La Cámara del Libro defendió su postura sobre reforma de los derechos de autor en actividad por el día del libro

LIBROS, AUTORES Y DERECHOS

Foto: SdR

Con el Día Nacional del Libro como excusa, varios actores del sector editorial discutieron sobre “el libro en la sociedad contemporánea”. Martín Fernández, editor del sello HUM, la escritora Lilián Hirigoyen, Roberto Cataldo, dueño de la librería El Galeón, y Jorge Saracini, actual presidente de la Cámara Uruguaya del Libro (CUL), el 26 de mayo intercambiaron sobre la temática en la Facultad de Información y Comunicación (FIC) de la Universidad de la República (Udelar).

El primero en tomar la palabra fue Roberto Cataldo, quien en referencia al título de la mesa, habló sobre el valor del libro antiguo en la sociedad contemporánea. “Por distintos motivos, hay una cantidad de obras que no se reeditan, como libros clásicos, ediciones especiales u obras que ya no son de relevancia. Por otro lado, están las publicaciones periódicas, que sirven para investigaciones. Ambos son un aporte interesante [a la sociedad actual]”, expresó Cataldo, quien también hizo hincapié en la importancia de conservar este tipo de obras por sus imágenes y diseño. “El valor del libro antiguo en la sociedad contemporánea reside sobre todo en la parte gráfica. Por las técnicas de impresión, como grabados en zinc o xilografía, la incorporación de la litografía en el Siglo XIX, y también por la encuadernación”, explicó.

Para el dueño de la librería El Galeón, Vivimos una “etapa complicada” en cuanto a las tareas y dificultades del libro, hay muchos menos coleccionistas, y los investigadores o historiadores tienen otras técnicas de manejo de la información. La investigación ahora pasa por archivos, cuando antes la gente se armaba una biblioteca; era muy común que un médico tuviera su propia biblioteca de arte, por ejemplo. Ya nadie arma su biblioteca”, aseguró. Desde su óptica, se trata de un tema “cultural”, ya que tenemos un debe “en la forma de encarar la formación”. Para el librero, la cantidad de información disponible en internet es una ayuda: “yo antes para ponerle el precio a un libro estaba media hora”, ilustró.

Fernández repasó su historia en el rubro, que comenzó con el sello Artefato antes de su proyecto actual con HUM. Aseguró que existe una gran reticencia del público local a leer autores uruguayos: “cada vez que decís, ¿te puedo recomendar un autor uruguayo? Los clientes contestan ‘Pah, no, uruguayo no’. Es tremendo”. Además, contó que “para la plaza local, vender 400 ejemplares de un libro de ficción es un éxito rotundo, y en verdad no existe”, en referencia al declive que vive el género en Uruguay.

A su turno, Hirigoyen narró un texto de su autoría escrito especialmente para la ocasión, donde se preguntaba quién es escritor y quién no: “la manera más rápida de demostrarlo a lo largo de los años es a través de los libros publicados”, y actualmente, la Casa de los Escritores entiende que si una persona publica tres obras en papel, obtiene el calificativo de escritor. “Si dejamos de lado el ebook y el libro en papel, ¿cuánto deberá una obra permanecer en blogs, webs, etc., para demostrar la actividad constante en la escritura?”, se cuestionó la escritora. “Sin el escritor, el primer eslabón de la cadena, no hay obra. Y sin ella, todo el tejido laboral que se construye a partir de su escritura, edición, impresión, etc., se disolvería quedando en la nada”, expresó.

Saracini, de la CUL, opinó que el libro “es un producto tremendamente complejo” y además “está en una situación compleja”, pero sin embargo, “el libro en papel no está muerto, es más fuerte, es el líder del mercado”, porque “pertenece al mundo cultural, y los cambios culturales son más lentos”. Saracini expresó su preocupación por la “pérdida de bibliodiversidad”, y adjudicó principalmente este problema a las fotocopias. “A veces no se encuentran los libros porque se fotocopian, y se fotocopian porque no se encuentran”, ilustró.

Las bibliotecas tienen que tener presupuesto” porque son “agentes dinámicos y no museos de libros”, afirmó Saracini. También recalcó “el rigor del libro como fuente de información”, ya que en internet “no podés saber qué es lo bueno o qué es lo malo”, mientras que los libros “tienen un trabajo editorial más profundo, que da, como fuente de información, mucha más seriedad”.

Hay una lucha que viene, por parte de corporaciones, para limar los derechos de autor y yo creo que eso es terrible”, opinó Saracini. En la misma línea y refiriéndose a la reforma de la ley de derechos de autor que tiene media sanción del Senado, propuesta inicialmente por la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU) e impulsada por otras organizaciones, consideró que, al hablarse de “obra”, en esta reforma se “afecta los derechos para quien hace software, cine, videojuegos, música, teatro o libros, y si alguien entiende que ese libro tiene un valor, entonces tiene un derecho a que se le pague por eso. Estas corporaciones quieren apropiarse del conocimiento para venderlo en otros soportes, en otros idiomas; para ellos el costo es 0 y el margen es muy grande. Es un negocio brutal”, recalcó. “Las editoriales nacionales correrían un riesgo muy grande si sus derechos fueran vulnerados”, advirtió.

Tras finalizar su intervención, alguien del público preguntó a Saracini sobre los motivos de la CUL para no estar de acuerdo con lo votado por el Senado y para promover un nuevo texto en conjunto con la FEUU y AGADU, que por ejemplo recorta exepciones para el trabajo de las bibliotecas en relación al proyecto de ley original. “Las bibliotecas existen porque existe el libro. Nosotros no estamos en contra de las bibliotecas”, comenzó Saracini, y contó cómo durante y luego de la dictadura el Estado dejó de comprar libros y, con el abaratamiento de las fotocopias, el fotocopiado se volvió una práctica habitual entre los estudiantes. “Pero eso no está en contra de las bibliotecas”, aseguró, ya que solo se puede fotocopiar a partir de un libro. Si las bibliotecas se volvieran centros de copiados, se sustituiría a los editores y, si eso pasara dejaría de haber originales, explicó. “Sin libro, no hay fotocopia”, remarcó, y aseguró que “la función de las bibliotecas es difundir la cultura, no reproducir de forma ilegal ni pasar por arriba de los derechos de los autores”. Saracini argumentó quetodo este movimiento de las bibliotecas está financiado en el mundo por Creative Commons, que está fundado en Silicon Valley por Google, Amazon y otras empresas”, cuyo negocio es apropiarse del conocimiento.

Joaquín Di Lorenzi