Con Laura Paipó, primera fondista y directora ciega de Primaria en Uruguay

“LA QUE NUNCA PUEDE FALTAR”

Laura Paipó / Foto: SdR

Laura Paipó, maestra de vocación, comenzó a tener problemas de baja visión mientras terminaba sus estudios de magisterio. Vivió 10 años sin un diagnóstico certero sobre lo que le causaba este problema, pero sin dejar de dar clases. Perdió la visión total a causa de una atrofia en el nervio óptico, lo que generó un antes y un después en su vida. Su esposo, Jorge Albarracín, también ciego, acercó a Laura al mundo del deporte para que tiempo después se convirtiera en la primera fondista ciega de Uruguay. Paipó es, además, la primera maestra ciega del país en asumir el cargo de directora en Primaria.

– Sos la única atleta mujer ciega que está compitiendo en la actualidad y la primera maratonista, ¿cuándo comenzaste y qué te llevó a hacerlo?

Sí, soy la primera fondista de Uruguay. Empecé a correr por mi esposo Jorge. Yo siempre lo iba a esperara a la llegada de las carreras, pero en enero de 2008 me tocó ir a la largada de la [corrida] San Fernando. La fuerza y la energía que se sentía en ese lugar mientras los participantes calentaban era impresionante. Cuando Jorge llegó le dije: “el año que viene la corro”, y él se rió. En febrero de ese mismo año estábamos en la playa con la entrenadora de mi esposo, Marisa Castillo, y me invitó a correr por la orilla. Me encantó. Me recomendó ir a la Pista de Atletismo, y fui con ella a dar vueltas. Así me empecé a entusiasmar y no paré más. Empecé a participar de carreras de 5 kilómetros, después de 10, 21 y llegué a 42 kilómetros. Ahora cuando subo al podio de la San Fernando me dicen: “la que nunca puede faltar”.

- Los atletas ciegos participan en las carreras junto a otros corredores que los asisten, llamados “atletas guías”. Por lo general van unidos al atleta mediante un elástico o una cuerda, ¿cómo se consigue un atleta “guía”?

No es fácil. Hay mucha gente que dice “yo te acompaño”, pero lo que no encontrás es gente para entrenar. Yo tengo muchos guías, tengo a Amparo, a Alejandra, a Nadia y otros compañeros, pero cada uno está en sus cosas, es muy difícil coordinar cuándo y el lugar dónde entrenar. Por más que nosotros nos adaptamos muchísimo a los demás, llega un momento en que no podés seguir, porque vos también tenés tu vida. Amparo, que es una de mis primeras guías, por ejemplo, ahora se fue a correr a Italia. Ella es “Ultra”, entonces tiene otro tipo de entrenamiento. Después, Alejandra que es otra compañera que siempre está dispuesta a correr conmigo, hace Triatlón, entonces tiene otro tipo de entrenamiento. Nadia es la más social de mis guías, porque salimos más que nada a correr y charlar. Después, tenía un guía amigo, Daniel, con el que corrimos un par de veces, pero ya no quiere correr más conmigo porque me esguincé dos veces corriendo con él y se asustó. No es fácil porque son nuestros ojos. A veces hay una fisura en el suelo, el guía no la pisa pero no se da cuenta de avisarme, a mí se me dobla el pie y ya me esguincé. Ahora estoy empezando a correr con un compañero, Osmar. Él me dijo de ir a entrenar a la Pista [de Atletismo] porque es un lugar que no ofrece ninguna dificultad. Fuimos a la pista a coordinar el braceo y el paso. La primera vez quedó muy estresado, la segunda ya estaba más suelto, coordinamos un poco más. Él me tiene que ir indicando si hay pozos, cuándo vienen los giros, y todas esas cosas las tiene que ir agarrando de a poco. Es todo un proceso. Nos cansa un poco a nosotros, porque lo ideal es tener tu guía.

- ¿Cuánto tiempo entrenás por semana y dónde?

En este momento estoy entrenando dos veces por semana. En época de competencia de repente entreno tres veces por semana. Tenía un guía que me sacaba todos los días… Estresada quedaba yo [se ríe]. De todas formas, cuando entrenás dos veces por semana, tenés que sumarle que los fines de semana hay competencia, entonces también tenés que descansar porque el descanso es una forma de entrenar. Dónde entrenamos depende del guía que tenga. Con Amparo, por ejemplo, corremos por [la Avenida José Pedro] Varela, en la calle. Con Alejandra, que vive en Colón, a veces nos encontramos en el Prado. Con Nadia vamos generalmente a la Rambla. De repente, un día me llaman y me dicen: “vamos a corretear un rato”, y les digo: “sí, estoy dispuesta”.

- ¿Sabés cuántas personas ciegas aproximadamente participan de este tipo de eventos?

En cuanto a hombres está Jorge -mi esposo- y Fernando Salvati, otro compañero de Montevideo. Después, Álvaro Pérez y otro muchacho llamado Jorge, que son de Maldonado. Mujer soy solo yo, incluso en Argentina hay pocas mujeres ciegas que corran, yo solo conozco a una.

– ¿Qué te motiva a seguir participando?

El clima, la gente, el círculo que uno ha creado a través de los años. Sentís el apoyo. También lo hago por mí, por la parte física. El ejercicio es bueno para todo, para lo físico, para lo psíquico y lo social. El año pasado hicimos una carrera de 15 kilómetros con Alejandra y faltando 3 kilómetros para terminar, un compañero se empezó a sentir muy mal. Le dijimos que se tenía que levantar, caminamos junto a él 2 kilómetros y el último lo hicimos todos trotando suavecito. Esas cosas solo se ven en las carreras. Cuando entrás en esto es muy difícil dejarlo, se extraña muchísimo.

- Comenzaste a tener problemas de baja visión cuando estabas terminando tus estudios de magisterio, ¿cuál fue el diagnóstico y qué cambios implicó en tu vida?

En aquel momento el diagnóstico fue la posibilidad de un tumor. Después se descartó y se pensó en una esclerosis múltiple. Durante 10 años viví con la idea de que iba a dejar de caminar, porque la esclerosis múltiple es una cosa muy seria que te va afectando todo el cuerpo. Durante 10 años fui una persona de baja visión, pero seguí trabajando igual. Después de que me recibí, empecé a trabajar en un colegio católico llamado Hermanas Adoratrices, donde trabajé 10 años. Además, hacía suplencias en escuelas públicas. Esto fue así hasta que la visión no me lo permitió, me jubilaron del colegio privado y estuve dos años sin trabajar. Eso fue lo peor que me pudo haber pasado, sufrí mucho. Yo siempre digo que no sé que me dolió más, si la ceguera o no poder trabajar. La ceguera, además, coincidió con mi maternidad. Fueron un montón de cambios juntos. A los dos años de estar sin trabajar, una amiga a la que quiero mucho me dijo: “yo no te puedo ver más sentada ahí, pintadita, arregladita. Vos no naciste para esto”. Con el incentivo de mis amigos y familia, comencé a hacer rehabilitación en el Centro [de Rehabilitación Tiburcio] Cachón.

– ¿Qué papel jugó la rehabilitación?

Allí me empezaron a decir que me tenía que mover para volver a magisterio. Una compañera ciega que también estaba en el ámbito de magisterio me llamó un día y me dijo que necesitaban maestros. Me dijeron que en Primaria había una inspectora nacional de educación especial muy accesible, Teresita González de Tantesio. Me presento ante ella, le cuento mi situación y le pregunto qué debía hacer para reingresar en el organismo. Ella me respondió que no debía hacer nada, y me dije: “¡soné!” [se ríe]. Luego agregó: “no tenés que hacer nada porque tú nunca dejaste de ser maestra. No tenés que hacer nada para regresar, nunca dejaste de pertenecer a Primaria”. Yo no lo podía creer, me sentía muy contenta. Después, llamó a su secretaria y le indicó que el primer cargo que hubiera en la escuela de discapacitados visuales iba a ser para mí. Yo me hundí en el sillón. Le dije: “ay inspectora, pará un poquito, yo todavía no ando sola en la calle”. En ese momento estaba aprendiendo a usar el bastón. Me respondió: “a mi me faltan tantas cosas por aprender y estoy acá”. Pasó un mes y me llamaron para que fuera a Primaria porque había un cargo en la Escuela Nº 279. Mi padre me llevó hasta el lugar y mi instructora de orientación y movilidad, que es quien enseña a usar el bastón, me fue a buscar y me enseñó el recorrido de la escuela a la parada para llegar a mi casa. Comencé a trabajar en la escuela hasta las tres de la tarde y de allí me iba al Cachón a terminar mi rehabilitación. Así lo hice hasta fin de año cuando la terminé. Al año siguiente tuve la gran suerte de que salió una especialización de la sub área visual. Eso no pasaba desde el año 1984 y fue la última vez. Increíble. Ese año me becó Primaria, me especialicé en el área visual, y eso me permitió seguir trabajando en la escuela. En 2004 surgió un concurso que hacía muchos años que no salía. Concursé entre 26 compañeras de todo el país, saqué el cuarto lugar y elegí mi escuela. Fui la única ciega, siempre soy la única. Hice el curso de dirección, el año pasado concursé, saqué el primer lugar y este año en febrero elegí la efectividad en mi escuela.

- En 1994 iniciaste tu rehabilitación en el Centro Tiburcio Cachón, ¿qué herramientas te brindaron allí?

Siempre digo que el Cachón me dio alas. Llegué llorando, y diciendo: “por qué tengo que estar acá”, “por qué yo”, “por qué a mí”. Esas preguntas que siempre se hacen. Yo tengo atrofia en el nervio óptico, y cuando empecé a conocer a otras personas con mi problema y con otras patologías de discapacidad visual, me di cuenta que no se terminaba el mundo ahí, sino que empezaba otra vida. Cuando recién me dieron el bastón, estuvo meses en una silla junto con la regleta de escribir braille. No quería nada que me identificara con la ceguera. Luego, de a poquito me di cuenta que el bastón iba a ser mi herramienta de independencia, entonces lo empecé a querer, a aceptar y a integrarlo a mi persona. Después de que aprendí el sistema de escritura, trabajé como profesora del departamento de braille del Cachón, he trabajado en la Unión Nacional de Ciegos del Uruguay, y durante 4 años también enseñé braille en el centro municipal de Florida. Además de ayudarme con el uso del bastón y el braille, en el Cachón también me enseñaron otro tipo de herramientas para el día a día, que también son muy importantes, como por ejemplo, estrategias para acercarme al fuego, entre otras cosas. De todas formas, haber tenido una vida previa como vidente ayuda porque los aprendizajes, los recuerdos, los colores, son cosas que no se borran.

- Actualmente te desempeñás como directora en la Escuela Especial N° 279 para Discapacitados Visuales, y esto te convierte en la primera maestra ciega del país en asumir este cargo, ¿qué significa para vos?

Va más allá de ser la primera o no. Es mi vida, amo mi escuela y a mis niños. La escuela me dio las ganas de vivir, me devolvió la oportunidad de volver a ser yo misma. A veces digo que tuve dos vidas, una como vidente y otra como ciega, hay un antes y un después. Cuando entré a mi escuela y me puse la túnica después de 2 años sin hacer nada, en los que solo cambiaba pañales y pensaba que nunca más iba a poder vestir mi túnica, fue el día más feliz de mi vida. Nunca pensé en ser directora, no estaba entre mis objetivos ni ahí. Pero en la escuela yo soy tan feliz como en mi casa, es mi casa. Realmente me considero una mujer feliz porque hago lo que quiero, lo que me gusta, para lo que nací, y no sabría hacer otra cosa. También me hace feliz poder ser una referente para los niños y para las familias. La discriminación existe y las familias sufren mucho por esta razón. Hablamos de inclusión y apostamos a ella, pero es un proceso que recién ha empezado. Entonces, creo que esas familias me ven como una referente: “si Laura pudo mi hijo va a poder”. Siempre les hablo a los gurises y les digo, “no miremos lo que no podemos, tenemos que mirar lo que sí podemos hacer. Hay que hacer de nuestra limitación una fortaleza y nunca una debilidad”. Pensando así llevo mi vida adelante. Por eso trato que los chiquilines lo aprendan, lo sientan, lo vivan, y que las familias vean que se puede.

Lucía Carnales