Cómo es vivir cerca de un sitio de destino final de residuos

ACOSTUMBRARSE A LA BASURA

Servicio de Disposición Final de Residuos / Foto: SdR Valentina Bianchi

Me acerco al lugar donde funciona el Servicio de Disposición Final de Resituos (SDFR) de la Intendencia de Montevideo esperando encontrar un cúmulo gigante de basura. Pero una vez parada en la entrada de Camino Felipe Cardoso 3220, no veo residuos. Solamente observo una especie de montaña cubierta de tierra y pasto, sobrevolada por gaviotas. El tránsito de camiones que entran y salen del SDFR es constante, a pesar de ser sábado.

Hoy en día, en este predio se trabaja en modalidad de relleno sanitario. La basura que ingresa diariamente, se descarga, compacta y cubre, según un procedimiento estandarizado. Raúl Blengio, responsable del Servicio, me asegura que allí no se hacen quemas de desperdicios y que, de hecho, hacerlo está prohibido.

Salgo por donde entré y al empezar a caminar por Felipe Cardoso, me sorprendo por lo limpio y despejado que está el camino. A pesar de que se ven muy pocas casas, tengo la esperanza de encontrarme con algún vecino.

Jorge vive desde siempre en un predio que funciona como quinta de producción de verduras, que está frente por frente al SDFR. Recuerda que en una época alcanzaba a ver la torre de la Iglesia de Carrasco desde su casa, pero hoy la altura de la basura la cubre por completo. “Son los otros cerros de Montevideo”, comenta.

Servicio de Disposición Final de Residuos visto desde la calle Felipe Cardoso / Foto: SdR Valentina Bianchi

Cuenta también que antes de “la tapada que le hicieron” a la basura, cuando el viento cobraba intensidad, su terreno y los de los vecinos se inundaban de papeles que provenían del vertedero, alcanzando a las plantaciones. Pero asegura que ahora esa situación cambió, y que en los últimos años el Servicio mejoró su gestión.

“En matices, el vertedero ya no nos está afectando tanto como lo hacía años atrás”, reflexiona, y destaca el trabajo de una cuadrilla que limpia a lo largo de todo Felipe Cardoso.

No obstante, Jorge apunta que los responsables de la administración del SDFR debieron haber consultado a las personas de la zona para saber cómo lograr “la mejora del entorno”, y que nunca lo hicieron. Además, ve otras cosas a controlar, como que a los camiones que llevan basura no se les escape el contenido cuando transitan, y que los particulares y privados no tiren desperdicios sobre las calles.

Al subir por la calle Susana Pintos, de camino a la zona de Barrio Nuevo, sí veo basura tirada en la calle, a la vez que vuelvo a advertir la ida y venida de camiones. Tras recorrer 20 cuadras, me detengo ante un cartel que reza: “Se ruega no tirar basura. Gracias”, con residuos desperdigados a su alrededor. Entiendo todo cuando distingo a personas arrojando basura en ese rincón improvisado, y Andrea, una residente del barrio, me explica que los vecinos tiran residuos ahí porque algunas de las calles del barrio son muy estrechas, y los camiones de recolección de la Intendencia no pasan por ellas.

 

Calle Susana PIntos llegando a Barrio Nuevo / Foto: SdR Valentina Bianchi

Andrea señala que el tránsito de camiones con el SDFR como origen y destino perjudica “espantosamente” a las calles del barrio. Además, dado que Susana Pintos es la única calle que permite llegar caminando desde Camino Maldonado hasta la zona donde está su casa, el tránsito de estos vehículos afecta al peatonal, ya que la vía es angosta. “Tenemos que parar nuestro paso y dejar que pasen los camiones”, destaca.

En relación al vertedero, el olor de la basura es lo que más les afecta a Andrea y a su familia. “En invierno es pasable, pero en verano es más notorio”, dice. Añade que la mayor complicación asociada a ese aroma son las moscas, y que en su casa siempre tienen que tener insecticida a mano y los mosquiteros cerrados. “Dependemos de los gatos para que estén ahuyentando”, comenta. Pero, fuera de eso, se acostumbraron. “Hay gente a la que le molesta salir (cuando hay olor). A mí no; yo igual salgo y tomo mate afuera”, admite.

De nuevo en el punto de origen, tomo ruta por Felipe Cardoso en dirección hacia Camino Carrasco. De pasada puedo ver un asentamiento y basura acumulada en sus alrededores. Pero por lo demás, todo el camino se sigue viendo limpio.

A las 5 de la tarde, me detengo en Felipe Cardoso y Calle 3, y puedo sentir un olor persistente, fuerte y algo irritante. Me acerco a María Teresa, quien vive hace 40 años en el complejo de viviendas ubicado en esta intersección, y ella también me habla sobre el olor a basura. “Hay días que no se siente nada, como hay días que te apesta […] Desgraciadamente una ya se acostumbró a ese olor”, reconoce.

María Teresa relata que hace 30 años atrás, tener el Vertedero Municipal cerca causaba que la ropa tendida afuera se llenara de moscas, y que los vecinos del complejo fumigaron por su propia cuenta para combatir el problema, hasta que finalmente lo lograron. “Ahora la basura está tapada, pero en aquellos años estaba ‘a flor de tierra’”, insiste, mirando en dirección al SDFR.

Al finalizar la recorrida, me quedo con la reflexión de Andrea acerca de que, si bien vivir cerca de un sitio de destino final de desperdicios puede ser visto popularmente como un inconveniente, problema mayor son las personas que tiran desperdicios en lugares inadecuados. Para ella, se debe educar y concientizar a las personas sobre el cuidado de las calles y de su entorno.

Valentina Bianchi