate pasa de mano en mano. Algunos ríen mientras otros ultiman detalles en la pancarta principal. En el rostro de Nilo comienza a dibujarse una leve preocupación, alguno mira su reloj, el camión que va a trasladar las fotos está atrasado. Afuera una mujer le comenta a un joven: “Hace dos años nos agarró una lluvia tremenda cuando terminó la marcha, a las más veteranas no había forma de moverlas de ahí, no se querían ir”. Elena Zaffaroni -detenida mientras estaba embarazada, el 13 de diciembre de 1974, junto a su esposo Luis Eduardo González, quien sigue desaparecido- observa el oscuro cielo mientras conversa.

Cuando el viejo camión se estaciona al costado de la vereda forman un pasamanos que llega hasta el derruido segundo piso de la casona, para ir pasando las fotos. Los años pesan cada vez más y cada escalón ahorrado cuenta. Nilo, a media escalera, mientras pasa las pancartas, conversa e intercambia bromas con Elena, una complicidad entre aquellos que comparten las mismas heridas. El calor del ejercicio se siente al terminar, los convocados parten hacia el cruce de las calles Rivera y Jackson. Desde el camión le gritan a Nilo que suba, pero éste decide recorrer las pocas cuadras caminando.

Entre familiares y los que se prestan a dar una mano, acomodan, como cada año, las fotos de los desaparecidos. Tarea transformada en rito e interminable rutina por aquellos que, obligados a no olvidar a causa del dolor, gritan en silencio “justicia”. Algunas pancartas quedan aparte, pedidas expresamente por algún allegado. Cuando le tocó marchar con una foto, Nilo no eligió. No es que le diera igual llevar a un amigo que a un desconocido, pero cree que es una cosa de equidad. Firme en su convicción, comprende que las madres elijan llevar a su hijo, pero él trata de emparejar porque, en definitiva, son todos desaparecidos. Ahora el papel que juega es ir por delante de la marcha y controlar que todo vaya según lo previsto.

Al ver tanta gente joven se da cuenta que la marcha cambió: antes no participaban los jóvenes, veía las caras de los otros y eran todas de su edad. Al principio era estrictamente por los desaparecidos, pero hoy tiene una amplitud que los trasciende. Le gusta la idea de que sea un híbrido entre varias reivindicaciones. Mientras está perdido en sus pensamientos, la marea de gente crece. Las charlas que van y vienen junto a los saludos furtivos merman, la marcha está por comenzar.

El frío encrudece a las 19, la noche termina por instalarse. No quedan compañeros en la vuelta ni fotos sobre las rejas. Resuena el eco del silencio mientras las almas, las presentes y las desaparecidas, enfilan hacia la avenida 18 de Julio. Entre permisos y perdones, Nilo se abre paso hasta llegar a la cabecera de la marcha, camina unos cuatro o cinco metros delante de la pancarta que atraviesa la calle, por fuera, junto a los fotógrafos. Quizás a esa distancia no sienta nuevamente aquella presión que le oprimía el pecho, cada vez que marchaba sólo o junto a su tía, Luisa Cuesta. Todo el mundo flaquea en determinado momento, solía decirse, los recuerdos con sus amigos que ya no están revivían en cada paso. Tenía que hacer de tripas corazón.

Andar lento, pero constante. Los caminantes se apoderan de la calle, mientras la cadena humana formada en los laterales no permite que los que observan interfieran con el ritmo. La pancarta principal hace de barrera contra el sonido que irrumpe constante del motor de un camión en el que viajan varios fotógrafos. El hombre observa esta secuencia, mientras se protege la boca del frío con su bufanda. A la altura de 18 de Julio y Minas, un joven de unos 30 años se le acerca y lo abraza; es su hijo Andrés. Alguna vez marcharon juntos, pero ahora su hijo es grande y Nilo sabe que cada uno es libre de elegir. “Yo también fui joven y odiaba que me dijeran qué hacer”, se le escucha decir.

Al nacer su hijo Nilo y su compañera se fueron a Suiza, porque tuvo la sensación de que corría demasiado riesgo. En el año 84, antes de las elecciones, volvió clandestino. Estaba desesperado por regresar, pero tenía todo muy fresco, pasó un periodo difícil de reencuentro con el país y la realidad. Sentar cabeza no le fue fácil, pasó por el psicólogo, donde aprendió a sobrellevar el dolor.

La marcha se detiene. Sube al camión, junto a aquellos que compiten por una mejor toma, para saber, a “ojo”, cuánta gente hay. La curva que 18 hace a la altura de Barrios Amorín frustra su objetivo. Se escuchan los nombres de los que faltan, seguido de un unánime “presente”. En ese momento confirma que la marchas desde adentro, alzando la foto de un amigo, familiar o compañero, era cosa terrible, porque el silencio lo apretaba. Era hacer un duelo que no terminaba.

Por el altoparlante se escucha el nombre de Luis Eduardo González González; “presente”, responden las voces al unísono. El pulgar se detiene: el mensaje de celular alertando los problemas del audio en los altoparlantes, queda a medio camino. Ese nombre evoca recuerdos. Tenían casi la misma edad, eran muy amigos y Nilo conocía todo su entorno. Luis Eduardo era estudiante de medicina, activo militante gremial de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay y militante del PCR. Fue detenido en su casa el 13 de diciembre de 1974, junto a su esposa Elena Zaffaroni, quien pudo verlo en varias oportunidades, mientras eran interrogados. La última vez que lo vio se encontraba lúcido pero en muy mal estado físico. Fue el 24 de diciembre de 1974, tenía 22 años.

Quizás, mientras camina, recuerda las primeras marchas, aquellas a las que no iba. Por entonces los familiares tenían expectativas o la ilusión de que aparecieran vivos. Por su militancia tenía un sentido de la realidad totalmente diferente, él estaba seguro de que no iban a aparecer nunca más, porque ya en Argentina había montones de desaparecidos; por el entorno y la situación en el momento concreto, sabía que no volvían.

Winston César “el Pelado” Mazzuchi Frantchez. “Presente”. Camina de espaldas, lentamente, observa los rostros solemnes de aquellos que marchan en la primera línea. Por fin se detiene. Seguramente le vienen a la mente aquellas tardes en que se juntaba con “el Pelado”, en Buenos Aires, cuando se veían todos los días. Aparte de la militancia tenían una gran relación de amistad. Winston era vendedor de libros y militante del PCR. En 1973, su esposa fue detenida y él requerido por las Fuerzas Conjuntas (FFCC). Al año siguiente escapó a Argentina. El 8 de febrero de 1976 participó junto a Nebio Melo Cuesta de una reunión en el Bar “Tala” de la estación Belgrano C (Capital Federal). Un destacamento integrado por la Policía Federal y el Ejército entró al local pidiendo documentos, revisaron a los parroquianos y sus pertenencias. En el allanamiento se llevaron a los dos hombres, Winston tenía 32 años.

Con las manos en los bolsillos Nilo mantiene una postura rígida. Piensa: en el pasado tuvo la convicción de que si lo llevaban preso tampoco contaba el cuento. Tener esa idea en la cabeza le hacía bien, porque lo mantenía preparado.

Nebio Ariel “el Petiso” Melo Cuesta. “Presente”. Nilo escucha el nombre de su primo, su mirada penetrante es para todos y para nadie. Ya no se mueve. Desde chico tuvo una relación muy fuerte con Nebio, iba a su casa y le andaba todo el día atrás. Años más tarde, “el Petiso” lo arrimó a donde militaba. En 1972 comenzaron a militar juntos en el PCR, se veían cada tres o cuatro días; al año siguiente los requirieron juntos. Nebio estudió en la Escuela de Lechería en el departamento de Colonia. Luego se trasladó a Montevideo y cursó Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, mientras trabajaba en la librería “Ruben”. Tenía 32 años cuando se lo llevaron.

Los que marcan el paso se detienen al llegar a la plaza Libertad. Ya no quedan compañeros por nombrar y su presencia recobrada tras el “presente” de sus nombres, se desvanece otro año más. El silencio de la ausencia se corta abruptamente cuando suena el himno nacional. Las entonaciones se sienten con cierto dejo. “Tiranos temblad. Tiranos temblad”, asalta el espacio con fuerza, el grito de una sociedad que se niega a olvidar. Nilo hace lo propio pero con un tono suave y armonioso, impensado en la figura de aquel hombre, a primera vista rígido. Después de la última estrofa saca sus manos de los bolsillos del pantalón y aplaude, diez, veinte, treinta, sesenta segundos. La multitud lentamente empieza a dispersarse, él va a ser uno de los últimos en irse. Siente la satisfacción del deber cumplido, “la marcha se prepara muchos meses antes para que en poco tiempo se termine, que la gente venga hace bien, igual mañana ya estamos trabajando de nuevo”, comenta. Sin embargo, por el momento, su plan es juntarse con algunos compañeros para ir a comer.

Si le preguntan sobre su pasado, responde: “no me arrepiento de nada, hay cosas más importantes, como la idea de pensar que puede haber una sociedad más solidaria, donde esté hermanada la gente”. Capaz que era una utopía, se autocritica, pero asegura que era muy lindo pensar que podía ser posible. “Mucha gente dice (que sus compañeros) murieron por nada, para mí no, porque sé que la historia se hace de muchas pequeñas historias y aunque aun haya valores que en el pasado no han sido rescatados, se van a rescatar”, afirma. Aquel que cree ser un hombre común, carga en su espalda el dolor y sufrimiento por sus compañeros, familiares y amigos, encarcelados, torturados, asesinados y desaparecidos. Sus ojos rojos de rabia o tristeza descubren que el dolor y la injusticia no se olvidan.

Luciano Costabel

 

EL SILENCIO DE LA IMPUNIDAD

La 22° Marcha del Silencio agregó otro condimento a las movilizaciones de cada 20 de mayo, que recuerdan a los desaparecidos y piden verdad y justicia. Este año la consigna fue “Impunidad: responsabilidad del Estado. Ayer y hoy”, por lo que el reclamo al Estado fue más contundente. “La consigna surgió porque la impunidad es la realidad que estamos viviendo desde hace muchos años”, dijo a Sala de Redacción Nibia López, perteneciente a la Coordinadora de apoyo a Madres y Familiares.

Como todos los años las pautas fueron: en silencio, sin banderas, ni consignas partidarias. Un silencio que estremece, que cala hondo en cada uno de los miles allí presentes. Un silencio que sólo se ve interrumpido por los nombres que intentaron borrar, y no pudieron, porque otra vez hay cuadras y cuadras de personas marchando para que no se olvide y para que se haga, finalmente, justicia.

A 40 años, no podemos continuar con secretos en manos de las fuerzas que nos reprimieron, que nos robaron la vida de tantos compañeros, que nos atemorizaron, que nos hicieron huir de nuestro país. No podemos aceptar más sus privilegios ni legales, ni salariales, ni jubilatorios. Tampoco sus declaraciones reivindicando la tortura, ni sus “comandos Barneix”, ni sus robos de los materiales que los incriminan, ni su vigilancia en democracia, como da muestra el archivo Castiglioni. Ese accionar sin consecuencias cuestiona los avances de estos años”, se lee en el comunicado de Familiares con el que se convocó a la Marcha.

“Claro que sabemos más, que hay unos 30 militares presos por estos crímenes y que surgen iniciativas, pero hay un freno que siempre enlentece, retarda u obstaculiza los avances”, sentenció la organización en el comunicado. Según Nibia López, el Estado debería jerarquizar el tema de la justicia en cuanto al terrorismo de Estado y brindar los recursos necesarios para que eso se cumpla. “Porque a este ritmo casi ninguna madre de desaparecido se va a morir sabiendo dónde está su hijo. Y eso es terrible, es una responsabilidad que tiene el Estado y no la asume. Acá hay un tema de recursos, pero también de falta de voluntad política. Esto responde a que evidentemente hay intereses que no permiten que se efectúe un cambio en lo que son los procedimientos de la justicia”, aseguró.

Había pocas figuras políticas. Fue notoria esa ausencia, en especial la de algunos políticos que concurren todos los años. “En los últimos años han dejado de participar en la marcha, pero sí ha aumentado mucho la cantidad de jóvenes, lo que indica que esto va a seguir vigente”, comentó Nibia López a SdR.

Necesitamos más verdad, más justicia, más condenas y más transformaciones”, dijo en conferencia de prensa Graciela Montes de Oca, integrante de la organización Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos.

Nadia Campos