En el marco de discusión presupuestal, Ineed presentó informe sobre la educación uruguaya en 2016

CUESTIÓN DE NÚMEROS

 

Foto: Ineed

Nada parece avalar científicamente la idea de que los resultados del sistema educativo se harán más favorables solamente porque el Estado invierta más dinero, o si en particular dedicara a toda la educación el equivalente a un 6 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) nacional, lo que en 2017 equivaldría a unos 3.500 millones de dólares. La cifra mágica figura en el friso reivindicativo de la Coordinadora de Sindicatos de la Enseñanza (cseu), el programa del Frente Amplio la incorporó como una meta deseable y el entonces candidato presidencial, Tabaré Vázquez, la estampó como objetivo de gobierno en la campaña electoral.

Dado que los logros educativos se instalaron como piedra de toque del desarrollo social en la agenda política que reproducen los medios, y dado que está en el imaginario social que solo la educación salvará a Uruguay, el éxito político de un gobierno ha quedado indefectiblemente asociado a la eventualidad de esos logros. La opinión pública adop­tó la idea de que hacen falta más recursos para la educación, como mostró en 2015 una encuesta de opinión pública del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (Ineed): así opinaban seis de cada diez uruguayos.

A partir de eso, es posible que el propio sistema educativo se haya fijado a sí mismo metas cuyo cumplimiento pudiera requerir de cierta cantidad de inversiones . La Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) parece, en efecto, haberlo entendido como necesario por primera vez al comenzar este gobierno. Y ello fue plasmado en su presupuesto 2015–2019, donde documentó metas anuales asociadas con el cumplimiento de objetivos. El Ineed evaluó que 60 por ciento de los objetivos estratégicos de la ANEP no tienen una meta asociada -por tanto, no se pueden medir-, y que las metas de mejora del egreso de la educación obligatoria completa son llamativamente optimistas, entre otras consideraciones.

Carmen Haretche, del equipo técnico del Ineed, explicó el informe durante una actividad en Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, y dijo que al finalizar sexto de escuela, 56 por ciento de los alumnos no logró localizar y relacionar información explícita en un texto. En matemática y ciencias, 62 por ciento y 71 por ciento, respectivamente, se ubicaron en ese momento dentro de los dos niveles más bajos de desempeño (dividido en cuatro niveles). Más adelante, a los 15 años, un 39 por ciento no logró reconocer la idea principal de un texto, en tanto 52 por ciento en matemática y 41 por ciento en ciencias no superaron el umbral de competencias.

Otro problema asociado con la escolaridad promedio es el bajo nivel de egreso en la “edad oportuna”, los 17 años. Consultado por SdR, Pablo Cayota, miembro de la directiva del Ineed, llamó la atención: “Uruguay tiene todavía un problema para garantizar el egreso y garantizarlo con equidad: egresa una proporción alta en los sectores de ingresos económicos altos y una muy baja en los de ingresos económicos bajos“. Además, puso la mirada hacia atrás: “Tenemos un problema de estabilidad —que en realidad es estancamiento—, tanto en niveles de egreso como en aprendizajes y en inequidad de los aprendizajes. Lo preocupante es que esto no refiere al último periodo. Si uno mira en el largo plazo, desde 1980 a 2015 se trata de constantes: la inequidad en el egreso, la deficiencia en la permanencia en el sistema y la calidad de los aprendizajes“.

En los ’60, Uruguay se encontraba muy bien posicionado respecto a Chile, Perú y Costa Rica, países comparables en muchos aspectos. Al cabo de 40 años, Uruguay exhibe una escolarización promedio prácticamente estable (evolucionó de 7 a 9 años de permanencia en el sistema entre 1970 y 2010), en tanto Chile lo superó en 2,5 años, mientras que Costa Rica y Perú obtuvieron una mejora de 4 años, alcanzando y superando, respectivamente, a Uruguay.

Para luchar contra variables complejas y rígidas en el largo plazo, cabe preguntarse si alcanza con postular como única solución política que el Estado gaste 6 por ciento del PIB, o si se trata fundamentalmente de modificar radicalmente lo que sucede en las aulas y evaluarlo, para determinar un rumbo. En esa dirección parecen apuntar las referencias a la más auspiciosa del estudio del Ineed, en consonancia con prácticas de otras latitudes: la calidad del vínculo entre alumnos y docentes durante la experiencia de enseñar y aprender. Como señala Cayota, dedicado a la estadística en el Ineed: “Las investigaciones demuestran que cuando hay un buen clima de aula, aun en contextos sociales muy desfavorecidos, los resultados son mejores que el promedio. Es decir, el buen clima de aula logra revertir lo desfavorable del punto de origen, la determinación social de los aprendizajes, que es una de las características fuertes del sistema educativo uruguayo: aquello de que aprenden más los que tienen más, aprenden menos los que tienen menos. La buena noticia del informe es que las investigaciones demuestran que hay lugares donde eso se quiebra, en sentido positivo“.

Ariel Collazo