Temores, prejuicios y estereotipos de los uruguayos ante los inmigrados

REFLUJO DE OTROS TIEMPOS

Inmigrantes españoles durante la travesía atlántica.

Solidarios, indiferentes, xenófobos, egoistas. altruistas, racistas, generosos: los uruguayos somos un zoológico contradictorio confrontados con la realidad de las nuevas olas migratorias que recalan en nuestras costas, a juzgar por los resultados de una encuesta impulsada por investigadores de la Facultad de Ciencias Sociales.

 

País de inmigrantes, crisol de culturas en el siglo XIX (desde la vasca a la rusa, pasando por la piamontesa, la gallega, la galesa, la suiza) el Uruguay de esta segunda década del siglo XXI parece dar la espalda a aquella tradición, y abroquelarse en la defensa del statu quo que se resiste a compartir.

Una primera lectura de la “Encuesta Nacional de Actitudes de la Población Nativa hacia Inmigrantes Extranjeros y Retornados”, impulsó al editorialista Rafael Mandresi, corresponsal en París de En Perspectiva, a sentenciar: “Marine Le Pen tendría bastantes más chances de ganar una elección presidencial en Uruguay que en Francia”. Desbrozando el voluminoso y árido compendio de gráficas y cifras que forma el esqueleto del estudio, la realidad de la actitud de los “nativos” hacia los “extranjeros” es mucho más compleja, más desconcertante, y más variada, por tanto más rica y arisca ante cualquier juicio simplificado.

Un conjunto de trabajos realizados por el equipo de Sala de Redacción permite aproximarse a los matices. A partir de una crónica general que sintetiza los principales resultados (“No se aceptan extranjeros”, por Federico Laitano, Bernardo Brongo y Joaquìn Ferrari), este informe pretende desarrollar enfoques particulares del vasto fenómeno: la actitud de los uruguayos frente a los conciudadanos retornados -exiliados políticos de la década de los años setenta y los exiliados económicos de las sucesivas crisis desde 1955- ofrece matices importantes respecto de los inmigrantes en general (“Casi solidarios”, por Anaclara Trengone, Verónica de Franco y Marcelo Ayala) , pero las opiniones marcan una curva de valor capaz de analizar caso por caso y establecer excepciones según el vaivén de la macroeconomía. La porción de uruguayos que rechaza la inmigración -y que permite preguntarse si Uruguay ha dejado de ser un país de acogida- (“¿Yo señor? No señor”, por Martina Villar, Joaquìn Duomarco y Gonzalo Guerra) fluctúa entre un segmento conservador, vinculado a la edad, y otro, aunque menor, que francamente puede calificarse de xenófobo y racista. En cambio, otro enfoque permite rescatar actitudes más abiertas y generosas (“Hay esperanza”, por Virna Aguilar y Sofía Kortysz), actitudes que, cualquiera sea el tema abordado en las preguntas, corresponden a los segmentos más jóvenes de la población, y fundamentalmente, independientemente de la edad, a aquellos que se dicen de izquierda o que exhiben niveles de educación terciaria. Muchos de esos matices conforman elementos de lo que se ha dado en llamar “teoría de la amenaza integrada”, en particular algunos estereotipos negativos y un temor a una pérdida de identidad que quizás esconda prevenciones más concretas (“Solidaridad condicionada”, por Claudia Barrios, Giselle de los Santos, Micaela Raimondo y Arianne Garreta). En el conjunto de las opiniones más variadas subyace, finalmente, un contexto de desconocimiento sobre la realidad cotidiana de los inmigrantes y retornados, que en parte desmiente la base de algunas preocupaciones, como la competencia por el trabajo o la competencia por la salud y la vivienda (“Una realidad que no conocemos”, por Bettina Araújo, Nadia Campos, Romina Castagnaro y Juan Ramos).

SdR