La plaza Juan Ramón Gómez está muerta desde que Richard Farías se fue

EL ÚLTIMO CACIQUE

Foto: SdR / Juan Ramos

Desde el balcón de los muchachos salían las endulzadas palabras de Marvin Gaye:

“We’re all sensitive people

With so much to give

Understand me, sugar

Since we’ve got to be here

Let’s live”

Debajo, en la plaza, “El Fari” intentaba seguir el ritmo espasmódicamente, mientras daba alaridos de plenitud. Él y su botella.

Así lo elige recordar Alexander, que no fue al velorio porque “uno siempre se queda con la última imagen“, y él no quería llevarse la imagen de “un tipo en un cajón” sino la de aquel hombre que vivía en una plaza y la cuidaba como si fuese suya. Es que en realidad era un poco suya.

La plaza Juan Ramón Gómez, nombre que se lo debe al primer presidente de la Asociación Rural del Uruguay,  es uno de los corazones de Palermo. Encerrada por Minas y Magallanes, acompañada a lo largo por Durazno y el callejón Nuestra Señora de la Encina que le dan forma triangular.

Alexander vive a unos pocas cuadras de la plaza, aunque su acento artiguense lo delata. Siempre está en la vuelta. Si no es con unos amigos tomando una, es dando charla a su hermano que está encargado de la verdulería en el súper de la esquina por Minas. A Farías “algunos le decían el cacique”, dice. Y explica: “echaba a la pendejada que venía a rastrillar por acá”. Es que Farías era territorial y protegía a los suyos.

Los suyos eran los vecinos, pero también sus invitados. Él no era el único que dormía en la plaza, pero era el que estaba siempre ahí. De tarde bajaban los del refugio, ubicado a un par de cuadras, y alguno más se acercaba en la noche a la hora de la olla. A veces después del banquete se quedaba solo, cantando por un rato largo alguna retirada.

Ojo, era muy buena persona, era malo para él mismo“, dice Juan Cardoso, quien lo define como un hermano de la vida. “Cacho“, como le decía el Fari, tiene 63 años y duerme en la otra esquina. En Durazno y Lorenzo Carnelli están él, su carrito y Miguel, que también tiene 63. Con Farías eran viejos conocidos de la Cruz de Carrasco hace más de 25 años. Trabajaron juntos cinco años “haciendo las mesas y los pasillos del Parque Rivera”. Hubo un tiempo en el que Farías “andaba complicado” y se quedó en su casa “con su nenito y su señora”.

 

Foto: SdR / Juan Ramos

Después de 20 años la vida los volvió a juntar acá en Palermo. Esta vez fue el Fari el que le dijo: “Ta, quedate acá Cacho“, y así estuvo un año en la plaza. Después estuvo en un hogar de Beraca y consiguió trabajo de guardia de seguridad, pero nunca dejó de volver al barrio.

En la puerta del almacén de Magallanes, Sergio comenta que “nunca les dio cabida a los de la plaza” porque necesita cuidar el negocio, “y es mejor así”. Así es que dejaron de venir a pedir, “aunque nunca pedían comida“, agrega un veterano que estaba parado al costado, y Sergio remata con un infalible “siempre era un 10 para el vino“.

Raquel, que pasea a su perro enorme, aclara que Farías “mala persona no era“, pero que el problema era el “relajo que había en la plaza“. Confiesa que tuvieron sus roces y que se peleó más de una vez por “el tema de los perros”. El Fari tenía tres que andaban sueltos todo el día, mientras que los tres de Raquel no podían pasear en la plaza por peleas de territorio.

Ella vive en frente a la plaza, por Minas, hace 40 años. Farías estaba hace siete, lo escuchaba cantar todas las noches que se juntaban a tomar con “los que él traía por ahí”. “Cuando él no dormía, no podía dormir nadie en la cuadra”, cuenta. Para Raquel la plaza es un espacio público de todos y “todos tienen que poner su granito de arena” para sacarlo adelante. Recuerda que en el barrio se juntaron firmas para sacarlo de la plaza y que fueron varias. “La policía vino un par de veces y le robó, le sacó las cosas, sus pertenencias”. Pero Farías siempre volvía.

ESE DÍA

Alexander lo vio la noche anterior cuando pasó por la plaza, después de una fiesta. Dice que El Fari levantó la mano en señal de saludo, él respondió y siguió su camino.

A las 6 de la mañana “Cacho” salió para Tristán Narvaja a tirar la manta y se cruzó con su amigo. Lo vio mal, temblando. Le preguntó si estaba bien y respondió que no. Cacho lo mandó a tirarse al rincón de la veterinaria donde iba a estar más protegido del frío. Le dijo que después lo llevaban al hospital como hicieron otras veces. Le pareció que estaba tomado, como tantas otras.

Raquel sacó a pasear a uno de sus perros y pudo ver cómo Farías rumbeaba para la veterinaria. Tropezó un par de veces y pensó que debía seguir “borrachín”. Se enteró cuando su marido llegó en el auto, un rato después. “Parece que fue un infarto“, le dijeron.

En el almacén de Sergio se enteraron al otro día por los vecinos.

Richard Farías murió el domingo 4 de junio y hasta hace poco no se sabía cuál había sido el motivo de su muerte, que días después iba a ser investigado por orden judicial. Pese a ello el diario El País no tardaría en titular a Farías como “la primer víctima del frío“. La nota, que no estaba firmada, circuló bastante por las redes sociales. La foto de la nota, en la que puede verse la plaza y una madre caminando con su hijo de la mano, está anclada con un texto que vislumbra el espíritu del autor: “Grandes y chicos volvieron a atreverse a caminar por la plaza.

LO QUE QUEDA

Todos dicen que Farías se llevaba bien con los niños que jugaban en la plaza. Aunque Raquel no cree que fuera “un buen ejemplo“, no puede negar que se entendía bien con los chicos. Alexander dice que ahora no hay nadie en la plaza, “ esto está muerto desde que se fue”, se lamenta.

Cacho cuenta que perdió su trabajo como guardia de seguridad y decidió parar en el barrio hace dos semanas.  Cuenta que en su momento “se abrió” de la plaza cuando “empezó a caer gente que no sirve”, y el Fari empezó a tomar alcohol rectificado “porque era más barato. Eso te mata“. Una de las veces que lo llevaron al hospital le dijeron que no tomara más porque tenía el “hígado comido“, pero el Fari siguió tomando. Cacho trató de convencerlo para que volviera al vino pero no hubo caso. “Era un porfiado”, cierra.

De refugios ni él ni el Fari quisieron saber nada. “No te dejan entrar con el carrito, solo con un bolso“, responde “Cacho” con su voz ronca. Tiene todas las cosas que “requecha” en la calle para vender en la feria y sus pertenencias en ese carrito de supermercado. El Fari lo mismo.

El viejerío no entiende como un tipo que duerme en la calle puede estar contento“, opina Alexander, cuando le preguntan por las denuncias y las firmas. Otra vez se le viene a la cabeza la imagen de ese Cacique borracho, bailando solo en una plaza.

Foto: SdR / Juan Ramos

El que pasa puede distinguir que uno de los muros de la plaza sobre la calle Durazno está manchado por el humo del fuego en el que todos los días Farías calentaba la comida. Es el único testigo material de su existencia en el lugar. Aquella mancha negra es el recordatorio del Fari para los que deseaban su partida. Para los distraídos o indiferentes es solo una mancha negra. Para sus amigos, un altar donde ya nadie reza.

Juan Ramos