De las villas de Buenos Aires a la pantalla grande

CINE Y REVOLUCIÓN

"Atenas" de César González

El director de cine argentino César González se presentó en la Facultad de Información y Comunicación (FIC) de la UdelaR el pasado sábado. En el marco de la 6ta edición de “Tenemos Que Ver”, que adhiere al Festival Internacional de Cine y Derechos Humanos, se proyectó su última película “Atenas”, en el aula magna del edificio con entrada en San Salvador y Jackson. Estrenada este año, cuenta la historia de una joven chica de una villa de Buenos Aires que sale de un centro de detención de mujeres y busca reanudar su vida.

El guión de “Atenas” está inspirado en el mito griego de Perséfone (nombre del personaje principal), diosa griega que fue raptada por Hades, dios de los infiernos. El principal objetivo de la película es denunciar la trata de personas que, según el director, de tan sólo 28 años, se da en gran cantidad en las “villas” argentinas, donde las chicas desaparecen para no volver.

Lo primero que dijo González al finalizar la película, sin vueltas, fue que no le interesaba la opinión del público sobre la película. En la realización de sus obras, explicó, el elenco está formado casi en su totalidad por chicos y chicas de la villa, una población que eventualmente termina baleada o en la cárcel. “Mi cine tiene la particularidad de que las personas que participan en él, cuando están filmando, están por un rato aferrándose a algo que les da vida, esperanza, un panorama de vida distinto. Son personas que nunca creyeron que podían hacer arte. Es por eso que para mí es algo sagrado”, y es por eso que responder a gustos particulares no es el fin de su obra. Afirmó que su dedicación al séptimo arte se debe justamente a que cree en el cine como una herramienta revolucionaria y política, no como un pasatiempo o un medio de expresión personal. Lo importante para González es que la película llegue a las personas.

Uno de los temas que apasiona al director es la representación de las minorías, en este caso de la gente humilde, en el cine y en el arte en general. Ya ha escrito textos sobre el tema, como “El fetichismo de la marginalidad en el cine y la televisión”, y reveló que actualmente está escribiendo un libro sobre el mismo tópico. Allí opina que “el cine algún día deberá rendir cuentas por ser parte en esa imposición del silencio a las minorías”. En la charla que brindó en la Facultad, expresó que los pobres en las películas siempre son objeto de análisis, de morbo o de lástima, pero nunca sujetos.

César González cree que su “existencia vino a traer un poquito de justicia a la historia del cine”. Es por eso que en él busca trabajar con gente de pocos recursos, como él mismo, para que puedan representarse a ellos mismos. Busca que sean ellos los que están, no solo delante si no también detrás de cámaras, produciendo su propio arte, sin necesidad de que alguien con mejor estatus económico venga a enseñarles lo que pueden o no pueden hacer, o hasta dónde pueden llegar. Su propia madre, que estuvo presa cuando él era niño, forma parte del elenco de la película en un papel principal.

Sobre la representación de los pobres en el cine, una chica de la audiencia le preguntó acerca de su experiencia personal en este arte y las dificultades que ha tenido que superar. El argentino admitió que para él ha sido un camino muy difícil y que constantemente se cuestiona si seguir o no: su trabajo en el cine conlleva un sacrificio enorme, ya que no se le han acercado grandes productores ni distribuidores, apenas tiene plata para pagarle a la gente que trabaja en sus películas y no puede pagar un catering para el rodaje. González definió el cine como el arte más “cheto”, porque en cualquier otro arte uno puede arreglarse con pocos recursos, pero el cine está enormemente condicionado por lo económico.

Al ser consultado por su formación y su decisión de entrar en el mundo del cine, el cineasta se insertó en territorio personal: contó que había robado, había sido un “pibe chorro”, y que cuando cayó en la cárcel en silla de ruedas por recibir seis balazos, entendió que si no se aferraba a algo importante, iba a pasar el resto de su vida entrando y saliendo de la cárcel, o terminaría muerto en cuestión de meses. Fue por eso que comenzó a dedicarse completamente a la poesía, y luego desembocó en el cine. Explicó que su formación consistió en ver gran cantidad de películas (hasta seis o siete por día) y leer muchos libros de cine, además de relacionarse con gente que trabajaba en el medio para aprender.

Otra faceta artística del joven, además de poeta y cineasta, es la de productor musical. Ha trabajado con chicos de la villa que hacen rap y explicó que trata de mantenerse fuera del cliché que dice que hay que sacar a los jóvenes artistas de la calle. “Para mí la calle es lo mejor que hay. Es el lugar de la libertad, donde no existe el moralismo, donde el ser humano es menos careta. Las bandas que hacen música en una esquina, en la calle, no se dejan atravesar por el moralismo de nuestra sociedad. ¿Cómo voy a sacarlos de ahí?”.

A pesar de sus diversos roles y talentos artísticos, decide definirse, más que como poeta, más que como cineasta, más que como cualquier otra cosa, como “villero”.

El cineasta se mostró agradecido frente a la cantidad de personas que ocupaban la sala de la FIC, casi repleta. “Para mí siempre que presento una película y viene tanta gente es un acontecimiento político. Que haya un pibe de la villa que estuvo preso y esté siendo escuchado con tanto respeto y cariño desmiente un montón de estereotipos e ideas que nos quieren instalar desde los medios, la cultura y el Estado”.

Martina Vilar del Valle