El lugar de la mujer en el Partido Comunista del Uruguay

CERO A LA IZQUIERDA

Carmen Beramendi, el año que fue liberada, en 1979

Desde su nacimiento, el 21 de setiembre de 1920, el Partido Comunista del Uruguay (PCU) contó con mujeres de peso. Una de sus fundadoras, Julia Arévalo, fue electa diputada en 1942: era la primera vez que ingresaban mujeres al Parlamento. Luego, el PCU tuvo a Marina Arismendi como su secretaria general. Ya en este siglo, Ana Olivera fue la primera mujer intendenta, y Michelle Suárez la primera mujer trans en el Parlamento. Los nombres de Rita Ibarburu, Nibia Sabalsagaray, Susana Pintos, Antonia Yañez se han escuchado muchas veces. Pero esa es la historia más conocida. También fue la primera que me contaron las quince personas entrevistadas que pertenecieron o pertenecen al PCU, al consultarles cómo era la participación de la mujer en el Partido.

Después – o antes -, están el resto de las militantes mujeres, algunas más reconocidas que otras, sin las que la historia y el Partido no serían lo que son. El relato de las experiencias cotidianas de la mayoría, tejido entre muchos, es el que intenta recuperar esta nota.

LAS MUJERES DEL PARTIDO

25 de julio, Teatro Astral. Tiene la palabra Silvia Rodríguez Villamil: “Partidos y sindicatos constituyen espacios y formas de acción que han sido creados por y para una militancia masculina. Habrá que cuestionarse entonces hasta qué punto la ideología dominante en cuanto al rol de la mujer y al modelo de familia, no nos está impregnando a todos, incluso a los revolucionarios, a los que queremos cambiar los fundamentos mismos de la sociedad. Fundamentalmente sería positivo encarar el tema de la discriminación como problema de todo el Partido, destacando hasta qué punto constituye una incoherencia para un comunista el tolerar cualquier forma de desigualdad, en cualquier ámbito en que desarrolla su actividad”. Es el seminario “La mujer uruguaya de hoy: del presente de la mujer depende también el futuro de todos”.

Toma la palabra Carmen Beramendi: “Si fuimos capaces de participar en la derrota del fascismo, si salimos de la prueba de la cárcel y la tortura, si pudimos hacer de padres y madres cuando nuestros maridos estuvieron presos … ¿Cómo no vamos a animar la esperanza de que todos nuestros sueños se concretarán, en la medida que realicemos una práctica diferente, y que trabajemos juntas para hacerlos realidad?“. Es el año 1986. En el seminario, organizado por el Partido Comunista, participan también mujeres del Partido Colorado y el Partido Nacional.

Tapa del libro que recopiló las exposiciones del seminario "La mujer uruguaya hoy"

Este encuentro no convence a muchos hombres del Partido pero las mujeres han crecido durante los años de la dictadura. Por un lado, porque los militares no discriminaron entre hombres y mujeres a la hora de reprimir, torturar, encarcelar y desaparecer. Eso los igualó y demostró la capacidad, valentía y fortaleza que poseían las militantes. Por otro, porque alguien tenía que ocupar los lugares que quedaban vacíos cuando algunos hombres caían presos. Y no siempre había otros hombres en condiciones de suplirlos. Así, por la vía de los hechos, la mujer fue demostrando que podía asumir otras tareas. “Si hubo una juventud que salió de la dictadura a luchar con un nivel de conciencia social, fue por la educación que dieron las mujeres en el hogar. Muchas de ellas trasmitían valores y principios que ni siquiera sabían que tenían porque no eran militantes. Pero la resistencia en la calle, en la solidaridad con los que estuvimos clandestinos, fue de un gran nivel de entrega. Un rol maternal, a veces, de protección. Y cuando tuvieron que salir a la calle a enfrentarse con los más duros, salieron. Muchas de ellas ni siquiera eran comunistas porque a las comunistas las habían recluido. Eran sus hermanas, sus madres, sus vecinas. Ese potencial humano estaba desperdiciado. Demuestra que no hay liberación de la humanidad sin liberación de la mujer“, piensa Luis Scarpa, ex militante del PCU.

Han pasado 31 años desde entonces. Voy al encuentro de Carmen. Cuando la entrevista ya va muy avanzada, le digo:

-Me gustaría leerte algo, a ver qué opinás.

Pero, ¿y a todo este modelo de explotación y opresión, cuál le oponemos?, ¿el de la sociedad europea con el matrimonio libre?, ¿o el que nos viven bombardeando desde las películas yanquis con esos seres asexuados? Creemos que no; que la célula básica de la sociedad sigue siendo la familia. Y que no hay cosa más hermosa que una mujer realmente enamorada de su marido, y un marido enamorado de su mujer. Y que ese sigue siendo el mejor ámbito, el ámbito necesario, para criar niños normales y felices“.

Empieza a escupir palabras, tiene una opinión muy clara al respecto:

-Me parece que lo que hace esa expresión es no reconocer la diversidad de posibles arreglos familiares. Yo hoy tengo la idea de que la familia es el lugar de los afectos más permanentes, y creo que muchas veces no se corresponde con la consanguinidad. Pienso que todos precisamos un núcleo de afectos en la vida, lo que no quiere decir que tenga que ser necesariamente un hombre y una mujer casados. Pueden ser dos mujeres, dos hombres. Puede no ser nada, no ser una pareja y ser una familia completita igual.

-¿Sabés quién dijo la cita que te leí?

-No, ¿quién?

-La dijiste vos en el seminario del año 86.

Carmen no es la única que ha cambiado. Casi todos hacen referencia a que ya no piensan del mismo modo, a veces ni siquiera recuerdan cómo pensaban o si se pensaban estos temas.

-Yo voy a cumplir 80 años, imaginate en qué sociedad patriarcal me crié. A mi primera novia no la dejaba pintarse. Tendríamos 14 años, cuenta Luis con total sinceridad.

Hay puntos en que todos coinciden. Todos hablan de que las mujeres, desde antes de la dictadura, asistían a las manifestaciones y a las pegatinas, mientras que la autodefensa y las guardias nocturnas eran actividades de hombres. Se consideraba que evitar que las mujeres hiciesen estas tareas era cuidarlas, a veces incluso de la molestia de su familia o compañero, dado que no era costumbre que las mujeres volviesen tarde a la casa. De vuelta en democracia, esto último ya no fue igual. “En los hechos se están dando también algunas modificaciones a las prácticas tradicionales, muchas veces impulsadas por las más jóvenes: por ejemplo la presencia de mujeres en actividades como propaganda o autodefensa, donde antes era casi impensable“, fueron las palabras de Silvia Rodríguez Villamil, ex militante del PCU, también en el seminario.

Por lo general las mujeres no ocupaban cargos en la dirección. Casi siempre quedaban en la órbita de las comisiones de finanzas u organización. Cuanto más jóvenes son los entrevistados, más conciencia tienen de esto. Marta Valentini, de 93 años, dice que no sabe por qué siempre trabajaba en finanzas. Después de insistirle, responde: “Y, supongo que porque empecé ahí y uno hace experiencia. Además porque no soy tímida“. Si bien muchas cosas han cambiado, los jóvenes militantes siguen mencionando que esos son los espacios a los que suele quedar relegada la mujer. A los cargos de dirección aún es más complejo que acceda.

EL PARTIDO DE LA CLASE OBRERA

Además del machismo que impera en la sociedad, el PCU tiene una característica que le juega en contra a la hora de generar equidad de género: una enorme parte del Partido la conforman los trabajadores. Y eso, tanto en el pasado como en el presente, parece haber incidido. “El núcleo fuerte de las actividades de masas estaba radicado fundamentalmente en el movimiento sindical, en los trabajadores, y la mayoría eran hombres. Cuando la mujer se fue incorporando gradualmente al trabajo público, no venía con la experiencia y las posibilidades del hombre, porque nunca dejó de ser la trabajadora no remunerada del trabajo privado“, dice Luis, hablando del pasado. “El compañero que es referente en su ámbito de masa, generalmente también asume los cargos de dirección a la interna de la UJC (Unión de la Juventud Comunista) o del Partido, y eso es un problema porque hay una retroalimentación de la discriminación“, afirma Gastón Duffour, joven militante del PCU, hablando del presente.

Carné actual del Partido Comunista del Uruguay

No solo es un elemento que influye en la práctica: hay un debate teórico que se fue zanjando aunque persiste, en relación a cuál es la principal desigualdad, cuál incluye a cuál y por cuál debe luchar el Partido. Históricamente se combatió por superar la desigualdad de clases, y se entendía que el resto eran disparidades secundarias. “Hubo sectores del Partido que hicieron la guerra cuando el seminario del 86 porque creían que era no ver que la determinante principal era la de clase. Y había otros que apoyaban, que creo que habían leído mejor a Engels. La primera dominación que existió fue la del hombre sobre la mujer. La división sexual del trabajo entre hombres y mujeres le fue funcional a la organización del sistema capitalista“, explica Carmen. Pedro Giudice, ex militante del Partido, cuenta con toda su gracia que cuando salió de la cárcel un primo que venía de Canadá le advirtió que había dos temas que iban a irrumpir pronto: el feminismo y la ecología. “Y yo todavía seguía con que la contradicción principal era la del socialismo y el capitalismo y no me sacabas de eso” .

Micaela Melgar, miembro del Ejecutivo Nacional y el Comité Central de la UJC, se arriesga a explicar por qué la resistencia a asumir las diferencias entre hombres y mujeres: “La base de esta discusión es que es muy doloroso para el Partido Comunista entender que no todos los comunistas son iguales, que hay privilegios que se asocian al ser varón“.

Si en algo hay consenso entre los entrevistados – no así dentro del Partido-, es en que las mujeres no llegarán a ocupar cargos naturalmente, que hay que promover su participación. “Es como la discusión de las cuotas. ‘No, que se lo gane. Es heroico que una mujer se gane su derecho, no podemos dárselo’, era una triquiñuela discursiva. Eso era difícil”, cuenta Antonia Yañez, ex miembro del PCU.

Federico Amorín, militante de la UJC y del PCU, señala que existe una doble lógica: “Muchas veces el Partido Comunista cae en esa falsedad de ‘estamos convencidos de que somos todos iguales y por eso no estamos a favor de la cuota, porque como somos iguales eso va a darse naturalmente’. Y no, porque así como ponderamos a la clase obrera porque está en desigualdad de condiciones, tenemos que preponderar a las mujeres que están desfavorecidas. No podemos tener un discurso para la clase obrera y otro para el resto“. En la actualidad esta es una visión extendida dentro de la UJC, donde no suelen estar de acuerdo en tratar las desigualdades como primarias y secundarias.

Carmen, que trabajaba en la empresa pesquera Promopez e integraba su Comité, le planteó a sus compañeros del sindicato -muchos de ellos comunistas-, que quería hacer la experiencia de realizar asambleas no resolutivas en las que solo participasen mujeres. Eran aproximadamente el 70 por ciento de la masa trabajadora de esa planta pero casi no participaban. “A ver, compañeros, yo no sé si ustedes se dan cuenta pero agarran el micrófono y no hay quien se los saque“. Ante este planteo, el debate volvió a emerger. “¡No te podés imaginar! Empezaron con que ‘la división es de clase’, y que ‘vas a dividir al sindicato’ y que ‘nos unen los intereses de clase’”. Pero las asambleas se realizaron y mientras las mujeres hablaban, ellos se asomaban a espiar. Lo que veían era una cantidad de mujeres levantando la mano y el micrófono circulando.

IGUAL AL COMPAÑERO

Tanto las ex militantes del Partido como las muchachas que hoy integran sus filas, resaltan que para ocupar cargos de relevancia es necesario tener algunas características que identifican como masculinas: hablar fuerte, imponerse. “Hay una cosa muy difícil de comprender de la vieja guardia: hacían una supuesta defensa de la mujer y resulta que te encontrabas con mujeres en la política que eran hombres. Eran hombres en la ideología. ¿Qué diferencia había? Ninguna. Era el pensamiento central. Incluso para la mujer que estaba haciendo una experiencia política era muy difícil sustraerse del orden establecido, tener cabeza propia“, explica Antonia. “Si en términos generales, la militante no se siente discriminada, esa mujer militante no deja de ser excepcional. O bien su situación familiar se lo permite (caso de las solteras, las que tienen hijos crecidos o cuentan con alguien que las sustituya en el hogar) o bien se trata de una mujer de gran capacidad organizativa y eficiencia, energías inagotables y muy firmes convicciones, pues para  poder militar ‘igual que un hombre’ ella debe seguramente tener el doble de trabajo“, afirmaba Rogríguez Villamil en el seminario de 1986.

Más allá de que existían expresiones machistas a la interna del Partido, las mujeres gozaban de libertades que en el resto de la sociedad -exceptuando otros grupos de izquierda, la Universidad y ciertos ámbitos artísticos- eran inadmisibles. “Yo recuerdo otros ámbitos que frecuentaba antes de afiliarme en donde el comportamiento de las mujeres era uno y cuando entré a facultad y estuve en los ámbitos de la Juventud Comunista era otro, mucho más liberal, eran otras mujeres. Si te muestro una foto de las muchachitas de Lagomar con el sweater y las polleritas plisadas y las bicicletitas, todas coquetas bañaditas a las seis de la tarde, y luego te muestro otra en la Facultad de Arquitectura, eran dos mujeres distintas“, dice Pedro, que mientras habla hace la mímica de las “muchachitas”. “En la sexualidad, en el relacionamiento contigo, eran diferentes, porque si vos te le acercabas en Lagomar a una muchachita y le decías ‘bo, ¿me prestás el inflador?’, te miraban como si las quisieras…, ¿no? Y en facultad venía la tipa y te decía ‘vení, ayudame a pintar esto’. Era otra historia. Las veías con otra prestancia“.

Antonia y Pedro en La Pedrera, 1972

Hasta aquí todos opinan lo mismo.

Pero en Antonia y Pedro, matrimonio al que entrevisté en conjunto esperando que no coincidiesen, apareció un conflicto muy ligado al origen de esta nota. Pedro una y otra vez menciona que no se puede escapar del tiempo en el que vive uno, que el Partido y por ende sus militantes fueron parte de esta sociedad y por ello reproducían ciertos mecanismos. Antonia, ante estos comentarios, niega repetidas veces con la cabeza. Pedro, cansado de tanta contradicción, hace las veces de entrevistador e intenta poner orden: ¿Y por qué te parece a vos que el Partido en medio de esa sociedad podía escapar de su tiempo? Antonia afirma lo que en modo de interrogación se transformará en una pregunta para las próximas entrevistas: Bueno, era su deber.

¿ERA SU DEBER?

Puede parecer un punto poco relevante pero discutir si el Partido podía ser vanguardia, si era su cometido, es un debate extenso que entre comunistas amerita largas discusiones. “Los comunistas tenemos la gran responsabilidad, junto a las fuerzas progresistas, de impulsar el proceso que deberá brindar a las mujeres su plena participación en todos los órdenes de la vida social, combatiendo todas las limitaciones, discriminaciones y marginaciones“. Esta cita forma parte de la Resolución general de la Conferencia Nacional realizada en diciembre de 1985, redactada por Rodney Arismendi. Hoy, Federico plantea: “No somos lo que teóricamente deberíamos ser, que es la vanguardia de este proceso. Venimos como de atrás. Por un lado es muy difícil escapar a tu época, por otro, como comunista tenés la obligación de hacerlo”.

Entre los jóvenes surge además la antigua idea del anticomunismo presente en la sociedad. Al comunista se le pone una vara moral diferente. Parece que por ser comunista no podés reproducir los conceptos de la sociedad en la que vivís. El comunista no está descontextualizado por haber firmado una ficha de afiliación y tiene un amigo que no es bolche, por suerte“, termina la frase Gastón entre risas.

En el último Congreso, realizado el fin de semana pasado, se votó el nuevo Comité Central. De los 75 miembros electos titulares, solo 19 son mujeres. Los tres representantes de la UJC en dicho comité son hombres. En tres años se cumplirá el centenario del Partido. ¿Será que en casi cien años se avanzó lo suficiente?

Sofía Kortysz